Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘Cuentos’ Category

En el asiento de detrás de la conductora, que era el que ocupaba habitualmente, con la cartera sobre mis muslos y las manos sobre ella, siempre en un discreto segundo plano, respondiendo cuando me preguntaban, mirando a través de la ventanilla, transcurría mi desplazamiento al trabajo.

Ellas hablaban. Aunque me enteraba de todo, no voy a afirmar que escuchaba. Me limitaba a dejar que pasara el tiempo y el espacio a la velocidad del vehículo, no siempre uniforme, dada la brusquedad con que su propietaria manejaba el volante. Este dato no debe entenderse como una crítica sino como un rasgo de carácter que la propia interesada reconocía.

La conversación recayó sobre una compañera ausente que a ellas les resultaba simple o ingenua. A mi juicio cultivaba un aire de engañosa candidez.

La conductora, que podía desarrollar sin embarullarse tres actividades al mismo tiempo: pilotar atendiendo al tráfico y a los semáforos, oír la radio haciendo comentarios pertinentes y participar en la charla, razón por la que más de una vez me he mareado durante el trayecto, dijo: “Es increíble”.

Ese aserto dejó confundida a la audiencia. ¿Se refería a la circulación, a las noticias o a la compañera ausente?

“¿A vosotras Martina no os parece una persona increíble?” Por mi parte le agradecí que no me incluyera en su requerimiento de opinión. Por parte de las otras hubo eufemística unanimidad en considerarla no del todo completa y en llamarla, con retintín, Martinita.

“¿Sabéis lo que le pasó el jueves pasado?” Todas lo ignoraban menos yo que mantuve el pico cerrado. “Me he expresado mal. No lo que le pasó sino lo que se buscó”.

-o-

Manolo era un compañero cachas. Iba al gimnasio a diario. Se le veía más tiempo con el chándal que con ropa de calle, pues aprovechaba cualquier hueco en su horario para correr y hacer estiramientos. Maligna o envidiosamente lo calificaban de armario de tres puertas.

A Manolo le gustaba presumir de musculatura. Aunque no se jactase abiertamente de su excelente forma física, había en sus andares una complacencia que fastidiaba a más de uno. Manolo, que era guapo pero no tonto, tenía también chispa.

Una de las compañeras de viaje prefirió destacar su faceta rufianesca. Incluso lo llamó “chulo redomado”. Ella sabría por qué. Ciertamente ninguna de ellas lo tenía en mucha estima.

El caso fue que Martina y otras dos colegas, cuando entró, se quedaron mirando a Manolo que lucía un primoroso polo azul de Tommy Hilfiger.

Quizá marcando más de lo conveniente su aire de jayán, se acercó al grupo y, tras saludar cortésmente, flexionó el brazo derecho y mostró su poderoso bíceps. Luego invitó a Martina a que comprobara su dureza.

Y ella, ni corta ni perezosa, extendió la mano para hacer lo que le pedía. En el preciso momento en que realizaba la prueba, Manolo cerró completamente el brazo de forma que la mano de Martina quedó atrapada en el cepo, no pudiendo liberarla por más esfuerzos que hacía. Esta travesura provocó el hilarante regocijo de los presentes. Las otras dos mujeres pusieron cara de juez.

Al poco tiempo Manolo, sonriente, aflojó la tenaza y se retiró con paso atlético.

Las otras dos reprocharon a Martina su conducta. “¿Por qué has hecho eso?” la amonestó una. “Porque dijo: toca, toca”. La tercera, moviendo de un lado a otro su rizosa cabeza adornada con un turbante, replicó: “Pues haberle dicho: no toco”.

Después de la reprimenda, la primera, a la que pudo más la curiosidad, preguntó: “¿Y qué tal?”. Martina no respondió nada limitándose a entornar los ojos y a hacer un gesto de asentimiento. Y fue entonces cuando cobró repentina conciencia de su delatora precipitación y se lamentó: “¿Y ahora qué va a pensar de mí?” “Que piense lo que le dé la gana” respondió una, y la otra: “¿No era eso lo que querías hacer?”.

