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Archive for the ‘Entre nosotros’ Category

XXXII

¿Te imaginas? Los ocupantes del coche golpeando con la cabeza en el techo, apelotonados, piernas y brazos entrelazados en inextricable maraña, y el vehículo dando vueltas y más vueltas por el terraplén hasta que por fin se detiene completamente abollado, irreconocible, con esos desgraciados dentro, a todo esto las sirenas de la policía, ¡uuuuh!, grupos de mirones, las sirenas de las ambulancias, ¡uuuuh!, más curiosos, los enfermeros con una camilla, alguien pregunta cómo ocurrió, un testigo presencial dice que el coche derrapó en la curva, hay gasolina en el suelo, el depósito se ha roto, peligro de explosión, más policías, ¡uuuuh!, unos encima de otros, la cabeza del conductor asoma por la ventanilla, dos hilillos de sangre le salen de la nariz, y el capó reclama de pronto la atención de la concurrencia y ¡clac! se abre y muestra el deplorable estado del motor.

Tu primo tuvo suerte. Se fracturó la tibia y el peroné, a lo que hay que añadir la conmoción y algunas magulladuras. Hubo quien salió peor parado.

El aparatoso accidente fue uno más en un mundo donde abundan. Un accidente menos horrible que otros puesto que no hubo víctimas mortales. ¿Fue un accidente más?

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XXXI

Estaba inquieto. Deambulando al amparo de las franjas de sombra, un leve y difuso deseo fue cobrando forma. Lo experimentaba como un animal que se despierta estirando las patas y abriendo la boca en un gran bostezo.

Tu tío marchaba sin verbalizar ese proceso interior. Sólo era consciente de un leve cosquilleo en la zona del bajo vientre.

A la excitación se mezclaba la irritación por la estúpida caída que le había estropeado tan memorable jornada. Pero ahora, por conductos recónditos, ese percance salpimentaba el momento presente.

Era como si, en lugar de haber dado un traspié, hubiese cometido un pecado y tuviese que expiarlo.

Se sentía pletórico de vida. Se detuvo a encender un cigarrillo, expelió con fuerza el humo de la primera bocanada y siguió andando.

Lo que antes carecía de contornos y de nombre se le reveló en un relámpago. La fiera se había levantado en su cubil. Arqueando el lomo, rugió y lanzó un zarpazo al aire.

Se le encogió el estómago. Tu tío ya sabía adónde quería ir y a quién quería ver.

Se encaminó a la Alameda de Hércules, de la que estaba cerca. Por una callejuela llegó a una plazoleta. La cruzó y entró en una casa con desconchados en la fachada.

Recorrió en tres zancadas el zaguán pavimentado de ladrillos desiguales, adentrándose en una habitación en penumbra de donde partía una escalera.

Se paró en seco y parpadeó repetidamente. Antes de que sus ojos, que escudriñaban sin distinguir gran cosa, se hubiesen acostumbrado a esa brusca falta de luz, una voz soñolienta llegó a sus oídos pidiéndole que se identificase.

Haciendo caso omiso, tu tío largó una sarta de improperios. Finalmente, en un supuesto tono festivo, dijo: “¿No me conoces?”.

“¡Conque eres tú!”. Difícil era precisar si esa exclamación traslucía sorpresa o fastidio.

La que había hablado era una mujer rolliza cuya cara aparentaba más edad de la que tenía. Estaba sentada en una mecedora de rejilla y dormitaba cuando tu tío irrumpió.

“Las niñas están descansando”. Y para su coleto añadiría: “Como cualquier persona decente”. Esta observación no era en absoluto inadecuada, pero más le valía callársela para ahorrarse los impertinentes comentarios de tu tío.

No le había pasado desapercibida su rijosidad. El recién llegado bufaba ligeramente. La brillantez de sus ojillos no era solamente un efecto del alcohol. Un niño hubiese podido reparar en esos detalles, cuanto más ella, baqueteada por la vida y curtida por su oficio.

