Feeds:
Entradas
Comentarios

X
Cuando menos se espera, ocurren los milagros.
Se escuchan caracolas en mitad de los campos.
Uno encuentra un tesoro en un cofre enterrado.

Se ven volar arcángeles
que tal vez sean nubes,
que tal vez sean pájaros.

Llueven pétalos blancos
que se tiñen de rojo
con el sol del ocaso.

XXII

Un día, siendo niño, advertí en tu casa cierto revuelo. ¿Qué habría pasado?

Fui a preguntar a mi tía abuela. Me pidió que no hiciera ruido. El vecino había fallecido. Por eso había gente en la calle. El entierro era por la tarde.

La escuchaba boquiabierto. Era mi primer contacto con esa realidad cuyo significado nunca me había planteado. Sabía que el prójimo se moría, pero eso ocurría siempre fuera de mi ámbito y no me afectaba.

Esta era la primera vez que afrontaba la desaparición de alguien cercano. Al principio no me hacía a la idea de que el hombre de pantalones de pana y gorra negra con el que a menudo me cruzaba por la calle, al que observaba mientras se alejaba camino de la huerta con el burro de reata y el cigarrillo en la comisura de los labios, hubiese dejado de existir.

Salí de la cocina y subí al soberado. Desde la ventana de la buhardilla te vi atravesar el patio. Llevabas un pañuelito en la mano con el que te restregabas los ojos y la boca. Tus ademanes eran mesurados.

Descubrí en ti, pese a tu juventud, a una persona madura. Tus lágrimas, tu pelo recogido en un moño, tu andar decidido y silencioso eran los datos con los que elaborar una nueva imagen de ti.

Ya no eras una muchacha delgaducha y falta de gracia. Tu habitual palidez realzaba a ese ser desdichado en que te habías convertido de la noche a la mañana.

Como he podido corroborar en otras ocasiones, el mundo se disolvía a tu alrededor, sólo tú tenías consistencia. De ti emanaba una afirmación tan rotunda que pensar en otra cosa que no fuera tu tragedia familiar me habría parecido un sacrilegio.

Bajé del soberado para informarme de la enfermedad de tu abuelo y de la actitud que había que adoptar en esas circunstancias.

El funeral era a las seis. Las dos horas más largas de mi vida fueron las que transcurrieron antes de que agitaran la campanilla anunciando el fin de la jornada escolar. Salí disparado.

Delante de tu puerta varios grupos de hombres conversaban en voz baja. De vez en cuando una mujer aparecía en el umbral, miraba a un lado y a otro, suspiraba y se iba.

A pesar de la gente congregada en la calle y de la que había invadido las habitaciones de tu casa, reinaba un extraño silencio que los murmullos y los tañidos de la campana no lograban contrarrestar. Ni siquiera la presencia de un niño que se deslizó por entre las figuras inmóviles humanizó esa escena irreal.

A medida que se acercaba el momento en que vendrían el cura y los monaguillos, el número de acompañantes aumentaba.

Ese cuadro sobrecogedor no impedía que fueras tú quien ocupases mis pensamientos.

Antes de almorzar había notado el cambio que este golpe había operado en ti. Había resignación en tu mirada. Una suerte de sabiduría impregnaba tus gestos.

Nunca te había visto tan inaccesible. Nos separaban experiencias tan profundas que me sentía empequeñecido.

¿Qué edad tenías? Dieciséis años si no me equivoco. Eras una jovencita tirando a desgarbada, a medio hacer, que se entregaba a vagas ensoñaciones. Aunque tu infancia había sido tristona, hasta entonces no habías tenido que encarar el hecho irreversible de nuestra finitud.

Ciertamente ese desenlace no te cogía de sorpresa, no ya porque a tu alrededor se hubiesen producido otras muertes, ni porque la enfermedad de tu abuelo hiciera temer lo peor, sino porque una parte de ti vivía a la espera de la desgracia.

Mimosa (IX)

284.-“Hace poco” me cuenta Emma mientras trasegamos una cerveza “Paquita y yo… ¿sabes de quién te hablo?” “De tu amiga Paquita, que mide un metro cincuenta y ha hecho voto de silencio” “No hace falta que te pongas sarcástico. Nos encontramos en el supermercado a una pareja encantadora que no para de viajar…” “Y que logra callar a tu amiga Paquita”.

Emma puntualiza: “Y que tiene siempre muchas cosas que contar. Los lugares que ha visitado, la gente a la que ha conocido, los platos exóticos que ha comido, y los buenos hoteles en los que se ha alojado. A lo que hay que sumar la cantidad de anécdotas que ha protagonizado.

“En esta ocasión no nos informó de su último desplazamiento, lo cual me produjo alivio, la verdad, porque tras la exhaustiva exposición de sus aventuras acabó siempre tarumba. Aprovechó la circunstancia para referirnos un incidente con las hermanas Mendoza, la mayor Teresa y la menor Juana.

“Ni a Paquita ni a mí nos sorprendió el percance. Ambas sabemos por dónde respiran las Mendoza. Cada uno de los miembros del matrimonio, de forma harto imprudente, atrapó a una de las hermanas para referirle el mismo o diferente viaje.

“Las hermanas Mendoza son la noche y el día. Lo único que tienen en común es que están solteras y guardan escrupulosamente las apariencias. Ahora bien, mientras que Juana lo pasa en grande escuchando cualquier historieta, Teresa se impacienta de inmediato y empieza a tirar de su hermana que tiene la exasperante costumbre de animar al narrador. Este, complacido por el interés, suministra detalles a destajo para desesperación de Teresa que está deseando largarse.

