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Azucenas

XLVIII

Tu madre ha quedado desdibujada en este relato, lo cual me apena. Y no hablemos de tu padre que apenas aparece. Su prematura muerte hace imposible saber la influencia que hubiese ejercido sobre ti.

Su ausencia dejó un hueco que ocupó tu tío, como tú misma afirmas otorgándole un título que no le corresponde.

Al no haber conocido otra cosa no puedes añorar tiempos mejores. Esta verdad que es aplicable en tu caso, no lo es en el de tu madre.

Ella luchó por su felicidad. En una época en la que prevalecían los matrimonios por conveniencia y por inercia entre los miembros de un mismo estrato social, ella tuvo la osadía de enamorarse de un don nadie y el coraje de asumir sus sentimientos.

Que después de soportar tantas presiones encaminadas a hacerla desistir de su propósito se viese desposeída de la noche a la mañana de aquello por lo que había luchado, con dos niñas pequeñas y a expensas de su familia que tan enérgicamente se había opuesto a su casamiento, fue un duro golpe del que no logró reponerse.

En los últimos tiempos la sueles descubrir absorta. Si le preguntas algo, no responde de inmediato o ni siquiera responde. Esta actitud de tu madre te irrita y te hace exclamar: “¡Estás en Babia!”. Pero no lo está. La causa de su ensimismamiento hay que buscarla en otra parte.

A caballo entre un pasado emergente con su carga de melancolía y un presente que hay que vivir minuto a minuto, tu madre proyecta la imagen desvaída de una persona que se compromete lo imprescindible con la realidad cotidiana.

En las contadas ocasiones en que se ha opuesto a vuestros deseos, a los de tu hermana o a los tuyos, ha sido de cara a la galería o impulsada por el instinto de conservación al que se aferró cuando tuvo que reconstruir su vida.

De todas formas, ni tu hermana ni tú, hijas modélicas según los cánones vigentes en el pueblo, la habéis colocado nunca en un apuro. Si tal cosa hubiese ocurrido, habría delegado en tu tío, que es lo que hace incluso en los asuntos menores.

El tiempo todo lo mina y todo lo socava, todo lo minimiza y todo lo transforma. Nos proporciona perspectiva. Nos trae el olvido. El tiempo lija las asperezas de los recuerdos con los que tu madre sigue conviviendo.

XLVII

“¿Putona yo?” dijo depositando en el pavimento las dos cestas que llevaba, una en cada mano, y poniéndose en jarra.

A esa hora la plaza estaba concurrida. En su mayoría se trataba de mujeres que iban al mercado o a una de las tiendas sitas en las calles aledañas.

Como un trallazo innoble que le cruzase la cara a la calma matinal donde sólo flotaba un murmullo persistente que tenía su origen en los corros de comadres, los cuales se hacían y deshacían por arte de birlibirloque, componiendo en el área rectangular de esa superficie encementada y con naranjos agrios las caprichosas figuras de un caleidoscopio, como un trallazo o un escopetazo infame esas dos palabras impusieron un silencio sacramental.

“¿Putona yo?” repitió, por si alguien no se había enterado, en un crescendo furibundo.

Nadie reaccionó. Tras dejar transcurrir unos segundos de forma que las presentes tuviesen margen para considerar la magnitud del agravio, y ella para congestionarse adecuadamente, empezó a aullar como un lobo.

Sus carnes blandengues ondeaban como los pendones que coronan los pináculos de los castillos, con la diferencia de que no era el viento sino la cólera la que las agitaba.

Por lo demás, por más empeño e imaginación que se pusiese en continuar con el símil, imposible sería afirmar, pese a que permanecía clavada en el suelo, que la mujer semejaba una torre por lo que de esbeltez conlleva tal imagen, siendo la de un tonel la primera que venía a la mente.

Ora con los brazos en alto, ora con los puños en el cuadril, la barbiana moduló su voz penetrante desde el tono increpatorio al apocalíptico. Desde luego, estaba en posesión de un excelente registro de agudos.

Las involuntarias oyentes, quizá temiendo por sus tímpanos, empezaron a moverse. Cada cual tenía sus obligaciones y esa grotesca situación se alargaba demasiado.

Por otro lado, resultaba difícil seguir la enrevesada argumentación tachonada de groserías de ese espantajo con faldas.

La destinataria de las estocadas verbales se mantenía en la sombra del anonimato. En ningún momento dijo esta boca es mía, siendo objeto de cábalas en los corros, donde las vecinas contraían los músculos faciales mientras susurraban la pregunta para la que nadie tenía respuesta.