“Eso tiene arreglo” dijo la mujer tras una pausa. “Sí, tiene arreglo” repitió más para ella misma que para el cliente.

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XXX

Esta fue la segunda estación de un viacrucis jalonado, para mayor similitud e irreverencia, de una caída de tu tío que, entre el calor y los vapores del alcohol que empezaban a nublarle el entendimiento y la visión, tropezó con un adoquín suelto.

El traspié lo obligó a arrodillarse y colocar las manos en el suelo para evitar quedar tendido cuan gordo y largo era.

Su amigo se había detenido a mirar un escaparate donde exponían artículos deportivos. Quería comprar una raqueta de tenis para practicar este deporte y rebajar la grasa que había acumulado en la región abdominal desde que se casó.

Para eliminar lo que tu tío calificaba socarronamente de “curva de la felicidad”, que en su caso no estaba justificada puesto que permanecía anclado en el celibato y sin intención de abandonarlo.

Su amigo, que se había rezagado, no tuvo apenas la oportunidad de contemplarlo en tan comprometida postura. Tu tío se levantó con una agilidad impropia de su volumen. El otro se acercó presuroso y solícito, haciendo denodados esfuerzos por no soltar una carcajada.

Tu tío, con la cara contraída de dolor, se frotaba las rodillas a la par que musitaba una letanía de blasfemias y palabrotas. En pocos minutos hizo un recuento de los miembros de la Corte Celestial, sin olvidar a Dios Padre, y no para encomendarles su alma.

Su amigo se guardó de dar rienda suelta a su hilaridad. Ello le hubiese valido un anatema fulminante que se habría traducido en una ruptura total e irreversible de relaciones.

De cualquier forma, tu tío, desconfiado por naturaleza, sabiendo que él, en el pellejo del otro, se habría echado a reír, le lanzó una mirada asesina a fin de evitar tentaciones.

Contuso y alterado el uno por el accidente sufrido, colorado y lloroso el otro por la risa contenida, entraron en una bodega más espaciosa que las anteriores. Detrás del mostrador se apilaban los barriles hasta el techo.

Renqueante y de un humor de perros, tu tío se dirigió a un velador y se sentó. Su amigo se disponía a hacer lo mismo, pero fue parado en seco por un gesto imperioso y por un mandato.

“Pide dos copas de manzanilla y un plato de jamón”. Y luego se masajeó las rodillas.

A la cháchara sucedió un retraimiento hosco que los comentarios de su amigo no lograban conjurar. Pero el vino que había contribuido a desatarles la lengua, obró el milagro de que tu tío se sobrepusiese y, esbozando una sonrisita, hiciese un chiste sobre el percance.

Seguía teniendo hambre. El plan ideado por él incluía una visita rápida a este establecimiento para degustar el pata negra y enseguida otra más reposada a un mesón.

Y allá se dirigieron enzarzados en otro debate. El dolor persistía. Las magulladas palmas de las manos le escocían. Pero, más que las molestias físicas, era un malestar ilocalizable lo que perturbaba a tu tío, haciendo que la situación fuera diferente.

Se podía pensar también que habían abordado todos los temas posibles de conversación, desde el estado de salud de las respectivas familias a una eventual conflagración entre rusos y norteamericanos.

Hubo una serie de paréntesis silenciosos que fueron alargándose progresivamente. Por último cada uno se abstrajo en sus pensamientos.

En el mesón pidieron pavías de bacalao. Un café solo fue el colofón de ese fortuito encuentro cuyo desarrollo me he complacido en referirte.

De nuevo en la calle los dos amigos se despidieron con un apretón de manos, al que tu tío añadió unas palmadas en el hombro.

Pero aquí no termina esta historia. Recordarás que ese sábado tu tío regresó a casa bien tarde.

