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Posts Tagged ‘pueblo’

XLI

A medida que os alejabais, el pueblo, recortado sobre el azul del cielo, de una blancura multiplicada por la claridad matinal, aparecía más bello.

Salíais temprano aunque no tanto como hubieses querido por culpa de tu tía que siempre se retrasaba. Las cestas con la comida estaban preparadas desde la noche anterior.

A ti te gustaba ponerte para la ocasión un pañuelo que anudabas en el cogote porque debajo de la barbilla te hacía la cara demasiado redonda.

Los contados días que ibais a la huerta, fuese en la estación que fuese, pero sobre todo en verano, tenían un sabor especial. Por un lado significaban la abolición de la rutina, por otro un reencuentro con la naturaleza.

De pequeña las demoras de tu tía eran un motivo de enfado. De mayor no podías evitar comentarios que trasluciesen tu irritación.

Querías partir de inmediato pero por misteriosas razones eso no era posible. No es difícil encontrarle el lado cómico a esta escena.

Si tu fastidio era muy grande, te quitabas el pañuelo de vivos colores y te lo echabas por los hombros al tiempo que dabas golpecitos con el pie en el suelo. Tu madre se ponía a hurgar en las cestas porque no se acordaba si había cogido el abrelatas. Tu hermana, tan diligente, se ofrecía a ir a casa de tu tía. En cuanto a tu abuela, aprovechaba este contratiempo para mascullar: “No sé si debería quedarme. La huerta está lejos y yo estoy vieja”.

Si era domingo, tu tío seguía durmiendo y se reunía con el resto de la familia a la hora de almorzar, a no ser que surgiese un imprevisto que lo hiciera cambiar de planes, lo cual no era extraño que pasase.

Tu abuelo, con el burro de reata, se había ido al amanecer, desentendiéndose de ese jaleo.

Conforme transcurrían los minutos, tu mal humor aumentaba. Si tu abuela insistía en lo de la lejanía y la vejez, acababas replicándole con acritud. Tu madre se apresuraba a llamarte al orden e incluso jugaba con la posibilidad de cancelar la salida.

Tú enfurruñada, tu abuela callada, tu madre comprobando si no había olvidado la sal o los tenedores, el clímax se mantenía hasta que giraban los goznes de la puerta.

La primera que entraba era tu tía con su hijo de la mano. Cargados con la impedimenta, la escoltaban su marido y tu hermana. Venían en un silencio agorero.

A pesar de tu juventud y de tu inexperiencia, tenías datos suficientes para prever el desarrollo y el desenlace de este episodio.

Dado que tu único deseo era que os pusierais en marcha, como consumada estratega, cedías el protagonismo a tu tía. El quid de la cuestión radicaba en dejarla desahogarse.

No tenías el menor interés en saber qué mosca le había picado esta vez, pero más valía escuchar sus quejas, el inacabable rosario de sus padecimientos, el cúmulo de tribulaciones que la maltraía, sacándola de sus casillas. A todo lo cual ella era incapaz de poner coto, siendo su única alternativa, según declaraba con aire fatalista, cargar con su cruz.

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XVIII

El barrio donde vive tu amiga, la del providencial casamiento, es de construcción reciente. Primero se trazaron varias calles de viviendas de protección oficial. Detrás se siguió edificando a título personal en terrenos que el Ayuntamiento, su propietario, convirtió en solares y puso en venta.

Algunas parcelas colindaban con una cantera abandonada que acumulaba el agua de la lluvia transformándose en una inmensa charca putrefacta, cubierta por una espesa costra de limo. En verano esa hoya apestaba.

No se adoptaron medidas de seguridad ni de higiene. Los vecinos acabaron acostumbrándose a esas fétidas emanaciones y a sortear el peligro. Incluso circularon chascarrillos francamente ingeniosos.

Pero no era de esto de lo que quería hablarte. El pueblo ha crecido, por supuesto. El casco antiguo, el núcleo primitivo, es hoy una pequeña parte del conjunto.

