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Archive for the ‘Cuentos’ Category

La traca gigantesca (I)

I

Se mira en el espejo, abre la boca, saca la lengua. Se observa. Luego se cepilla los dientes. Cada mañana realiza las mismas operaciones. Cada mañana se pregunta si conseguirá llegar al final de la jornada, si no se atascará a la hora de almorzar, a media tarde o ya mismo.

Un conato de náusea lo obliga a arrojar en el lavabo la espuma del dentífrico. Se refresca la cara y el cuello con agua fría.

A continuación enumera todos y cada uno de los actos ejecutados hasta ese momento. No compulsivamente sino recreándose en el recuento, tratando de extraer una enseñanza de esa cadena de trivialidades que con matemática precisión cumplimenta día tras día.

Levantarse, ir al cuarto de baño, mirarse en el espejo, abrir la boca, sacar la lengua…

“Ahora entraré sin hacer ruido en el dormitorio cuya puerta he dejado entornada, y con la claridad procedente del salón me quitaré el pijama, me pondré los pantalones, la camisa, el jersey de pico, la chaqueta, los calcetines, los zapatos. Sigilosamente. Para no despertar a Marina. Saldré. Regresaré a este lugar y me peinaré. A continuación apagaré las luces, palparé los bolsillos para comprobar que tengo el pañuelo, la cartera, las llaves. Que no se me olvida nada. Que todo está en orden”.

-o-

Esperando el ascensor encuentra a Mario que, esforzándose en imprimir un tono festivo a sus palabras, le dice: “Hoy te toca invitar”.

Julio esboza una sonrisa y asiente. Cambiando de registro, Mario declara: “Esta noche he dormido fatal. No sé qué me ha pasado. No he pegado ojo”.

Se le nota en la cara. Julio dice: “A mí también me ocurre a veces”.

El ascensor se detiene. El portal está a oscuras. Mario pulsa el interruptor. Todavía es de noche.

Los dos hombres caminan un trecho y entran en “Casa Paco”.

“Hoy vamos retrasados” “Vamos como siempre” “Entonces tengo adelantado mi reloj”.

Paco, sin preguntar nada, les sirve los cafés.

Julio piensa: “Tomarme el café. Mirar el garrote que cuelga del techo. Leer el cartel que previene a los clientes de lo que puede sucederles si se van sin pagar”.

Mario exclama: “¡Son las siete y media! Lo han dicho en la radio”. Julio abona las dos consumiciones. Se despiden del dueño del bar.

“Ahora que este no arranque” masculla Mario acomodándose en el coche. Por fortuna el motor se pone en marcha a la primera.

En tres minutos desembocan en la avenida. La tranquilidad del barrio queda atrás.

 

 

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4

Es difícil no deslizarse hacia un paternalismo con menos alcance que los tirachinas que compro a mis nietos en el kiosco de la esquina. Pero más difícil todavía es pasar por alto ciertas señales sin hacer ningún comentario.

Me refiero concretamente a las ojeras que mi hija achaca a la falta de sueño. Y sospecho que también al exceso de alcohol. Ya le he dicho que la solución de los conflictos no está en el interior de una botella. Ni los náufragos ni los cosacos son referentes fiables.

Lo único que ha conseguido es una gastritis a cuya aparición habrá contribuido el eterno cigarrillo que tiene entre los dedos.

Es libre de fumar, de beber, de trasnochar y de no comer. Es libre de venir a verme o de telefonear para interesarse por nosotros y comunicarnos que se va a Portugal con unos amigos a pasar cuatro días aprovechando un puente.

No tengo argumentos para convencerla de que algo no va bien, ni tampoco me queda el discutible consuelo de darle consejos en cuyo valor no he creído yo mismo.

Si cometiera esa imprudencia, la alejaría más de mí. Entre los pocos recursos de que dispongo, me sirvo de la insinuación, de la sugerencia, de los juegos verbales que pretendo ingeniosos, de establecer lazos de complicidad entre ambos, de reinstaurar el clima de camaradería de antaño, cuando nos aliábamos en secreto y nos íbamos los dos solos al cine o cuando se las arreglaba para que, so pena de violar un pacto sagrado, le comprara un disco o cualquier otra cosa.

Esas tretas me valen de bien poco. Desde el momento en que huele que intento abordar determinados temas, cambia de conversación, hace un chiste o mira el reloj, que es su arma más temible, y anuncia su retirada.