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XXIX

Como el vino les abriese el apetito, tu tío decidió que lo mejor era ir a un bar famoso por sus tapas, situado en una calle cercana que desembocaba en Sierpes. Era también un local estrecho y oscuro. Sobre el mostrador estaban las bandejas con las especialidades de la casa. Las que necesitaban ser preparadas en la cocina eran anunciadas en carteles pegados a la pared donde se leía el nombre del plato y había un dibujo alusivo.

No había mucha gente. Los dos guardaron silencio mientras paseaban la mirada por las bandejas y los carteles. Antes de que su amigo dijera nada, tu tío lo instó a probar los pinchitos morunos porque pecado sería visitar ese bar y marcharse sin haber saboreado los cinco trozos de carne ensartados en una larga aguja y especiados a rabiar.

Tú, ni aunque perdieras el juicio, ingerirías esos guisos en los que abundan los pedazos de tocino, morcilla y carne de cerdo, en los que la guindilla y la pimienta ocupan un lugar relevante.

A tu tío, en cambio, le gustan con delirio lo picante, lo aceitoso, lo avinagrado, lo que conlleva una digestión pesada, lo que produce regüeldos sonoros y ventosidades malolientes.

Ante lo que tú retrocederías horrorizada, él se abalanza atracándose hasta sentirse al borde del colapso. Entonces se retira de la mesa, contempla con desdén a los que todavía están comiendo porque mastican más despacio y engullen con menos ansiedad, y los reprende.

Su voracidad es de las que hacen época. Sus amistades elogian esa faceta suya y hasta tratan de emularla.

El pinchito estaba en su punto. “Está bueno, ¿eh?” dijo tu tío. “Estupendo” “No sé tú pero yo estoy muerto de hambre. Vamos a pedir otro par” “De acuerdo” repitió el otro entre dientes porque en ese momento estaba desensartando el último cuadradito de carne.

Su amigo comentó que tendría que irse pronto porque su mujer y él estaban invitados a almorzar en casa de un pariente. Enarcando sus pobladas y corridas cejas, tu contrariado tío le indicó que telefoneara para comunicar que no podía ir.

“¿Qué excusa voy a dar?” “Excusa ninguna. Dices la verdad”. Tu tío aseguró que su mujer se haría cargo. Él la conocía desde niños y sabía a ciencia cierta que no se enfadaría. En fin, si era necesario, él mismo hablaría con ella.

Su amigo no estaba convencido. Tu tío insistió. “¿Cuánto tiempo hace que no nos vemos? ¿Cuánto tiempo pasará antes de que nos veamos otra vez?”.

Le brillaban sus ojos enterrados en carne. Sin poder contenerse dejó escapar una risita.

Entre bromas y veras preguntó: “¿En tu casa quién manda?” “No es eso. Son los compromisos”.

Tu tío, al que tanto como una juerga y una ración de gambas al ajillo, que era lo que se disponía a pedir en cuanto resolviera este asunto, le gusta forzar la voluntad ajena, cambió diabólicamente de táctica. Dándose por vencido dijo: “Haz lo que te parezca”.

El otro, tocado en su amor propio, se dirigió al teléfono y, haciendo señas al camarero de que iba a llamar, marcó un número.

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XXVIII

Quien nunca ha tenido problemas de insomnio es tu tío. Escucha los soberbios ronquidos procedentes de su cuarto. Cuando él se acuesta, es para dormir. Es lo que dice y es lo que hace.

Viéndole despatarrado en la cama, con su voluminoso vientre bajando y subiendo rítmicamente, emitiendo ese cúmulo de sonidos por nariz, boca y culo, absurdo sería plantear cuestiones que sólo afectan a los seres débiles.

Tu vida es una cadena ininterrumpida de hechos anodinos, la de tu tío, por el contrario, es tan rica en lances novelescos que basta con averiguar qué hizo el sábado pasado para deleitarse con un jugoso episodio.