En tus esporádicos paseos, cuando por circunstancias extraordinarias como un festejo o una defunción, te aventuras fuera de tu circunscripción, por barrios que no habías transitado desde hacía mucho tiempo, tienes la ocasión de comprobar las consecuencias de la fiebre constructora de la gente.

Si es tu hermana o tu tía quien te acompaña, corresponde a ellas, más andariegas y metomentodo que tú, ponerte en antecedentes. Tú, con la mano en la boca, no sales de tu asombro.

Si retrocedemos a los tiempos en que se conocieron tu padre y tu madre, hay que hacer importantes cambios de decorado, no sólo en el sentido de reducir las dimensiones del pueblo, de desadoquinar numerosas calles o de describir las miserables condiciones de vida imperantes, sino en el sentido más sutil de palpar un ambiente periclitado.

Pero si logramos insuflarle nueva savia, comprobaremos que no nos resultará tan extraño como en un primer y apresurado acercamiento nos pudiera parecer.

No radica tanto la cuestión en consignar fidedignamente como en revivir o recrear. Por otro lado, no estamos hablando de un país lejano ni de una época remota. Por el contrario, son innumerables los lazos que nos unen a esos años en los que se sitúa esta parte de la historia, de tu historia.

Una de las razones por las que te he escogido, dejando a un lado el hecho de haber sido tu vecino durante mi infancia, es ese olor a rancio que despides. Otra razón es que tu hogar es uno de los reductos donde sigue ardiendo el fuego que calentó y alumbró a nuestros abuelos.

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10

Cada cual tenía sus propios puntos de referencia. Los míos eran las chumberas y la casita abandonada. Ninguno de los dos apareció.

Poco a poco nos fuimos relajando. Cuando nos cercioramos de que nos habíamos zafado de ese círculo vicioso, Pedrote lanzó un hurra que tuvo amplia resonancia. Para descargar la tensión nos pusimos a cotorrear. Nuestro parloteo estaba salpicado de vivas que eran coreados a pleno pulmón.

“¡Qué calor!” exclamó Carmelina.

Nuestro alborozo se manifestaba en ataques de risa contagiosa. Pedrote era quien más destacaba. En ocasiones parecía que estaba rebuznando.

“Sé prudente, que esta carretera es peligrosa” me aconsejó Luisa.

Las frondosas encinas estaban cuajadas de amentos. Sus agrietados troncos se abrían en dos gruesas ramas casi paralelas al suelo. Las copas eran inmensas.

Mientras cruzamos la arboleda, guardamos silencio. A continuación el seíta remontó una cuesta y apareció ante nosotros una calle espaciosa, con acacias en las aceras.

En los balcones había macetas de geranios y claveles, cuyas flores asomaban a través de los barrotes.

“¡Por fin!” dijo Carmelina. “No sabéis las ganas que tenía de llegar” “Ahora tenemos que dar con la casa. ¿Quién tiene la dirección?” pregunté.

“Yo” respondió Luisa y se puso a buscar en su bolso. “No encuentro el papelito” dijo al cabo de un rato. “Debería haberla anotado en mi agenda” “Mira bien” “Lo siento mucho, la he olvidado en Sevilla”.

“¿Y ahora qué hacemos?” preguntó Carmelina. “Ninguno de nosotros sabe dónde vive” “Demos un paseo” respondí “e informémonos”.

Recorrimos el pueblo sin ver un alma. De los barrios recientes nos trasladamos al casco antiguo, formado por calles, algunas con escalones, que culebreaban por la ladera del monte.

Aminoré la velocidad a causa de los desniveles y de la irregular pavimentación de guijarros, en cuyos intersticios crecía la hierba.

Acabamos extraviándonos en las vueltas y revueltas de ese dédalo de vías estrechas con casas de aleros bajos y rústicos arriates.

Había pintorescos rincones en los que se apeñuscaban tiestos y latas sembrados de rosales, hibiscos y capuchinas. Pero nuestro objetivo no era hacer una visita turística. Queríamos salir de allí cuanto antes y proseguir nuestra pesquisa.

El problema estribaba en que no lográbamos orientarnos. Yo obedecía sin rechistar las indicaciones de mis compañeros. Si, en un rapto de inspiración, me decían que cogiese por aquí o por allí, yo me atenía a sus instrucciones. Luego permanecía a la espera. Entonces declaraban: “Nos hemos confundido. Por ahí no es, ¿verdad?”.

