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Archive for the ‘Una apariencia de normalidad’ Category

3

Exclamé: “¡Maldita sea!”. Traté de desenredar la pierna pero no había forma. A pesar de que me estaba poniendo cada vez más nervioso, miré bien la planta.

Tenía tallos largos, delgados, empedrados de púas afiladas y corvas que se enganchaban en la ropa clavándose más cuantos más esfuerzos hacía por liberarme.

Estaba seguro de no haber visto nunca allí una zarza. Sin duda, era una trampa que nos había tendido Reyes.

“¡Emilio, ayúdame!” Sabía que si tiraba, empeoraría la situación, pero el miedo no me permitía estar quieto.

En la penumbra reinante Emilio no lograba distinguir lo que estaba pasando. “Sube ya” repetía. “No puedo. Ayúdame”.

Me estaba llenando de arañazos. Las uñas afiladas de la zarza me tenían atrapado. Empecé a sudar. La planta me estaba inmovilizando con mi eficaz colaboración.

Una de las ventanas de la casa se iluminó. Reyes y su marido habían regresado. Y a mí me tenía atado de pies y manos ese perro de presa del mundo vegetal.

Emilio bajó de un salto, se acercó y valoró la situación. Luego sacó de un bolsillo de su pantalón una navajita. La abrió y empezó a cortar por aquí y por allá con destreza y rapidez.

La planta espinosa fue aflojando la presión de sus vigorosos tallos. “De prisa” lo apremié innecesariamente.

Metiendo la punta de los zapatos entre las piedras de la pared, trepamos por ella y desaparecimos en menos que canta un gallo. No se me ocurrió pararme a mirar mis heridas. Corrimos como si nos persiguiera una legión de demonios. Lo primero era poner tierra de por medio.

4

“Acabamos en la Tarazana” dice Emilio esbozando una sonrisa. “Sin resuello” puntualizo.

Mi amigo cortó varias rodajas de chorizo ibérico a las que añadió un puñado de picos. “Es de Cumbres Mayores. Seguro que no has comido uno como este”. El embutido, todo magro, de un apetitoso color rojo, tenía una pinta estupenda. Haciendo un gesto con la mano me animó a probarlo el primero.

 

 

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1

De tarde en tarde le hago una visita a Emilio Cárdenas. El otro día me acordé de él y pasé por su tienda a saludarlo.

Si el panorama está tranquilo, le hago compañía y charlamos de los viejos tiempos. Los nuevos no nos resultan atrayentes.

La última vez que conversamos estuvimos rememorando nuestras andanzas por las Albercas. En verano nos quitábamos las sandalias y metíamos los pies no en esos estanques profundos sino en un pilar cercano.

Nos encantaba recorrer descalzos el abrevadero sintiendo la frialdad del agua en los tobillos y las pantorrillas. Había que avanzar con cuidado. Esa antigua construcción de ladrillos tenía recubiertos el suelo y las paredes de verdín.

Cruzar el pilar era un peligroso desafío. Las posibilidades de resbalar eran elevadas.

“¡Qué malos éramos!” exclamó Emilio, “tú estuviste a punto de descalabrarte”. En efecto, patiné y salí despedido, cayendo de espaldas en el borde y yendo a parar al suelo.

Todo quedó, por suerte, en un susto mayúsculo. Emilio, con la cara descompuesta, acudió veloz en mi ayuda. Todavía hoy se altera cuando revive ese percance, y repite: “Por poco te rompes la cabeza”.

Lo que realmente me dolía era la espalda. De hecho, como consecuencia de ese violento aterrizaje, estoy resentido de la columna. “El caso es que seguimos vivos y coleando” concluyo.

2

Hay tan sólo una clienta que está metiendo las compras en la cesta. “¿No se te olvida nada?” le pregunta Emilio. “Seguramente sí”.

“Vaya, hombre, mira quién está aquí” dice Emilio al tiempo que me tiende la mano por encima del mostrador. “Te vendes caro. Hace por lo menos un mes que estás en el pueblo” “Tanto no” “¿Y los huevos?” dice la mujer. “¿Dónde crees que están?” replica Emilio. “Tengo poquísimas ganas de guasa” “¿Cuántos te pongo?” “Media docena” “Llévate una docena” “Con media tengo bastante”.