A las mujeres de la casa os tiene acostumbradas a esas escapadas de las que vuelve ojeroso y con dolor de cabeza.

Últimamente se reserva más y, en vez de quedarse de francachela en Sevilla, prefiere copear con sus amigotes en el pueblo y retirarse a una hora prudente.

El sábado pasado, sin embargo, después de salir del trabajo, se topó en la calle Cuna con un antiguo compañero al que, por residir en otra ciudad, hacía mucho tiempo que no veía. A tu tío le dio una alegría inmensa.

Ateniéndose a su rutina, se dirigía a una bodeguita de la plaza del Salvador donde tienen unos caldos que “quitan el sentido”.

Se abalanzó sobre su amigo con los brazos abiertos al tiempo que exclamaba: “¡Hombre, hombre, hombre! ¡Tú por aquí!”.

Tras el intercambio de saludos, tu tío le propuso celebrar el feliz encuentro con un amontillado que sólo servían en un lugar por él conocido.

Eran las dos de la tarde. Tu tío transpiraba por todos los poros. La bodeguita era un tugurio oscuro, con un mostrador alto y un penetrante olor a vinazo. En el techo un ventilador de grandes aspas giraba con desgana.

Tu tío, cliente asiduo y confianzudo, dio dos o tres palmadas y dijo al dueño: “Pon dos de ese que tú sabes”. Luego, con aires de gran catador, cogió la copa por el tallo, miró su contenido al trasluz, lo olfateó, lo degustó. E invitó a su amigo a que hiciera otro tanto.

Mientras bebían a palo seco, tu tío se lanzó a una prolija explicación de las características y el proceso de envejecimiento de ese solera, intercalando en su discurso hiperbólicos elogios.

No paraba de hablar ni de gesticular. De cuando en cuando, para recuperar el aliento o pedir otra ronda, interrumpía su perorata, paréntesis que el otro aprovechaba para dar su opinión o contar algo de su vida.

Tu tío se ponía en jarra y lo escuchaba con deferencia, volviendo a la carga a las primeras de cambio.

El dueño intervenía a requerimiento de tu tío que recurría a él cuando quería dar a sus argumentos un peso aplastante.

Si, por la razón que fuese, el interpelado discrepaba, tu tío se apresuraba a hacer suya la nueva tesis o enfoque no desdiciéndose nunca. Enarcando sus pobladas y corridas cejas, asentía enérgicamente con la cabeza dando a entender que era eso lo que él pensaba.

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XXVII

Sentados en el umbral y en sillas a ambos lados de la puerta tomáis el fresco. En la calle mal iluminada por una bombilla de escaso voltaje se ven o más bien se adivinan otros circulares familiares semejantes al vuestro.

Sopla una brisa que resarce del día de calor.

El tiempo pasa sin sentir. Ya es tarde. Tu tío cabecea como un barco movido por las olas. Hace rato que tu hermana ha cerrado el pico. Tu madre, de rostro impenetrable, está relajada. Y tú, bien despierta, hilas en tu mente recuerdos y deseos.

En un arrebato tu hermana se pone en pie y anuncia: “Me voy a la cama”. Tu madre la mira y dice: “Nos vamos todos”.

Antes de acostarte te diriges al cuarto de baño y te contemplas en el espejo. Tienes el pelo corto y ondulado, la piel tersa y blanca, la boca pequeña. Parece la cabeza de una muñeca de porcelana.

Piensas que estás en la flor de la edad, que eres joven, que quién sabe lo que el destino te depara.

Permaneces en esa actitud soñadora hasta que tu tío abre la puerta de un empujón y entra desabrochándose la bragueta. Luego se pone a orinar de espaldas a ti. Cuando acaba, se va en un estado de cuasi sonambulismo.

Tú, inmóvil, en silencio, contienes el aliento, das un suspiro cuando recuperas tu soledad.

