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Archive for the ‘Entre nosotros’ Category

XXII

Un día, siendo niño, advertí en tu casa cierto revuelo. ¿Qué habría pasado?

Fui a preguntar a mi tía abuela. Me pidió que no hiciera ruido. El vecino había fallecido. Por eso había gente en la calle. El entierro era por la tarde.

La escuchaba boquiabierto. Era mi primer contacto con esa realidad cuyo significado nunca me había planteado. Sabía que el prójimo se moría, pero eso ocurría siempre fuera de mi ámbito y no me afectaba.

Esta era la primera vez que afrontaba la desaparición de alguien cercano. Al principio no me hacía a la idea de que el hombre de pantalones de pana y gorra negra con el que a menudo me cruzaba por la calle, al que observaba mientras se alejaba camino de la huerta con el burro de reata y el cigarrillo en la comisura de los labios, hubiese dejado de existir.

Salí de la cocina y subí al soberado. Desde la ventana de la buhardilla te vi atravesar el patio. Llevabas un pañuelito en la mano con el que te restregabas los ojos y la boca. Tus ademanes eran mesurados.

Descubrí en ti, pese a tu juventud, a una persona madura. Tus lágrimas, tu pelo recogido en un moño, tu andar decidido y silencioso eran los datos con los que elaborar una nueva imagen de ti.

Ya no eras una muchacha delgaducha y falta de gracia. Tu habitual palidez realzaba a ese ser desdichado en que te habías convertido de la noche a la mañana.

Como he podido corroborar en otras ocasiones, el mundo se disolvía a tu alrededor, sólo tú tenías consistencia. De ti emanaba una afirmación tan rotunda que pensar en otra cosa que no fuera tu tragedia familiar me habría parecido un sacrilegio.

Bajé del soberado para informarme de la enfermedad de tu abuelo y de la actitud que había que adoptar en esas circunstancias.

El funeral era a las seis. Las dos horas más largas de mi vida fueron las que transcurrieron antes de que agitaran la campanilla anunciando el fin de la jornada escolar. Salí disparado.

Delante de tu puerta varios grupos de hombres conversaban en voz baja. De vez en cuando una mujer aparecía en el umbral, miraba a un lado y a otro, suspiraba y se iba.

A pesar de la gente congregada en la calle y de la que había invadido las habitaciones de tu casa, reinaba un extraño silencio que los murmullos y los tañidos de la campana no lograban contrarrestar. Ni siquiera la presencia de un niño que se deslizó por entre las figuras inmóviles humanizó esa escena irreal.

A medida que se acercaba el momento en que vendrían el cura y los monaguillos, el número de acompañantes aumentaba.

Ese cuadro sobrecogedor no impedía que fueras tú quien ocupases mis pensamientos.

Antes de almorzar había notado el cambio que este golpe había operado en ti. Había resignación en tu mirada. Una suerte de sabiduría impregnaba tus gestos.

Nunca te había visto tan inaccesible. Nos separaban experiencias tan profundas que me sentía empequeñecido.

¿Qué edad tenías? Dieciséis años si no me equivoco. Eras una jovencita tirando a desgarbada, a medio hacer, que se entregaba a vagas ensoñaciones. Aunque tu infancia había sido tristona, hasta entonces no habías tenido que encarar el hecho irreversible de nuestra finitud.

Ciertamente ese desenlace no te cogía de sorpresa, no ya porque a tu alrededor se hubiesen producido otras muertes, ni porque la enfermedad de tu abuelo hiciera temer lo peor, sino porque una parte de ti vivía a la espera de la desgracia.

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XXI

Los amores de tus padres son una de esas infrecuentes relaciones que, hundiendo sus raíces en la pubertad, franquean las barreras, vencen los impedimentos y llegan a la edad adulta en un envidiable estado de lozanía.

No negaré que esas mismas barreras e impedimentos son los acicates que permiten a dos personas mantenerse firmes en sus decisiones.

El signo de estos amores es trágico. Los de tus progenitores estuvieron marcados desde su inicio por el infortunio. Una piedra lanzada por una mano desconocida abrió una brecha en la frente de tu padre.

A los desaforados gritos del herido acudieron curiosos de ambos bandos. Por encima de las cabezas de los cardos fueron apareciendo, aquí y allá, en insólita floración, otras, muchas de ellas rapadas, que se movían a izquierda y derecha tratando de localizar el origen de los lamentos.

Por acuerdo tácito en estos casos cesaban las hostilidades y se iba a socorrer a la víctima. Una vez identificada, correspondía a sus compañeros de armas hacerse cargo de ella mientras los soldados del ejército enemigo se apresuraban a poner el cuerpo a buen recaudo por temor a la furia que desencadenaba la sangre derramada.