-o-

Tras acabar de contar la historia la conductora repitió: “Es increíble”. La copiloto exclamó: “¡Cuidado, cuidado!” Y una de las que estaba sentada detrás dijo: “Vaya con la mosquita muerta”.

Read Full Post »

Junto al kiosco de la plaza de Milpalomas, adosado a la pared cercana, habían instalado un jukebox provisto de auriculares. Deambulaba esa noche y se me ocurrió que podía escuchar música.

Durante una época esas máquinas tocadiscos fueron corrientes en los bares, de donde desaparecieron con el paso de los años. La de la plaza del Milpalomas era un modelo nuevo para exterior.

Este jukebox ofrecía una nostálgica selección de los 60 y de los 70, que incluía a Bob Dylan, Elvis Presley y los Beatles. Entre las canciones se encontraba una de mis preferidas, la tan famosa y tarareada “Deja que entre el sol” de Aquarius.

No contaba, naturalmente, con que en la plaza hubiese niños jugando al fútbol. En realidad sólo dos.

En cuanto me puse los auriculares, recibí el primer balonazo. Me volví y les pedí a los críos que se fueran a jugar más allá. Pero no me hicieron caso.

Al cabo de pocos minutos el balón rebotó justo al lado de la máquina. Me libré de un nuevo impacto de milagro. Me llevé un buen susto. Yo estaba embebido en la audición de una de esas viejas composiciones que tanto me agradaban.

Reaccioné como un rayo y me apoderé del balón. Les dije a los niños que ahora era mío. Ellos lo habían querido. Ya les había rogado que se alejasen porque estaban molestando, y ellos no se dieron por enterados.

Ambos se quedaron observándome. Se percataron de que estaba hablando en serio. No replicaron nada y se sentaron en un banco.

Volví a ponerme los auriculares y seguí escuchando música. Cuando acabé, me acerqué a los niños y, con la condición de que se fueran a dar patadas a la pelota a otra parte, se la devolví.

Mis palabras les entraron por un oído y les salieron por el otro. Cuando me iba, el balón me golpeó en la cabeza haciéndome trastabillar. Furioso me abalancé sobre el autor del disparo. Lo perseguí hasta atraparlo.

Le eché una bronca y le pregunté cómo se llamaba. Él no me respondió. Entablamos una lucha física, una lucha cuerpo a cuerpo, aparentemente desigual, pero que no lo era tanto. El crío resistía como gato panza arriba.

Insistía en que me dijera su nombre, y él se obstinaba en su silencio. Aunque lo tenía sujeto, no lograba reducirlo. Él trataba de liberarse dándome puntapiés, algunos tan fuertes que temí me rompiese un hueso.

A pesar del dolor repetí: “No te voy a soltar hasta que me digas tu nombre”. Me mordió la mano y estuve a punto de darle una bofetada.

“Dime cómo te llamas y te suelto”. Sólo accedió después de forcejear largamente, cuando ya ambos acusábamos el cansancio.

“Conciencia” “¿Cómo?” “Conciencia” “¿Me estás tomando el pelo?” El niño me miró seria y fijamente.

Estaba extrañado porque era un nombre femenino, pero yo conocía a un Ventura, a un Trinidad y a un Asunción.

“Pues tiene gracia que te llames así y te dediques a dar balonazos a la gente. Y patadas y mordiscos. ¿Te parece bien?” “Ya te he dicho mi nombre. Ahora suéltame”.

Eso era lo acordado y eso hice. Conciencia y su amigo se fueron corriendo. Estuve varios minutos pensativo, sin saber a qué carta quedarme. Luego también yo me fui a pasos lentos.

Read Full Post »

II

Regresé al núcleo histórico y a sus locales de comida que no eran restaurantes ni bares sino colmados donde se consumía los productos a la venta. Había también tiendecitas de pasteles y golosinas.

Manzanilla del Puerto, a juzgar por la animación, estaba de fiesta. Sus habitantes no me prestaban atención cuando les dirigía la palabra. Iban de acá para allá, a lo suyo. Era como si no me viesen. Esa actitud unas veces me deprimía y otras veces me irritaba.