Ni siquiera me molestaba en contestar. Yo no sabía nada tampoco y habría sido hablar por hablar.

Cuando nos poníamos a razonar, era peor. A los cuatro nos parecían correctas nuestras deducciones que, sin embargo, no coincidían. En cuanto a nuestros argumentos, nos parecían irrebatibles hasta que los poníamos a prueba.

El resultado era que íbamos a parar siempre al mismo lugar.

“¡Estoy harta!” se lamentó Luisa. El coche corcoveaba por el empedrado. “¡Harta!” “Otra vez no, por favor” suplicó Carmelina. “Esto acaba con la paciencia de cualquiera” “La mía está agotada. Si no salimos de aquí en cinco minutos, me pondré a gritar”.

“Ya te guardarás” repliqué. “Si tú gritas, yo canto” añadió Pedrote. “Y yo te estrangulo” remató Carmelina.

Iba ofuscado y dejé de prestar atención al itinerario. A fin de cuentas daba igual girar a la izquierda o a la derecha. Así fue como nos metimos en un callejón sin salida.

En vez de dar marcha atrás me quedé mirando la pared que nos interceptaba el paso.

“Tenemos que hallar una solución” dije. “¡Bravo!” exclamó Pedrote. “Voy a sacar el coche de aquí…” “¿Y luego?” “Luego voy a soltarlo, que haga lo que quiera” “Una idea brillante” ironizó Carmelina.

“¿Tú crees que eso funcionará?” preguntó Luisa. “Ya veremos”.

 

 

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7

Al salir de una curva divisamos un pueblo, al que nos fuimos acercando a la velocidad adoptada por el vehículo. Varias veces perdimos de vista la población, que aparecía de repente y se ocultaba con la misma brusquedad. Las vueltas y revueltas de la carretera convirtieron nuestra llegada en un juego.

“¡Ahí está!” exclamaba Pedrote. “¿Dónde?” preguntábamos a la vez Luisa y yo. “A la derecha”.

Con un poco de suerte vislumbrábamos los tejados o una chimenea. Luego permanecíamos a la expectativa. Tan pronto como uno de nosotros atisbaba un indicio, lo pregonaba y, de confirmarse, se apuntaba un tanto. Si era una equivocación, tenía que restárselo a los ya acumulados. Si el marcador estaba a cero, se convertía en un negativo.

Por supuesto, se suscitaron discusiones a propósito de quién había sido el primero en distinguir una señal. Si Luisa se desgañitaba afirmando que había sido ella, Pedrote y yo la contradecíamos. Si era yo el que pretendía llevarse el gato al agua, Luisa y Pedrote hacían frente común.

“¿Acaso crees que somos idiotas?” “Imaginad una carrera de caballos…” “No me hagas reír. Para empezar tú no eres uno ni yo soy una yegua” “Lo enredas todo” “Lo que me faltaba por oír” “Déjame acabar porque no has comprendido”.

“No hay nada que comprender” terció Pedrote. “Así que no te molestes en hacernos comulgar con ruedas de molino”.

“¿Te das cuentas?” dijo Luisa a Carmelina que, aunque se encontraba mejor, no participaba en el juego. “Hace un momento se puso hecho una fiera porque yo no podía haber visto nada. Él, sin embargo, puede verlo todo el primero” “Ya lo tenemos calado”.

“Así no arreglamos este asunto” sentencié. Finalmente llegamos a un acuerdo: en los casos conflictivos todos nos apuntaríamos un tanto.

“¿Qué pueblo es ese?” preguntó Pedrote. “Debe de ser El Garrobo” respondió Luisa. “No” repliqué, “El Garrobo lo hemos dejado atrás. Ni siquiera hemos pasado por él. Quedó a la izquierda”.

“¿Estás seguro?” “Lo vamos a comprobar en seguida”. Pero a la entrada no había ningún rótulo con el nombre.

