
5
El irregular conglomerado tenía varias capas de espesor en algunos lugares.
Era la apoteosis de la espiral, que se agrupaba formando racimos, bullones y guirnaldas.
Pasé la mano por los barrotes de la ventana de la izquierda y los limpié de caracoles.
Los vanos de la fachada estaban enmarcados en un alfiz de ladrillos rojos, que no eran visibles.
Metí los dedos en esa proliferación de conchas y desprendí un bloque que se fragmentó en multitud de pedazos al chocar contra el suelo.
En parte el alfiz quedó al descubierto. Me encaramé a la ventana e inicié el ascenso.
Pasé un momento de apuro a mitad de camino. Apoyado en el borde de los ladrillos y agarrado a los hierros del balcón, no pude hacer nada para protegerme de una avalancha de caracoles que se abatió sobre mí.
Cerré los ojos y aguanté el desmoronamiento de un lienzo de la falsa pared de moluscos.
Me sacudí y seguí trepando. Finalmente, salté al interior del balcón, que despejé de caracoles. Me quité la mochila y saqué el martillo que había guardado en ella.
6
Rompí el cristal y presioné el postigo, cuyo pasador no encajaba bien. No era cuestión de fuerza sino de habilidad y paciencia.
Cuando cedió el pestillo, las bisagras rechinaron y la hoja se entreabrió con desgana. La empujé y el interior, con manchas de humedad y grietas en el cielo raso, quedó iluminado. Sobre todo había polvo.
Lo que veía no me sorprendió. Era, más o menos, lo que esperaba encontrar.
Giré el tirador, pero la madera de la puerta estaba hinchada y resistió mi primer intento de abrirla. Me hizo falta aplicarme con ahínco para que, con profusión de chirridos, me dejara pasar.
Fue en ese momento cuando empecé a notar algo extraño alrededor de mí.
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