El dormitorio, que compartes con tu hermana, tiene una ventana que da al patio. Las hojas están abiertas de par en par y la persiana enrollada.

Tu hermana respira profundamente. Para no molestar, que es una de tus obsesiones, no enciendes la lámpara con tulipa opaca. Te acercas a la cómoda y pulsas el interruptor de una capillita dorada de torres góticas delante de la que hay un montoncito de jazmines.

Te desnudas con parsimonia, cuelgas el vestido en la percha, te quitas las sandalias y echas hacia atrás la colcha y la sábana. Sacas de debajo de la almohada tu pijama corto, te lo pones y, descalza, vas a la cocina por un vaso de agua que, tratando de hacer el menor ruido posible, depositas en el cristal de la mesita de noche. Por último apagas la lucecita y te tiendes en la cama.

No tienes ni pizca de sueño. Por más que giras a un lado y a otro, no das con la postura adecuada. Te incorporas y bebes un sorbo de agua.

Te gustaría dormirte de inmediato, olvidarte de esa infinidad de problemas que te aguijonean sin cesar: disgustos, rencillas, dolencias, fobias…Lo que llamas tus nervios.

Pero esa noche no te va a resultar fácil escapar. No puedes dejar de pensar en el malévolo comentario que la tendera, famosa en el vecindario por su lengua viperina, hizo esta mañana a propósito de una amiga tuya.

¿Cuáles fueron sus palabras exactas? Mientras ajustaba una cuenta, cazó al vuelo las frases que intercambiaban dos clientas. Hablaban de la rapidez con que se estaban llevando a cabo los preparativos de la boda. Ese acontecimiento se estaba precipitando sospechosamente.

La tendera, sin dejar de sumar, sentenció: “Esa se casa tan de prisa porque está preñada”. Y a continuación añadió: “Son trescientas veinticuatro pesetas”.

No te molestó tanto la certeza de que no iba descaminada como el tono empleado.

Nada de lo que ocurría en el pueblo era ignorado en ese mentidero donde una jamona entre jamones, chorizos, salchichones, sacos de garbanzos, lentejas y azúcar, latas de conservas y un sinfín de productos que iban de la colonia barata a las cremalleras, pontificaba incansable.

En definitiva, esa historia se limitaba a otra conocida que cambiaba de estado civil. El autor del desaguisado, además, no había escurrido el bulto. No se había ido a Barcelona o a Alemania. Dentro de poco tiempo las murmuraciones quedarían cortadas de raíz.

Era un asunto de poca monta. Las comadres no tendrían donde cebarse, pero por eso no había que afligirse.

Tu tía, no con frecuencia, dada tu susceptibilidad, te gasta una broma al respecto. O lo que ella tiene por tal. Te dice: “¿Cuándo te vas a casar? A este paso se te va a secar la matriz”.

Achaca tu soltería a lo que denomina “tus exigencias”. Según ella, se te han presentado partidos interesantes. Tú te encoges de hombros, haces un ridículo mohín y cambias de conversación si no estás de humor para seguirle la corriente.

De los tiros al aire que dispara, algunos dan en el blanco.

No vayas a pensar que consigues engañarla con tus argucias y tus muecas. Tu tía es pájaro viejo. A pesar de sus pocas luces se percata bien de lo melindrosa que eres, e incluso, si me apuras, del miedo que el noviazgo y el casamiento te producen.

Hay datos cuya conexión sólo captas en pesadillas que, todavía acongojada, cuentas a tu madre mientras tomáis el café mañanero. “Deberías ir al médico” te dice. Pero tú descartas esa posibilidad de inmediato porque, entre otras razones, detestas a los matasanos.

Prefieres servirte otra taza de café y complacerte en tus sufrimientos.

A veces, como en esta noche veraniega en que una agradable brisa perfumada de jazmín invade el cuarto, haces un recuento de tus pretendientes: de los que lo fueron, de los que no lo fueron pero pudieron haberlo sido, y de los que te habría gustado que lo fueran.

