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Posts Tagged ‘lechugas’

1

De tarde en tarde le hago una visita a Emilio Cárdenas. El otro día me acordé de él y pasé por su tienda a saludarlo.

Si el panorama está tranquilo, le hago compañía y charlamos de los viejos tiempos. Los nuevos no nos resultan atrayentes.

La última vez que conversamos estuvimos rememorando nuestras andanzas por las Albercas. En verano nos quitábamos las sandalias y metíamos los pies no en esos estanques profundos sino en un pilar cercano.

Nos encantaba recorrer descalzos el abrevadero sintiendo la frialdad del agua en los tobillos y las pantorrillas. Había que avanzar con cuidado. Esa antigua construcción de ladrillos tenía recubiertos el suelo y las paredes de verdín.

Cruzar el pilar era un peligroso desafío. Las posibilidades de resbalar eran elevadas.

“¡Qué malos éramos!” exclamó Emilio, “tú estuviste a punto de descalabrarte”. En efecto, patiné y salí despedido, cayendo de espaldas en el borde y yendo a parar al suelo.

Todo quedó, por suerte, en un susto mayúsculo. Emilio, con la cara descompuesta, acudió veloz en mi ayuda. Todavía hoy se altera cuando revive ese percance, y repite: “Por poco te rompes la cabeza”.

Lo que realmente me dolía era la espalda. De hecho, como consecuencia de ese violento aterrizaje, estoy resentido de la columna. “El caso es que seguimos vivos y coleando” concluyo.

2

Hay tan sólo una clienta que está metiendo las compras en la cesta. “¿No se te olvida nada?” le pregunta Emilio. “Seguramente sí”.

“Vaya, hombre, mira quién está aquí” dice Emilio al tiempo que me tiende la mano por encima del mostrador. “Te vendes caro. Hace por lo menos un mes que estás en el pueblo” “Tanto no” “¿Y los huevos?” dice la mujer. “¿Dónde crees que están?” replica Emilio. “Tengo poquísimas ganas de guasa” “¿Cuántos te pongo?” “Media docena” “Llévate una docena” “Con media tengo bastante”.

Cuando la clienta se va, dice: “Ya es hora de la cerveza”. Se acerca al frigorífico y saca dos latas. “¿Qué te cuentas, golfante?”.

Es curiosa la fama de pillo de que disfruto a los ojos de Emilio. Si tuviera que definirme, no se me ocurriría citar la picardía como uno de mis atributos. Esa reputación es descabellada, pero a Emilio no hay quien lo baje del burro.

“Ha muerto Reyes la Compuesta” me comunica tras beber un trago de cerveza. “¿Nuestra Reyes?” “La nuestra. Tenía una cosa mala”.

Calificar a Reyes la Compuesta de bestia negra de nuestra infancia es a todas luces injusto. Ese título lo merecemos más bien nosotros. Ahora bien, era una mujer de armas tomar.

Uno de nuestros deportes favoritos era husmear en corrales ajenos. Eso de saltar tapias, escondernos, espiar, tirar piedras…era algo que hacíamos en nuestros ratos libres con auténtica devoción.

Reyes nos había amenazado con retorcernos las orejas si nos sorprendía en sus dominios. Entre ella y nosotros había declarada una guerra sin cuartel. Como era la que se enfurecía más con nuestras expediciones, su corral era objetivo prioritario de nuestras correrías.

Era un recinto difícil de controlar por ser largo, parecido a un callejón. Lo jalonaban dos olivos, una higuera y algunos frutales.

Reyes y su marido tenían un huerto perfectamente cuidado. Estaba situado en la parte más lejana de la casa y, por tanto, en la más expuesta. Había cebollas, una hilera de judías que trepaban por unas cañas entrecruzadas, coles y un bancal de lechugas que era el legítimo orgullo de sus dueños.

Todas rozagantes, algunas mostraban su amarillento y tierno cogollo. Otras estaban amarradas con una cuerda, listas para ser cortadas. Nosotros habíamos decidido robar una. Y Reyes no dejarse robar.

Asomados a la tapia echamos un vistazo y comprobamos que no había moros en la costa. Sólo el espantapájaros colgado en una de las ramas de la higuera se balanceaba a impulsos del viento. El silencio y la paz del anochecer nos envolvían.

Emilio debía quedarse vigilando mientras yo perpetraba el hurto.

 

 

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