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Posts Tagged ‘Demonio’

IV

“Siempre fuiste propensa a fantasear” dijo el demonio frunciendo los labios y encogiendo la nariz. “¿Queréis probar la pócima y experimentar los efectos en vuestra propia carne? Tal vez entonces cambiéis de opinión” replicó la bruja subrayando sus últimas palabras con un espeluznante mohín.

El fantasma y el demonio rehusaron la invitación. Ambos sabían que la bruja tenía más razón que un santo. Ese bebedizo tenía que ser mortífero de necesidad.

La tía putativa de Octavio, a quien no había pasado desapercibida la aprensión de sus colegas, sirvió una nueva ronda de consomé. Y, en un tono más intimidatorio que didáctico, explicó: “La cortaalas envenena los fluidos vitales, que se descomponen y pudren. El sujeto queda fuera de juego limpiamente, como si hubiese sido objeto de varias sesiones de vudú sincronizadas”.

Los tíos putativos de Fausto y Feliciana se picaron y se apresuraron a exponer sus iniquidades más destacadas. Por nada del mundo querían quedar a la zaga de la bruja que les estaba dando un revolcón.

Ambos alabaron la eficacia de sus respectivos métodos que nada tenían que envidiar a los bebedizos de la anfitriona. E inevitablemente se pusieron a hacer comparaciones. Desde luego, era difícil, por no decir imposible, averiguar cuál de los tres era más infame. Coincidieron en que cada uno en su especialidad no tenía igual.

El cotejo acabó en risotadas. El demonio concluyó: “El caso es que nuestros sobrinos no conseguirán librarse de nosotros por mucho que lo intenten, y algunos bien que se empeñan”. Esta afirmación provocó otro acceso de hilaridad. Les resultaba tan divertida esa situación humillante que no podían contenerse.

La bruja dio incluso unos pasos de baile con el vaso en alto. El fantasma y el demonio se animaron también y se unieron a la polca. Los tres saltaban alrededor del caldero, unas veces cogidos de la mano y otras libremente. Estuvieron bebiendo y alborotando hasta las tantas. Luego se despidieron, derrengados y felices, haciendo votos por verse pronto y compartir sus nuevas fechorías.

-o-

Los tres amigos acabaron la cena en silencio. Habían estado conversando animadamente, pero ahora estaban cavilosos.

Sus pensamientos eran convergentes. Los tres sabían que no podían librarse del despótico amo que los sojuzgaba. Los tres lo habían intentado de verdad, recurriendo a diversos medios.

A estas alturas los tres admitían que esos parientes indeseables formaban parte de la familia, les gustase o no. Esos tres personajes constelaban su universo particular, estaban incrustados en su mente.

A lo más que podían aspirar era a convivir con ellos. A mantener un precario equilibrio. La palabra derrota planeó sobre la mesa pero nadie la pronunció.
Fausto se seguía rebelando, Feliciana seguía buscando una solución y Octavio procuraba establecer pactos duraderos. Pero no se hacían ilusiones, sobre todo el sobrino de la bruja.

Era legítimo mantener la esperanza. Y necesario en el día a día. Pero no podían alegar ignorancia. Y más les valía no hacer castillos en el aire.

Los tres amigos llenaron la última copa y brindaron por el próximo encuentro, cuya fecha no fijaron. Encuentro en el que volverían a hablar de las jugarretas sufridas, y en el que expondrían sus avances y retrocesos.

Habían vaciado dos botellas de vino. Estaban lo bastante achispados para alegrarse de estar vivos y de comprobar que su sentido del humor no había desertado.

 

 

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III

La bruja sirvió otra copa de bebistrajo y, levantando la suya, propuso otro brindis: “¡Por nosotros!”, que fue coreado por el fantasma y el demonio.

A continuación, con remilgos de perfecta anfitriona, la vieja de barbilla salpicada de largos pelos y nariz verrugosa, pasó la bandeja con los entremeses. Inclinando graciosamente su siniestra cabeza, dijo: “Mi especialidad son las pócimas como vuesas mercedes saben. Este brebaje que he preparado en vuestro honor, es muy antiguo. Más que mi abuela a quien le debo la receta”.

Aquí interrumpió su introducción. Con los ojos fijos en el mentor de Fausto y un trasfondo de picardía, tras esta pausa, añadió: “¿Sabías que mi señora abuela tuvo líos con demonios?”. Su compadre infernal arrugó los labios y enseñó sus dientes amarillos. La bruja, sonriendo zalameramente, también dejó ver los suyos que eran disparejos y renegridos.

El fantasma se estaba divirtiendo de lo lindo con esta equívoca escena. Si el flirteo continuaba, no podría evitar soltar una carcajada. Para disimular su regocijo, a pesar de carecer de olfato, se llevó el vaso de cuerno de toro de lidia a la nariz para aspirar su aroma. Y no contento con esa impostura la redondeó con un gesto de satisfacción.

