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Archive for the ‘El forjador de quimeras’ Category

XXV
Sobre el mar azulado
el barco se desliza,
en las velas el viento,
las olas en la quilla,
en el cielo los astros,
imágenes de vida
surgiendo como géiseres
en el alma aterida.

 

 

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XXIV
Oh, la dulce tarea de forjar otros mundos.
El tiempo sin sentir
transcurría, volaba.

Yo no era melindroso
en cuanto a los lugares.

Mi reino era interior.
Por eso despreciaba,
en verdad ni siquiera
de ser considerada
merecedora era,
cualquier comodidad.
Una piedra, un saco me servían de asiento.

¿Qué importancia tenía esa trivialidad?
Un techo, una pared, el cielo, el horizonte,
corrales, sementeras.
De todos los lugares
en los que hemos estado en unión fraternal,
hay uno del que guardo un recuerdo especial.

Era un cuarto apartado,
en invierno sombrío, caluroso en verano,
al que me retiraba
como Santa Teresa, salvando las distancias,
cuando lo precisaba.

Ese cuarto apartado, tantas veces refugio,
culmen de mi sosiego, cifra de mi equilibrio,
es de todos, sin duda, mi rincón preferido.

 

 

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XXIII
Es como estar cruzando
constantemente un río,
sintiendo en la garganta un apretado nudo.
Y los ojos nublados y acelerado el pulso.

Sin retorno posible,
sólo queda avanzar
y al menos la otra orilla
intentar alcanzar.

Sintiendo la emoción
como un ave enjaulada
que locamente ansía
su libertad perdida.

Sintiendo los latidos,
el río embarrancado,
las aguas espumeantes,
el cielo encapotado.

 

 

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XXII
Me encanta la rutina,
un día igual a otro,
igual o parecido, con pocas variaciones.

Levantarme, saber
qué me está reservado.
Contratiempos, placeres, cada cosa en su sitio.

Nada de sobresaltos
que tan sólo son buenos
para alterar los nervios, la cabeza, el estómago.

Me encanta levantarme,
preparar el café,
refrescarme la cara, mirarme en el espejo,

comprobar los estragos,
sonreír, hacer burla,
volver a la cocina, mirar por la ventana

la luz del nuevo día, las nubes en el cielo.
Y podría seguir
hasta entrada la noche,

hasta esa última hora de paz y de silencio,
cuando enciendo la lámpara
y me pongo a leer

o a escuchar el murmullo del viento, de la lluvia.
Qué más puedo pedir
tras un día en que todo

ha venido rodado, sin ninguna sorpresa,
sin ninguna trifulca,
problemas los previstos.

Un día acogedor,
sosegado, trivial.
Un día que te deja
un regusto de paz.

Estos días conforman
el sustrato profundo
de mi fe y confianza
en la marcha del mundo.

 

 

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XXI
Mi libertad consiste en afinar mi oído,
en ponerme al servicio,
para que de mí broten,
pujante chorro de agua en mil gotas abriéndose,
fruto maduro y grávido soltando su simiente,
espíritus alados recorriendo la tierra
y otorgando la vida,
para que de mí broten
mágicas, cristalinas,
refrescantes, precisas,
convertido yo en cauce por donde corran raudas,
torrente fecundante,
para que de mí broten, para que por mí corran
las sílabas sagradas,
las que nacen tan hondo y vienen de tan lejos
que insensatez sería decir que tienen dueño,
las que siguen su curso
como un río infinito,
las que un día me hicieron la gracia y el honor
de dejarme escuchar su bendito rumor.

 

 

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XX
Por entre nuestros dedos,
como arena muy fina,
sin poder atraparla
su imagen se desliza.

Es agua, es una nube
que el viento del oeste
desplaza, desmenuza
y acaba disolviendo
en la gran vacuidad
de un cielo sin estrellas.

 

 

 

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XIX
Cuando hablamos de entonces,
veo un juego de espejos,
de miradas cruzadas.

Las suyas se me apagan,
se me borran. No puedo
retener su fulgor,
evocar su destello.

¿Fue una superchería
que el sediento concibe
en su lenta agonía?

 

 

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