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Archive for the ‘Cuentos’ Category

4
Desde que el barco zarpó, Ramón no se movió de la cubierta superior. Agarrado a la borda, contemplaba las gaviotas y las olas sin atreverse a dar un paso.

El mar estaba bonancible y un ambiente festivo reinaba en el transbordador.

Ramón decidió reunirse con nosotros que, por indicación de las Ramírez, nos habíamos acomodado en unas hamacas situadas cerca del lugar donde ponían la pasarela, para ser los primeros en bajar.

Viéndose con fuerzas, Ramón dio un paseo. Anduvo curioseando por las diferentes dependencias, colándose por último en un solárium donde descansaban beatíficamente personas mayores.

Allí fue donde se topó con la señora Joaquina dando la tabarra a quien tenía al lado. Al ver a Ramón, interrumpió su perorata y, alborozada, llamó al paisano.

Cuando aparecieron los dos, nos llevamos una sorpresa mayúscula.

En esto, debido a las corrientes marinas, el barco empezó a oscilar. Estábamos en mitad del estrecho. Las mecidas espantaron a Ramón que huyó a la cubierta superior.

La señora Joaquina, que, aun resultando inverosímil, nos había pasado desapercibida, estaba loca de contento por habernos encontrado y pasó a engrosar nuestras filas.

A medida que nos acercábamos a nuestro destino, los pasajeros afluían al punto donde tendían la pasarela. Es decir, adonde estábamos nosotros que nos levantamos.

“¿Y Ramón?” preguntó Pepita con una nota de ansiedad. Seguramente la gente le había interceptado el paso. “No te preocupes” dijo la señora Joaquina, “lo esperamos a la salida”.

El barco disminuyó la velocidad y atracó en el puerto de Ceuta. Apelotonados, aguardamos el momento de pisar tierra.

Bajamos en fila india. Primero el recomendado seguido de su prima que cada dos por tres volvía la cabeza y exclamaba: “¿Dónde estará este hombre?”. Luego las hermanas Ramírez, la señora Joaquina, el conductor y yo.

Cuando desembarcamos, nos hicimos a un lado y catorce ojos escrutaron el desfile de pasajeros, no fuera a escapársenos Ramón. La señora Joaquina fue la primera en localizarlo a través de uno de los ventanales.

“¡Pensaba que os habías ido!” dijo. “¿Irnos sin ti?” replicó el conductor. “Siempre tienes que dar la nota” le reprochó su novia. “No perdamos más tiempo” dijo resolutivo el recomendado.

De nuevo en cabeza del grupo, nos apremió. “De prisa, esas tiendas se llenan corriendo”. Y para demostrarlo salimos a escape.

“Más despacio” repetía congestionada la señora Joaquina. Pero el inflexible caudillo de esa columna de “paraguayos” tenía clara su estrategia y no aminoró la marcha.

Al llegar a la calle Real se habían producido notables modificaciones en la tropa. El primero, en solitario, era el recomendado, los segundos su prima y el novio cogidos del brazo, los terceros el conductor y yo. A cierta distancia las hermanas Ramírez. Y cerrando la desbarajustada formación la señora Joaquina.

A la puerta de la tienda Juan esperó a que llegásemos todos para darnos las últimas instrucciones.

Tras la alocución sacó del bolsillo la tarjeta y traspusimos el umbral.

El bazar era de reducidas dimensiones. Estaba abarrotado de estanterías rebosantes de objetos dispares. El mostrador era minúsculo y detrás de él había un señor de cara ancha, bigotes poblados y gafas con montura de pasta. Nosotros éramos los únicos clientes.

El recomendado, con su sonrisa más encantadora, extendió la tarjeta al dueño, que la leyó y se la devolvió sin que su rostro trasluciera la menor emoción.

Fue entonces cuando tuve ocasión de echarle un vistazo. El rectángulo de cartulina contenía esta escueta nota:

“Querido Jorge,
Ahí te mando a Juan X. Atiéndelo bien. Abrazos”.

 

 

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3
Aparcamos el coche en una calle que desembocaba en la gran explanada portuaria. Luego nos dirigimos presurosos al edificio de la compañía para sacar los billetes.