Dicho misterio contribuyó a que todas permaneciesen en su puesto, aguantando mecha. Querían averiguar la identidad de la desconocida.

Su mérito tenía esa actitud que podía ser calificada de heroica. La verborrea de la mujer generaba agresividad, que sólo la refrenaba la certidumbre de que su chillidos se multiplicarían si uno se dejaba arrastrar por ese impulso.

La retaca cogió las cestas y se irguió con dignidad, echando la cabeza y los hombros hacia atrás, sacando pecho.

En esa gallarda pose que comparten las comadres y los gallos de pelea, desgranó su última filípica que remató con las mismas palabras con que iniciara su farragoso discurso. Su voz no traslucía ni asombro ni rabia sino desprecio y una convicción absoluta de la falsedad de esa cláusula venenosa.

No era ella quien merecía ese insulto como lo demostraba la entonación que había variado de interrogativa a exclamativa.

Una vez que hubo desfogado, dio media vuelta y se fue. “¡Qué vergüenza!” dijiste.

Punto de fuga

316.-Era una mujer joven, a lo sumo tendría treinta años. Rezumaba tristeza o nostalgia porque estaba lejos de su país. Tras una observación más detenida deseché esa causa.

Su hosquedad no estaba motivada por el alejamiento de su patria. Cuando la conocí un poco más, supe que no había tenido buenas experiencias. Eso explicaba su comportamiento esquinado.

Había abandonado sus estudios universitarios y trabajaba en lo que le salía, justo para mantenerse a flote. En su vida no había estabilidad ni laboral ni emocional. Estaba, según reconocía, en la cuerda floja.

No encontrándole sentido a nada, se había enrocado en el día a día. Ni le interesaba ni quería ver más allá. El hoy era ya demasiado penoso para preocuparse del mañana. Así que nada de planes.

Como no sirvo para consolar ni para soltar discursos bienintencionados, no la interrumpía cuando hablaba. Me hubiese parecido una ordinariez darle una palmadita en la espalda o animarla con las frases al uso que habrían rebotado o resbalado sobre su piel.

La dejaba expresarse. La chica se llamaba Victoria, un nombre con el que ella hacía chistes crueles. “Me podían haber bautizado de otra manera. No voy a decir que lo hicieran para fastidiarme, pero cada vez que me preguntan cómo me llamo, me pongo de mal humor. Aquí, en España, decís otra cosa. Mi nombre es la guinda del pastel”.

Un día, tomando un café que siempre le parecía inferior al de su tierra, me habló de esta con la misma falta de complacencia que utilizaba para referirse a ella misma. Pasando de una cosa a otra, acabó contándome, para mi sorpresa, un venturoso día de playa. Con lujo de detalles y apuntes cromáticos, pues tenía un vocabulario rico, se demoró en la descripción o más bien en la recreación del atardecer.

Sentada en la franja de arena que separaba la selva del mar, Victoria vivió ese momento olvidada de ella. “La felicidad consiste en eso. Y la desdicha en tener que cargar conmigo, en no lograr deshacerme de ese fardo como aquel día en la playa”.

Nunca la había visto tan sincera como cuando me comunicó ese secreto. Yo era la única persona con la que había compartido esa experiencia de absoluto bienestar.

Después me pintó la cercana selva como un lugar de árboles altísimos, entretejidos de lianas, en cuyas horquetas crecían orquídeas de increíble belleza, algunas con apariencia de feroces guepardos, otras de pétalos modelados en cera de exquisitos tonos malvas. “Las orquídeas pueden adoptar innumerables formas y las hay de todos los colores”.

Mientras la escuchaba, me olvidé del lugar en el que estábamos y de la razón de nuestro encuentro. Su vivaz y fantasiosa rememoración me atrapó hasta ese punto. Vi la selva, los manglares, el cadencioso oleaje y la puesta de sol a través de sus ojos, que igual me daba que fueran los de su cara o los de su imaginación.

Finalmente calló. Su semblante, que se había animado durante la narración, se revistió de su acostumbrada adustez. Me pareció que se arrepentía de esa efusión verbal.

“Acabas de abrir una puerta por la que puedes salir. Estoy seguro de que por ahí puedes escapar”.

Las aguas teñidas de rojo del caudaloso río que había mencionado, y las nubes incendiadas por el sol poniente se reflejaron en sus oscuras pupilas. Fue un fenómeno efímero pero real.