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Caminos (XXVIII)

328.-Juan Ramón Jiménez regresa a Moguer para convalecer. Y regresa también a su infancia. Aprovechando esa coyuntura escribe Platero Y Yo. Eran el momento y el lugar adecuados. Uno de esos afortunados azares que se pueden contar con los dedos de una mano.

El poeta se pasea y pasea la mirada por ese escenario primigenio. Uno a uno van aflorando los personajes, desde Aguedilla, a la que dedica el libro, al viejo Darbón. Los mira de frente y traza su perdurable retrato.

Estas estampas, como indica el subtítulo, son una elegía. La definición que de esta palabra da María Moliner es la siguiente: “composición poética en que se lamenta la muerte de alguien u otra desgracia”.

La omnipresencia de la muerte culmina en la de Platero, entremedias hay otras que confieren a esta obra su punzante tono melancólico a la par que la convierten en una fuente de vitalidad. La muerte y la vida se dan la mano desde la primera hasta la última página.

El tema de la finitud, es decir, del inexorable paso del tiempo, se palpa en las numerosas descripciones de paisajes a diferentes horas del día y en las diferentes estaciones.

La nostalgia viene servida también por el niño del que no podemos prescindir. Platero Y Yo es la depuración extrema de su mirada. No es una liquidación sino una evocación. No es un muestrario de fantasmas sino una revivificación. De esta manera el pasado queda incorporado al presente, se hace presente cada vez que se recorren las líneas del libro.

El poeta se adentra en el Moguer de su infancia y rescata sus recuerdos. Los libera y se libera él mismo de lastres y cárceles.

La comparecencia de los niños es tan importante como la de la muerte. Son los dos pivotes de la obra.

Los niños viven directamente, sin teorías ni anteojeras. Viven el mundo y sus emociones. La adultez es un proceso de anquilosamiento. La adultez equivale a la pérdida de esa capacidad. El poeta la conserva, razón por la cual es tomado por tonto.

Vida cotidiana

11

Salieron al amanecer, con el tisú del cielo entretejido de vetas azules y negras. Los aprendices avanzaban en fila de a dos.

El Maestro Zapatero, con su largo cayado, iba en cabeza. El crujido de las pisadas en la grava del camino resonaba en esa hora silenciosa.

Cuando llegaron al lindero del bosque, se sentaron en el suelo. Zacharías señaló a uno de los muchachos, que se descalzó y se puso en pie. El Maestro miraba la espesura que el elegido, sin detenerse, abriendo su propia senda, debía atravesar hasta la otra orilla. Allí esperaría a sus compañeros que saldrían a intervalos cortos y regulares.

Cuando le llegó el turno a Edu, se quitó los zapatos, hizo un hatillo con ellos que colgó del hombro, y emprendió la travesía.

En el bosque surgían aquí y allá calveros inundados de luz.

Al vadear un arroyo, una culebra se deslizó como un rayo y vino al encuentro de Edu, enroscándose en sus tobillos como el tallo de una enredadera. Luego, levantando su cabeza triangular y aplanada, fijó sus ojos sin párpados en los de su presa a la que mostró repetidamente su lengua bífida.

El joven contuvo la respiración. Salvo por la presión que ejercía, la frialdad del cuerpo escamoso del reptil y la de la cristalina corriente de agua no se distinguían.

Trabado como estaba, temía perder el equilibrio y precipitar los acontecimientos. Por otro lado, la necesidad de moverse era cada vez mayor.

Poco a poco la culebra aflojó su abrazo y acabó desenrollándose. Después se alejó zigzagueando por el riachuelo.

Una vez liberado, Edu se adentró en la zona más umbría del bosque.

Fue aquí donde tuvo lugar el segundo lance.

Un lobo viejo estaba echado al pie de una corpulenta haya. Edu aminoró el ritmo, aunque estaba decidido a pasar de largo.

El carnívoro contemplaba al muchacho con una expresión de ironía. No hizo nada por levantarse. Estaba a gusto en esa postura.

Edu comprendió que el animal no tenía la intención de abalanzarse sobre él. Incluso le pareció que estaba deseoso de compañía. Al llegar a su altura, tal vez sutilmente inducido por el poder hipnótico de su mirada, se detuvo. En los labios del lobo se perfiló una maliciosa sonrisa.

Al otro lado del bosque de los Frambuesos, Zacharías habló de la prueba superada por los aprendices.