Cuando la clienta se va, dice: “Ya es hora de la cerveza”. Se acerca al frigorífico y saca dos latas. “¿Qué te cuentas, golfante?”.

Es curiosa la fama de pillo de que disfruto a los ojos de Emilio. Si tuviera que definirme, no se me ocurriría citar la picardía como uno de mis atributos. Esa reputación es descabellada, pero a Emilio no hay quien lo baje del burro.

“Ha muerto Reyes la Compuesta” me comunica tras beber un trago de cerveza. “¿Nuestra Reyes?” “La nuestra. Tenía una cosa mala”.

Calificar a Reyes la Compuesta de bestia negra de nuestra infancia es a todas luces injusto. Ese título lo merecemos más bien nosotros. Ahora bien, era una mujer de armas tomar.

Uno de nuestros deportes favoritos era husmear en corrales ajenos. Eso de saltar tapias, escondernos, espiar, tirar piedras…era algo que hacíamos en nuestros ratos libres con auténtica devoción.

Reyes nos había amenazado con retorcernos las orejas si nos sorprendía en sus dominios. Entre ella y nosotros había declarada una guerra sin cuartel. Como era la que se enfurecía más con nuestras expediciones, su corral era objetivo prioritario de nuestras correrías.

Era un recinto difícil de controlar por ser largo, parecido a un callejón. Lo jalonaban dos olivos, una higuera y algunos frutales.

Reyes y su marido tenían un huerto perfectamente cuidado. Estaba situado en la parte más lejana de la casa y, por tanto, en la más expuesta. Había cebollas, una hilera de judías que trepaban por unas cañas entrecruzadas, coles y un bancal de lechugas que era el legítimo orgullo de sus dueños.

Todas rozagantes, algunas mostraban su amarillento y tierno cogollo. Otras estaban amarradas con una cuerda, listas para ser cortadas. Nosotros habíamos decidido robar una. Y Reyes no dejarse robar.

Asomados a la tapia echamos un vistazo y comprobamos que no había moros en la costa. Sólo el espantapájaros colgado en una de las ramas de la higuera se balanceaba a impulsos del viento. El silencio y la paz del anochecer nos envolvían.

Emilio debía quedarse vigilando mientras yo perpetraba el hurto.

 

 

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Almorzamos. A través de la ventana que da al patio vemos las macetas y los arbustos iluminados por la luz cenital del sol de agosto. La cortina está descorrida a medias. La lucha contra la claridad es una costumbre arraigada. Las habitaciones se mantienen a oscuras o, como mucho, en penumbra. Pero ahora comemos y hay que saber lo que nos llevamos a la boca.

Se escucha la puerta de la calle que debería estar cerrada. Dejamos de masticar. Alguien que no se ha tomado la molestia de llamar, ha entrado. Resuenan pasos en el zaguán, en la siguiente habitación y aquí lo tenemos.

“Que aproveche” dice ceremoniosamente con su voz pastosa. Mi padre, como es costumbre, lo invita a compartir nuestros alimentos. El tío Julio declina el ofrecimiento que, a fin de cuentas, no es más que un gesto de cortesía.

“Siéntate” dice mi padre que se pone a masticar de nuevo sin preguntar a su hermano qué le trae por aquí a una hora tan inadecuada. De todas formas lo va a soltar. Para eso ha venido.

“Hay que ir a Besoto” anuncia con naturalidad. El arroz con pollo se me atraganta. Doy un buche de agua. Luego bebo casi medio vaso de un tirón. No puedo seguir comiendo.

Mi madre ralentiza la ingestión del plato principal. Mi padre sigue masticando al mismo ritmo. “¿A Besoto? ¿Cuándo?” pregunto. “Ya” responde el tío Julio.