Ni que decir tiene que el demonio no se dio por aludido. Dio un sorbo de bebistrajo y, en la misma línea cortés de su fantasmal colega, concedió: “Es un elixir extraordinario. Felicita a tu abuela de mi parte” “Eso va a ser difícil” “Eres su digna sucesora” terció el verdugo de Feliciana, “si no te importa, me llevaré una botella” “Y yo otra” dijo el demonio, “estoy seguro de que a Pedro Botero le encantará”.

La bruja se sintió profundamente halagada. “Una botella o una garrafa. Como veis, he hecho una gran cantidad. Está claro que nosotros no vamos consumir todo esto, máxime teniendo en cuenta que este –precisó señalando al fantasma– no bebe, sólo hace el paripé. ¿O seremos capaces? –preguntó al demonio.
“Menudo colocón” dijo el fantasma. El demonio optó por dar otro sesgo a la conversación.

“¿Qué pócima administras a tu ahijado para que no levante cabeza?”. La bruja, definitivamente desengañada, se encorvó, suspiró y dijo entre dientes: “De su composición no voy a hablar porque es un secreto de familia. La clave de su eficacia radica en dársela a beber al elegido cuando todavía es un niño. El efecto es arrasador. Un maleficio al lado del cual las maldiciones gitanas son inocentes trabalenguas. Luego basta con meros recordatorios. Unas cuantas gotas son suficientes para impedir que el desgraciado alce el vuelo. Mi abuela llamaba a esta pócima “la cortaalas”, que es más poderosa que tu tridente y tu sudario juntos. Con un sorbito Octavio cae rendido a mis pies, literalmente hablando”.

 

 

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II

Siguió refiriendo el fantasma que, cuando precipitaba a Feliciana en el abismo valiéndose de ese recurso, la pobre, desmadejada, sin fuerzas para dar un soplido, pasaba varios días tendida en el sofá, con los ojos extraviados.

Carcajeándose, el fantasma precisó: “Hasta que no retiro la sábana con que la he envuelto, no tiene aliento ni para llorar, desahogo del que le gustaría disfrutar, pero que no está a su alcance”.

Con genuina maldad concluyó: “Y así la tengo, como un pelele, hasta que me parece”.

Sus compañeros estimaron que se trataba de un magnífico entretenimiento. “Si la vierais palidecer cuando le echo el sudario por encima”…

“Su piel absorbe el color espectral de la tela. Os aseguro que a veces me confundo y soy incapaz de distinguir mi vestimenta del cuerpo de la mujer. El resultado es un continuum fantasmagórico”.

“Eso es un auténtico éxito” dijo el demonio de la destrucción. “Un perfecto acto de brujería” declaró la anfitriona.

A continuación, la vieja lo pensó mejor y, con un gesto desdeñoso de su huesuda mano, rechazó esa desafortunada comparación.

El demonio de cuernos caprinos y aviesa mirada hacía de vez en cuando un feo gesto con los labios, que arrugaba mostrando sus paletas amarillentas. El fantasma le parecía una emanación gaseosa que no resistiría un bufido suyo.

En cuanto a la bruja, a la que consideraba más peligrosa, no dejaba de ser una vieja encorvada y babosa.

No tenía el demonio buen concepto de sus compinches. No le cabía duda de que eran inferiores a él. La labor que él realizaba era infinitamente más dañina. A Fausto, aun siendo el más fuerte de los tres elegidos terrenales, le hacía morder el polvo cada vez que se le antojaba, es decir, a menudo.

Y se animó a compartir su mortífera táctica consistente, cuando lo veía contrariado, en prestarle un tridente para que se lo clavase a quienes tenía a su alrededor. Fausto no se privaba de usar ese instrumento puntiagudo en cuanto lo tenía en las manos.

De esta forma el demonio de la destrucción había logrado que ese infeliz multiplicase el número de sus enemigos y se convirtiese en una de las personas más odiadas del pueblo. “Es el vecino que más aborrecimiento suscita” añadió con una nota de orgullo en su voz de becerro.

Ese hecho traía consigo que el aislamiento de su pupilo fuera cada vez mayor. “Puedo afirmar y afirmo que todos lo rehúyen”.

La cesión puntual del tenedor gigante no quitaba para que, cuando lo creía conveniente, el demonio lo utilizase para aguijar a Fausto, el cual se enfadaba entonces consigo mismo y se autoagredía de diversas maneras, por ejemplo, dándose un atracón.

Este hijo de Satanás, como sabían sus compañeros de canalladas, era un maestro en el arte de crear situaciones explosivas. “Con mi tridente podría conseguir que nos peleásemos entre nosotros”.

Los otros ni asintieron ni negaron. Ambos encontraban al demonio bastante fanfarrón. Su silencio hizo que este se apresurase a añadir: “Por supuesto, no voy a hacer tal cosa. Sería una estupidez que discutiésemos con lo bien que nos lo pasamos juntos”.

 

 

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Cada uno de nosotros está habitado por un ente negativo,
está poseído por un personaje perverso.

I

El demonio de la destrucción tenía en sus manos a Fausto. El fantasma de la depresión dominaba a Feliciana y la bruja de la ansiedad a Octavio, al que hechizó en su infancia.