Se fueron acercando cautelosos al sitio donde, tendido, yacía el descalabrado. “¡Es de los nuestros!” se oían ya voces airadas.

La curiosidad, más fuerte que el miedo, hizo que los chavales siguieran avanzado. Con la honda estrujada en la mano, tu madre se deslizaba con soltura y seguridad por ese laberinto de angostos pasajes trazados a lo largo y a lo ancho del herbazal, tortuosos senderos llenos de vueltas y revueltas que deparaban encontronazos de infarto a los miembros de ambas pandillas en sus expediciones de reconocimiento y sus escaramuzas.

Tu padre estaba en un claro, cerca de su cuartel general, llamado “el fortín” por estar constituido por tres peñascos parcheados de musgo y agrupados en forma de torre.

Tu madre llegó de los últimos. Se abrió paso hasta ponerse en primera fila y observó al niño al que algunos compañeros ayudaban a levantarse mientras taponaban la herida con un pañuelo.

Tu padre tenía la cara, las manos y la ropa manchadas de sangre. Tu madre no apartaba la vista del desventurado, mirándolo sin pestañear, como tratando de desentrañar un secreto, ajena a lo que no fuera la contemplación del pañuelo empapado en el líquido rojo y viscoso, sin oír siquiera los lastimeros gemidos del niño que se enjugaba las lágrimas con el dorso de la mano.

“Ha sido ella” dijo alguien.

Apoyado en los hombros de un camarada y agarrándose el improvisado vendaje cuando, tras infructuosos intentos, se desistió de anudarlo alrededor de la cabeza, tu padre se fue.

El acusador volvió a la carga. Con acento feroz exclamó: “¡Ha sido ella!”. Otro chiquillo patizambo y de pelo rizado gritó también: “¡Ha sido ella!”. Tu madre, saliendo de su estupor, dijo: “¡Mentira!”.

Caía la noche. Los ánimos estaban exaltados. No era cuestión de ponerse a discutir.

El pequeñajo de piernas torcidas soliviantaba a los suyos: “¡Tenemos que vengarnos!”. Los otros, en vista del cariz de los acontecimientos, al amparo de la oscuridad creciente, empezaron a replegarse, con disimulo los que estaban más cerca de las sendas y a todo correr los que estaban más alejados.

Tu madre conocía ya al que, con el paso del tiempo, sería su marido, pero fue esta la primera vez que reparó en ese niño de chaquetilla raída, pantalones cortos sujetos con una cuerda de esparto y grandes ojos castaños.

Aquí podríamos situar, si quieres, el nacimiento del romance.

El cardizal lindaba con las primeras casas del pueblo. Tu madre, que corría como un gamo, alcanzó a otra niña que militaba en el mismo bando. También en el otro había varias, y no como enfermeras precisamente.

Cada vez con menos ímpetu trotaban ambas hasta que, jadeantes, se pararon un momento y luego siguieron andando. No cruzaron una palabra durante el trecho que marcharon juntas. Sólo cuando se separaron, se desearon buenas noches.

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XX

Del pueblo hasta esa, llamémosla, barriada se iba por el camino que bordeaba la cantera solitaria. Con el espacio intermedio, pasados unos años, especularía el Ayuntamiento, pero en aquel entonces no era más que un cardizal adonde los niños iban a jugar y a enfrentarse a pedradas, de las que más de uno guarda un recuerdo.

Para los chavales era una tierra de nadie que había que conquistar por la fuerza de las armas. La banda más fuerte se erigía en dueña absoluta del descampado. Pero no había que dormirse en los laureles. O más bien no era posible porque el enemigo acechaba de continuo.

Las victorias eran efímeras. Por asegurar estoy que, a lo largo de la historia de la humanidad, ninguna región ha cambiado de amo tantas veces, incluso en un mismo día.

Los ejércitos en perpetuo litigio estaban formados por los hijos de los picapedreros y por los de los vecinos del pueblo propiamente dicho.

Tu madre destacó en estas luchas por su arrojo y sus dotes de mando. Mi tía abuela, a quien no hace falta sonsacar, me ha contado algunas hazañas entre risas mal contenidas.

Sus inclinaciones bélicas depararon numerosos disgustos a los progenitores de esa Minerva que, en lugar de lanza y escudo, empuñaba una honda manejada con increíble destreza, y que, despreciando el casco protector, marchaba destocada al campo de batalla.

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XIX

No he logrado averiguar la fecha exacta en que las canteras se pusieron en explotación. Fue ese un periodo áureo para el pueblo.

