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Azulejos (XVIII)

 

 

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[Estaba de visita]

Estaba de visita
en una casa extraña,
hablando por hablar,
escuchando, sonriendo,
una taza bebiendo
ya fría de café.
De pronto me levanto
mientras busco una excusa.
Callejeo sin rumbo.
No sé por qué me he ido.
Anuncios luminosos,
semáforos y coches,
bares de donde sale
un murmullo incesante.
Me detengo un momento
ante un escaparate.
Recorro con la vista
los objetos expuestos.
Parada del dieciocho.
En mitad de la plaza
San Fernando a caballo.
Un chirrido de frenos,
de puertas automáticas.
Permanezco de pie,
agarrado a la barra.
Finalmente me siento
y la causa comprendo
de mi desasosiego.
Me siento, te contemplo.

 

 

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Sobre el mal

105.-Como si la hubiese provocado, Emma me replica tajante: “Sócrates no niega el mal. Él mantiene que nadie es malo voluntariamente. Quiere decir con eso que, si una persona conoce el bien o está lo bastante avanzada en ese camino, ese conocimiento la incapacita para hacer el mal. La imposibilita físicamente. Igual que si a ti te pidieran que levantases quinientos kilos”.

“O sea, que se es malo por ignorancia” “Eso es lo que afirma el marido de Jantipa. No equipara ignorancia y mal, que son dos realidades diferentes, aunque la primera es la puerta de entrada o facilita la emergencia del segundo, al cual no se le puede combatir o vedar el paso si uno permanece en ese estado de desconocimiento no de las ciencias o saberes prácticos sino de uno mismo. Y no de uno mismo en cuanto satisfacción de necesidades y placeres sino en cuanto exploración del misterio que somos.

“Cuando conoces el bien, no puedes hacer el mal. El conocimiento de lo que realmente te conviene es una traba que te impide realizar actos generadores de dolor y de pena. El mal encuentra en ti la puerta cerrada y no puede seguir extendiéndose.

“O sea, que cuando conocemos el bien, sólo podemos aspirar a él” “En efecto, pero ya he apuntado antes que por bien no hay que entender la anteposición de los deseos, la búsqueda de los beneficios personales, la imposición de mi voluntad, ese utilitarismo hedonista y miope tan en boga, ese subjetivismo nihilista que me sitúa en el centro del universo, transformándome en el único punto de referencia, ese antropocentrismo que, aunque se proclame optimista, no deja de ser una manifestación de egocentrismo y, en los casos graves, de egolatría.

“Normalmente tomo las decisiones a partir de ese planteamiento erróneo. Digo que es bueno aquello que lo es para mí, aunque arrastre consecuencias dañosas para otros. Esta es una forma de inflar monstruosamente el yo (hay auténticos globos aerostáticos flotando en las alturas) y de contribuir a la mala marcha del mundo. Pero esto no es bien ni siquiera a nivel casero.

“Sólo nos salva el conocimiento de lo que es esencial, de lo que nos desborda, de lo que nos supera, no siendo el ser humano más que un camino hacia esa verdad trascendente. Quien es consciente de esto, quien se orienta en esta dirección, el sabio, el verdadero filósofo, ese no obra el mal. Nadie tira piedras sobre su propio tejado.

“Pero no hace falta ser sabio o filósofo para compartir esta idea. Basta pararse un poco y pensar. ¿Hay algún otro medio de salir de atolladero existencial aparte de este?

“No se puede identificar la ignorancia, que es un estado, con el mal, que es una realidad. La ignorancia posibilita su expansión y desprecia sus estragos, pero el ignorante no es forzosamente malo. Ahora bien, el malo, además de serlo, es también un ignorante”.

“¿Tú estás segura de que ese conocimiento de lo esencial es el antídoto del mal?” “Claro que sí. Yo soy socrática” Me mira con ojo crítico y añade: “Ya veo que eres otra víctima de la posmodernidad” “No niego haber sufrido mordeduras, pero de ahí a afirmar que estoy muerto hay mucha distancia” “Ya. Tú eres de los que quieren creer pero no pueden, un escéptico a pesar tuyo” “Estás cargando las tintas”.

 

 

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16 de abril de 2013 046104.-En la película de Buñuel aparecen dos apriscos, dos lugares “conclusus” con un “numerus clausus” de personas. También son susceptibles de ser interpretados como simples callejones sin salida.

El primero de ellos ocupa la mayor parte de la película, se extiende espacialmente a través de ella. El espectador puede disfrutar largo y tendido del comportamiento de los personajes estabulados, que en semejante situación no tardan mucho tiempo en manifestarse tal como son.

Este primer aprisco lo constituye la burguesía y sus miserias. El segundo, que cierra la historia y se erige en golpe de gracia al ingenuo espectador, que se creía liberado de la claustrofobia, lo es la Iglesia católica y sus rituales.

Uno y otro son dos círculos infernales en los que quedan no misteriosamente sino justicieramente atrapados sus miembros.

Y cuando logran escapar de esos rediles, como expone Buñuel en “El discreto encanto de la burguesía”, las desnortadas ovejas vagan errantes por una carretera. Ni burgueses ni creyentes saben adónde van.

En ninguna de las dos películas se ofrece una alternativa, bien por desconocimiento, bien por inexistencia. O a lo mejor ese dato oculto es el auténtico enigma que hace tan sugerentes esas propuestas cinematográficas.

El espectador, en cuyas manos queda su desciframiento, puede pensar perfectamente que la solución a esos sinsentidos encarnados en los dos estamentos analizados no es otra que las nomenclaturas. Aunque verdad es que estas nada tienen que envidiar a esos apriscos denunciados satíricamente por el vecino de Calanda.

 

 

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Buganvillas (VII)

 

 

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