“Vaya, hombre” dijo Pedrote, “seguimos con la duda” “Habría que parar y tomar algo” sugirió Luisa. “Lo digo sobre todo por Carmelina. Un vaso de leche caliente le vendría bien” “Y una copita de coñac” añadió Pedrote. “No, nada de alcohol” “Primero tendremos que encontrar un bar abierto” dije.

Carmelina no intervino en ningún momento. Parecía dormida pero no lo estaba. De vez en cuando levantaba una mano y se echaba el pelo hacia atrás.

Las casas, de una sola planta, tenían dos ventanas enrejadas, una a cada lado de la puerta. Las paredes encaladas relucían.

El ruido del seíta adquirió proporciones sacrílegas en ese silencio de durmientes. Para colmo, el irregular adoquinado lo hacía saltar y estremecerse como si tuviera el mal de San Vito.

“Reduce” me indicó Pedrote. Metí la segunda, pero el coche mantuvo la misma velocidad.

Luisa, con la punta de los dedos en los labios, esperaba lo peor. Pedrote se había llevado también la mano a la boca, pero para contener la risa. “Verás tú” masculló.

Mirábamos con recelo hacia las puertas de las casas, por donde temíamos que, en cualquier momento, saliese un vecino airado o una comadre desgreñada. Por fortuna, atravesamos el pueblo y no ocurrió nada.

 

 

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36

Moncho bajó de la piedra donde estaba sentado. Cogió el sombrero y se lo puso. Luego, en jarra, oteó el horizonte manteniéndose en esa postura durante unos minutos.

Pensé que estábamos esperando a Chencho, que había desaparecido al poco tiempo de que llegásemos a la cueva. Pero había regresado.

Tenía en la mano un ramo de flores acampanadas y purpúreas. El hedor que percibí procedía de ellas. Moncho lo confirmó: “El beleño huele mal pero bien utilizado tiene valiosas propiedades curativas”.

Antes de partir volvimos a beber agua del manantial en el cuenco de corcho.

El río y el camino discurrían paralelos durante el primer tramo. Más adelante, en un paraje poblado de majuelos florecidos, divergían.

La brisa fragante y la cálida luz del sol me produjeron una gran sensación de bienestar. Los enanos llevaban el tabardo abierto y a mí me taparon sólo hasta la cintura con la manta de estameña.

El camino serpenteaba entre los añosos árboles a la par que subía y bajaba según los desniveles del terreno.

El encinar guardaba semejanza con el alcornocal de Orozuz. Abundaban las plantas aromáticas como la mejorana y el cantueso. En las solanas había prados de margaritas.

Dondequiera que mirase era una fiesta para los ojos: cabezuelas doradas, espigas violetas, campanillas rosas y celestes, gladiolos de color magenta, florecitas blancas surcadas de una línea rojiza que se apeñuscaban en cimbreantes varas…

En el silencio de la arboleda resonaba el picoteo de un pájaro carpintero. A nuestro paso dos abubillas espantadas alzaron el vuelo y se perdieron en la lejanía.

Tras varias horas de marcha distinguí los primeros signos de que nos acercábamos a un lugar habitado.

El camino, describiendo una amplia curva, discurría de nuevo a escasa distancia del río flanqueado por saúcos y álamos.

En la suave ladera del valle había bancales de trigo y cebada delineados con perfección geométrica. Había también parcelas sembradas de alfalfa y trébol. Las encinas raleaban. Finalmente desaparecieron siendo sustituidas por árboles frutales.

El vial se había interrumpido y contemplé las aguas del Alfaguara corriendo por un lecho de guijarros. Una cerca me ocultó el río pero seguía oyendo su apacible rumor.

La escueta torre de la iglesia fue lo primero que vi. Albergaba una sola campana y estaba coronada por un tejadillo de pizarra. Carecía de adornos o de otros elementos arquitectónicos. Ni siquiera tenía veleta o una cruz en su cúspide.

El pueblo, orientado a poniente, se levantaba al lado del río. Hasta ese momento no nos habíamos cruzado con nadie. No obstante, a la vista de las huertas y de los campos cultivados con esmero, había que descartar la idea de que estuviese deshabitado

 

 

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Paisaje (XVII)

 

 

 

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