Sabe cuál es mi punto flaco. No me queda otro remedio que dar marcha atrás.

5

Me veo forzado a ser un mero espectador. Esta situación la vivo como un castigo. En mi opinión el espectador es un elemento pasivo e impotente. No hablo, por supuesto, de quien va al cine.

Me refiero a quienes piensan que la vida es un teatro, nada atractivo además, y se sientan en su butaca a contemplar el desarrollo. Lo que ellos no saben es que en esa función a ellos les ha tocado el papel menos lucido: el de figurantes. Otra cosa diferente es que a uno se le arrincone.

Al abordar esta cuestión con mi hija Rosario, que me escucha con deferencia, para darme ese pequeño gusto, no poniendo en mis palabras más que la atención necesaria para no perderse y poder corroborar o refutar un punto determinado de mis reflexiones, intuyo que no basta con encarnar un personaje.

Esa asunción voluntaria o impuesta es a la postre tan banal como la pretensión de no participar en la gran pantomima.

¿No es un desatino jugar a ser feliz porque así lo mandan las circunstancias? ¿Representar no ya de cara a los otros sino ante uno mismo los actos de una obra donde no tienen cabida los sentimientos y las necesidades del cómico?

Si fuera posible, cambiaría el cariño y la admiración que le inspiro por tener con ella una conversación de la que estuvieran ausentes las consabidas bromas y los trillados tópicos.

6

Pero si la actitud de mi hija me subleva, ¿por qué no soy yo quien toma la decisión de hablar claro?

¿Por qué esta angustia? ¿Por qué estos temores? ¿Estoy también rehuyendo lo esencial?

Hoy ha telefoneado. Vendrá el domingo. La alegría de verla ha obrado en mí un efecto inmediato. Mi mujer y mis otros hijos, como siempre, se han percatado de esta transformación y me han lanzado las pullas de rigor que he soportado sin rechistar. Incluso sus sarcasmos forman parte del ritual de la llegada y, aunque frunza el ceño, no me molestan.

Desde ahora mi empeño se centrará en hallar los medios más eficaces para retenerla el mayor tiempo posible.

 

 

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1

Hace más de dos semanas que mi hija Rosario no viene a verme. Confieso que tengo debilidad por ella. Sus problemas me afectan en la misma medida que los míos propios. Me contagia su alegría aunque yo esté de mal humor o contrariado.

No obstante, de mi prole es a ella a quien menos comprendo. En su mirada huidiza hay un fondo de recelo. Eso me resulta extraño porque aparentemente la vida le sonríe.

De pequeña era transparente como un cristal. Por la noche, en cuanto yo llegaba a casa, se acurrucaba a mi lado. No me hacía falta preguntarle nada para saber si todo había transcurrido bien o si se había peleado con una compañera o si estaba cansada o si se sentía feliz…

Cuando me retrasaba, se obstinaba en esperarme. Hasta que no le pasaba la mano por su ensortijado pelo y le hacía cuatro arrumacos, no consentía en irse a la cama.

2

Aunque le reproche su desapego, comprendo que su trabajo no le permite visitarme más a menudo. Mis quejas la enfurecen. En esos momentos en que le chispean los ojos, creo tener otra vez frente a mí a la niña que carecía de secretos para mí.

Es, si se quiere, una ingenua artimaña para trasladarme al pasado y revivir tiempos dichosos.

He sido un hombre activo, con una sobrecarga de energía que me impulsaba a emprender mil y un negocios. Un hombre dinámico y afortunado, si bien soy de los que piensan que la suerte hay que salir a buscarla.

He tratado con mucha gente. Aparte de poseer cierto ascendiente que me colocaba en una situación ventajosa, era un buen observador de mis semejantes.

Podría hacer una larga lista de casos en la que mi conocimiento de la psicología humana quedase de manifiesto. La mayoría de esos casos, desde luego, pertenece al mundo de las finanzas.

Esto supone una limitación. En otras circunstancias los criterios aplicados no resultan tan satisfactorios.

Ese fue el motivo (un inadecuado uso de esos principios en relación con mi matrimonio) de que adelantase mi jubilación para dedicar más tiempo a la familia.

