Feeds:
Entradas
Comentarios

Viborera (III)

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.


I

Fui uno de los que acudieron a casa de Servando para ver con sus propios ojos ese hecho insólito. La noticia se había propagado como un reguero de pólvora. Tuve la suerte de ir en una de las primeras remesas de curiosos. Este asunto adquirió tal desproporción que Servando acabó dando el cerrojazo.

Esa reacción es comprensible. En Las Hilandarias hay una irrefrenable tendencia a sacar las cosas de quicio.

Servando y yo no somos amigos sino simples conocidos. Nuestro trato es cortés. Si no llega a ser por Brioso, a quien no se le escapa una, no habría sido testigo ocular.

La personalidad de Servando y la mía son bastante parecidas. Somos discretos e incluso distantes. Ambos tenemos dentro el gusanillo de la literatura, que es un rasgo compartido también con Brioso y con tantos otros vecinos del pueblo, donde la cofradía de los artistas hace la competencia a las religiosas.

Servando participa poco en la vida cultural hilandaria. Una prueba de su carácter retraído la constituye el emplazamiento de su casa.

Compró una parcela en las afueras del pueblo, en el interior de la dehesa de Rebuscallas. No se sabe cómo se las arregló para convencer al dueño de que le vendiera ese terreno. Pero lo consiguió.

Hizo un cerramiento original con ladrillos moriscos colocados triangularmente, como un castillo de naipes. Esta tapia de color rojizo producía un vivo efecto. Pero lo que realmente me llamaba la atención era la copuda encina que se erguía un poco más allá.

Era una encina centenaria, robusta, de ramas gruesas y largas que se extendían horizontalmente. Algunas llegaban a la propiedad de Servando, sombreándola en parte.

Dada su solidez, ese árbol daba la impresión de que estaba allí desde el principio de los tiempos, y de que allí continuaría hasta su consumación.

II

La casa estaba cerca y lejos, dentro y fuera. De ella se podía afirmar cualquier elemento de esos pares de contrarios sin faltar a la verdad.

El paraje en el que se hallaba tenía un aire bucólico. Las encinas estaban muy separadas entre sí. Todas tenían un porte majestuoso.

Esos magníficos ejemplares parecían avanzar en dirección a la vega, a la que se asomaban desde sus altas posiciones, como la avanzadilla de un ejército.

Los montes de suaves laderas estaban libres de maleza. Un riachuelo, a cuyas orillas crecían las adelfas, atravesaba un extenso prado que se abría a la campiña. Este era el paisaje que se contemplaba desde la vivienda de Servando.

Aunque no puso mala cara cuando nos abrió la puerta, tampoco se puede decir que se alegrase de nuestra visita.

Es un hombre poco expansivo. Hay en sus facciones y en su manera de mirar un fondo de tristeza.

Nos dio la mano y nos hizo pasar. Como tiene un punto socarrón dijo: “Supongo que no es a mí a quien habéis venido a ver” “Contigo queremos hablar” replicó diplomáticamente Brioso.

Servando nos llevó sin más rodeos al cuarto de baño. Brioso dijo: “Habrás hecho fotografías” “¿Para qué?” “Con esto se puede hacer un reportaje interesante” “Un reportaje interesante se puede hacer con lo que se cotillea por ahí” “Un reportaje delirante” precisé.

Era un cuarto de baño normal. A la izquierda estaba el lavabo, a la derecha el bidé y el inodoro, enfrente la ducha provista de mampara plegable. Al lado de la puerta había un armario lacado en blanco.

Lo que nosotros vimos fue un agujero, que a Brioso le recordó la boca de una zorrera, cerca del pedestal del lavabo.

Escudriñamos todo, como dos detectives en busca de pruebas. Incluso fuimos al patio para ver las losas rotas y la tierra excavada con las que Servando había hecho un montón de forma cónica.

Volvimos al cuarto de baño y estudiamos de nuevo el agujero. “No hay duda de que es la entrada de una madriguera” dijo Brioso.