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XXVI

¿Quién iba a suponer que el infortunio se abatiría sobre tu familia? ¿Quién podía imaginar que a la agonía y muerte de tu abuelo sucedería la de tu abuela?

A los pocos meses de haber fallecido su marido, tu abuela se resfrió. Nada de importancia. Estornudaba y le lagrimeaban los ojos. Se quejaba también de dolor en las articulaciones.

Mediaba la primavera y achacasteis la indisposición al aumento de la temperatura que fue la causa de un apresurado despojamiento de prendas invernales. Esta explicación, sin embargo, no era válida para ella que seguía casi igual de abrigada.

Por diversos motivos os hallabais fuera de casa. Tu tío y tu hermana no habían regresado aún de Sevilla. Tu madre y tú habíais ido a ver a tu tía.

Pasabais revista a las novedades del pueblo y acabasteis hablando de los vestidos que, a causa del calor y del luto que cumplíais, os veríais obligadas a teñir de negro. Sobre las telas que admitían tinte surgieron dudas.

Tu tía y tu madre se enzarzaron en una discusión. Para ilustrar sus argumentos, tu madre te pidió que fueras a casa y trajeras una falda tuya. Tú intervenías cuando te dejaban. Tus razones eran escuchadas con condescendencia pero no eran tomadas en serio. Esa actitud te producía irritación.

La puerta estaba encajada. Empujaste y llamaste a tu abuela que no respondió. Pensaste que estaría cosiendo a la sombra del naranjo.

Entraste en tu habitación, cogiste la falda y con ella colgada del brazo fuiste al patio.

Tu abuela estaba sentada en una postura forzada. Tenía el cuerpo ladeado a la izquierda y la barbilla pegada al pecho. Parecía que estaba durmiendo. Pero ella no tenía la costumbre de sestear.

Un cosquilleo recorrió tus piernas que se te aflojaron. Te disponías a comunicarle el motivo de tu regreso pero no acertaste a decir nada.

La llamaste con voz quebrada y diste un paso en su dirección. La anciana seguía callada. Observaste que respiraba, lo cual te tranquilizó.

Desechaste la lúgubre idea que habías concebido, y te acercaste más. Era evidente que estaba echando un sueñecito.

Le tocaste el hombro pero no reaccionó. De nuevo el miedo se apoderó de ti. Y ese miedo se convirtió en pánico cuando escuchaste sus roncas inhalaciones.

La zarandeaste ligeramente y tu abuela cayó al suelo como un fardo. Te pusiste blanca. Una mueca de espanto desfiguró tu cara.

No sabías qué hacer, si ir primero a casa de tu tía, a casa del médico o arrastrar a la moribunda a la cama. Dado su peso, rechazaste esta última posibilidad.

Optaste por volver zumbando a casa de tu tía. Sin aliento, desencajada, contaste lo que había pasado insistiendo en el hecho, tan penoso para ti, de que la abuela estaba tendida en los gastados ladrillos.

Por la calleja, mientras os apresurabais, tu tía te increpó. Según ella, deberías haber avisado a una vecina y entre las dos haber trasladado a su “pobre mama” al dormitorio.

En tu mente han quedado impresas las continuas carreras que tuviste que dar. En cuanto llegasteis, te mandaron a buscar al médico.

La respiración de la anciana era cada vez más anhelosa. Cuando la llevabais a la cama, notaste que se estaba poniendo azulosa o grisácea, de un color feo.

Tu tía, rodeada de vecinas que intentaban consolarla, gemía en el comedor. Cuando saliste del cuarto, donde ella no entró porque estaba muy afectada, se informó. Mostrándole la receta que había extendido el médico, le explicaste que había estado reservado. Y a escape fuiste a comprar el medicamento.

Tu abuela, que tenía una dolencia de corazón, expiró esa misma noche.

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