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Nota.-Por error omití este episodio que incorporo ahora al relato.
22
Los rayos solares incidían verticalmente en las espaldas de los peones agachados cuando estos contemplaron a la singular pareja cinegética de vuelta de esos montes prolíficos en perdices.

Una corriente eléctrica sacudió a la cuadrilla. Risitas apenas contenidas, comentarios maliciosos, alguna que otra procacidad ponían en un brete al capataz incapaz de mantener el orden. La osadía de los temporeros llegaba incluso a hacer ciertas preguntas al pobre hombre que no sabía si seguirles la corriente o pararles los pies, dudando de la eficacia de ambos expedientes.

Normalmente optaba por aguantar mecha, consciente de que el revuelo duraba tanto tiempo como el invertido por tío y sobrina en desaparecer de escena.

Pero esa mañana el azoramiento del manigero alcanzó cotas extremas. Don Zacarías, tocado con un jipijapa y empuñando un bastón de bambú, les hacía compañía.

Hablaba don Zacarías de la guerra de África cuando el manigero divisó más allá del río a don Roberto y a doña Rafaela hija.

Como, aparte del rendimiento laboral, tendía también a responsabilizarse del correcto comportamiento del grupo, no podía permitir que la dignidad del amo sufriese menoscabo ni su persona fuese blanco de burlas.

Discurseaba don Zacarías sobre la suciedad de las cabilas rifeñas, las cuales, según el cronista, desconocían las purificadoras propiedades del agua.

Pero era en lo referente a la camaradería donde se explayaba el ex combatiente de la guerra de África. Sentimental como era, otorgaba una importancia capital a las relaciones de esa índole.

No había cosa que lo emocionara más que el recuerdo de un acto heroico, de un gesto de abnegación o de una barbaridad en una noche de borrachera.

El atormentado manigero tenía el oído en el tajo y los ojos en la vereda por la que, triunfales, avanzaban doña Rafaela hija y don Roberto. El segundo con el reclamo a la espalda y la escopeta abierta apoyada en el brazo. La primera con las aves colgando de la correa de su pantalón.

Iban pisando fuerte, ajenos a la cuadrilla que entresacaba girasoles. La partida de caza había sido especialmente afortunada.

Doña Rafaela hija, en posesión de los secretos del aguardo de la perdiz, distaba de ser la neófita que ante cualquier cosa se pasmaba. Era ya una entendida. De profana en la materia había pasado a ser una sagaz descifradora de signos, sabiduría que no sólo aplicaba al acecho y cobranza del pájaro.

Había aprendido a disparar mientras don Roberto la sujetaba para amortiguar el impacto de la detonación. Había aprendido a meter la cabeza por entre los brazos de su tío para mirar a través de la tronera mientras escuchaba sus explicaciones.

El puesto se transformó en templo donde ella, vestal exenta de voto, cuidaba celosamente del fuego sagrado.

Puesto-templo-tálamo que confundía a la pizpireta perdiz, la cual ya dejaba de cantar y aplicaba el oído, ya aplicaba el oído y luego se ponía a cantar con inusitado furor.

 

 

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XIX
Cuando hablamos de entonces,
veo un juego de espejos,
de miradas cruzadas.

Las suyas se me apagan,
se me borran. No puedo
retener su fulgor,
evocar su destello.

¿Fue una superchería
que el sediento concibe
en su lenta agonía?

 

 

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25
A un verano asfixiante sucedió un otoño seco. La lluvia tardaba en llegar. El campo se cuarteaba y llenaba de sartenejas.

“¡Qué ruina!” era la exclamación más frecuente.

En las hazas aradas la reja había levantado enormes terrones.

“¡Ay!” suspiró la prima de Rufina.

Todo era de color pardo. Ni una brizna de hierba en las cunetas, en las lindes, en el cauce del arroyo que cruzaba el desolado agro.

“Las desgracias nunca vienen solas”.

Rufina, hermética como una esfinge, miraba los sequedales por la abertura posterior de la calesa.

La tierra era una inmensa boca abierta, abrasada por la fiebre, que mendigaba la gracia de un chaparrón.

“No tiene remedio, ¿verdad?”.

El oscuro erial contrastaba con la limpidez del cielo azul.

“Está desahuciado. Es cuestión de días o de semanas”.

“¡Qué mala suerte!” dijo Maroto.

La prima de Rufina, que era tan sensible a los males propios o ajenos como los cachorros lo son a las caricias, no pudo contener las lágrimas.

El traqueteo del carruaje era la única nota discordante en esa apacible mañana otoñal.

26
La calesa se hundía en la bruma donde desaparecía, emergiendo en un recodo de la carretera, tirada por la mula cuya cabeza, como el mascarón de proa de un drakar vikingo, hendía los bancos de niebla.