De vez en cuando se reunían en la cabaña de la bruja, alrededor del caldero donde la anfitriona preparaba un brebaje especial para celebrar los éxitos obtenidos desde la última vez que se vieron.

La bruja y el demonio cogían una buena cogorza. El fantasma, dada su naturaleza etérea, no bebía. Como los otros insistían, en cada encuentro tenía que repetir lo mismo: “Los espectros no comen ni beben”. Pero esa circunstancia no quitaba para que participase en la francachela como el que más.

A los tres les encantaba comparar el grado de sumisión conseguido. Se lo pasaban en grande alardeando de su profesionalidad en el trabajo de demolición de sus correspondientes víctimas.

Los cónclaves eran siempre nocturnos. La bruja vivía en los arrabales del pueblo. Ni cerca ni lejos. Ni dentro ni fuera. La bruja podía estar y no estar en cualquier parte. Muchos le atribuían el don de la ubicuidad.

Para la ocasión la dueña de la cabaña había puesto en la olla cabezas de serpiente, crestas de gallo, un puñado de dedos, lenguas de lagarto, ojos de perro, orejas de ardilla y varios sapos vivos que, sacando la cabeza del líquido burbujeante, croaban complacidos. Según la cocinera, la piel verrugosa y tóxica de esos anfibios daba un toque especial al brebaje cuyo buen aspecto alabaron los invitados.

Por último, inmediatamente después de sacar a los sapos del baño, echaría en la olla un generoso chorreón de leche del diablo, un cordial de alta graduación alcohólica que, cuando estaba sola, la bruja solía beber a morro.

Los tres estaban deseando contar sus canalladas, describir en qué estado habían dejado a sus rehenes, hacer un detallado recuento de sus ruindades. Pero hasta que la bruja no apartase el caldero del fuego y entrechocasen sus vasos de cuerno de toro de lidia en un brindis, esperarían.

Brindaron una y otra vez porque el brebaje estaba condenadamente bueno. Recién hecho, a pesar de lo caliente que estaba, se colaba sin sentir.

La bruja, que había sacado de la olla con una espumadera las crestas, las lenguas, los dedos, las orejas y las cabezas, y los había amontonado en una bandeja roñosa, ofreció estas exquisiteces a sus compadres que no les hicieron asco en absoluto, el demonio comiéndolas de verdad y el fantasma de mentirijillas.

Y fue este quien empezó a contar la jugarreta que le gastaba a Feliciana últimamente. El espectro se quitaba el sudario y envolvía con él a su víctima.
“¿Te quedas en cueros?” preguntó divertida la bruja. “Un fantasma desnudo tiene poco que ver, la verdad” “¿Y cómo reacciona Feliciana cuando la amortajas?” quiso saber el demonio. “Hundiéndose en una sima, perdiéndose en la nada, dejándose caer como una piedra en un pozo”.

 

 

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Ese adefesio de laca
no deja de dar la lata,
tan redicho y respondón.
Le voy a dar un capón
si no me obedece y calla.

Si yo digo que esto es bello,
él mantiene que esto es feo,
si digo alto, él bajo
porque tal es su trabajo:
chinchar a diestro y siniestro.

Por muy oriental que sea
que ojo avizor se ande
y haga lo que yo le mande.
Si digo fea es que es fea,
si digo grande es que es grande.

Entonces el vil demonio,
más malo que el estramonio,
se burla, me hace una mueca,
después da una voltereta
y se pone ante la puerta.

 

 

 

 

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Ese demonio oriental,
vestido de colorines,
es el reflejo del mal
en las pupilas de un tigre.

Vestido de carmesí,
de amarillo, de violeta,
vestido de azul turquí,
es el guardián de la puerta

por donde se entra y se sale
de este mundo terrenal,
de este mundo en el que vale
el bien lo mismo que el mal.

El custodio de la entrada
no pide santo ni seña.
Es despótico, se enfada,
le encanta andar a la greña.

Ese demonio oriental
(con eso está todo dicho),
empecinado en el mal,
siempre atento a su capricho,

que golpea con el pie
el suelo insistentemente,
cual si estuviera demente,
y ciertamente lo esté,

es el guardián de la puerta,
Dios a todos nos asista,
porque esa criatura tuerta
tiene intenciones de avispa.

 

 

 

 
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El Demonio sonríe

El Demonio sonríe, ¿qué otra cosa hacer puede?
Sentado en sus dominios, más parece un filósofo
que un príncipe infernal. ¡Lo que cambian los tiempos!

Los buenos viejos tiempos también para él pasaron.
El tiempo en que luchaba por conseguir un alma.
El tiempo en que podía tentar de mil maneras
a los hijos del hombre.

Pero aquello pasó, aquellos regateos
que tanto le gustaban, y la firma, por último,
con sangre de la víctima, inútil requisito
que chiflaba a los hombres, tan dados a las notas
pintorescas, folclóricas.

Y abatido confiesa: “Ni siquiera trabajo.
Aquí paso mis días, marchito, cabizbajo”.

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