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Azulejos (XVI)

 

 

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CSC_0103102.-Me cuenta Emma la última reunión que tuvo con sus amigas, a la que todas asisten elegantemente vestidas y sutilmente perfumadas (cita, entre otras fragancias caras, L’Air du Temps, Eternity y Roma). “¿Y Chanel nº 5?” “Esa, con todo el caché que tiene, se les ha atravesado” “¿Y tú qué te pones” “Agua de colonia Heno de Pravia” “Tampoco es eso ¿no?” “Me estás distrayendo”.

Y sigue refiriéndome ese encuentro en una cafetería céntrica, del que volvió con una irritación que todavía le dura. Incluso piensa en dejar de asistir a esos tés con pastas inglesas de pura mantequilla y limón de Sicilia en los que se habla mucho y no se dice nada. “Tus amigas son unas exquisitas” “No siempre lo han sido” precisa Emma.

En esta ocasión el gallinero estaba alborotado. Las señoras planeaban su enésimo viaje. Esa perspectiva las animaba sobremanera y les desataba la lengua.

Había otra causa desencadenante de esa alteración injustificada, pues ellas estaban acostumbradas a frecuentar aeropuertos y a desenvolverse en el extranjero. Una de ellas que no se había sumado al proyecto por su delicado estado de salud, había cambiado de opinión.

La susodicha se llamaba Amparo y había estado grave. De hecho estaba todavía convaleciente. Emma no nombró la enfermedad ni yo pregunté nada.

Satisfechas y orgullosas por la decisión que Amparo había tomado, sus amigas manifestaban una euforia que a Emma le resultaba teatrera.

“Todas miraban a Amparo como a una heroína. Los tópicos que se vertieron en ese momento, los puedes imaginar. Desde a vivir que son dos días a esto es lo que vamos a sacar de la vida” “¿En referencia a los viajes?” “Claro. Pero nosotros sabemos que hay otras formas de disfrutar de la vida de las que los trenes, los autobuses y los aviones están ausentes, y no por ello son menos gratificantes” “Desde mi punto de vista lo son más”.

“Bien, te sigo contando” “No vayas a decirme que sacaron a hombros de la cafetería a Amparo” “Poco faltó.

“El hecho de que, aún no repuesta, medicinándose, es decir, sin tenerlas todas consigo, lanzase el sombrero al aire, fue visto como un gesto insuperable.

“Alabaron su espíritu aventurero que era un ejemplo para ellas, según declararon, y la felicitaron efusivamente por su admirable comportamiento.

“Así que llevará un neceser en exclusiva para sus comprimidos, jarabes y parches, que tendrá siempre cerca de ella, y volará a Samarcanda”.

“Evidentemente” concluyo “nosotros no somos representativos, yo todavía menos que tú, de estos tiempos macanudos” “Lo que me choca” explica Emma “es que esa compulsión por los viajes sea la única actitud aceptable. Como si en la vida no existieran otras posibilidades”.

“A ti te propondrían también que te apuntaras” “E insistieron. El principal argumento era que nadie podía negarse a conocer esa ciudad que ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco” “Tú les demostraste que sí” “Es una obligación cívica en estos tiempos macanudos dejar constancia de otros modos existenciales”.

 

 

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Verano (XIII)

25 de julio de 2012 05718 de agosto de 2013 08216 de agosto de 2012 059

 

 

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18
Tersa, impoluta
Sin voluntad
Sin límites
Sin condiciones

Cómo negarme

19
No desesperes
So fariseo
Porque te pones
La mar de feo

20
Sé un buen torero
Como Espartero

 

 

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Azulejos (XV)

21 de marzo de 2015 053

 

 

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101.-“Él es así” dicen en plan justificatorio, convirtiendo esa afirmación en el salvoconducto que permite al encausado hacer su santa voluntad. Es lógico que en personas sensatas esa afirmación provoque estupor porque, se mire como se mire, no se sostiene.

Como él es así, hay que aceptar su desconsideración, su impuntualidad, su desorden. Y hay que soportar su malhumor, sus exigencias y sus bromas de mal gusto. Al parecer los demás sólo existen en función de su persona, sólo tienen realidad en la medida en que aceptan y soportan.

Como él es así, aunque sea un terrorista o un violador, no cabe otra posibilidad que hacer una gentil reverencia. Sólo los que “son así” tienen peso y volumen. Los que piensan que se puede ser de otro modo, por el contrario, son hojas volanderas.

Por supuesto, no estamos hablando de criminales, ni siquiera de delincuentes, sino de las personas que nos rodean (familia, amigos, compañeros de trabajo, vecinos…). Ni tampoco de personas con limitaciones físicas, psíquicas o intelectuales que las incapacitan para realizar determinadas tareas o ajustarse a ciertas pautas de comportamiento. Sino más bien de los frescales que en el “yo soy así” han encontrado la coartada perfecta para hacer de su capa un sayo.

Estamos hablando de personas en total posesión de sus facultades físicas y mentales, como suele decirse cuando alguien hace testamento. O sea, que saben bien lo que hacen o dejan de hacer. Son personas con conciencia y determinación en suficiente grado para tener en cuenta al prójimo.

Este argumento cazurro de la “eseidad” es un ataque directo a la convivencia y al sentido común. A quien se acoge a él bastaría con aplicárselo para que bajara del burro, pero quienes deberían realizar ese ingrato trabajo, son respetuosos y rehúsan prestarse a ese juego.

Desenmascarar a esos trápalas no es difícil. Lo realmente penoso es codearse con ellos. El tocanarices más grande de la historia convirtió la denuncia de esas sofisterías en la misión de su vida, y con esta acabó pagando su celo por buscar y establecer la objetividad.

Ningún mercachifle acepta de buena gana quedar al descubierto con la maestría que empleaba Sócrates, el cual ponía la guinda cuando declaraba que él era un mero servidor de la verdad. Y esto lo decía después de haber desarmado dialécticamente al contrario y haber puesto de manifiesto sus contradicciones e imposturas.

Sócrates no quería llevarse el gato al agua. Quería que la verdad emergiese, quería instaurar unas reglas que no excluían ni la razón ni el mito, y de esta forma hacer posible el desarrollo individual y el intercambio social. Sobre esa aspiración, los charlatanes de todos los tiempos, los que anteponen su manera de ser, aquellos a los que es necesario comprender porque son como son, bailan el fandango y tocan las castañuelas. Y hay quienes los ven tan salerosos que no dudan en acompañarlos con las palmas.

 

 

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