Algunos vecinos, a lo sumo, se encogían de hombros. Dos o tres me facilitaron datos imprecisos.

Empecé a ponerme nervioso y acabé metiéndome en un sitio que agudizó mi percepción surrealista del entorno. Era una plazoleta semicircular en la que había varias personas que se comportaban con afectación.

Avancé cautelosamente. Cuando estaba en medio, caí en la cuenta de que ese espacio era un escenario. Esos hombres y mujeres estaban representando una obra. Los que estaban sentados eran los espectadores, que sin duda me tomaron por otro comediante.

Al cabo de algunos minutos, a la vista de mi irresolución, esbozaron una sonrisa de complacencia. Pensaban seguramente que yo estaba bordando mi papel de alelado. Con mi casco aerodinámico y mis manos enguantadas debía transmitir una convincente impresión de extravío. En lo que a mí respecta, mi mayor deseo era, nunca mejor dicho, hacer mutis.

Yo no formaba parte del elenco de esa obra ni de ninguna otra. Me hubiese gustado gritar: “¡No estoy actuando!”.

Después de esta experiencia entré en una minúscula tienda de arropía y meloja con trozos de cidra. Sin disimular mi desazón ni mi urgencia, pregunté a la dueña cómo podía salir del pueblo. Me aconsejó que saltase cualquier obstáculo hasta conseguir mi objetivo.

¿Me estaba proponiendo que me pusiese a andar en línea recta y salvase a las bravas los impedimentos, haciendo caso omiso de su magnitud y dificultad? Sobreponiéndome a mi perplejidad le di las gracias. Una vez fuera me invadió la exasperación. Me entraron ganas de cantarle las cuarenta a la mielera.

Cansado de patear inútilmente el pueblo, desorientado, permanecí inmóvil en la acera, como si me hubiesen dado un mazazo y mis pies se hubiesen hundido en el suelo.

Tenía que recuperar mi bicicleta y largarme como fuera, por mis propios medios.

Este pensamiento me hizo reaccionar y me puse en marcha. Por las empinadas calles llegué a la medina. Seguí subiendo y subiendo por ese dédalo de cuestas que se multiplicaban aviesamente, por ese zoco infernal en el que proliferaban los tabucos comerciales y hormigueaba la multitud.

Cuando llegué a lo más alto, escruté la extensa llanura. Mis ojos se empañaron. ¿Y la carretera? Para tranquilizarme me dije que mi ubicación no era la correcta. Pero no cambié de sitio.

Tenía dinero suficiente para comer algo y buscar un alojamiento. Necesitaba reponer fuerzas y descansar. Estaba hecho un lío. ¿Era esta una buena idea? No quería aposentarme en Manzanilla del Puerto. Quería irme.

 

 

Licencia de Creative Commons
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Read Full Post »

I

En cuanto me levanté y me asomé a la ventana, decidí hacer unos cuantos kilómetros en bicicleta. No entrenar, como hago a menudo, sino disfrutar de esa espléndida mañana. Por eso no me puse mi maillot negro y verde fosforescente.

Vestido de paisano, con mi casco aerodinámico y mis guantes, pedaleé placenteramente por una carretera solitaria y llegué a la vista de un pueblo desconocido. Sólo sabía que era de Huelva. Me paré y lo contemplé. Se alzaba en un monte por cuya falda se extendía. Me picó la curiosidad y lo visité. Al finalizar mi paseo turístico fue cuando surgió el problema.

El pueblo era más grande de lo que me había parecido. De hecho, me perdí. Tenía pocas y ambiguas señalizaciones. Estaba confuso. Como no encontraba la salida, no me quedó más remedio que preguntar a un vecino.

Sujeté la bicicleta con la cadena antirrobo a la farola de una plaza desierta y eché a andar hasta dar con alguien.

No tardé en llegar al concurrido centro. Sentí cortedad en abordar a los primeros transeúntes que iban presurosos o enfrascados en sus conversaciones. No me atreví a interceptarles el paso e informarme.

