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Tierra campa (II)

 

 

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7

Al salir de una curva divisamos un pueblo, al que nos fuimos acercando a la velocidad adoptada por el vehículo. Varias veces perdimos de vista la población, que aparecía de repente y se ocultaba con la misma brusquedad. Las vueltas y revueltas de la carretera convirtieron nuestra llegada en un juego.

“¡Ahí está!” exclamaba Pedrote. “¿Dónde?” preguntábamos a la vez Luisa y yo. “A la derecha”.

Con un poco de suerte vislumbrábamos los tejados o una chimenea. Luego permanecíamos a la expectativa. Tan pronto como uno de nosotros atisbaba un indicio, lo pregonaba y, de confirmarse, se apuntaba un tanto. Si era una equivocación, tenía que restárselo a los ya acumulados. Si el marcador estaba a cero, se convertía en un negativo.

Por supuesto, se suscitaron discusiones a propósito de quién había sido el primero en distinguir una señal. Si Luisa se desgañitaba afirmando que había sido ella, Pedrote y yo la contradecíamos. Si era yo el que pretendía llevarse el gato al agua, Luisa y Pedrote hacían frente común.

“¿Acaso crees que somos idiotas?” “Imaginad una carrera de caballos…” “No me hagas reír. Para empezar tú no eres uno ni yo soy una yegua” “Lo enredas todo” “Lo que me faltaba por oír” “Déjame acabar porque no has comprendido”.

“No hay nada que comprender” terció Pedrote. “Así que no te molestes en hacernos comulgar con ruedas de molino”.

“¿Te das cuentas?” dijo Luisa a Carmelina que, aunque se encontraba mejor, no participaba en el juego. “Hace un momento se puso hecho una fiera porque yo no podía haber visto nada. Él, sin embargo, puede verlo todo el primero” “Ya lo tenemos calado”.

“Así no arreglamos este asunto” sentencié. Finalmente llegamos a un acuerdo: en los casos conflictivos todos nos apuntaríamos un tanto.

“¿Qué pueblo es ese?” preguntó Pedrote. “Debe de ser El Garrobo” respondió Luisa. “No” repliqué, “El Garrobo lo hemos dejado atrás. Ni siquiera hemos pasado por él. Quedó a la izquierda”.

“¿Estás seguro?” “Lo vamos a comprobar en seguida”. Pero a la entrada no había ningún rótulo con el nombre.

“Vaya, hombre” dijo Pedrote, “seguimos con la duda” “Habría que parar y tomar algo” sugirió Luisa. “Lo digo sobre todo por Carmelina. Un vaso de leche caliente le vendría bien” “Y una copita de coñac” añadió Pedrote. “No, nada de alcohol” “Primero tendremos que encontrar un bar abierto” dije.

Carmelina no intervino en ningún momento. Parecía dormida pero no lo estaba. De vez en cuando levantaba una mano y se echaba el pelo hacia atrás.

Las casas, de una sola planta, tenían dos ventanas enrejadas, una a cada lado de la puerta. Las paredes encaladas relucían.

El ruido del seíta adquirió proporciones sacrílegas en ese silencio de durmientes. Para colmo, el irregular adoquinado lo hacía saltar y estremecerse como si tuviera el mal de San Vito.

“Reduce” me indicó Pedrote. Metí la segunda, pero el coche mantuvo la misma velocidad.

Luisa, con la punta de los dedos en los labios, esperaba lo peor. Pedrote se había llevado también la mano a la boca, pero para contener la risa. “Verás tú” masculló.

Mirábamos con recelo hacia las puertas de las casas, por donde temíamos que, en cualquier momento, saliese un vecino airado o una comadre desgreñada. Por fortuna, atravesamos el pueblo y no ocurrió nada.

 

 

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En mi hombro reclinándose contempla
estos signos que no le pertenecen.
Cuando me lleve,
el fin será de mis garabateos.

Pero la insoslayable compañera
poder no tiene
para impedir que trace estos palotes,
este precipitado
de nuestra efímera fragilidad.

 

 

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Contraluz (V)

 

 

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