Aparte de la que he mencionado, por el lado de Sevilla había cinco más. La producción de adoquines y bordillos constituyó la principal fuente de riqueza durante aquellos años. La extracción de granito y las labores del campo absorbían casi toda la mano de obra, lo cual se tradujo en estabilidad social.

El auge económico atrajo a gente de los alrededores e incluso de allende los límites provinciales, sobre todo de picapedreros, de auténticos artesanos en algunos casos.

Tu familia paterna, con la que apenas mantienes relaciones, se vio forzada a emigrar cuando tras las vacas gordas vinieron las flacas. Unos se fueron a Barcelona, otros a Madrid. Demasiado lejos para hacerles una visita. Ir a Sevilla te supone una odisea. Sobrepasar la capital andaluza es algo inconcebible.

¿Cuántas veces te han propuesto tus tíos pasar una temporada con ellos y conocer sus respectivas ciudades? Las mismas que te has negado, no en redondo que quedaría feo, sino relegando el viaje para el año próximo, en Navidad no, en Semana Santa tampoco, en feria menos, como si tú la frecuentaras.

Tus parientes no se lo toman a mal. Cuando vuelven al pueblo durante las vacaciones, van a saludaros y por inercia te reiteran la invitación. Tú no aceptas aduciendo cualquier pamplina y así una y otra vez. El cuento de nunca acabar.

Tu abuelo paterno formaba parte del aluvión de forasteros que llegó cuando las canteras se pusieron en funcionamiento. Venía de Extremadura.

Los naturales no miraban con buenos ojos a esos hombres y mujeres que acudieron al reclamo de un trabajo. Imagínate sus caras cuando vieron que su terruño era invadido por familias enteras que transportaban sus enseres en carros de ruedas chirriantes.

El primer problema que se planteó fue el de la vivienda. El Ayuntamiento consideró que esa era una cuestión personal. Así que dejó que cada cual se acomodara como pudiese. Hubo quien logró alquilar una casa o una habitación. Y quien no tuvo más remedio que levantar una chabola.

Durante el tiempo de la explotación del granito dos grupos coexistieron ni en armonía ni en tensión. Por un lado, los autóctonos dedicados a la agricultura en su mayoría, celosos de sus privilegios, que hasta donde les era posible se abstenían de mezclarse con los intrusos. Por otro lado, los forasteros, los que habitaban en el extrarradio, los que labraban la piedra.

Tu abuelo paterno construyó una choza de techo de paja y paredes de adobe en la explanada donde se establecieron los que no encontraron nada. Tu abuelo, sin embargo, no era cantero sino peón de campo.

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XVIII

El barrio donde vive tu amiga, la del providencial casamiento, es de construcción reciente. Primero se trazaron varias calles de viviendas de protección oficial. Detrás se siguió edificando a título personal en terrenos que el Ayuntamiento, su propietario, convirtió en solares y puso en venta.

Algunas parcelas colindaban con una cantera abandonada que acumulaba el agua de la lluvia transformándose en una inmensa charca putrefacta, cubierta por una espesa costra de limo. En verano esa hoya apestaba.

No se adoptaron medidas de seguridad ni de higiene. Los vecinos acabaron acostumbrándose a esas fétidas emanaciones y a sortear el peligro. Incluso circularon chascarrillos francamente ingeniosos.

Pero no era de esto de lo que quería hablarte. El pueblo ha crecido, por supuesto. El casco antiguo, el núcleo primitivo, es hoy una pequeña parte del conjunto.

En tus esporádicos paseos, cuando por circunstancias extraordinarias como un festejo o una defunción, te aventuras fuera de tu circunscripción, por barrios que no habías transitado desde hacía mucho tiempo, tienes la ocasión de comprobar las consecuencias de la fiebre constructora de la gente.

Si es tu hermana o tu tía quien te acompaña, corresponde a ellas, más andariegas y metomentodo que tú, ponerte en antecedentes. Tú, con la mano en la boca, no sales de tu asombro.

Si retrocedemos a los tiempos en que se conocieron tu padre y tu madre, hay que hacer importantes cambios de decorado, no sólo en el sentido de reducir las dimensiones del pueblo, de desadoquinar numerosas calles o de describir las miserables condiciones de vida imperantes, sino en el sentido más sutil de palpar un ambiente periclitado.

Pero si logramos insuflarle nueva savia, comprobaremos que no nos resultará tan extraño como en un primer y apresurado acercamiento nos pudiera parecer.

No radica tanto la cuestión en consignar fidedignamente como en revivir o recrear. Por otro lado, no estamos hablando de un país lejano ni de una época remota. Por el contrario, son innumerables los lazos que nos unen a esos años en los que se sitúa esta parte de la historia, de tu historia.