Mi madre se levanta y va a la cocina a buscar no sé qué cosa. Es inaudito. Quiere que coja el tractor, enganche el remolque y vaya a Besoto ya. Oigo su voz lejana que añade: “He hablado por teléfono. Sólo hay que recoger los sacos de abono”.

El tío Julio es achaparrado. Tiene unas manos grandes y vellosas que manejan los sacos como si fueran bolsitas de pipas de girasol. Rezuma vigor y arrogancia, sobre todo si se le compara con sus dos hermanos.

El mayor, en palabras de mi madre, es el espíritu de la golosina. Esmirriado, estrecho de hombro, ligeramente cheposo, parece que va a desarmarse en cualquier momento.

En cuanto a mi padre, si la salud se mide por el apetito, no hay más remedio que concluir que la suya es envidiable.

El tío Julio da media vuelta y se va sin despedirse. Mi madre regresa de la cocina y se sienta.

En la mesa, surgido de la nada, hay un frutero con peras y manzanas.

 

 

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3
Rita no dijo esta boca es mía durante la visita al tabuco. Ya en el callejón Nemesio concedió: “Por supuesto, hay que hacer algunas reparaciones. El postigo de la ventana no encaja bien y aquí hace frío y llueve lo suyo. No creo que el dueño tenga inconveniente en ponerlo a punto” “Y la puerta también necesita otro arreglito” apuntó Sonia.
Luego nos acercamos a saludar a unos conocidos que estaban a la entrada de un cafetín. Como pude comprobar asomando la cabeza, la gente estaba fuera porque dentro el espacio era muy reducido. Era otra ratonera donde apenas cabían un mostradorcito y tres mesas cuadradas rodeadas de taburetes ocupados por clientes.
El cuchitril que nos había enseñado Nemesio estaba casi en frente, lo cual constituía otra ventaja para Sonia. “Bueno” precisó, “ventaja e inconveniente”.
Ventaja porque estaba al lado de un punto de encuentro de la gente del gremio. Inconveniente porque podía ser una molestia a causa del ruido. “Aunque hay que convenir en que esos ermitaños no son de los que arman jaleo” añadió. O sea que ni siquiera se podía hablar de inconveniente.
Nemesio recabó nuestra opinión. Estaba de un humor excelente. El callejón no tenía alumbrado público. Caí en la cuenta de que el cuchitril no tenía tampoco luz eléctrica. No recordaba haber visto ni una bombilla ni un interruptor ni un cable.
Corría un vientecillo desapacible y la humedad iba en aumento conforme anochecía. Rita mantenía un obstinado silencio. “Me parece un poco pequeño. Somos cuatro de familia” dije.
Nemesio extendió los brazos en un grandilocuente gesto de incredulidad. Yo insistí en ese argumento: “Para una persona o para dos es el sitio ideal” “Vosotros os lo pensáis bien y pronto” nos exhortó Nemesio, “oportunidades como ésta no se presentan todos los días”.

 

 

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1
Nemesio tenía madera de santón. Era vegetariano a rajatabla. En su opinión había indicios incontrovertibles de que el fin de los tiempos estaba a la vuelta de la esquina. Él lo pintaba como un desastre ecológico de magnitud planetaria.
Mares y ríos contaminados, atmósfera irrespirable, especies animales y vegetales extinguiéndose a un ritmo acelerado, proliferación de todo tipo de cánceres, sequías espantosas, tierras esquilmadas, hambrunas…
Después de escucharlo sólo se ofrecían tres opciones: el suicidio, el activismo político desenfrenado aunque se tuvieran serias dudas sobre su utilidad, o el replegamiento a una forma de vida respetuosa.
Él no se consideraba ni un catastrofista ni un alarmista. Ni siquiera pensaba que cargaba las tintas. Era implacable. Con la reencarnación le pasaba tres cuartos de lo mismo. Para él no se trataba de una creencia sino de un hecho comprobado.
En lo que a mí respecta, de las tres posibilidades, la primera quedaba descartada. Inconvenientes incluidos, le tengo apego a la existencia. La segunda chocaba frontalmente con mi carácter introvertido y desconfiado. Sólo podía recurrir al retiro.
Viviría al margen de este disparate colectivo que nos estaba conduciendo a la destrucción. Me ajustaría a los ciclos de la naturaleza. Y aunque de esta forma no solucionase nada, tampoco contribuiría a hacer más inhabitable la Tierra.

