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Tersa, impoluta
Sin voluntad
Sin límites
Sin condiciones

Cómo negarme

19
No desesperes
So fariseo
Porque te pones
La mar de feo

20
Sé un buen torero
Como Espartero

 

 

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Azulejos (XV)

21 de marzo de 2015 053

 

 

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101.-“Él es así” dicen en plan justificatorio, convirtiendo esa afirmación en el salvoconducto que permite al encausado hacer su santa voluntad. Es lógico que en personas sensatas esa afirmación provoque estupor porque, se mire como se mire, no se sostiene.

Como él es así, hay que aceptar su desconsideración, su impuntualidad, su desorden. Y hay que soportar su malhumor, sus exigencias y sus bromas de mal gusto. Al parecer los demás sólo existen en función de su persona, sólo tienen realidad en la medida en que aceptan y soportan.

Como él es así, aunque sea un terrorista o un violador, no cabe otra posibilidad que hacer una gentil reverencia. Sólo los que “son así” tienen peso y volumen. Los que piensan que se puede ser de otro modo, por el contrario, son hojas volanderas.

Por supuesto, no estamos hablando de criminales, ni siquiera de delincuentes, sino de las personas que nos rodean (familia, amigos, compañeros de trabajo, vecinos…). Ni tampoco de personas con limitaciones físicas, psíquicas o intelectuales que las incapacitan para realizar determinadas tareas o ajustarse a ciertas pautas de comportamiento. Sino más bien de los frescales que en el “yo soy así” han encontrado la coartada perfecta para hacer de su capa un sayo.

Estamos hablando de personas en total posesión de sus facultades físicas y mentales, como suele decirse cuando alguien hace testamento. O sea, que saben bien lo que hacen o dejan de hacer. Son personas con conciencia y determinación en suficiente grado para tener en cuenta al prójimo.

Este argumento cazurro de la “eseidad” es un ataque directo a la convivencia y al sentido común. A quien se acoge a él bastaría con aplicárselo para que bajara del burro, pero quienes deberían realizar ese ingrato trabajo, son respetuosos y rehúsan prestarse a ese juego.

Desenmascarar a esos trápalas no es difícil. Lo realmente penoso es codearse con ellos. El tocanarices más grande de la historia convirtió la denuncia de esas sofisterías en la misión de su vida, y con esta acabó pagando su celo por buscar y establecer la objetividad.

Ningún mercachifle acepta de buena gana quedar al descubierto con la maestría que empleaba Sócrates, el cual ponía la guinda cuando declaraba que él era un mero servidor de la verdad. Y esto lo decía después de haber desarmado dialécticamente al contrario y haber puesto de manifiesto sus contradicciones e imposturas.

Sócrates no quería llevarse el gato al agua. Quería que la verdad emergiese, quería instaurar unas reglas que no excluían ni la razón ni el mito, y de esta forma hacer posible el desarrollo individual y el intercambio social. Sobre esa aspiración, los charlatanes de todos los tiempos, los que anteponen su manera de ser, aquellos a los que es necesario comprender porque son como son, bailan el fandango y tocan las castañuelas. Y hay quienes los ven tan salerosos que no dudan en acompañarlos con las palmas.

 

 

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II

Una de las primeras evidencias es que ya hemos dejado de tontear. Eso no significa que seamos más listos. Cada mochuelo, como diría el cazurro tío del plumilla, está en su olivo, en él está posado y, si se anima a desentumecer las alas, pronto regresa a su rama que no forzosamente tiene que ser cómoda. Sólo es su rama.

Mientras miramos los parterres de cintas, las hiedras que trepan por los troncos de los árboles, los enhiestos agapantos de flores azules, las yucas, los setos de fragante mirto, mientras atravesamos las glorietas con largos bancos de ladrillos, frecuentadas por las palomas cuyo discreto zureo, a pesar del tráfico circundante, se deja oír, allí encontramos si no la respuesta, que tan pomposo suena, al menos una respuesta, una constatación, un guiño. O, por mejor decir, varios.

Emilio habla de soñar. Los sueños antes, los sueños ahora, los sueños siempre. Dormidos y despiertos. Esas constelaciones mentales que dibujan figuras mitológicas, espirales que se expanden y caminos que conducen al infinito, son el dosel bajo el que desfilan nuestros días en la tierra. Nuestras estrellas que, cuando se apagan, todo se vuelve oscuro, y que, cuando se encienden, nos iluminan con su resplandor diamantino. “Te llamé. Me llamaste” dice Emilio.

Seguimos andando de acá para allá, escuchando esas voces grabadas en la piedra, que confirman nuestras intuiciones, que nos afianzan en nosotros mismos, en lo que creemos, en lo que somos, que nos devuelven la confiada sonrisa de antaño, cuando éramos usuarios habituales de los bancos del parque.

Ante la última nos detenemos largamente. Es la que nos va a acompañar tras esta visita que finaliza. Es una voz y una imagen. Peinado hacia atrás, con una leve sonrisa, Luis nos recita su poema de resonancias becquerianas. “Donde habite el olvido, / En los vastos jardines sin aurora; / Donde yo sólo sea / Memoria de una piedra sepultada entre ortigas / Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios”.

 

 

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24 de octubre de 2014 036 (2)I

Después nos íbamos a los jardines. El pintoresco grupo de paisanos se encaminaba sin prisa, gastándose bromas, a ese céntrico parque de altísimos plátanos y pinos. Allí nos sentábamos en un banco y hablábamos de lo humano y lo divino, de nuestros proyectos para el fin de semana y de los más lejanos, de lo que haríamos en la vida. Pero sobre todo nos divertíamos con las ocurrencias de unos y otros, en un olvido total de nuestras obligaciones hasta que llegaba el momento de regresar a la academia o al instituto. Lo cual no siempre pasaba. Algunos sucumbían a la tentación y se tomaban la tarde libre. Pero esos eran los resabiados, los que, a pesar de su juventud, ya estaban de vuelta sin haber ido a ningún sitio.

No éramos muchos, a lo sumo cinco, entre los que se contaban un tunante que era uno de nuestros puntos de referencia, un alma de cántaro al que todo el mundo guardaba el aire porque era de buena familia, un muchachito enclenque, que era uña y carne del tunante, un grandullón que festejaba las gracias con risas y palmadas, un aspirante a escritor y algunos más que no eran fijos.

Andábamos unos pocos metros y nos parábamos. La inconsciencia nos protegía y propiciaba nuestra felicidad. Puede que los monstruos ya estuviesen al acecho e incluso hubiesen hecho acto de presencia. Puede que más de uno viviese o hubiese vivido ya sombrías historias familiares. La plenitud de ese momento nada la empañaba. Esa burbuja, fatalmente, explotaría tarde o temprano. A cada cerdo le llega su San Martín, decía un tío del aspirante a escritor con la malevolencia que lo caracterizaba.

Con un poco de suerte, si uno ha resistido los vaivenes de la vida, incluso llega la hora de los balances y de las conclusiones, provisionales unos y otras, pues mientras acá estamos, mientras la rueda sigue girando, más vale no ponerse solemne ni pontificar como un doctor de la iglesia o como cualquier mameluco.

¿Qué mejor lugar para inventariar pérdidas y ganancias, logros y fracasos, avances y retrocesos que uno de los bancos de hierro de esos jardines de romántico sabor? ¿O dando un agradable paseo por sus sombreadas avenidas? Seguramente en ese hermoso enclave hallaremos también respuestas a algunas interrogantes, tal vez algunas incógnitas se despejen mientras contemplamos sus estanques y sus pérgolas.

 

 

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