Les dijo que para conservar la cabeza sobre los hombros había que tener los pies sobre la tierra. Este contacto, además, les proporcionaría la energía necesaria a su andadura.

No aludió a las experiencias individuales. Los eventuales percances sólo competían a los interesados.

Espino de fuego

En el asiento de detrás de la conductora, que era el que ocupaba habitualmente, con la cartera sobre mis muslos y las manos sobre ella, siempre en un discreto segundo plano, respondiendo cuando me preguntaban, mirando a través de la ventanilla, transcurría mi desplazamiento al trabajo.

Ellas hablaban. Aunque me enteraba de todo, no voy a afirmar que escuchaba. Me limitaba a dejar que pasara el tiempo y el espacio a la velocidad del vehículo, no siempre uniforme, dada la brusquedad con que su propietaria manejaba el volante. Este dato no debe entenderse como una crítica sino como un rasgo de carácter que la propia interesada reconocía.

La conversación recayó sobre una compañera ausente que a ellas les resultaba simple o ingenua. A mi juicio cultivaba un aire de engañosa candidez.

La conductora, que podía desarrollar sin embarullarse tres actividades al mismo tiempo: pilotar atendiendo al tráfico y a los semáforos, oír la radio haciendo comentarios pertinentes y participar en la charla, razón por la que más de una vez me he mareado durante el trayecto, dijo: “Es increíble”.

Ese aserto dejó confundida a la audiencia. ¿Se refería a la circulación, a las noticias o a la compañera ausente?

“¿A vosotras Martina no os parece una persona increíble?” Por mi parte le agradecí que no me incluyera en su requerimiento de opinión. Por parte de las otras hubo eufemística unanimidad en considerarla no del todo completa y en llamarla, con retintín, Martinita.

“¿Sabéis lo que le pasó el jueves pasado?” Todas lo ignoraban menos yo que mantuve el pico cerrado. “Me he expresado mal. No lo que le pasó sino lo que se buscó”.

-o-

Manolo era un compañero cachas. Iba al gimnasio a diario. Se le veía más tiempo con el chándal que con ropa de calle, pues aprovechaba cualquier hueco en su horario para correr y hacer estiramientos. Maligna o envidiosamente lo calificaban de armario de tres puertas.

A Manolo le gustaba presumir de musculatura. Aunque no se jactase abiertamente de su excelente forma física, había en sus andares una complacencia que fastidiaba a más de uno. Manolo, que era guapo pero no tonto, tenía también chispa.

Una de las compañeras de viaje prefirió destacar su faceta rufianesca. Incluso lo llamó “chulo redomado”. Ella sabría por qué. Ciertamente ninguna de ellas lo tenía en mucha estima.

El caso fue que Martina y otras dos colegas, cuando entró, se quedaron mirando a Manolo que lucía un primoroso polo azul de Tommy Hilfiger.

Quizá marcando más de lo conveniente su aire de jayán, se acercó al grupo y, tras saludar cortésmente, flexionó el brazo derecho y mostró su poderoso bíceps. Luego invitó a Martina a que comprobara su dureza.

Y ella, ni corta ni perezosa, extendió la mano para hacer lo que le pedía. En el preciso momento en que realizaba la prueba, Manolo cerró completamente el brazo de forma que la mano de Martina quedó atrapada en el cepo, no pudiendo liberarla por más esfuerzos que hacía. Esta travesura provocó el hilarante regocijo de los presentes. Las otras dos mujeres pusieron cara de juez.

Al poco tiempo Manolo, sonriente, aflojó la tenaza y se retiró con paso atlético.

Las otras dos reprocharon a Martina su conducta. “¿Por qué has hecho eso?” la amonestó una. “Porque dijo: toca, toca”. La tercera, moviendo de un lado a otro su rizosa cabeza adornada con un turbante, replicó: “Pues haberle dicho: no toco”.

Después de la reprimenda, la primera, a la que pudo más la curiosidad, preguntó: “¿Y qué tal?”. Martina no respondió nada limitándose a entornar los ojos y a hacer un gesto de asentimiento. Y fue entonces cuando cobró repentina conciencia de su delatora precipitación y se lamentó: “¿Y ahora qué va a pensar de mí?” “Que piense lo que le dé la gana” respondió una, y la otra: “¿No era eso lo que querías hacer?”.

-o-

Tras acabar de contar la historia la conductora repitió: “Es increíble”. La copiloto exclamó: “¡Cuidado, cuidado!” Y una de las que estaba sentada detrás dijo: “Vaya con la mosquita muerta”.