Feeds:
Entradas
Comentarios

Bignonia rosa

Anteo (I)

I
Como Anteo poniendo
los pies sobre la tierra
para recuperar
la confianza y la fuerza,
y volver a la lucha,
a la dura refriega,
al centro, al origen,
de la misma manera
recorro el laberinto
de calles sin acera,
de angostillos y cuestas, de vueltas y revueltas.

3

Como no tenía con quien sincerarse, Edu guardó para sí su consternación.

Los Maestros le parecían inaccesibles. Por nada del mundo se habría dirigido a ellos para contarles la extraña historia de esas intromisiones nocturnas.

Las relaciones con sus compañeros eran, a lo sumo, corteses. Entre los estudiantes imperaba un clima de rivalidad que no facilitaba la creación de lazos cordiales.

En Haitink nadie confesaba que se hallaba perdido o desbordado. Nadie revelaba que echaba de menos su isla, su aldea, su familia. Eso habría sido interpretado como una incapacidad. En ese caso procedía hablar con el Tutor para que iniciase los trámites de la partida.

Si alguien quería irse, sólo tenía que comunicarlo. No hacía falta siquiera que adujese razones.

Un día, en el patio del castillo, un muchacho bajito, con un punto de altivez que no le granjeaba la simpatía de los demás, se acercó a Edu y se presentó: “Me llamo Hemón ¿y tú?”

A ambos les gustaba andar. En una de sus caminatas llegaron a la linde del bosque de Tuum, más o menos en el centro de la Isla.

A la vista de esos árboles imponentes cuyas copas formaban un impenetrable dosel que impedía el paso de los rayos solares, Edu hizo una alusión a la servidumbre humana.

Hemón era intuitivo y comprendió que algo preocupaba a su amigo. Edu, que contemplaba el oscuro bosque en el que estaba prohibido adentrarse, no añadió nada más.

Hemón refirió que los habitantes de un pueblecito de su isla se alimentaban de pescado crudo. Habían intentado enseñarles a cocinarlo, ya fuera asándolo o cociéndolo, pero los lugareños se aferraban a sus costumbres gastronómicas.

“¿Tú has comido pescado crudo?” Edu, esbozando un gesto de repugnancia, negó con la cabeza.

“Yo sí. ¿Qué querías decirme?”

Edu se limitó a declarar que él no tenía alma de lacayo. Hemón replicó prontamente que él tampoco.

Cactus

319.-Me cuenta Emma un incidente que le ocurrió haciendo cola en una caja del supermercado al que va habitualmente a hacer las compras.

“Delante de mí estaba esa vecina tan redicha de la que te he hablado en otras ocasiones” “No para encomiarla” “No hay motivos para eso como a continuación voy a demostrar. Estaban ella y su madre, que es una mujer discreta. Durante el atranque provocado por su vástago se mantuvo en segundo término, y cuando habló, fue para contemporizar”.

“No voy a ocultar que no le tengo aprecio. Ayer, en el súper, revalidó mi rechazo. La madre había pagado la compra completa, la suya que era la mayor parte, y la de su hija que eran solamente dos o tres cosas. Cuando mi vecinita se percató del hecho, se dirigió al cajero, que era un chico al que se veía inexperto, y le ordenó, porque eso fue lo que hizo con ese tono autoritario que usa para cortar de raíz cualquier réplica, que hiciese dos cuentas diferentes.

“La madre que la trajo al mundo se apresuró a decir que no era necesario rehacer la operación, y pidió a su hija que le diese el dinero a ella.

“Mi vecinita declaró que quería su tique de la compra, y que era el deber del empleado atender en todo a los clientes. El joven, que asistía a la escena en creciente estado de tensión porque, aparte de su bisoñez, la cola era larga, se dispuso a complacerla.

“La situación era ridícula. Pero a ella no le importaba tener esperando a la gente mientras el cajero pasaba de nuevo los productos por el escáner y sacaba dos tiques.

“En esto cometió la torpeza de lanzarme una mirada en la que se leía que así era como había que proceder. Y sus ojos se encontraron con los míos en los que se leía lo que pensaba de ella.

“El cajero estaba nervioso y se equivocó. La madre repitió que le pagase a ella. La hija replicó: “Si no sabe cómo rectificar, que llame al encargado”. El joven, que las estaba pasando canutas, consiguió resolver el problema.

“Mi vecina, tan estilosa, tan delgada, que por eso parece más alta de lo que es, con ese pelo tan lacio y tan repeinado, cogió su tique, sacó el monedero del bolso y pagó su cuenta. E hizo un último gesto que acabó de solidarizarme con el empleado, el cual se contuvo y no hizo lo que yo, en su lugar, no me habría privado de hacer aun a riesgo de ser despedida.

“La vuelta que le dio a la estirada señorita ascendía exactamente a dos céntimos, que ella con un displicente gesto de la mano indicó que podía quedarse. El deseo del chico, y el mío también, habría sido tirar a la cara de la susodicha la monedita o, cuando menos, decirle que se la metiera donde le cupiese.

“Pero tal desahogo le habría costado el puesto de trabajo o una buena reprimenda. Así que, tragándose su rabia, depositó el pequeño círculo cobrizo sobre la bandeja de salida. Entonces ella, con la punta del dedo, lo arrastró sobre la superficie de acero inoxidable y dijo: “No lo quiero”.

“Pensé que el muchacho iba a saltar. La otra miró hacia atrás, pero yo no era ni de lejos el testigo que ella buscaba para secundarla en su indignación. Comprendió que, en el caso de que me pusiera de parte de alguien, no iba a ser de la suya.

“Tras dar ese paso en falso volvió la cabeza del otro lado, pero su madre se había alejado prudentemente. Dijo: “Espera, mamá” y más tiesa que un ajo se fue taconeando a su encuentro”.