3

Divago. Es un hecho que se produce con más frecuencia de la que, por asociarlo con una pérdida de facultades, estaría dispuesto a admitir.

Cuando intento concentrarme en una cuestión, advierto una incapacidad para considerarla directamente. En mis buenos tiempos mi visión certera me habría indicado sin dilación el camino a seguir y me habría proporcionado una explicación coherente.

Heme aquí ahora, sin embargo, rumiando un problema que se me escapa.

Me pregunto si mi hija se lo ha planteado como tal o ignora su existencia exponiéndose de esa forma a caer, cuando menos lo espera, en esa tristeza tan en discordancia con su carácter.

Tiene que ser algo doloroso si, antes que enfrentar las causas, prefiere llevar una vida agitada en la que no le quede un hueco para detenerse y recapacitar.

“Pensar es malo” bromea.

Según me cuenta, se divierte mucho. Ha conocido a gente simpática donde trabaja. Salen a tomar copas y a bailar. Los fines de semana organizan excursiones.

 

 

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Como cada hijo de vecino, disponía de un repertorio de pequeños placeres que me ayudaba a remontar los días. Pero esas compensaciones, que la vida o yo mismo me ofrecía, no me colmaban.

Cuando acabé en la Universidad, tras unas vacaciones en Canarias, empecé a preparar oposiciones para el Cuerpo de Abogados del Estado. No era necesario que hiciese ese esfuerzo. Mi padre tenía amigos en empresas que, de habérselo pedido, me habrían ayudado.

No obstante, mi proyecto no le desagradó. Podía intentarlo y si no lo lograba, él se pondría en contacto con esos conocidos.

Saqué el número cuatro. Así que no hubo que recurrir a nadie.

A partir de ese momento los acontecimientos se embarullaron hasta el punto de que soy incapaz de exponer coherentemente su desarrollo. Me ocurre como con mis años infantiles: mi memoria flaquea, se muestra reticente y contradictoria.

Aunque me empeñe, no consigo poner en pie ese periodo de mi vida. Leía voluminosos dosieres. A veces se me agarrotaban los dedos y no podía hacer el nudo de la corbata. Tomaba varias tazas de café a lo largo del día. Me aficioné al coñac. Mis camisas eran de un blanco impoluto.

A los ojos de los demás pasaba por un ambicioso. Tanta actividad como desplegaba sólo era explicable por mis ansias de destacar.

No me molesté en responder a esas habladurías. ¿Qué tenía que ver con ellas? Pero proliferaron y me envolvieron. Yo seguía haciendo mi vida sin atender a las escasas recomendaciones ni a los numerosos presagios.

Antes de salir para el despacho cepillaba los zapatos. Comía en buenos restaurantes. Era un funcionario eficaz y cumplidor. Exigía que los demás lo fueran también. Coleccionaba corbatas de seda.

Caí enfermo. Un día no pude levantarme de la cama. Me dolía la cabeza. Los miembros me pesaban como el plomo. Ni siquiera pude telefonear a mi secretaria para decirle que no iría a trabajar. Esa mañana tenía una reunión importante.

Me adormilaba. Al rato me despertaba sobresaltado pensando en la reunión. Luego el sopor me vencía de nuevo. Acabé por perder la noción del tiempo.

Durante varios días permanecí en ese estado de aletargamiento. Oía el timbre de la puerta y el del teléfono pero sonaban muy lejos.

Estos hechos ocurrieron hace dos meses. Estoy recuperado. Pero no voy a volver a mi despacho.

He aprovechado mi convalecencia para pasear y pintar. La semana pasada fui al Museo de Bellas Artes del que es usted ilustre director.

Salvo algunos turistas silenciosos, las salas y los patios estaban vacíos. Disfruté de una paz de cuya existencia dudaba.

Por último fui a tomar una infusión a la cafetería. Yo era el único cliente. El camarero entabló conversación conmigo. Hablamos un poco de todo. Le comenté que había dejado mi empleo y buscaba otro. Me dijo que en el museo había una plaza libre de vigilante.

Cuando le pregunté qué documentos debía presentar y a quién debía dirigirme, se extrañó. Mi aspecto no respondía a su perfil de vigilante. No obstante, me dio la información que deseaba.

No sé si reúno los requisitos para ocupar esa vacante. Es a usted a quien corresponde decidir sobre esta cuestión. De lo que estoy seguro es de que este es el puesto que me conviene. Atentamente.