Estuve deambulando un buen rato, adentrándome cada vez más en el núcleo antiguo que, por sus tiendas pequeñas y su bullicio, recordaba un zoco. Por un momento me creí transportado al gran bazar de Estambul, del que sólo he visto documentales.

Me crucé con hombres y mujeres endomingados que me infundían reparo. A la primera persona que pregunté fue a un extranjero que chapurreaba apenas el español. Estaba consultando una guía turística. Me observó con cara de bobo y negó con la cabeza.

A los autóctonos se les reconocía por su desenvoltura. Haciendo acopio de coraje me acerqué después a una familia compuesta por el padre, la madre y dos hijos. Antes que nada quería saber cómo se llamaba el pueblo.

Rieron. Mi pregunta les pareció una broma. El padre y la madre respondieron a la par: “Manzanilla”. Y también al unísono, tras un gesto aprobatorio de sus progenitores, los niños añadieron: “Del Puerto”.

No conocía ningún pueblo de la provincia de Huelva con ese nombre. Cuando les pedí que me indicasen la salida, se ofrecieron amablemente a acompañarme durante un trecho. Pero de buenas a primeras me abandonaron a mi suerte.

No me dieron ninguna explicación. No se despidieron. Sin más ni más me dejaron plantado en mitad de la calle.

 

 

Licencia de Creative Commons
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Read Full Post »

4
Desde que el barco zarpó, Ramón no se movió de la cubierta superior. Agarrado a la borda, contemplaba las gaviotas y las olas sin atreverse a dar un paso.

El mar estaba bonancible y un ambiente festivo reinaba en el transbordador.

Ramón decidió reunirse con nosotros que, por indicación de las Ramírez, nos habíamos acomodado en unas hamacas situadas cerca del lugar donde ponían la pasarela, para ser los primeros en bajar.

Viéndose con fuerzas, Ramón dio un paseo. Anduvo curioseando por las diferentes dependencias, colándose por último en un solárium donde descansaban beatíficamente personas mayores.

Allí fue donde se topó con la señora Joaquina dando la tabarra a quien tenía al lado. Al ver a Ramón, interrumpió su perorata y, alborozada, llamó al paisano.

Cuando aparecieron los dos, nos llevamos una sorpresa mayúscula.

En esto, debido a las corrientes marinas, el barco empezó a oscilar. Estábamos en mitad del estrecho. Las mecidas espantaron a Ramón que huyó a la cubierta superior.

La señora Joaquina, que, aun resultando inverosímil, nos había pasado desapercibida, estaba loca de contento por habernos encontrado y pasó a engrosar nuestras filas.

A medida que nos acercábamos a nuestro destino, los pasajeros afluían al punto donde tendían la pasarela. Es decir, adonde estábamos nosotros que nos levantamos.

“¿Y Ramón?” preguntó Pepita con una nota de ansiedad. Seguramente la gente le había interceptado el paso. “No te preocupes” dijo la señora Joaquina, “lo esperamos a la salida”.

El barco disminuyó la velocidad y atracó en el puerto de Ceuta. Apelotonados, aguardamos el momento de pisar tierra.

Bajamos en fila india. Primero el recomendado seguido de su prima que cada dos por tres volvía la cabeza y exclamaba: “¿Dónde estará este hombre?”. Luego las hermanas Ramírez, la señora Joaquina, el conductor y yo.

Cuando desembarcamos, nos hicimos a un lado y catorce ojos escrutaron el desfile de pasajeros, no fuera a escapársenos Ramón. La señora Joaquina fue la primera en localizarlo a través de uno de los ventanales.

“¡Pensaba que os habías ido!” dijo. “¿Irnos sin ti?” replicó el conductor. “Siempre tienes que dar la nota” le reprochó su novia. “No perdamos más tiempo” dijo resolutivo el recomendado.

De nuevo en cabeza del grupo, nos apremió. “De prisa, esas tiendas se llenan corriendo”. Y para demostrarlo salimos a escape.