“Teresa reconoce que, como alguien la coja por banda, como se vea obligada a prestar atención contra su voluntad, como alguien la mire a los ojos y no le deje escapatoria, cae redonda. Esa abducción le roba la energía vital y se desmadeja. Esto es un hecho del que yo misma he sido testigo.

“Una debilidad cada vez mayor se apodera de ella y acaba desplomándose. Esto fue lo que ocurrió con la pareja encantadora que, quiera que no, se siente responsable.

“Teresa tiene ese fallo. No soporta más de cinco minutos a una persona dicharachera. La locuacidad y la exaltación la aturden. Su hermana lo sabe perfectamente, pero parece importarle un rábano. Teresa le ha explicado innumerables veces que esas situaciones son un cepo, que carece de fuerzas para enfrentarlas. A Juana las fuerzas le sobran y hace oídos sordos al ruego de Teresa de abreviar ese suplicio”.

“Es lógico” replico “que por sus venas corra cada vez menos sangre cuando es vampirizada. Eso le pasa a todo el mundo” “Ya, pero a ella no hace falta que la muerdan. Le basta con ver los colmillos.

“Sigo contándote. Tanto el marido como la mujer advirtieron los codazos que Teresa daba a su hermana que no quería darse por enterada, y que, cuando decaía el ritmo del relato, lo propulsaba haciendo más preguntas.

“Finalmente él y ella tuvieron que interrumpir sus respectivas crónicas y ayudar a Teresa que hubiese dado un batacazo si no la cogen a tiempo” “¿Y por qué no corta alegando cualquier excusa?” “Ese es su problema. Aunque sea en defensa propia, es incapaz de desgarrar la red social que la ha apresado”.

Mimosa(VIII)

XXI

Los amores de tus padres son una de esas infrecuentes relaciones que, hundiendo sus raíces en la pubertad, franquean las barreras, vencen los impedimentos y llegan a la edad adulta en un envidiable estado de lozanía.

No negaré que esas mismas barreras e impedimentos son los acicates que permiten a dos personas mantenerse firmes en sus decisiones.

El signo de estos amores es trágico. Los de tus progenitores estuvieron marcados desde su inicio por el infortunio. Una piedra lanzada por una mano desconocida abrió una brecha en la frente de tu padre.

A los desaforados gritos del herido acudieron curiosos de ambos bandos. Por encima de las cabezas de los cardos fueron apareciendo, aquí y allá, en insólita floración, otras, muchas de ellas rapadas, que se movían a izquierda y derecha tratando de localizar el origen de los lamentos.

Por acuerdo tácito en estos casos cesaban las hostilidades y se iba a socorrer a la víctima. Una vez identificada, correspondía a sus compañeros de armas hacerse cargo de ella mientras los soldados del ejército enemigo se apresuraban a poner el cuerpo a buen recaudo por temor a la furia que desencadenaba la sangre derramada.

Se fueron acercando cautelosos al sitio donde, tendido, yacía el descalabrado. “¡Es de los nuestros!” se oían ya voces airadas.

La curiosidad, más fuerte que el miedo, hizo que los chavales siguieran avanzado. Con la honda estrujada en la mano, tu madre se deslizaba con soltura y seguridad por ese laberinto de angostos pasajes trazados a lo largo y a lo ancho del herbazal, tortuosos senderos llenos de vueltas y revueltas que deparaban encontronazos de infarto a los miembros de ambas pandillas en sus expediciones de reconocimiento y sus escaramuzas.

Tu padre estaba en un claro, cerca de su cuartel general, llamado “el fortín” por estar constituido por tres peñascos parcheados de musgo y agrupados en forma de torre.

Tu madre llegó de los últimos. Se abrió paso hasta ponerse en primera fila y observó al niño al que algunos compañeros ayudaban a levantarse mientras taponaban la herida con un pañuelo.

Tu padre tenía la cara, las manos y la ropa manchadas de sangre. Tu madre no apartaba la vista del desventurado, mirándolo sin pestañear, como tratando de desentrañar un secreto, ajena a lo que no fuera la contemplación del pañuelo empapado en el líquido rojo y viscoso, sin oír siquiera los lastimeros gemidos del niño que se enjugaba las lágrimas con el dorso de la mano.

“Ha sido ella” dijo alguien.

Apoyado en los hombros de un camarada y agarrándose el improvisado vendaje cuando, tras infructuosos intentos, se desistió de anudarlo alrededor de la cabeza, tu padre se fue.

El acusador volvió a la carga. Con acento feroz exclamó: “¡Ha sido ella!”. Otro chiquillo patizambo y de pelo rizado gritó también: “¡Ha sido ella!”. Tu madre, saliendo de su estupor, dijo: “¡Mentira!”.

Caía la noche. Los ánimos estaban exaltados. No era cuestión de ponerse a discutir.

El pequeñajo de piernas torcidas soliviantaba a los suyos: “¡Tenemos que vengarnos!”. Los otros, en vista del cariz de los acontecimientos, al amparo de la oscuridad creciente, empezaron a replegarse, con disimulo los que estaban más cerca de las sendas y a todo correr los que estaban más alejados.

Tu madre conocía ya al que, con el paso del tiempo, sería su marido, pero fue esta la primera vez que reparó en ese niño de chaquetilla raída, pantalones cortos sujetos con una cuerda de esparto y grandes ojos castaños.

Aquí podríamos situar, si quieres, el nacimiento del romance.

El cardizal lindaba con las primeras casas del pueblo. Tu madre, que corría como un gamo, alcanzó a otra niña que militaba en el mismo bando. También en el otro había varias, y no como enfermeras precisamente.

Cada vez con menos ímpetu trotaban ambas hasta que, jadeantes, se pararon un momento y luego siguieron andando. No cruzaron una palabra durante el trecho que marcharon juntas. Sólo cuando se separaron, se desearon buenas noches.