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Sólo mi dolor tengo y otra cosa no quiero.
Siempre me ha sido fiel y lo seguirá siendo.
¿Cómo estar resentido con quien me ha acompañado
en las horas amargas en que mi corazón
triturado era a fondo por mi acongojada alma?
¡Oh, dolor! He acabado, ya ves, por respetarte,
pues estoy seguro de que nunca te irás.
Lo reconozco: eres, a fuerza de ser, bello.

Eres igual que quienes no abandonaron nunca
el fuego de mi pobre y negro corazón.
Más que una bienamada eres tú, dolor mío:
a ciencia cierta sé que el día en que agonice,
acostado estarás, dolor, entre mis sábanas,
para en el corazón una vez más entrar.

Me he tomado libertades en la traducción al español en versos alejandrinos del poema de Francis Jammes. Espero que sin traicionar (“traduttore, traditore”) el original, que se puede consultar aquí, respetando su cadencia y su espíritu religioso.

El dolor es una de las realidades más intolerables a la que debe enfrentarse el ser humano. El dolor moral. El dolor físico. El dolor que no deja escapatoria, que te doblega. El dolor de los inocentes, de los indefensos. El poeta de Béarn opta no sólo por la aceptación sino por la glorificación de lo que marca la vida desde el nacimiento hasta el trance final.

26

Seneyén, el Maestro Herbolario, examinó la herida de rebordes negros, calcinados. “Tiene un feo aspecto” dijo.

A primera vista podía pasar por un desgarro poco profundo. Seneyén, para demostrar lo engañoso de esa impresión, introdujo en la llaga un bastoncillo empapado en una disolución desinfectante.

El muchacho tuvo un estremecimiento. El líquido escocía y tenía un olor fuerte. Mientras el Maestro Herbolario lo curaba, Edu observó la habitación que servía de dispensario, laboratorio y almacén de específicos, además de despacho de Seneyén, su reino.

En la pared de enfrente, colgadas, había cortezas de árboles y raíces. A la derecha, en repisas paralelas, se sucedían hileras de tarros de cristal que contenían semillas de colores y bayas secas. Sobre una mesa había una bolsa de piel de comadreja y un ramo de margaritas purpúreas recolectadas recientemente.

“Ahora” dijo el Maestro “te voy a aplicar un emplasto de plantas amargas maceradas en agua de manantial. Te garantizo su eficacia. El poder sanador de las hierbas cerrará esta herida que, si no cicatriza bien, puede tener secuelas dolorosas.

“Esto no habría pasado si hubieses tenido puesta la camina de lino. La uña incrustada en la carne trazó un surco que huele mal”.

A continuación, preparó una infusión de hipérico, llantén y salvia a la que añadió unas gotas de resina de pino. “Esto te aliviará las molestias y te tranquilizará. Te quedarás aquí hasta que la cataplasma, que tendré que cambiar un par de veces, haga su efecto”.

Al dar los primeros sorbos de la bebida caliente, Edu sintió que dentro de él se desataban los nudos. La sensación era tan agradable que cerró los ojos. Era como si le hubiesen crecido alas y se elevase.

La voz de Seneyén le llegó de lejos. “No permitas que nada tire de ti hacia abajo”.

Yuca (III)

Los perros

El sendero discurre paralelo a la carretera. En algunos tramos se ancha adoptando la apariencia de un cómodo camino. Pero también tiene algunos repechos rocosos que obligan a encorvarse cuando subes y a frenar cuando bajas. A veces lo invaden las zarzas, los juncos y los lentiscos por entre los que se abre paso bravamente.

El sendero, que se transforma en camino y en trocha, tiene la humorada de hacernos creer que en una sombría hondonada es un túnel. Por arriba las ramas de los arbustos de ambas orillas se tocan. Si vas con la cabeza agachada para ver dónde pones los pies, tienes la impresión de adentrarte en una galería. La claridad disminuye notablemente. Una vez que sales fuera de ese pasadizo vegetal, la sensación es placentera.

Lo que voy a contar ocurrió a la altura de un macizo de malvas altísimas, tanto como un hombre. Es uno de los segmentos en los que la senda se reduce a su mínima expresión.

Me detuve a la entrada de esa frondosidad tachonada de flores de un delicado color lila. El pasaje era tan angosto que me pregunté si no sería mejor contornearlo por la derecha, aunque tuviese que dar una buena vuelta. Me inquietaba el contacto con esas malvas tan pagadas de sí mismas.

Estuve sopesando si valía la pena cruzar o desviarme. Finalmente decidí que no iba a dar ningún rodeo. Seguiría andando aunque esas plantas, a causa de su gigantismo propiciado por las abundantes lluvias primaverales, no me inspirasen confianza.

Me hallaba en mitad de ese bosquecillo cuando a la salida divisé dos perros que, a su vez, me divisaron a mí y se pusieron a ladrar como locos, provocándome una inmediata descarga de adrenalina.

La cosa no quedó ahí. Los dos sabuesos se dirigieron a mi encuentro.

Clavado en la tierra, más muerto que vivo, rodeado de malvas que me sobrepasaban y que se balanceaban con una indiferencia criminal, concluí que no valía la pena retroceder.

Más aún, con la gallardía de un sastrecillo valiente, seguí avanzando como si tuviera que vérmelas con dos caniches a los que, si se atreviesen a tocarme, arrearía tal puntapié que los pondría en órbita.

Los perros, uno detrás de otro, se acercaban de prisa. En cuanto a mí, a pesar de mi resolución, andaba cada vez más despacio.

Imágenes de malvas teñidas de rojo con mi sangre, y de jirones de carne entre las fauces perrunas acabaron paralizándome. En ese momento álgido en que el héroe asume su trágico destino, una mujer apareció al final del túnel.

Llamó a los animales por su nombre y estos, gruñendo de contrariedad, se pararon. Por fortuna, a pesar de su frustración, obedecieron la orden de su dueña a la que no sabía si estar agradecido por haberme salvado, o si mandar al infierno por dejar sueltas a esas dos fieras.

Primero salieron los perros y luego yo, los tres resoplando por diferentes razones. Lancé una mirada de través a la mujer que era una señora mayor, con pinta de amazona. Acariciaba a los chuchos y les hablaba en voz baja. No pude oír lo que les susurraba, pero no me pareció que les estuviese riñendo.

Finalmente, la señora dijo: “Lamento lo ocurrido”.

No repliqué nada. Pasé de largo y me alejé de prisa. Ella, alzando la voz, tuvo la desfachatez de añadir: “Váyase por la carretera”. Volví la cabeza un momento. Ante la mujer con botas altas, pantalones ajustados y cazadora de cuero estaban los dos podencos sentados sobre sus cuartos traseros.

Jacintos