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Archive for the ‘De laberintos’ Category

Un deseo imperioso,
según los viejos mitos,
llevaba a los antiguos
a trazar laberintos.

En las villas romanas
abundan los ejemplos.
Con brillantes teselas
vestían el secreto.

La esencia y la apariencia,
el nombre verdadero,
el santo de los santos,
el terrible misterio.

Los antiguos trataron
mediante laberintos
de abrir una tronera
al espacio infinito.

Un sinuoso camino
que conduce cabal
al lugar donde fulge
la cámara nupcial.

 

 

 

 

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Un laberinto sin fin
un laberinto sellado
sin entrada ni salida
letal y cuadriculado

Un terrible laberinto
de paredes encaladas
callejones pasadizos
de puertas siempre cerradas

Ajedrezado a cordel
vertical y paralelo
como el sueño de un geómetra
con fiebre borracho y lelo

Estrechuras progresivas
incontables vericuetos
aristas como cuchillos
cortantes ángulos rectos

El colmo del sinsentido
al aire libre construido

En el centro un corazón
debería haber al menos
un corazón una fuente
un refulgente lucero

Quién ha visto un laberinto
sin entrada ni salida
trazado con estilete
de la locura medida

Un laberinto mendaz
una mala digestión
en absoluto tan simple
como el huevo de Colón

Caribdis y Escila en uno
de Carracuca el terror
una invención delirante
un silencioso estridor

El colmo del sinsentido
al aire libre construido

 

 

 

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Ese adefesio de laca
no deja de dar la lata,
tan redicho y respondón.
Le voy a dar un capón
si no me obedece y calla.

Si yo digo que esto es bello,
él mantiene que esto es feo,
si digo alto, él bajo
porque tal es su trabajo:
chinchar a diestro y siniestro.

Por muy oriental que sea
que ojo avizor se ande
y haga lo que yo le mande.
Si digo fea es que es fea,
si digo grande es que es grande.

Entonces el vil demonio,
más malo que el estramonio,
se burla, me hace una mueca,
después da una voltereta
y se pone ante la puerta.

 

 

 

 

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Ese demonio oriental,
vestido de colorines,
es el reflejo del mal
en las pupilas de un tigre.

Vestido de carmesí,
de amarillo, de violeta,
vestido de azul turquí,
es el guardián de la puerta

por donde se entra y se sale
de este mundo terrenal,
de este mundo en el que vale
el bien lo mismo que el mal.

El custodio de la entrada
no pide santo ni seña.
Es despótico, se enfada,
le encanta andar a la greña.

Ese demonio oriental
(con eso está todo dicho),
empecinado en el mal,
siempre atento a su capricho,

que golpea con el pie
el suelo insistentemente,
cual si estuviera demente,
y ciertamente lo esté,

es el guardián de la puerta,
Dios a todos nos asista,
porque esa criatura tuerta
tiene intenciones de avispa.

 

 

 

 
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Un mandarín de Pekín
mandó hacer un laberinto
(también el rey Recesvinto
tuvo una ocurrencia afín).

Un laberinto sin par
mandó hacer el mandarín,
en lugar de un balancín
u otra cosa similar.

Cuando estuvo edificado,
corrió a meterse en él
cual presuroso lebrel,
en su palanquín montado.

Llevaba puesto un pijama
de seda con dos dragones
azulencos, volantones,
y una coleta muy larga.

Llevaba también bonete
con un botón en el centro
y así se fue para adentro
con fe ciega en su caletre.

Pero pronto el mandarín
se dio cuenta de su error
y comprobó con terror
que no todo es el magín.

La salida anda buscando
el mandarín de la China,
que por cierto está que trina,
de ese tinglado nefando.

Como al mandarín del cuento,
que se creía muy listo
y se daba mucho pisto,
mas todavía está dentro

mordiéndose la coleta,
te pasará si, cretino,
haces un dédalo chino
y, no contento, te internas.

Haz más bien cual Recesvinto
que tuvo igual ocurrencia,
pero con mucha más ciencia
sólo miró el laberinto

y en vez de meterse en él
a palacio regresó,
más puntual que un reloj,
montado en blanco corcel.

 

 

 

 

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Minotauro y el torerillo

4
Minotauro, agradecido,
ve brillar las velas blancas
surcando el azul Egeo.
No obstante, a veces le pasa
que echa su cubil de menos,
su laberinto, su casa.

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 3
Este bravo torerillo
que se adentró sin un hilo
en el negro laberinto,
enfrentándose a la fiera,
¡oh Virgen de Valvanera!,
con la gracia de un delfín,

a esta historia puso fin.
Por un cuerno lo cogió,
la testuz le acarició
y lo llevó a una pradera
desde donde se ve el mar.

Le mandó no hacer más tretas
en Naxos, Patmos o Creta.
Que en lugar del laberinto
gozara del terebinto,
y escuchara las consejas
que bisbisean las viejas.

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