“Más despacio” repetía congestionada la señora Joaquina. Pero el inflexible caudillo de esa columna de “paraguayos” tenía clara su estrategia y no aminoró la marcha.

Al llegar a la calle Real se habían producido notables modificaciones en la tropa. El primero, en solitario, era el recomendado, los segundos su prima y el novio cogidos del brazo, los terceros el conductor y yo. A cierta distancia las hermanas Ramírez. Y cerrando la desbarajustada formación la señora Joaquina.

A la puerta de la tienda Juan esperó a que llegásemos todos para darnos las últimas instrucciones.

Tras la alocución sacó del bolsillo la tarjeta y traspusimos el umbral.

El bazar era de reducidas dimensiones. Estaba abarrotado de estanterías rebosantes de objetos dispares. El mostrador era minúsculo y detrás de él había un señor de cara ancha, bigotes poblados y gafas con montura de pasta. Nosotros éramos los únicos clientes.

El recomendado, con su sonrisa más encantadora, extendió la tarjeta al dueño, que la leyó y se la devolvió sin que su rostro trasluciera la menor emoción.

Fue entonces cuando tuve ocasión de echarle un vistazo. El rectángulo de cartulina contenía esta escueta nota:

“Querido Jorge,
Ahí te mando a Juan X. Atiéndelo bien. Abrazos”.

 

 

Licencia de Creative Commons
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Read Full Post »

3
Aparcamos el coche en una calle que desembocaba en la gran explanada portuaria. Luego nos dirigimos presurosos al edificio de la compañía para sacar los billetes.

Ramón y Pepita montaban en barco por primera vez y estaban nerviosos, sobre todo el primero, a quien preocupaba la posibilidad de marearse otra vez.

El recomendado que, cuando hubo que ir a buscar a los tórtolos, alegó que no podía a causa de una torcedura de tobillo, iba en cabeza aunque, dicho sea en honor de la verdad, renqueando.

La cola ante la ventanilla todavía cerrada era tan larga que Pepita exclamó: “¡A que nos quedamos sin billetes!” “No creo” la tranquilicé, “el barco es grande” “Y yo que quería tomar una tónica” se lamentó Ramón. “Con uno que haga cola es suficiente” dijo el recomendado, “el resto puede ir a desayunar”.

Le tocó al conductor. Para no dejarlo solo decidí quedarme con él.

Al cabo de media hora descubrimos a nuestros compañeros en animada charla con dos señoras de mediana edad.

“¿Quiénes son?” pregunté. “¿No las conoces?”. Me salí de la fila para ver mejor la cara de las mujeres.

“¡Son las hermanas Ramírez! ¿Qué hacen aquí?” “Lo mismo que nosotros”. Ambas llevaban sendas bolsas en las manos.

Estábamos a pocos pasos de la ventanilla. El recomendado se acercó sigilosamente, como si tuviese que comunicarnos un secreto, y nos deslizó el importe de los billetes de las hermanas Ramírez al tiempo que nos susurraba: “En segunda”.

Una vez comprados los pasajes, nos reunimos con los otros que hablaban sin parar. “¿Qué pasa?” nos dijo una de las hermanas Ramírez a modo de saludo. Y la otra: “Ya estamos al tanto. Juan nos lo ha contado”.

Ambas mujeres iban regularmente a Ceuta para abastecer algunas secciones de su tienda. Los precios bajos unidos al exotismo de tener que desplazarse a África eran para ellas un acicate irresistible.

En un aparte el recomendado nos explicó que esas dos veteranas representaban la experiencia. Escuchándolo se podría creer que las hermanas Ramírez eran capaces de pasar por la aduana un camello de matute.

“Bueno” sugirió una de ellas, “ya es hora de que nos vayamos para arriba” “Sí” dijo la otra, “hay que estar de los primeros para coger un buen asiento”.

Así que subimos la escalinata y nos pusimos otra vez en cola.

 

 

Licencia de Creative Commons
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Read Full Post »

1
Formábamos un grupo abigarrado. Nuestros caracteres e intereses eran diferentes, incluso encontrados. Y nadie lo conocía, lo cual generaba inquietud.