Una de las razones por las que te he escogido, dejando a un lado el hecho de haber sido tu vecino durante mi infancia, es ese olor a rancio que despides. Otra razón es que tu hogar es uno de los reductos donde sigue ardiendo el fuego que calentó y alumbró a nuestros abuelos.

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XVII

“¿Da usted su permiso?”. El secretario levantó la cabeza y respondió: “Adelante”.

No vayas a confundir a este funcionario, un hombrecillo enclenque que sólo trabajaba por la tarde y que murió al poco tiempo de ingresar tu tío, con el que le sucedió en el cargo, ocupándolo durante muchos años.

Un crucifijo flanqueado de dos retratos, uno de Franco y otro de José Antonio, presidían el despacho cuya lámpara estaba encendida.

En vista de la indecisión de los visitantes, el hombrecillo con gafas de concha repitió: “Adelante”. Y añadió: “Han venido por lo del chico ¿no?” “Justamente por eso” confirmó el concejal, “este es su padre que está interesado en que el niño aprenda a escribir a máquina”.

“Está todavía en la escuela” explicó tu abuelo, “sale a las cinco. En lugar de perder el tiempo jugando puede aprovecharlo haciendo algo útil” “Sí” dijo el secretario tosiendo y expectorando en la escupidera que tenía al lado del sillón.

“¿Y tú cómo te llamas?” preguntó al orondo mozalbete que no le había quitado los ojos de encima desde que entró en la habitación.

Cuando dejaron el Ayuntamiento, el concejal dijo: “Asunto arreglado. Es un tipo raro pero buena persona. Para mí que no va a durar mucho”.

Tu abuelo iba pensativo. “¿Crees que debería mandarle alguna cosilla?” “Claro, hay que ser agradecido”.

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XVI

Me temo que me he ido por los cerros de Úbeda. Por contarte de nuevo este episodio, he olvidado darte los detalles concernientes al ingreso de tu tío en el gremio de los burócratas.

Como queda dicho, tu tío entró por la puerta falsa de la mano de su padre una nubosa tarde de otoño.

Tu abuelo comunicó a tu abuela que había hablado con uno de los concejales, y que ese mismo día visitarían al secretario para que le encontrase al niño un hueco en el Ayuntamiento, para que lo emplearan en lo que hiciera falta: llevar recados, vaciar las papeleras y los ceniceros… A cambio sólo pedía que lo dejasen practicar en la máquina de escribir.

Lo más importante, por supuesto, era que se familiarizase con los chanchullos, que aprendiese el oficio. Por ese camino acabaría haciéndose indispensable. A partir de ese momento el nene tendría resuelto el porvenir. Ya podía tronar y relampaguear, llover y granizar, que a él nada le afectaría.

“Ni con tenazas al rojo vivo logran despegar de la teta gorda al que se cuelga de ella” dijo.

Al principio había que conformarse con meter al niño. Si mostraba aptitudes y tenía vocación, lo demás era cuestión de tiempo.

A las cinco y cuarto llegó tu tío, cartera en mano. “Tengo hambre” fueron sus primeras palabras. Tu abuela le respondió: “Ahora no puedes comer. Tienes que ir con tu padre al Ayuntamiento” “¿Al Ayuntamiento?” exclamó con más vanidad que asombro.

“Ve a peinarte y a lavarte las manos y la cara” le dijo tu abuela. A los pocos minutos el niño regresó con las mejillas coloradas a causa de los refregones que se había dado, y el pelo mojado y bien asentado.

Se sacudió el polvo de la ropa con un cepillo, se la alisó y, mirando a su padre, anunció: “Estoy preparado” “Vamos allá”.

No fueron directamente a la Casa Consistorial. Dieron un rodeo para pasarse por una taberna donde los esperaba el concejal que los acompañaría en la entrevista con el secretario. El lugar del encuentro, que hoy ya no existe pero que te acordarás de él, era una tasca con un mostrador de madera alto, dos anaqueles con botellas de aguardiente y coñac, y numerosos carteles de toros. Tenía también un reservado al que se entraba por la trampilla del mostrador.

Tras los saludos el concejal fue al grano. “He hablado con el alcalde. Él ha puesto también su piedrecita. No habrá problemas. ¿Queréis tomar algo?” “Un café” respondió tu abuelo, “el niño no quiere nada”.

“Tiempos difíciles” dijo el concejal. “Tiempos difíciles” confirmó tu abuelo. “A ti no te va mal con la huerta” “No me puedo quejar” “Me han dicho que tienes unos rábanos estupendos” “Tengo en casa varios manojos. Luego el niño te lleva un par”. Tu abuelo pagó la consumición de ambos y se fueron.

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