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16 de abril de 2013 046104.-En la película de Buñuel aparecen dos apriscos, dos lugares “conclusus” con un “numerus clausus” de personas. También son susceptibles de ser interpretados como simples callejones sin salida.

El primero de ellos ocupa la mayor parte de la película, se extiende espacialmente a través de ella. El espectador puede disfrutar largo y tendido del comportamiento de los personajes estabulados, que en semejante situación no tardan mucho tiempo en manifestarse tal como son.

Este primer aprisco lo constituye la burguesía y sus miserias. El segundo, que cierra la historia y se erige en golpe de gracia al ingenuo espectador, que se creía liberado de la claustrofobia, lo es la Iglesia católica y sus rituales.

Uno y otro son dos círculos infernales en los que quedan no misteriosamente sino justicieramente atrapados sus miembros.

Y cuando logran escapar de esos rediles, como expone Buñuel en “El discreto encanto de la burguesía”, las desnortadas ovejas vagan errantes por una carretera. Ni burgueses ni creyentes saben adónde van.

En ninguna de las dos películas se ofrece una alternativa, bien por desconocimiento, bien por inexistencia. O a lo mejor ese dato oculto es el auténtico enigma que hace tan sugerentes esas propuestas cinematográficas.

El espectador, en cuyas manos queda su desciframiento, puede pensar perfectamente que la solución a esos sinsentidos encarnados en los dos estamentos analizados no es otra que las nomenclaturas. Aunque verdad es que estas nada tienen que envidiar a esos apriscos denunciados satíricamente por el vecino de Calanda.

 

 

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Buganvillas (VII)

 

 

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Su compacta mole

La iglesia eleva su compacta mole en uno de los lados de la plaza. Es una pesada construcción en la que se han ido acumulando los estilos arquitectónicos con el paso de los siglos.

En la actualidad, entre dos de sus contrafuertes, se amontonan los escombros procedentes de una reforma en el interior.

Según me explicó Alejandro Méndez, antiguo compañero de instituto, licenciado en Arte que se dedica al estudio de las curiosidades locales, las autoridades han tomado conciencia del valor de este edificio y han aprobado unas obras parciales de restauración.

Si no fuera por sus indicaciones y comentarios, no habría sido capaz de distinguir las aportaciones de las diferentes culturas que se han sucedido en este rincón de la sierra.

“Desde los cimientos cuyos materiales proceden de una terma romana, pasando por las ventanas de arcos lobulados y la torre de ladrillos, sin olvidar la portada renacentista, hasta el altar mayor de un barroquismo extremo, este templo es el crisol donde se funde lo mejor y más representativo de judíos, moros y cristianos, un ejemplo de armonización e integración”…

Después de la obligada visita a la iglesia, dimos un paseo por el pueblo.

Anduvimos al azar por las calles que forman el casco antiguo. Aunque mi amigo permanecía callado, temía que en cualquier momento la emprendiese de nuevo y me pusiese en antecedentes de un lugar tan cargado de historia como ese barrio.

Vagamos ensimismados hasta llegar a una esquina con una farola. Nos paramos y encendimos un cigarrillo. Mi cicerone propuso tomar una copa en un pub recién inaugurado.

Este establecimiento estaba en las afueras del pueblo y se llamaba “The Moon”.

Méndez me contó que pensaba doctorarse. Ya había presentado la tesina. Ahora estaba haciendo un trabajo de investigación en los archivos parroquiales.

Prosiguió diciendo que utilizaría esos datos para su tesis doctoral, que era una ampliación de su tesina. Así que ahora pasaba una buena parte de su tiempo entre mamotretos de hojas amarillentas y documentos de letras de difícil lectura.

-o-

Eran las once de la noche cuando arranqué mi coche de segunda mano para regresar a casa.

Méndez me había animado a matricularme en los cursos de doctorado. Según él, tenía que hacer algo. No debía desesperarme (ciertamente no lo estaba). Y otras cosas por el estilo. Respiré aliviado cuando nos despedimos.

El coche rodaba ruidosamente por la estrecha carretera bordeada de encinas. Empezaron a caer gotas de agua y me acordé de que el limpiaparabrisas no funcionaba.

Quité el pie del acelerador, frené y aparqué a un lado. Luego bajé el cristal y encendí un cigarrillo.

Al rato dejó de lloviznar. El aire nocturno era frío. El encuentro con mi amigo era un hecho remoto. Di una última calada, apagué la colilla y arranqué de nuevo. Tenía las ideas claras. Mi percepción de la realidad se había agudizado. No me cupo duda de que esta transparencia mental era el objeto de mi visita a Alejandro Méndez.

 

 

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Azulejos (XVII)

 

 

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Como la estopa cuando prende y arde:
surge una fulgurante llamarada,
una fogata escandalosa y súbita
que dura el breve tiempo de un suspiro.
Luego no queda nada. No te engañes.
Es de lo efímero la exaltación.

Como los torrentes atronadores:
una tormenta estival los desata
y bajan rugiendo desde las cumbres,
pero cuanto más corren antes llegan.
Luego viene el silencio. No te engañes.
Es de lo efímero la conclusión.

Como los invisibles aerolitos:
de incógnito recorren los espacios
y al entrar en contacto con la atmósfera
resplandecen un segundo, no más.
Luego se desintegran. No te engañes.
Es de lo efímero la afirmación.

 

 

 

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Cortafuegos

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