Ramón y Pepita montaban en barco por primera vez y estaban nerviosos, sobre todo el primero, a quien preocupaba la posibilidad de marearse otra vez.

El recomendado que, cuando hubo que ir a buscar a los tórtolos, alegó que no podía a causa de una torcedura de tobillo, iba en cabeza aunque, dicho sea en honor de la verdad, renqueando.

La cola ante la ventanilla todavía cerrada era tan larga que Pepita exclamó: “¡A que nos quedamos sin billetes!” “No creo” la tranquilicé, “el barco es grande” “Y yo que quería tomar una tónica” se lamentó Ramón. “Con uno que haga cola es suficiente” dijo el recomendado, “el resto puede ir a desayunar”.

Le tocó al conductor. Para no dejarlo solo decidí quedarme con él.

Al cabo de media hora descubrimos a nuestros compañeros en animada charla con dos señoras de mediana edad.

“¿Quiénes son?” pregunté. “¿No las conoces?”. Me salí de la fila para ver mejor la cara de las mujeres.

“¡Son las hermanas Ramírez! ¿Qué hacen aquí?” “Lo mismo que nosotros”. Ambas llevaban sendas bolsas en las manos.

Estábamos a pocos pasos de la ventanilla. El recomendado se acercó sigilosamente, como si tuviese que comunicarnos un secreto, y nos deslizó el importe de los billetes de las hermanas Ramírez al tiempo que nos susurraba: “En segunda”.

Una vez comprados los pasajes, nos reunimos con los otros que hablaban sin parar. “¿Qué pasa?” nos dijo una de las hermanas Ramírez a modo de saludo. Y la otra: “Ya estamos al tanto. Juan nos lo ha contado”.

Ambas mujeres iban regularmente a Ceuta para abastecer algunas secciones de su tienda. Los precios bajos unidos al exotismo de tener que desplazarse a África eran para ellas un acicate irresistible.

En un aparte el recomendado nos explicó que esas dos veteranas representaban la experiencia. Escuchándolo se podría creer que las hermanas Ramírez eran capaces de pasar por la aduana un camello de matute.

“Bueno” sugirió una de ellas, “ya es hora de que nos vayamos para arriba” “Sí” dijo la otra, “hay que estar de los primeros para coger un buen asiento”.

Así que subimos la escalinata y nos pusimos otra vez en cola.

 

 

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1
Formábamos un grupo abigarrado. Nuestros caracteres e intereses eran diferentes, incluso encontrados. Y nadie lo conocía, lo cual generaba inquietud.

Durante la travesía en barco se nos unió la señora Joaquina, gorda y siempre sofocada, que no hacía más que repetir: “¿Y nadie lo conoce?”.

En un principio éramos tres. Más tarde, contando por una a la señora Joaquina, sumábamos ocho miembros.

El núcleo primitivo lo componíamos el recomendado, el conductor y un servidor.

Todo estaba planeado cuando al recomendado se le ocurrió la genial idea de invitar a su prima y al novio. El conductor y yo, a pesar de que no nos hizo gracia, pusimos buena cara.

Explicó: “Se van a casar pronto y necesitan comprar algunas cosas. Como en el coche hay dos asientos libres…”. Su prima y el novio estaban presentes cuando él hizo la propuesta. Hubiese resultado violento responder: “Mejor no. Tu prima es tonta y el novio más todavía”.

Sonreímos y dijimos: “Claro, que vengan”.

Partimos el día previsto pero no a la hora convenida. La pareja no llegaba. El recomendado sugirió: “Habría que ir a casa de mi prima. Quizá cree que salimos más tarde” “Ella sabía que habíamos quedado aquí y ahora”.

El recomendado, haciendo caso omiso de la réplica del conductor, me preguntó: “¿Por qué no vas tú?” “¿Yo? Ve tú que eres quien los has invitado” “Me he torcido el tobillo y me duele. Mi prima vive cerca. Da una carrera” “¿Y por qué no vamos en coche?” “¿Y si ellos vienen por otro sitio? Ve tú. Nosotros esperamos”.