2
Tenía la intención de realizar mi plan asumiendo todas las consecuencias. No con un pie aquí y otro allí. No jugando con dos barajas. Me trasladaría a una aldea de la Sierra de Aracena con toda mi familia.
Nemesio cabeceó complacido. El problema inmediato era encontrar un alojamiento adecuado. Yo sabía que él, aunque siempre regresaba a Sevilla, pasaba temporadas más o menos largas en la sierra, donde tenía contactos.
Me dijo, en efecto, que podía ayudarme a encontrar una casa. Días más tarde me telefoneó para comunicarme que el asunto estaba arreglado.
La “casa” estaba situada en un callejón retorcido y sombrío, justamente en la curva. Era un pegote de cemento con techo de uralita que sobresalía de la hilera de edificaciones parejas y encaladas, como una verruga urbanística que le hubiese salido a la callejuela.
El cuchitril (otro nombre no merecía e incluso ése le venía ancho) estaba compuesto por una habitación a dos niveles. Es decir, dividida por un escalón de medio metro de altura.
Sonia, una amiga de Nemesio que también tenía proyectado mudarse a la sierra, nos acompañaba. Fue la primera en hablar. “Es perfecto”.
La puerta de madera resquebrajada cerraba mal. Las paredes estaban llenas de borujones. El suelo encementado estaba carcomido en algunas partes.
Miré a Sonia que, como reflejaba su rostro, estaba encantada. No me atreví a despegar los labios.
Ella lo veía claro. La parte superior del habitáculo serviría de dormitorio. En esa plataforma cabían holgadamente tres o cuatro colchones individuales. El único ventanuco sin rejas pero provisto de un postigo hinchado por la humedad que, al igual que la puerta, no ajustaba bien, estaba también allí arriba como una garantía de ventilación.
“Y esta parte” dijo mirando a su alrededor “puede ser la cocina, el comedor, la sala de estudio, el cuarto de estar, todo lo que se quiera”.
Extendiendo la mano hacia el espacio superior añadió: “Además de para dormir, puede servir también para hacer prácticas de meditación y relajación. Y es un lugar ideal para leer”.
Sonia entornó los ojos y siguió sopesando mentalmente las múltiples posibilidades que brindaba la vivienda. Nemesio, seguro de haber dado en el clavo, esbozó una sonrisa de satisfacción.

 

 