Durante la travesía en barco se nos unió la señora Joaquina, gorda y siempre sofocada, que no hacía más que repetir: “¿Y nadie lo conoce?”.

En un principio éramos tres. Más tarde, contando por una a la señora Joaquina, sumábamos ocho miembros.

El núcleo primitivo lo componíamos el recomendado, el conductor y un servidor.

Todo estaba planeado cuando al recomendado se le ocurrió la genial idea de invitar a su prima y al novio. El conductor y yo, a pesar de que no nos hizo gracia, pusimos buena cara.

Explicó: “Se van a casar pronto y necesitan comprar algunas cosas. Como en el coche hay dos asientos libres…”. Su prima y el novio estaban presentes cuando él hizo la propuesta. Hubiese resultado violento responder: “Mejor no. Tu prima es tonta y el novio más todavía”.

Sonreímos y dijimos: “Claro, que vengan”.

Partimos el día previsto pero no a la hora convenida. La pareja no llegaba. El recomendado sugirió: “Habría que ir a casa de mi prima. Quizá cree que salimos más tarde” “Ella sabía que habíamos quedado aquí y ahora”.

El recomendado, haciendo caso omiso de la réplica del conductor, me preguntó: “¿Por qué no vas tú?” “¿Yo? Ve tú que eres quien los has invitado” “Me he torcido el tobillo y me duele. Mi prima vive cerca. Da una carrera” “¿Y por qué no vamos en coche?” “¿Y si ellos vienen por otro sitio? Ve tú. Nosotros esperamos”.

De mala gana bajé del vehículo, crucé la plaza y tomé el camino más corto que era una callejuela estrecha y curvada como un hocino. Escuché un apresurado taconeo y aparecieron Pepita y el novio.

“¿Vienes a buscarnos?” dijo la primera. “Su madre nos ha entretenido. Mira la bolsa de bocadillos que nos ha preparado” informó el segundo.

“¿Qué os ha pasado?” les preguntó el recomendado. “La madre de tu prima tiene la culpa” respondió el novio” “Tú ya conoces a mi madre. Nos ha hecho diez bocadillos. En cuanto a los consejos que nos ha dado, he perdido la cuenta”.

“Bocatas buenos” dijo el conductor. “Arranca, por favor” “¿Quieres uno?” “No puede comer” “Pero yo sí puedo” “Precisamente tú no, Ramón, que te mareas”.

2
Los primeros kilómetros fueron un continuo parloteo. Poco a poco la agitación fue remitiendo hasta que todos quedamos en silencio.

“Pepita, abre la ventanilla”. Ramón estaba sentado entre su novia y yo. “¿Estás mareado? Te lo estaba diciendo”.

Una ráfaga de viento se abatió sobre nosotros. “¿Se te pasa?”. Ramón se incorporó y apoyó la cabeza en el espaldar del asiento delantero.

“¿Tienes ganas de vomitar?” Ramón asintió. “¿Paro el coche?” “No, la bolsa nos va a servir”. Pepita arrojó los bocadillos en la bandeja y le dio la bolsa a su novio.

“Se lo estaba diciendo. Y tuvo que comerse además el de chorizo”.

Una nueva arcada vació por completo el estómago de Ramón que, con el rostro cubierto de sudor, se echó hacia atrás.

“Eres tremendo” afirmó Pepita mientras le enjugaba la frente con un pañuelo.

“¿Estás mejor?” “Sí” respondió el novio dejando caer la cabeza en el hombro de la novia.

El aire frío de la madrugada pegaba fuerte. Pepita y yo, con las manos alrededor del cuello, permanecíamos encogidos. Ramón, con la camisa desabotonada, descuajaringado.

“¿Cierro la ventanilla?” preguntó Pepita, que era la más castigada. Ramón no se opuso y ella subió el cristal dejando una discreta rendija.

Hasta cerca de Algeciras nadie habló menos el recomendado. De vez en cuando se ponía a hacer cábalas pero como nadie lo secundaba, acabó por callarse.

 

 

Licencia de Creative Commons
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Read Full Post »

Older Posts »