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II
Los enfermos, los viejos, los hombres, las mujeres,
multitudes inmensas que gozan de salud,
escuchan la llamada secreta, sin palabras,
de las liberadoras y cristalinas aguas.

Sus pasos encaminan a las fuentes sagradas
y ríos venerables, en brazos, a horcajadas,
alegres como crótalos.

Su sed de paraíso en las aguas apagan,
en donde se sumergen, purifican y bañan.

Multitudes inmensas,
bullentes, turbulentas,
en paroxismo místico se hunden y se ahogan.
Las aguas las arrastran
a llanuras oceánicas.

 

 

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Pino y bignonia

 

 

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III

Un día decidí abandonar mi reclusión montaraz. Nunca he tenido vocación de ermitaño. Era de noche y había encendido el fuego de la chimenea. Fuera soplaba un viento helado.

La Navidad estaba cercana. Me dije que era una buena ocasión para poner en práctica lo que, de una manera más bien confusa, me rondaba por la mente.

Posponía la elaboración de una estrategia a mi vuelta al pueblo, a cuando estuviera en el campo de operaciones.

Me gusta improvisar. Es siempre sobre el terreno donde damos la medida, antes son los sueños, después el balance. Pero ni un momento ni otro corresponde a la acción.

Mucho había fantaseado en mis paseos por esos breñales. Estaba saturado de imágenes. Ya era hora de encarar la realidad.

Resumiendo, ni reflexioné ni planeé ni me mortifiqué. Todo se limitó a soñar y a patear esas escabrosidades en un afán de no pensar y, por la noche, de caer como un fardo sobre mi camastro y dormir de un tirón hasta el amanecer.

No soy supersticioso. Tengo mis manías, como todo el mundo, que al lado de las tuyas no son tales.

Ante ciertos golpes de suerte uno tiende a creerse el favorito de la Fortuna. Coincidirás conmigo en que empezar un negocio con buen pie es señal de que tiene más posibilidades de materializarse según nuestros deseos que otro que, desde sus inicios, ha debido superar dificultades.

Cuando, a mi regreso, me comunicaron que mi tía abuela estaba achacosa y no había forma de traerla a vivir con nosotros porque ella se negaba en redondo a dejar su casa, me propusieron hacerle compañía de noche.

Vi el cielo abierto. Me estaban ofreciendo la atalaya idónea para espiar tus entradas y salidas, para estudiar tus quehaceres cotidianos. Y eso por velar el sueño de una anciana.

Puse objeciones, me hicieron contrapropuestas. Insistieron en que sería solamente de noche. Repliqué que de día tampoco me importaba. De la comida se encargaban ellos. ¿Y si ocurriera algo? Vienes corriendo a avisarnos. ¿Cuándo tendría que irme? Ya.

Aquella misma tarde me mudé. Una bolsa con un pijama, libros, cuadernos, bolígrafos y mi cepillo de dientes fue mi escueto equipaje. Y unos prismáticos.

Mi tía abuela, como bien sabes, era viuda y no tenía hijos. En mis primeros años gocé de su predilección. Últimamente no iba a visitarla, desatención que me reprochó en cuanto me vio.

La casa la conocía como la palma de mi mano. Sus alacenas, sus cuartos, su soberado no tenían secretos para mí.

Me instalé en el dormitorio contiguo al suyo. Ambas habitaciones se comunicaban. El padecimiento de la anciana eran sus años. A sus males no había que sumar, como comprobé de inmediato con gran satisfacción, la pérdida de memoria, aunque a veces trastocaba las fechas y los nombres.

Mi tía abuela fue una cantera inagotable de datos y anécdotas. Sin su ayuda difícilmente hubiese podido reconstruir algunos pasajes de la vida de tu familia.

 

 

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263.- Ante las desgracias hay dos actitudes o se producen dos reacciones básicas. Una es la del que sale pitando a divertirse, a estar fuera.

La otra actitud es la del que se para. La del que rehúye el aturdimiento y se plantea algunas cuestiones.

La primera reacción es la predominante en nuestra época, casi exclusivamente orientada hacia lo exterior. Sólo la materialidad es real. Sólo existen los goces corporales hacia los que se corre despavorido cuando la vida pone en un brete.

264.-En estos tiempos el mayor escándalo es apostar por el Absoluto. No hablamos de reconocer nuestra interinidad, de asumir que somos aves de paso, sino de aceptar que la vida no acaba con la muerte. Todavía más, que lo que en este tan cacareado aquí y ahora hagamos o dejemos de hacer tiene un valor positivo o negativo.

265.-Ateniéndose a la razón uno tiene que declararse forzosamente ateo (el agnóstico no es más que una variedad). El descubrimiento de Dios no es obra del intelecto sino de la fe.

La radical oposición, o la exclusión, entre fe y razón es más aparente que real, y desde luego interesada en determinados sectores.

Esa división es necesaria para impedir lamentables descarríos. Los filósofos griegos recurrieron metódicamente al bisturí racional. Antes que ellos un pueblo entero había reconocido y aceptado la existencia de Dios y, por tanto, de su condición de criaturas.

El ateísmo no se queda en una mera declaración doctrinaria. Se ha convertido en una contrarreligión que organiza procesiones y rituales paródicos, y que aspira a imponerse abierta o insidiosamente desde los medios de comunicación y las instituciones oficiales.

Ese empeño en negar la dimensión sobrenatural del hombre se manifiesta en actitudes blasfematorias que son un reconocimiento de la realidad escarnecida. La contrarreligión engendra contrafiguras grotescas de penosa contemplación.

El impulso ascensional conlleva el acatamiento de límites morales y, en mayor o menor grado, la necesidad de la ascesis.

Negar o rechazar esa direccionalidad significa revertirla. Lo material y lo fisiológico son entonces el destino del viaje.

266.-Frente a la rendición del yo, a la aceptación de la realidad, a la renuncia a la mundanalidad, a la búsqueda de sentido, a la convicción de que ningún acto humano es indiferente, que son valores a la baja, se alza el gran pseudovalor de la relativización.

267.-Hay muchas cosas que no comprendemos, atrocidades que cuestionan la fe. Hay debilidades que nos incapacitan para ir más allá de nuestras necesidades e intereses. ¿Cómo hablar de sentido?

Queremos soluciones y explicaciones. Queremos pedir cuentas, como si no fuésemos nosotros quienes tenemos que rendirlas.

El sentido es una vía que vamos abriendo en el marasmo existencial. El sentido nos interpela. Mediante las palabras o el silencio establecemos una relación con él. En cualquier caso se requiere disponibilidad que es una condición tenazmente saboteada en nuestra sociedad. Nuestro mundo obstaculiza la escucha, la apertura y las ganas de emprender esa exploración.

268.-Es el hombre quien labra su infortunio. El obcecamiento y la soberbia es el muro contra el que se estrella. La imposición de la voluntad (el poder) no deja resquicios por donde entre el aire fresco. Las puertas están cerradas. El diablo anda dentro fomentando las mezquindades y espoleando las apetencias.

 

 

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Olivos (I)

 

 

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