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Toda mi adolescencia ha sido una lucha sin cuartel para marcar las distancias y, en última instancia, sustraerme a la influencia de mis tíos.
Mi padre era un hombre débil, incapaz de poner las cosas en su sitio. Pero allí estaban mis tíos Julio y Luis para mangonear y disponer.
Crecí, por un lado, sin el apoyo necesario y, por otro, con el temor a ser arrollado, lo cual implicaba una tensión constante.
Vivir en situación de alerta me parecía no ya una injusticia sino una monstruosidad. Por supuesto, no sabía si iba a tener la fuerza necesaria para superar esa prueba.
Es increíble la sensación de vacío que me produce todavía hoy pensar en esos años. Me gustaría experimentar odio, deseos de venganza, pero la verdad es que sólo experimento un vacío interior. Un vacío de muerte que todo lo absorbe y todo lo diluye con superlativa indiferencia. Como si nada de lo que ocurrió tuviera que ver conmigo. Como si fuera posible mantenerse asépticamente al margen, en un estado de inhumana pureza.
A pesar de tener un hijo mayor que yo, el tío Julio se pasaba la vida pidiéndome que lo ayudara. Las pasaba canutas cuando me reclamaba para el transporte de troncos, que eran pesados y difíciles de manejar. Este trabajo me desollaba las manos y me llenaba el cuerpo de magulladuras.
Los troncos parecían estar vivos. Se escapaban, resbalaban, caían sobre un pie… Después de una peonada me dolían los huesos y tenía los músculos entumecidos. Pero lo peor era el abatimiento.
Cuando lo veía entrar resueltamente en la casa paterna, me ponía enfermo. ¿Por qué no le paraban los pies? El tío Julio se comportaban con el despotismo de un sátrapa, como si todo le perteneciera, sin dar explicaciones.
Se colaba de rondón y decía que necesitaba mi ayuda. Yo tenía que dejar lo que estuviera haciendo y acompañarlo.
En esa ocasión estaba preparando un examen. Desde mi cuarto oí que hablaba con mi madre. Ella le informó de que yo estaba estudiando. “Que deje los libros, hay trabajo” respondió él.
Tuve tal descarga de adrenalina que quedé paralizado. Ni siquiera podía sostener el bolígrafo en la mano. Escuché los pasos de mi madre que venía a avisarme. Cuando llegó, me había recuperado un poco. Lo suficiente para responder: “No voy a ir a ningún sitio”.
El tío Julio la había seguido y estaba en la puerta. “Cuanto antes nos vayamos, antes estaremos de vuelta” “Mañana tengo un examen difícil” “No será mucho tiempo” terció mi madre sin saber siquiera de qué trabajo se trataba.
Mi cuerpo, como si hubiese sufrido un súbito proceso de congelación, cesó de emitir señales. Miré mis apuntes, mis libros. Escuché su voz diciendo: “Vamos”. Luego la de mi madre: “Cámbiate antes de irte”. Y otra vez la de él: “Rápido”.

 

 

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3
El aula era pequeña y estaba acristalada. Tenía una magnífica vista a la plaza Marqués de Figueroa. El número de alumnos era reducido. Los conocía del curso anterior. No eran la flor y nata del instituto.
Cuando me senté, la sala tan luminosa y poco poblada, me pareció más grande. Contemplé a Rafaela Astorga. Esperaba haberme librado de ella este año. Ladeada en la silla, con una lánguida mano encima de la mesa, parecía derrengada. Probablemente no había traído ni cuadernos ni bolígrafos. Bien empezábamos.
Llamaron a la puerta que se abrió de inmediato. Quienquiera que fuese no esperó mi permiso. Varios alumnos pasaron y se sentaron haciendo más ruido del necesario.
Saqué mi material de la cartera y me dispuse a pasar lista. Quería comprobar si estaban todos.
Pero antes de pronunciar el primer nombre la puerta se abrió de nuevo y entró más gente. No sólo alumnos sino vecinos del pueblo entre los que había algunos conocidos.
A medida que unos se acomodaban, otros llegaban, agrandándose el aula para que cupieran.
Si no hubiese sido por mi desazón, me habría mondado de risa.
Entre los presentes se hallaban algunas autoridades, incluidos el alcalde y su mujer. También estaba mi suegro y sus compañeros de dominó.
Aquello no era una clase sino un mitin y yo no estaba sobre la tarima, sentado a la mesa del profesor, sino en una tribuna que habían montado en la plaza Marqués de Figueroa.

4
Quiera que no, me sentí en la obligación de dirigir la palabra a los congregados. Mi discurso fue breve.
“Como ustedes comprenderán, no puedo dar clase en estas condiciones. En este espacio abierto se pierde la voz. Tendría que hacer un esfuerzo sobrehumano para hacerme oír. Ni siquiera voy a intentarlo. De hecho, me está costando tanto trabajo hablar que ya me está picando la garganta. Lo que voy a hacer es ir a ver al jefe de estudios y pedirle que me aclare este asunto”.
Todos permanecieron inmóviles y silenciosos. ¿Qué estaban esperando? ¿Querían que les soltase un rollo, que los distrajese?
Ostensiblemente cogí mis papeles y mi bolígrafo, y los guardé en la cartera. Miré una última vez a esos pasmarotes y bajé de la tribuna.
Desde la clase acristalada los contemplé de nuevo. Allí seguían como estatuas de sal. Me entraron ganas de abrir la ventana y gritarles: “¡Es a mí a quien tienen que dar explicaciones!”.

 

 

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