 

 

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No sé por dónde empezar. ¿Lugar y fecha de nacimiento? Todos nacemos en alguna parte. Hay gente que se jacta de haber visto la luz primera en tal o cual sitio, lo cual me parece ridículo porque esa contingencia no constituye ningún mérito. En lo que a mí concierne, no voy a alegar esos datos.

Baste con indicar que no soy ni demasiado joven ni demasiado viejo. No peco de entusiasmo ni de radicalidad. Mi escepticismo, que se ha afianzado con el tiempo, me salva de caer en esas tentaciones.

Durante mi infancia fui feliz, aunque sólo guardo recuerdos deshilvanados: un saxofón que me regalaron mis padres, el corral de mi abuela donde las gallinas no paraban de escarbar, los días de lluvia, los paseos por el campo…

La felicidad es un mito que forjamos a la medida de nuestros deseos. A nivel práctico se define negativamente. Por la ausencia de grandes desgracias y de grotescos conflictos me he permitido calificar mi infancia de venturosa.

En la escuela me enteré pronto de a qué son había que bailar. La gente es vanidosa y los maestros no son la excepción.

Si uno era rastreramente pelotillero, no hacía carrera. Antes bien, le llovían los palos. Pero si uno era fino y se trabajaba la modestia y cierta ingenuidad, no había maestro que se resistiese.

Ruego disculpe esta divagación. El ejercicio de la adulación es indigno aun cuando la condición humana lo potencie. Confieso, avergonzado, que no se me daba mal. A mis ojos era una cuestión de supervivencia.

Teniendo en cuenta que yo no era tonto y podía salir adelante por mis propios medios, no debería haber recurrido a esas malas artes.

Desprenderme de ese hábito vicioso me ha llevado años. Todavía hoy me descubro a veces esbozando una sonrisa candorosa.

En lo que respecta a los estudios secundarios, como se puede comprobar por mi historial académico, fui mejorando de curso en curso hasta convertirme en un alumno brillante. De esta forma todos estábamos contentos, en especial mis padres.

Al poder alardear de mí ante sus amistades, nunca me negaban lo que les pedía. Yo no era un chico caprichoso ni les pasaba factura por mis buenas notas. Por lo general, eran ellos quienes me preguntaban qué quería. Mis peticiones eran razonables.

Es corriente citar a los profesores que más contribuyeron en la formación y orientación del candidato con su ejemplo, con su estímulo, con su capacidad para abrir nuevos horizontes…

Se pensará que es soberbia pero, por más que me devano los sesos, apenas consigo recordar el nombre de dos o tres. No está en mi ánimo enjuiciar su labor, pero ninguno dejó en mí huella perdurable.

Esta constatación me entristece porque revela una carencia por mi parte. Es imposible que todos los profesores fuesen unas mediocridades.

Otro tanto podría decir de mi paso por la Facultad de Derecho.

 

 

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8

Recogió las monedas que había en la caja y las echó en un deteriorado bolso étnico con un diseño de elefantes. Sus gestos eran naturales, ni lentos ni precipitados. Como si lo que estaba haciendo fuese lo más normal del mundo.

En ese momento se encendió una lucecita en mi cabeza. No era la primera vez que un alma caritativa la invitaba a un café o a un desayuno completo.

La caja, una vez vacía, la guardó dentro del edificio, en un rincón.

Sus movimientos precisos me impresionaban. Ella, ciega tenía que haber sido para no percatarse de mi perplejidad, me preguntó con retintín: “¿Se encuentra bien?”.

“Muy bien. ¿Tomamos ese café?”.

9

Retiramos nuestras consumiciones del mostrador y no sentamos a una mesa, junto a la cristalera. Era un establecimiento concurrido. Los clientes no paraban de entrar y salir. Me hubiese gustado un lugar más tranquilo.

Además hacía frío. La gente me distraía, la de dentro y la de fuera. Lo anterior impedía que me concentrase. Tampoco ayudaba el hecho de que, sin ningún motivo, máxime cuando era yo quien había tenido la iniciativa, estuviese nervioso.

No era ese el caso de la chica que había cogido el vaso de café con leche y lo apretaba entre sus manos.

Mi compañera de mesa estaba feliz. Eso me irritó. Tomar un café con leche no justificaba ese regocijo, ni siquiera en una desabrida mañana invernal.