De mala gana bajé del vehículo, crucé la plaza y tomé el camino más corto que era una callejuela estrecha y curvada como un hocino. Escuché un apresurado taconeo y aparecieron Pepita y el novio.

“¿Vienes a buscarnos?” dijo la primera. “Su madre nos ha entretenido. Mira la bolsa de bocadillos que nos ha preparado” informó el segundo.

“¿Qué os ha pasado?” les preguntó el recomendado. “La madre de tu prima tiene la culpa” respondió el novio” “Tú ya conoces a mi madre. Nos ha hecho diez bocadillos. En cuanto a los consejos que nos ha dado, he perdido la cuenta”.

“Bocatas buenos” dijo el conductor. “Arranca, por favor” “¿Quieres uno?” “No puede comer” “Pero yo sí puedo” “Precisamente tú no, Ramón, que te mareas”.

2
Los primeros kilómetros fueron un continuo parloteo. Poco a poco la agitación fue remitiendo hasta que todos quedamos en silencio.

“Pepita, abre la ventanilla”. Ramón estaba sentado entre su novia y yo. “¿Estás mareado? Te lo estaba diciendo”.

Una ráfaga de viento se abatió sobre nosotros. “¿Se te pasa?”. Ramón se incorporó y apoyó la cabeza en el espaldar del asiento delantero.

“¿Tienes ganas de vomitar?” Ramón asintió. “¿Paro el coche?” “No, la bolsa nos va a servir”. Pepita arrojó los bocadillos en la bandeja y le dio la bolsa a su novio.

“Se lo estaba diciendo. Y tuvo que comerse además el de chorizo”.

Una nueva arcada vació por completo el estómago de Ramón que, con el rostro cubierto de sudor, se echó hacia atrás.

“Eres tremendo” afirmó Pepita mientras le enjugaba la frente con un pañuelo.

“¿Estás mejor?” “Sí” respondió el novio dejando caer la cabeza en el hombro de la novia.

El aire frío de la madrugada pegaba fuerte. Pepita y yo, con las manos alrededor del cuello, permanecíamos encogidos. Ramón, con la camisa desabotonada, descuajaringado.

“¿Cierro la ventanilla?” preguntó Pepita, que era la más castigada. Ramón no se opuso y ella subió el cristal dejando una discreta rendija.

Hasta cerca de Algeciras nadie habló menos el recomendado. De vez en cuando se ponía a hacer cábalas pero como nadie lo secundaba, acabó por callarse.

 

 

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III

Marcelo se despertó. En su cabeza resonaban los frenéticos compases del canto goliardesco. Los Carmina Burana de Carl Orff eran una de sus obras musicales favoritas. Empezó a tararear el preludio de la cantata: “Oh Fortuna, velut Luna status variabilis…”.

Al cabo de poco tiempo, como una boya sumergida que sube rauda a la superficie cuando desaparece la presión ejercida sobre ella, afloraron los sueños.

Inmóvil en la cama, cerró los ojos y se proyectaron en su mente como si de una película se tratase. Los detalles se perfilaron con nitidez. Había vivido esas escenas con la misma intensidad que si fueran reales. Y ahora las revisaba liberadas de su carga emocional.

Marcelo se desperezó y se sentó en la cama. Tanteando con los pies buscó las zapatillas y se las puso. E hizo lo que hacía a diario: dirigirse a la ventana, apoyar las manos en el alféizar y contemplar el jardín y el cielo y la línea del horizonte formada por una larga cornisa natural a la que se asomaban dos pueblos.

Luego permanecía un rato observando a los hiperactivos gorriones persiguiéndose, saltando de rama en rama, dando cortos y rápidos vuelos, sin dejar de piar un momento. El limonero era una enloquecida pajarera.

Esta mañana, cuando llegó a la ventana y se asomó, el silencio era total. Las gorjeadoras avecillas habían desertado. Él no podía haberlas asustado. Nunca había tratado de impedir su algarabía. Estaban acostumbradas a su presencia. Seguramente ni siquiera reparaban en él.

El verde mate del frondoso y despoblado árbol contrastaba con el azul diáfano del cielo.

