Feeds:
Entradas
Comentarios

 

 

Licencia de Creative Commons
Esta  obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Sobre la discreción

115.-Abordamos un tema recurrente, un tema que, como el Guadiana, desaparece y aparece al cabo de cierto tiempo, que acude sin necesidad de llamarlo. Todo lo cual es ya de por sí significativo.

Ambos coincidimos en que todo el mundo tiene problemas. Ambos admitimos también que estos son variados, de forma que no es posible meterlos en el mismo saco so pena de incurrir en una torpeza o en una injusticia.

Hay quien, pelando una naranja, se hace una heridita y la vende como si fuese una operación a corazón abierto. Y hay quien tiene un problema gordo que expone parcamente, sin avasallar ni monopolizar la conversación. Este es el caso de las personas discretas, de las que rehúyen los protagonismos y a las que incomodan los alardes.

Un observador superficial puede sacar la errónea conclusión de que quien se ha hecho la rajita en la yema del pulgar las está pasando canutas, de que está atravesando por un duro momento, de que el destino se ha ensañado con ella.

Un observador atento descubrirá que sólo tiene una gran capacidad fabuladora, la cual pone al servicio de su deseo de ser el centro, de suscitar la admiración, de demostrar su entereza y su valía por soportar el corte sin una queja y arreglárselas ella sola, pues no había nadie más en casa.

Lo que hay en el fondo de esa actitud es un espíritu de vendedor que, sea como sea, quiere colocar su producto, aunque se trate de una birria en comparación con lo que puede ofrecer el otro, es decir, el competidor.

Emma, que pertenece al grupo de los observadores sagaces, confiesa sin rodeos que ella no está por la labor de escuchar historias de heriditas.

Esos montajes hiperbólicos la ponen de mal humor. Esos autobombos la endemonian y el riesgo de que suelte una fresca aumenta en proporción directa al sahumerio.

Pero lo que sobrelleva peor es que esos mitómanos con sordera selectiva, esos narradores con debilidad por los exornos y las florituras, esos mercaderes de crónicas maravillosas, sublimes, inasequibles, provocan daños colaterales en el oyente que, aun conociendo el percal, tiende a sentirse empequeñecido, a considerar que su vida nunca alcanzará la altura de la del chalán.

Y a esto Emma se niega de plano. Su vida será más bonita o más fea, más novelesca o más anodina, pero es la suya y no está dispuesta a devaluarla por prestar oídos a un ególatra.

“O sea” concluyo, “prefieres mi compañía, que soy más calladito. Y cuando se me ocurre contar algo, la cuerda se me acaba rápido”.

 

 

Licencia de Creative Commons
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Otoño (VII)

 

 

Licencia de Creative Commons
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

4
A media tarde empezó a lloviznar. Rufina, en el umbral, bebía a sorbitos el café humeante.

Había aireado las habitaciones de la casa principal, pasado una bayeta por los muebles y mirado las cornamentas de los ciervos, de algunas de las cuales colgaban fustas. Había estirado la colcha de seda roja de la cama con baldaquino, recorrido con un plumero los cuadros que representaban escenas cinegéticas, observando críticamente uno donde un fiero jabato era acosado por los perros. Tampoco le gustaba otro en que un cazador, escopeta en ristre, apuntaba a la espesura donde se adivinaba la presa.

Lo había dejado todo limpio y en orden.

Rufina saboreaba el café mientras veía cubrirse de gotitas de agua los geranios que adornaban el brocal y la base del pozo. La atmósfera estaba fragante.

“¿Arreglaste ya eso?” Rufina asintió y entró en la casa seguida de Juan Riego que calzaba botas con tachuelas y vestía pantalones, chaqueta y chaleco de pana, camisa sin cuello y gorra de paño.

El hombre acababa de cambiar el agua de los bebederos de las jaulas de las perdices y de colocar una hoja de lechuga entre los barrotes. Los machos piñoneaban.

Rufina puso a su marido un vaso de café en la mesa y luego, con el suyo en la mano, se situó de nuevo en el umbral.

5
El Mercedes bordeó el pozo y frenó frente a la puerta principal. Primero bajó don Roberto, que saludó con la mano a la casera, luego don Zacarías, doña Rafaela madre, doña Rafaela hija y don Justino que, secundado por sus progenitores, hiló las trivialidades de rigor sobre las excelencias de la vida campestre.

Rufina se acercó, dio los buenos días y entregó a don Roberto la llave de la casa que ella guardaba durante las cortas ausencias del dueño. Cuando se hubo ido, doña Rafaela madre masculló: “Esta mujer tan seca nunca me ha gustado”.

Los Delgado retozaron en el patio, sorprendidos de la amarillez del albero que lo cubría, cegados por la blancura de las paredes encaladas, borrachos de la claridad y la frescura matutinas.

Esos rincones familiares les producían siempre la misma admiración. Rincones familiares en cuanto conocidos y en cuanto patrimonio común aunque actualmente fuese don Roberto, el menor de los dos hermanos pero el más centrado, el propietario del cortijo.

 

 

Licencia de Creative Commons
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Trajes de luces

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

XIV
El lento atardecer,
las sombras alargadas,
las sonoras campanas desgranando sus notas,
las sábanas ondeando en blancas azoteas,
los montones de leña,
el vaho de la noche.

Sereno atardecer derramándose cárdeno,
malvas y jaramagos acunándose al viento,
cobertizos, almiares,
tiritera incipiente,
el blanco de los muros en grises deshaciéndose.

Y nosotros atentos
al rumor de la higuera,
al fulgor de la tarde,
al tacto de las piedras.

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Caminos (XX)

csc_0031csc_0046

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.