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XLII

La comitiva partía por fin. El proyecto largamente gestado, las compras realizadas, el deseo de dejar el pueblo y abismarse en la contemplación de los pimientos y los tomates a la sombra de un naranjo podían más que los inconvenientes de última hora.

Como vuestra casa se hallaba en una calle que da a las afueras, enfilabais pronto la carretera. A los cinco minutos estabais en pleno campo.

La quietud y el frescor de la mañana diluían vuestra carga de rencores y amarguras.

El paisaje se metamorfoseaba en imágenes. Sólo era posible señalar sin recurrir a las palabras que no servían para expresar vuestras sensaciones. Las palabras eran buenas para hacer comentarios triviales, a los que, por cierto, se entregaba tu tía poseída por el horror al silencio. Este horror la impulsaba a proferir frases deshilvanadas y a ejecutar inanes piruetas verbales.

Marchabas en cabeza, junto a tu madre, en la certeza de que ella no te torturaría los oídos. Entrecerrando los ojos reducías el entorno a manchas polícromas.

Una cinta gris era la carretera a cuyos lados se desplegaban las hazas rojizas, los rastrojos amarillos, los verdes melonares.

Los colores se extendían por anchas franjas de terreno enriqueciéndose con nuevos matices según incidiera la luz.

Después de andar tres kilómetros cogíais por el atajo que discurría paralelo al cauce seco del arroyo. Este camino entre olivares conducía a la huerta.

El sol cada vez más alto picaba. Hacíais un alto para descansar y para turnaros en el transporte de las cestas. Tu tía aprovechaba el receso para comunicaros que le dolían los pies, que no estaba para esos trotes, que no sabía si tendría fuerzas para llegar.

Tu hermana decía cuatro cuchufletas, que secundaba tu tío político, a propósito de la escasa resistencia física de tu tía carnal.

Esta, que no soltaba a tu primito por temor a que lo atropellara un coche, dudaba entre seguir las bromas o sacar a relucir una vieja historia de males que avalara su debilidad.

Tu abuela, con una mano en el cuadril, decía: “Vamos, que ya queda poco”. Y os poníais en marcha de nuevo, esta vez todos juntos, formando un grupo compacto.

Tu tía empezaba a contar el percance acaecido yendo de promesa a la ermita, detrás de la Virgen en su carreta tirada por bueyes, cuando se dislocó un tobillo de la manera más tonta y tuvo que interrumpir la caminata, sentarse en el suelo y esperar a que un coche la trasladase al pueblo.

Te acordabas bien de ese infortunio porque tu hermana y tú la acompañabais. Te tocó quedarte con ella. Tu hermana, que había hecho voto de silencio e iba descalza, os miró, hizo un gesto de disculpa y siguió andando.

313.- “Ayer” dice Emma “una amiga nos contó que no comprendía por qué su suegra se había enfadado con ella. No vayas a pensar que estaba bromeando. Hablaba seria. Tampoco vayas a pensar que estaba haciendo teatro” “¿Qué debo pensar?” “Su relato estaba motivado por su mala conciencia. Es la única explicación plausible. Buscaba nuestro beneplácito, que le confirmásemos que su suegra se había comportado como una niña, y que ella había actuado correctamente” “Lo que tú no hiciste” “Prudentemente me callé. Consideraba, por supuesto, que su suegra se había molestado con razón.

“La tiene en su casa. Aunque es una persona mayor, quiere ser útil. A mi amiga le gustaría que se estuviese quietecita en el sofá porque tiene una forma de hacer las cosas que no es la suya, obligándola a ir detrás de ella para rehacerlas.

“Cada maestrito tiene su librito, los estilos difieren. Pero la quisquillosidad y el perfeccionismo no son la respuesta sino el respeto o, en todo caso, la mano izquierda.