Los rayos de sol iluminaban la alfombra de bambú que había al lado de la cama. Reinaba una paz profunda.

Flotando en la lejanía apareció una esfera que lanzaba destellos dorados. Esa figura perfecta era un punto de fuga.

Alojada en el vacío, estática y plena, esa perla áurea contenía todas las posibilidades. Marcelo se restregó los ojos pero la bola resplandeciente no se borró.

Fue al cuarto de baño y se refrescó la cara y el cuello repetidas veces. Cuando regresó, la esfera permanecía engarzada en el azul, por encima de la copa verde del limonero, donde caería si se desprendiese.

Marcelo tuvo que rendirse a la evidencia de que esa epifanía no era otro sueño, como no lo eran las tierras de labor ni los dos pueblos cuyas siluetas se recortaban en la lejanía.

 

 

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II

Ahí, en el abismo, empezó a escuchar una lúgubre salmodia.

Esa tonada la había escuchado en la iglesia, cuando delante del altar mayor había un ataúd cubierto con un paño negro y un cirio encendido en cada esquina.

Esas palabras incomprensibles, graves, reverberantes, no pertenecían al romance que él hablaba. Esas voces que se elevaban majestuosas, imponían.

Los poderosos recurrían a los monjes para que cantasen en las ocasiones solemnes.

Abelardo empezó a prepararse para la carrera eclesiástica. Pero conoció a una muchacha pecosa, de piel blanca y pelo como el fuego. Se planteó un dilema: o ella o sus estudios. Eligió a Eloísa.

Su latín cayó en el olvido. Este hecho lo apenaba. Le gustaba la cadencia de los hexámetros de la Eneida.

En la vida diaria la lengua de Virgilio no le servía de nada. Expresarse en romance traía más cuenta. Sin embargo, cuando iba a los oficios religiosos, sentía añoranza.

El canto fúnebre calaba hondo en el espíritu de Abelardo. La bóveda devolvía el réquiem transformado en circunspecto eco que inspiraba temor.

Los pecados y los errores de Abelardo desfilaron silenciosamente ante sus ojos. Esa salmodia los había convocado. Su renuncia a profesar. Sus amores con la muchacha pelirroja con la que finalmente no se casó. Sus ardides de negociante. Sus vicios. Su vanidad.

Esos ojos que contemplaban ese mísero espectáculo, se elevaron al cielo en una muda súplica de misericordia.

Fue entonces, arrodillado en la fría losa de mármol, implorando el favor divino, cuando se produjo un hiato contra el que se estrellaría la escolástica con su interminable retahíla de silogismos.

De estar en la nave de una iglesia sumido en melancólicas meditaciones pasó a la taberna que frecuentaba cuando tenía ganas de jolgorio.

Era la taberna mejor provista de vinos, cervezas y viandas de toda la ciudad. Lo normal era que estuviese llena de gente. A su abigarrada clientela le gustaba divertirse. El silencio había sido desterrado de ese establecimiento donde todo era de madera. Mesas, taburetes, bancos, barriles, lámparas, vasos, platos, cubiertos podían ser golpeados o entrechocados sin que se rompiesen. Y el suelo de tablas podía ser taconeado tan enérgicamente como se quisiera.

Allí se iba a beber, comer, cantar y bailar. Allí estaba ahora Abelardo, con una jarra de espumosa cerveza en la mano, una “prima melior”.

Pese a ir vestidos de seglares, Abelardo reconoció a un grupo de clérigo tripones que se zampaban una gran fuente de col fermentada con salchichas. También había estudiantes en diversos grados de indigencia, como lo ponían de manifiesto sus atuendos que oscilaban entre los uniformes andrajosos y los pasables. Tampoco faltaban los probos ciudadanos que se permitían echar una cana al aire ni los mendigos que se mantenían apartados en un rincón ni las busconas que merodeaban por entre las mesas.Todos empinaban el codo, hablaban y reían.

Los monjes, cuando dieron buena cuenta de la chucrut, empezaron a cantar. Abelardo había escuchado esa letra innumerables veces. Tantas que la sabía de memoria, por lo que no tuvo problemas en unirse al coro.