Arrebujada en su toquilla negra, Rufina imaginaba la enfermedad como los irreparables estragos causados por un ejército de microscópicas y diabólicas criaturas. La imagen era tan vívida que la casera se apretó el pecho con las manos para conjurar la penetración de esos miasmas mortíferos.

Poco a poco Rufina fue relajándose. Sus manos dejaron de presionar su esternón. Otros pensamientos la distrajeron: la cena de Nochebuena, las visitas que debía hacer en cuanto llegara al pueblo, las compras…

Al rato volvió a visualizar esos gérmenes con forma de cabeza, estando ocupada la mitad superior por dos horribles ojos y la mitad inferior por una boca repleta de afilados dientes con los que roían los tejidos.

“¿Por dónde vamos, Maroto?” “Ya hemos pasado el arroyo”.

Recayendo en su obsesión, se representó el mal como la paulatina y maloliente descomposición de la carne. Los órganos se corrompían, se convertían en fiemo, despidiendo un nauseabundo hedor.

A continuación la enfermedad se transmutó en un moho que iba colonizando las vísceras, envenenándolas y reduciéndolas a patatas arrugadas y podridas.

La mula dio una espantada con dos consecuencias inmediatas: meter el carruaje en la cuneta y sacar a Rufina de su morboso estado. La causa del súbito desbarajuste pasó junto a ellos como una exhalación.

“¡Están locos!” clamó Maroto.

Rufina, que se había vuelto rápidamente hacia la abertura posterior, dijo: “Son ellos” “¿Quiénes?” “¿Quiénes van a ser?”.

Sin verlo todavía, Rufina supo que habían llegado al pueblo por los efluvios de la tahona. Aspiró reconfortada el agradable olor de la jara que ardía en el horno, mezclado con el del pan recién cocido.

También el alegre y cercano repicar de las campanas de la iglesia le confirmó que se adentraban en las calles de Las Hilandarias.

¿Por qué sintió de nuevo ese malestar? ¿Por qué esa congoja?

Quiso decir algo pero de su boca no salió ninguna palabra. No podía apartar de su mente la idea de que, cuando regresara al cortijo, don Roberto Delgado habría dejado de existir.

 

 

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Día de viento

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130.-Íbamos dando un paseo por el campo. Era un magnífico día otoñal. Todos nos sentíamos felices. De vez en cuando hacíamos una parada porque mi cuñada, como está entrada en carnes y encima se mueve poco, se cansaba y nos decía: “No andad tan rápido”. Entonces la rodeábamos y charlábamos un poco. Mejor dicho, la escuchábamos.

En uno de esos recesos un amigo preguntó a mi hermano, que es aficionado a la botánica, qué planta era esa. Y mi hermano, tan educado y amable…

Incluso yo reconozco que no tendría que serlo tanto, pero el pobre sufrió una sobreadaptación en su infancia de la que no se ha repuesto.

Resumiendo, se apresuró a identificar la planta. Instantáneamente, como si le hubiese picado una víbora, mi cuñada, que lo único que ha hecho en su vida, aparte de su trabajo en la oficina, ha sido una colcha de patchwork, y que entiende de plantas tanto como yo, frunció los labios y movió la cabeza de izquierda a derecha con tal convicción que todos quedamos pendientes de su veredicto.

“Eso no es hinojo” “Entonces ¿qué es?” “No lo sé, pero hinojo no es”.

Mi hermano, cuyo comportamiento es a menudo causa de que me lleven los demonios, calló.

De momento ahí quedó la cosa. No fui la única que cogió una ramita de la planta con un agradable olor a anís y unas bonitas flores amarillas, y proseguimos nuestra caminata.

Cuando llegamos al pueblo, fuimos a un bar. Allí encontramos a un conocido mío que es profesor de ciencias naturales, y que se acercó a saludarme. Aproveché la ocasión para mostrarle mi ramita y preguntarle: “¿Qué es esto?” “Hinojo” respondió sin vacilar.

Miré a mi cuñada que estaba dando buena cuenta de un montadito de lomo con cabrales, y que se hizo la sueca. Dirigiéndome directamente a ella recalqué: “Eso fue lo que dijo mi hermano”.

Tras limpiarse la boca con una servilleta de papel, repuso: “Pero él no insistió” “Porque no es peleón” “No había nada que defender. Si se niega la evidencia, no por ello deja de serlo” terció mi hermano. “Y es la otra persona la que queda en esa situación” redondeé. Haciendo caso omiso de mis palabras él añadió: “Además, no me gusta discutir”. Réplica que mi cuñada, colérica tras el tironcito de orejas, aprovechó para proclamar: “Pues en esta vida hay que levantar la voz y porfiar si no quieres que te coman vivo”.

 

 

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