“Con el fin de colaborar a la señora se le ocurrió fregar los platos, tazas y cubiertos del desayuno. Dicho y hecho. Cuando mi amiga entró en la cocina, vio que todo estaba limpio y ordenado en el escurridor. No pudo evitar poner mala cara. Ella venía precisamente para meterlo todo en el lavavajillas. Ni corta ni perezosa eso fue lo que hizo en presencia de su suegra.

“Nos explicó que en su casa, por motivos de higiene, no se friega a mano” “Que es como se ha hecho siempre” “Y añadió que para eso habían comprado ese electrodoméstico, que lo tenía casi lleno y pensaba ponerlo después del desayuno…

“Resumiendo, a su suegra le supo a rayos que le enmendaran la plana y estuvo de morros todo el día” “¿Cómo quería que estuviera después de ese correctivo? Interpretaría esa decisión como una falta de confianza en su trabajo” “Mi amiga insistió en que actuó así por inercia, sin intención alguna, y acusa a la otra de ser picajosa” “De su propio pecado” “Es lo que suele suceder”.

314.-Las personas dotadas de carisma ejercen un fuerte, a veces irresistible, ascendiente sobre los demás. Su mirada, particularmente, emana una poderosa fuerza de atracción. También su voz y sus gestos.

Podríamos citar a Moisés. Pero las hay más cercanas y domésticas. Aunque los verdaderos adalides religiosos, políticos, sociales, no abundan, el muestrario es lo bastante amplio para advertir que hay dos tipos: los luminosos y los sombríos.

Lo numinoso se manifiesta tanto en unos como en otros. Esa aureola resplandeciente o tenebrosa es a la divinidad a quien pertenece. Jung afirma que Dios tiene esa doble vertiente. Por esa razón hay que amarlo y temerlo.

Lo numinoso anonada. En comparación, nuestras fuerzas humanas son un grano de arena en el desierto, una pavesa zarandeada por el viento, una gota de agua en el océano.

Palmeras (VI)

XLI

A medida que os alejabais, el pueblo, recortado sobre el azul del cielo, de una blancura multiplicada por la claridad matinal, aparecía más bello.

Salíais temprano aunque no tanto como hubieses querido por culpa de tu tía que siempre se retrasaba. Las cestas con la comida estaban preparadas desde la noche anterior.

A ti te gustaba ponerte para la ocasión un pañuelo que anudabas en el cogote porque debajo de la barbilla te hacía la cara demasiado redonda.

Los contados días que ibais a la huerta, fuese en la estación que fuese, pero sobre todo en verano, tenían un sabor especial. Por un lado significaban la abolición de la rutina, por otro un reencuentro con la naturaleza.

De pequeña las demoras de tu tía eran un motivo de enfado. De mayor no podías evitar comentarios que trasluciesen tu irritación.

Querías partir de inmediato pero por misteriosas razones eso no era posible. No es difícil encontrarle el lado cómico a esta escena.

Si tu fastidio era muy grande, te quitabas el pañuelo de vivos colores y te lo echabas por los hombros al tiempo que dabas golpecitos con el pie en el suelo. Tu madre se ponía a hurgar en las cestas porque no se acordaba si había cogido el abrelatas. Tu hermana, tan diligente, se ofrecía a ir a casa de tu tía. En cuanto a tu abuela, aprovechaba este contratiempo para mascullar: “No sé si debería quedarme. La huerta está lejos y yo estoy vieja”.

Si era domingo, tu tío seguía durmiendo y se reunía con el resto de la familia a la hora de almorzar, a no ser que surgiese un imprevisto que lo hiciera cambiar de planes, lo cual no era extraño que pasase.

Tu abuelo, con el burro de reata, se había ido al amanecer, desentendiéndose de ese jaleo.

Conforme transcurrían los minutos, tu mal humor aumentaba. Si tu abuela insistía en lo de la lejanía y la vejez, acababas replicándole con acritud. Tu madre se apresuraba a llamarte al orden e incluso jugaba con la posibilidad de cancelar la salida.