Cogiendo su jarra de cerveza y alzándola los monjes habían entonado “In taberna quando sumus”. Se balanceaban, miraban a los demás animándolos a participar, daban palmadas y pellizcos en el trasero a las sirvientas y a las mozas de fortuna cuando pasaban a su lado. Ni unas ni otras se tomaban a mal esas libertades.

El estribillo fue repetido en un latín macarrónico por todos los parroquianos, estuviesen sobrios o borrachos, hartos o hambrientos, fuesen hombres o mujeres, seglares o clérigos, ricos o pobres.

Bibit hera, bibit herus
bibit miles, bibit clerus,
bibit ille, bibit illa,
bibit servus, cum ancilla,
bibit velox, bibit piger,
bibit albus, bibit niger,
bibit constants, bibit vagus,
bibit rudis, bibit magus.

 

 

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I

Escuchó un grito terrible que lo estremeció. Apartó las ramas del arbusto detrás del cual se resguardaba. Critias andaba perdido. No sabía adónde iba ni en dónde estaba Una desazonante inquietud no lo abandonaba en su deambular por ese bosque desconocido.

Entreabrió la madroñera. La vegetación era densa.

Estaba escrutando los alrededores con los ojos arrugados cuando otro grito desgarrador hizo que su corazón bombease la sangre más aprisa. Sentía los latidos en las sienes y las manos le sudaban.

El dolor no era la causa de esos alaridos. Una garganta femenina los había proferido. El timbre así lo indicaba. La de un hombre no podría emitir semejante sonido agudo. Si lo intentase, sus cuerdas vocales se romperían como las de una lira tensadas en exceso.

No eran gritos de dolor ni de miedo. Eran vehementes invocaciones que perforaban los tímpanos y ascendían a los cielos con la velocidad de una saeta. Critias no veía a nadie. Había demasiados árboles, demasiada maleza.

El tiempo discurría con exasperante lentitud. Finalmente distinguió a un grupo de mujeres con el peplo desgarrado y los pelos revueltos.

Descalzas y desmelenadas formaban un caótico cortejo encabezado por la que aullaba. Las mujeres giraban y daban traspiés. Estaban ebrias.

Una de ellas, no la que dirigía la comitiva enarbolando un tirso rematado por una piña con cintas de colores, llevaba una criatura ensangrentada en sus brazos.

El horror se apoderó de Critias. Esa mujer transportaba un animal despellejado cuya cabeza se balanceaba al compás de los saltos y trompicones de su portadora.

Cuando el tirso y la víctima eran alzados al mismo tiempo, el grito se generalizaba. Las ménades se mesaban los cabellos y añadían nuevos jirones a su túnica.

En esos momentos de frenesí a Critias lo invadía el pánico. ¿Qué harían con él si lo encontrasen? Lo despedazarían. Este pensamiento le cortó la respiración.

Por otro lado, esas imágenes turbadoras lo fascinaban. No podía apartar la mirada de ese delirante cortejo que atravesaba el bosque al amanecer. Las mujeres habían pasado la noche en él, entregadas a ceremonias y correrías inimaginables.

Hasta el hombre agazapado detrás de la madroñera llegaba la onda expansiva generada por el furor de las ménades. Todo lo que esa fuerza ciega alcanzaba se doblegaba a su poder. Los miasmas orgiásticos se infiltraban en el torrente sanguíneo.

Eso era más de lo que Critias podía soportar. Su carne se separaba de los huesos. No lograba discernir si esa sensación era placentera o dolorosa.

Casi todas las mujeres habían extraviado la corona de laurel y pámpanos. Unas pocas la conservaban ladeada en la cabeza. Los tallos de las destrenzadas guirnaldas semejaban largos espolones.

Las ménades habían perseguido y acorralado a su presa. Luego la habían despellejado. Estaban llenas de magulladuras, arañazos y manchas de sangre.

El demencial cortejo, entre gritos de júbilo, se alejó perdiéndose en la espesura.

