Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘padre’

27 de agosto de 2014 065                                II
En la habitación olía a carburo. De uno de los maderos del techo colgaba un gancho que sostenía un recipiente cilíndrico de lata relleno de ese combustible. La modesta llamita permitía hacerse una idea exacta del cuarto y de su mobiliario. La primera impresión que producían esos pocos metros cuadrados era de ahogo. La vivienda estaba constituida por otra pieza interior que estaba doblada.
En uno de los rincones había un poyo con una hornilla de carbón. El centro de la habitación lo ocupaba una mesa cubierta por un hule agrietado y rodeada de seis sillas de anea. En las paredes había ristras de ajos y manojos de cebollas, y pegados a ellas un aparador de cristales ahumados, una tinaja con tapadera de madera conteniendo el agua potable, unas angarillas, una albarda y dos lebrillos. Al matrimonio y a su prole apenas les quedaba espacio para moverse.
Los arrapiezos y la vieja de negro con toquilla del mismo color, la abuela, pasaban la mayor parte del día en la calle, los primeros desperdigados por el pueblo, de preferencia rondado basureros y corrales, la segunda sentada en una silla baja a la puerta de la casa.
A la hora de comer algunos se acomodaban en el umbral y ponían el plato sobre los muslos. Era como si la humilde vivienda los vomitase.
Esa noche el padre comunicó a su mujer y al interesado que había hablado con el capataz del cortijo donde trabajaba como peón. El vaquero estaba viejo y necesitaba que alguien le ayudase en el cuidado de los animales. El niño no ganaría gran cosa, pero en cualquier caso eso era preferible a que estuviera zanganeando todo el santo día. Hacía tiempo que sus hermanos mayores arrimaban el hombro, incluida su hermana que había entrado a servir en casa de unos pelantrines. No había ninguna razón para que él siguiera comiendo la sopa boba mientras los demás se afanaban.
Nada de esto último dijeron ni el padre ni la madre. Era demasiado evidente para aludir a ello. El padre se limitó a transmitir su decisión. A la mañana siguiente levantaría temprano al niño y ambos se encaminarían a lomos de la burra al cortijo.

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Read Full Post »

Miraba a través de la ventanilla del Land Rover distraídamente. Había perdido el gusto por las salidas al campo. Mi padre no sabía esto y seguía pidiéndome que lo acompañara a la granja.
Cuando bajaba a desayunar, mi madre me transmitía su mensaje. Había dejado dicho que lo esperase. Él regresaría en cuanto acabara de resolver un asunto en el banco o en cualquier otro sitio.
Me daba rabia que dispusiesen de mí sin consultarme. No es que yo tuviese nada que hacer, salvo salir a comprar un paquete de cigarrillos y encerrarme en mi habitación donde pasaría el tiempo fumando y leyendo hasta la hora del almuerzo.
Ponía mala cara al enterarme del recado paterno, pero me resignaba pronto. Una negativa habría enconado los ánimos.
Era preferible ceder a escuchar los consabidos argumentos. Podía suceder también que mi padre se enfadase y dijese cosas desagradables.
Por el camino los dos guardábamos silencio. Al parecer a ninguno se le ocurría nada.
En honor a la verdad hay que decir que de tarde en tarde él hacía un comentario, del que yo acusaba recibo emitiendo un sonido gutural.
Por lo general él iba pendiente de la carretera y yo de los árboles que desfilaban a mi derecha.
Al llegar a la granja mi padre llamaba a Rosendo que andaba siempre perdido.
Yo bajaba del coche y observaba sus idas y venidas. Si no localizaba al guarda, me gritaba que, en lugar de quedarme como un pasmarote, me pusiese a buscarlo yo también, pues ni siquiera su mujer sabía dónde estaba.
Rosendo aparecía en el momento en que mi padre empezaba a lanzar maldiciones. Mientras ambos conversaban, yo me acercaba al gallinero.
Las aves, a las que se veía tan felices, paseaban o picoteaban en los comederos cacareando de vez en cuando.
Sin demasiado éxito trataba de llamar su atención golpeando la tela metálica que cubría la ventana corrida. Algunas miraban a su alrededor con el cuello estirado pero, encogiéndolo pronto, volvían a lo suyo olvidadas de ese arrebato de curiosidad.
Si mi padre no me mandaba nada, pasaba el rato vagando por la finca.
Esa mañana lucía un sol espléndido en un cielo sin rastro de nubes. En vez de a principio de marzo parecía que estábamos en plena primavera. La luz encandilaba. Con un verso revoloteando en mi cabeza, posándose en mis labios, clavando sus menudas garras en mi corazón, tomé la vereda que llevaba al río.
Remonté la corriente hasta un paraje poblado de adelfas. El río se anchaba y describía una suave curva con una playa de cantos rodados, blancos y grises. El agua, en la que flotaban hojas inmóviles, estaba en perfecta quietud.
Esperaba encontrar la paz en ese sitio. Esperaba olvidarme de mí mismo. Esperaba descargarme del peso que gravitaba sobre mis hombros.
Me senté en una piedra redonda y pulida y contemplé el paisaje. Los cerros coronados de encinas. Los cañaverales en la margen izquierda del río. Más allá las huertas con sus frondosos naranjos y sus canteros de verduras. Y el molino abandonado.
Cerca de mí había un espino albar que no había florecido todavía. Y dentro de mí la cadencia de un verso alejandrino. El eco de una música que, desde los confines de mi mente, resonaba en mis oídos.

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Read Full Post »

Sus recuerdos estaban tan difuminados que era incapaz de reconstruir los rasgos de la cara, de pintar el color de los ojos y del pelo, de precisar el timbre de la voz.
El abandono prematuro había condicionado el conjunto de sus posteriores relaciones con los demás.
Tan pronto como su pareja de turno le manifestaba su deseo de tener un hijo, él empezaba a replegarse.
La insinuación de la chica removía el cieno de esa vieja historia de ausencia, nunca superada, vivida por él como un injusto destierro.
Al principio se escapaba por la tangente, pero tarde o temprano llegaba el fatídico momento de dar la cara. Su respuesta era invariablemente negativa.
Su problema contaba también. Dejando a un lado su introversión, su falta de confianza, su inexpugnable reserva, él sufría crisis a las que gráficamente denominaba cortocircuitos.
Estos fallos lo desconectaban de la realidad. Según uno de los médicos consultados se trataba de una “disfunción psíquica” que no revestía gravedad, y que estaba relacionada con su tendencia a la ensoñación.
La semana pasada, en casa de su última ex novia, se repitió como una maldición la escena final de este drama.
Ella le había ofrecido una copa de un licor con sabor a violetas. En la etiqueta de la botella se leía “Parfait Amour”. Él fue consciente de lo que se avecinaba.
La empalagosa bebida no tardó en convertirse en jalea de gasolina, que inflamó los ánimos y provocó una explosión de reproches, acusaciones, gritos y gestos de abatimiento.
Se volvió a preguntar si, al principio, antes de que su padre desapareciera, hubo amor. La respuesta fue afirmativa. Un gran amor frustrado que lo inhabilitaba para asumir la paternidad.

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Read Full Post »

« Newer Posts