Era un día gris. La chica no hablaba. Se limitaba a calentarse las manos con el vaso y a dar sorbitos de su contenido.

10

No era de recibo que no hiciese nada por agradar. Sin saber por qué me sentí estafado. Incluso pensé que se había olvidado de mí, a pesar de tenerme en frente.

Dije lo primero que se me pasó por la cabeza. Me había acordado de que tanto ella como los otros dos mendigos leían un libro. Lo cual, aunque no pudiera calificarse de extraño, fue un detalle que me chocó.

“¿Qué lee?”. Ella dejó el vaso en la mesa y sacó del bolso con dibujos de elefantes un ejemplar de los diálogos platónicos. Orientó la portada en mi dirección. La selección incluía Fedón, El Banquete y Gorgias.

“¿Usted cree en la inmortalidad del alma?”.

Estuve tentado de darle una respuesta académica, de relacionar el pensamiento griego, el cristianismo y el taoísmo. De demostrar que era un hombre culto. De irme por los cerros de Úbeda.

Pero en un rapto de inspiración, o quizá porque la figura de Brioso emergió en mi mente, procedí a la gallega.

“¿Usted pertenece a la Orden, verdad?”. Los ojos de la joven destellaron. Estrujó el bolso que tenía sobre los muslos. Sonriendo ladinamente me devolvió la pelota: “¿Qué Orden?”.

 

 

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4

No doy dinero a la gente que encuentro en la calle. Ni a los mendigos ni a las señoras de la Cruz Roja. Si alguien hace sonar la hucha impúdicamente, acelero el paso. Reconozco, no obstante, que con el cuento de la filantropía a veces me sacan los cuartos.

Por voluntad propia no suelto un céntimo. No porque me cueste trabajo ganarlo. Supongo que el mismo que a cualquiera. No por cicatería. O porque me atenga a unos principios estrictos. Procedo así por comodidad. Para evitar familiaridades indeseadas.

5

“¿Pasa algo?” dijo la chica entornando los ojos y ladeando un poco la cabeza.

No detecté en sus palabras ni en su actitud señales de que se sintiera molesta. Su pregunta era lógica. Quería saber qué hacía allí clavado, frente a ella.

Cogí el monedero y eché un euro en la caja de cartón.

La chica me estudiaba. Pensaría que yo era un bicho raro. O alguien con intenciones deshonestas.

Ella era la más joven de los tres, de rasgos finos, delgada, bien parecida.

En mi curiosidad no había nada de indecoroso. Probablemente ella lo intuía.

Esa situación era ridícula. Mejor dicho, yo era quien estaba haciendo el ridículo.

6

“No tengo suelto” dije la próxima vez.

Mis palabras sonaban a indigna justificación. La chica no me había pedido nada. Estaba en la vía pública, con la caja de cartón a sus pies. Pero no había tendido la mano ni había hablado.

En realidad, se tomó su tiempo para levantar la vista del libro que leía. Durante un par de minutos ignoró mi presencia.

Me observó pero no críticamente. No como a un burgués arrebujado en su buen chaquetón de lana comprado en Cortefiel. No como a alguien que pretende hacer una buena obra. O rescatar a jóvenes descarriados.

La bribonería se reflejó en su cara. Me acordé de un amigo del pueblo que es un pillo redomado. Brioso, por mal nombre Perindola, reconoce que domina el arte de vivir del cuento. Su objetivo en la vida es ser feliz.

A quien cuestiona ese principio, lo tilda de hipócrita. No discuto con él sobre esto ni sobre nada, pues está dotado de una lengua viperina.

La semejanza con la chica acababa en ese aire de desafío, entreverado de insolencia en el caso de mi amigo hilandario.

7

Acabé sacando mi monedero que sólo contenía calderilla. Me daba vergüenza arrojar unos pocos céntimos en la caja de cartón. Y no estaba dispuesto a coger un billete de mi cartera. Mi esplendidez limosnera no llegaba a tanto.

Mi confusión incrementó la picardía de sus facciones. No dijo nada, manteniéndose a la espera, como una espectadora segura de que la función no la va a defraudar.

Miré en dirección al bar que hay en la esquina de la calle Condes de Bustillo. “¿Le apetece tomar un café?”.

 

 

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