Tú enfurruñada, tu abuela callada, tu madre comprobando si no había olvidado la sal o los tenedores, el clímax se mantenía hasta que giraban los goznes de la puerta.

La primera que entraba era tu tía con su hijo de la mano. Cargados con la impedimenta, la escoltaban su marido y tu hermana. Venían en un silencio agorero.

A pesar de tu juventud y de tu inexperiencia, tenías datos suficientes para prever el desarrollo y el desenlace de este episodio.

Dado que tu único deseo era que os pusierais en marcha, como consumada estratega, cedías el protagonismo a tu tía. El quid de la cuestión radicaba en dejarla desahogarse.

No tenías el menor interés en saber qué mosca le había picado esta vez, pero más valía escuchar sus quejas, el inacabable rosario de sus padecimientos, el cúmulo de tribulaciones que la maltraía, sacándola de sus casillas. A todo lo cual ella era incapaz de poner coto, siendo su única alternativa, según declaraba con aire fatalista, cargar con su cruz.

En la misma línea que “Vathek”, “El mandarín” es una fabulación que funciona eficazmente. Contribuye a ello su estilo irónico y distante.

Sin caer en la pedantería, el autor muestra la vastedad de su cultura aportando numerosos datos y haciendo continuas referencias literarias sin que se resienta el tono del relato. Es difícil no pensar en Borges que consideraba a Eça de Queirós un hombre de genio. No es tampoco difícil imaginar que este pasatiempo o juguete literario hiciera las delicias del escritor argentino.

Esta rigurosa ficción no está al alcance de cualquier talento. Recuerda un cronómetro suizo que marca los segundos con precisión. Una obra maestra es circular en el sentido de que no tiene fisuras, de que empieza y acaba en ella misma. Incluso las remisiones externas refuerzan su carácter singular. La esfericidad es un signo de perfección.

El tema de esta obra es tan antiguo como la literatura: el hombre tentado por el diablo. Teodoro, empleado del Ministerio de la Gobernación, deberá matar de un campanillazo a un mandarín, de quien heredará sus cuantiosas riquezas. Este homicidio sonoro será perpetrado a distancia.

Bajo la forma de un respetable burgués, el diablo incita a Teodoro:

“Entonces, desde el otro lado de la mesa, una voz insinuante y metálica me dijo en silencio:

-¡Vamos, Teodoro, amigo mío; extienda la mano, haga sonar la campanilla, decídase!

La pantalla verde de la vela proyectaba sombra alrededor. Me levanté tembloroso. Y vi sentado y en paz, un individuo robusto, todo vestido de negro, con sombrero de copa y guantes, también negros, con las manos apoyadas gravemente en el puño de un paraguas. No tenía aspecto fantástico. Parecía un contemporáneo, tan común, tan clase media como si viniese de mi oficina.”

Por desgracia, la imagen del mandarín y su barrilete lo perseguirá sin descanso impidiéndole el disfrute de su fortuna. Este es el segundo encuentro que Teodoro tiene con el diablo:

“Una noche, iba solo por una calle desierta, cuando vi delante de mí al personaje vestido de negro con el paraguas debajo del brazo, el mismo que en mi cuarto feliz de la travesía de la Concepción, con un tilín-tilín de campanilla, me hiciera heredar tantos millones detestables. Corrí hacia él, me colgué de los faldones de su levita y chillé:

-¡Líbrame de mis riquezas! ¡Resucita al mandarín! ¡Devuélveme el sosiego de la miseria!

Él pasó con gravedad su paraguas por debajo del otro brazo, y respondió bondadosamente:

-No puede ser, mi apreciado señor; no puede ser…

Me arrojé a sus pies en una súplica abyecta, pero sólo vi ante mí, bajo una luz mortecina de gas, la forma flaca de un perro rebuscando en la basura”.

Traducción de María Otero