Aunque no hacía mucho tiempo que había amanecido, cayó la noche. Una oscuridad compacta envolvió a Critias. Se oyó un último aullido que fue apagándose como un eco.

La negrura lo absorbía todo. La memoria de Critias fue diluyéndose. Lo primero que olvidó fue su nombre.

 

 

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IV

Según sus propias palabras, él se había especializado en desinstruir machacando. Se había hecho un deber de abrir los ojos a los demás, quisieran o no quisieran, sobre todo a los que se le acercaban. Por eso era conocido como “el desvelador”, por arrancar a tironcitos, no por suaves menos efectivos, velos, cortinas, persianas y cualquier objeto colgante o no que impidiera la entrada de la insobornable luz de la nada, que no es real ni deja de serlo, que ni existe ni deja de existir, que es lo único que hay o queda una vez derribados todos los engañosos muros protectores, todas las puertas, todos los postigos, todos los biombos.

“Todo lo que hace el hombre es para esconderse como un ratón en su madriguera, esperando estar calentito y a buen recaudo. Todas sus invenciones y elucubraciones tienen también esa misma finalidad. La historia, la filosofía, la religión, incluso la sacrosanta ciencia, son otras tantas gazaperas que no resisten el soplido de un análisis riguroso.

“Vivimos en un mundo de apariencias, de arbitrariedades pactadas que pasan por verdades, de pamemas elevadas a la categoría de principios, de ignorancias consentidas, de ilusiones apuntaladas, de teorías y sistemas que hacen agua por todas partes”. Tal era el discurso de Fidel.

De los seres humanos afirmaba: “No son otra cosa que sombras anhelantes, empeñadas en encontrar sentido al caos, forcejeando constantemente consigo mismas para no aceptar su vaciedad, su inconsistencia, para no mirar cara a cara al absurdo”.

Su corolario era este: “No hay nada seguro ni fijo. Hay que deshacerse cuanto antes de las creencias de toda índole que mantienen lo contrario”.

Su labor deconstructora y castigadora estaba más que justificada. Así lo reconocían no sólo sus seguidores sino amplios sectores de la intelectualidad. A unos y a otros se les llenaba la boca con el nombre de Fidel, lo ensalzaban hasta provocar vergüenza ajena, lo hubiesen proclamado redentor si no supiesen que el agraciado con ese título habría respingado y se lo habría devuelto acompañado de una afable nota sarcástica.

Su propensión a administrar correctivos severos, a vapulear sonriendo, no tenía nada que ver, según declaró en una entrevista radiofónica, con la escuela que vivió, donde los castigos físicos estaban a la orden del día, y donde abundaban los maestros de tendencias sádicas. Lo suyo era simplemente la consecuencia de la lucidez, el fruto de la coherencia y, lo admitía, el compromiso de un vago espíritu filantrópico.

Ni la temprana muerte de su madre, ni su estancia en un orfanato del estado, ni el abandono familiar (todo lo que conformaba el sustrato de su historia personal que, insistía, a nadie importaba lo más mínimo empezando por él), tenían parte alguna en su inflexibilidad y su beligerancia que eran exclusivamente hijas de su claridad mental. Comportarse de otra manera hubiese sido una felonía.

Este solitario ciudadano del mundo que ha pasado su vida encerrado en un desván, era el campeón de la nada. No se le podía llamar filósofo ni pensador ni maestro ni profesor. Ciertamente referirse a él planteaba un problema. Él prefiere ser llamado Fidel, como si fuera un cantante de salsa, un vecino o un primo lejano. Esta pretensión con aire de humildad resulta embarazosa, por lo que muchos han optado por llamarlo “el autor de…” y añadir el título de uno de sus libros, o “el conocido escritor” si el contexto permite su identificación sin problemas. Últimamente algunos críticos lo han bautizado como “el teórico de la nada”, marbete que no disgusta al interfecto.

De su iconoclastia no se libra ni el progreso. Esas cortinas de humo hay que aventarlas, esos bancos de niebla hay que disolverlos, ese cúmulo de ficciones hay que barrerlo, y dejar al descubierto la nada. Porque detrás de esos embozos no hay nada, ni delante ni abajo ni arriba.

 

 

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