Cuando nos cansamos de mirar el suelo, los sanitarios y ese túnel oscuro, nos dedicamos a hacer otro tanto, más o menos disimuladamente, con nosotros mismos aprovechando el espejo empotrado en la pared y enmarcado en una cenefa de azulejos con motivos florales.

 

 

Licencia de Creative Commons
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

 

 

Licencia de Creative Commons
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

En un paraje erizado de cardos
Por las aves nocturnas frecuentado
Refugio de culebras y lagartos
En mitad de ese lugar calcinado
En ese descampado
Estaba el árbol

 

 

Licencia de Creative Commons
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

 

 

Licencia de Creative Commons
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

223.-Emma me expone a grandes rasgos las ideas de un amigo suyo sobre el origen y el fin de la vida.

El escalafón más bajo lo ocupa la materia, es decir, la tierra, los minerales, el agua. Lo que él llama el mundo inanimado e inconsciente, aunque no por ello desprovisto de un oscuro barrunto de la dirección correcta del Universo.

Pero la materia es lo inerte, lo que carece de vida propia, y por ese motivo depende de la intervención de agentes externos para montarse en el carro evolutivo. Esos agentes son las plantas que se sitúan justo por encima.

La tierra, los minerales y el agua les sirven de nutrientes. Al absorberlos los elevan a su nivel que es ya el de la vida. Y de esta forma los dignifican y los dotan de más valor. Así se inicia la gran marcha hacia la realización total a la que tiende hasta el último grano de arena.

El tercer escalón corresponde a los animales que se alimentan de las plantas. Al incorporarlas estas dan un salto cualitativo, como en el caso de los minerales. El grado de conciencia y de autonomía va siendo cada vez mayor.

En el límite de la evolución se encuentra el ser humano que puede recurrir para su manutención a los tres reinos anteriores, el objetivo de sus miembros es acceder a este último estadio, más allá del cual se halla liberación. Aquí ya no se puede hablar de cambio sino de paso a otra dimensión que reabsorbe todo lo anterior y lo transmuta en pura luz, en felicidad sin mácula.

Del hombre se puede decir que ocupa un lugar ambiguo porque, aparentemente, por encima de él no hay nada, o sólo las rutilantes y remotas estrellas. Él no puede integrarse en una unidad superior como los minerales en las plantas y estas en los animales.

Al ser humano se le pide creer y ese requisito convierte su exclusiva naturaleza en un campo de batalla donde se enfrentan las afirmaciones y las negaciones. Una atalaya desde la que se puede mirar hacia arriba o hacia abajo.

Dos visiones fundamentales se perfilan: el hombre como producto último de la evolución o el hombre como frontera, la cual debe trascender para alcanzar la plenitud.

En él confluyen la animalización y la espiritualización. Quedarse en la primera es estancarse, incluso involucionar. Seguir adelante es aceptar el hecho evolutivo que nos conduce, según Theilard de Chardin, al Punto Omega.

Inevitablemente el hombre se ve tironeado por fuerzas regresivas y progresivas (o descendentes y ascendentes). En esa línea divisoria en la que está situado, en ese confín, los ataques y las emboscadas son el pan nuestro de cada día. Esa vanguardia constituye el reino humano.

La solución, para el amigo de Emma, no es la permanencia o el regreso a las etapas minerales, vegetales o animales, cuyos representantes, además, subiendo los correspondientes peldaños, aspiran a la liberación, la cual pasa por el hombre.

Pero este, con no poca frecuencia, se convierte en un tapón que bloquea ese proceso de forma que el daño no sólo se lo hace a sí mismo.

“La meta es que el cielo nos abra sus puertas.Mi amigo afirma también” dice Emma “que la gasolina de la evolución es el deseo, el cual se manifiesta a todos los niveles, sordamente en el mundo material y cada vez más abiertamente en el vegetal, el animal y el humano. En todos los estadios late el anhelo a la transformación que no debe ser frustrada so pena de crear ciénagas pestilenciales”.

“¿Y tú qué piensas?” pregunto a Emma que se encoge de hombros y responde: “No es una teoría asfixiante como otras que circulan por ahí”.

 

 

Licencia de Creative Commons
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

 

 

Licencia de Creative Commons
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.