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Medusa

XII
Peregrinar es eso
Dormir a la intemperie
En tiendas, en sombrajos
En caravanserrallos

Peregrinar es eso
Y comer, enfermar
Beber, vivaquear
En florestas marchitas
En landas infinitas
Y rezar, meditar
En iglesias, mezquitas
En conventos, ermitas
Pero ante todo andar

Kalanchoes

 

 

 

 

 

 

 

XXVII

Sentados en el umbral y en sillas a ambos lados de la puerta tomáis el fresco. En la calle mal iluminada por una bombilla de escaso voltaje se ven o más bien se adivinan otros circulares familiares semejantes al vuestro.

Sopla una brisa que resarce del día de calor.

El tiempo pasa sin sentir. Ya es tarde. Tu tío cabecea como un barco movido por las olas. Hace rato que tu hermana ha cerrado el pico. Tu madre, de rostro impenetrable, está relajada. Y tú, bien despierta, hilas en tu mente recuerdos y deseos.

En un arrebato tu hermana se pone en pie y anuncia: “Me voy a la cama”. Tu madre la mira y dice: “Nos vamos todos”.

Antes de acostarte te diriges al cuarto de baño y te contemplas en el espejo. Tienes el pelo corto y ondulado, la piel tersa y blanca, la boca pequeña. Parece la cabeza de una muñeca de porcelana.

Piensas que estás en la flor de la edad, que eres joven, que quién sabe lo que el destino te depara.

Permaneces en esa actitud soñadora hasta que tu tío abre la puerta de un empujón y entra desabrochándose la bragueta. Luego se pone a orinar de espaldas a ti. Cuando acaba, se va en un estado de cuasi sonambulismo.

Tú, inmóvil, en silencio, contienes el aliento, das un suspiro cuando recuperas tu soledad.

El dormitorio, que compartes con tu hermana, tiene una ventana que da al patio. Las hojas están abiertas de par en par y la persiana enrollada.

Tu hermana respira profundamente. Para no molestar, que es una de tus obsesiones, no enciendes la lámpara con tulipa opaca. Te acercas a la cómoda y pulsas el interruptor de una capillita dorada de torres góticas delante de la que hay un montoncito de jazmines.

Te desnudas con parsimonia, cuelgas el vestido en la percha, te quitas las sandalias y echas hacia atrás la colcha y la sábana. Sacas de debajo de la almohada tu pijama corto, te lo pones y, descalza, vas a la cocina por un vaso de agua que, tratando de hacer el menor ruido posible, depositas en el cristal de la mesita de noche. Por último apagas la lucecita y te tiendes en la cama.

No tienes ni pizca de sueño. Por más que giras a un lado y a otro, no das con la postura adecuada. Te incorporas y bebes un sorbo de agua.

Te gustaría dormirte de inmediato, olvidarte de esa infinidad de problemas que te aguijonean sin cesar: disgustos, rencillas, dolencias, fobias…Lo que llamas tus nervios.

Pero esa noche no te va a resultar fácil escapar. No puedes dejar de pensar en el malévolo comentario que la tendera, famosa en el vecindario por su lengua viperina, hizo esta mañana a propósito de una amiga tuya.

¿Cuáles fueron sus palabras exactas? Mientras ajustaba una cuenta, cazó al vuelo las frases que intercambiaban dos clientas. Hablaban de la rapidez con que se estaban llevando a cabo los preparativos de la boda. Ese acontecimiento se estaba precipitando sospechosamente.

La tendera, sin dejar de sumar, sentenció: “Esa se casa tan de prisa porque está preñada”. Y a continuación añadió: “Son trescientas veinticuatro pesetas”.

No te molestó tanto la certeza de que no iba descaminada como el tono empleado.

Nada de lo que ocurría en el pueblo era ignorado en ese mentidero donde una jamona entre jamones, chorizos, salchichones, sacos de garbanzos, lentejas y azúcar, latas de conservas y un sinfín de productos que iban de la colonia barata a las cremalleras, pontificaba incansable.

En definitiva, esa historia se limitaba a otra conocida que cambiaba de estado civil. El autor del desaguisado, además, no había escurrido el bulto. No se había ido a Barcelona o a Alemania. Dentro de poco tiempo las murmuraciones quedarían cortadas de raíz.

Era un asunto de poca monta. Las comadres no tendrían donde cebarse, pero por eso no había que afligirse.

Tu tía, no con frecuencia, dada tu susceptibilidad, te gasta una broma al respecto. O lo que ella tiene por tal. Te dice: “¿Cuándo te vas a casar? A este paso se te va a secar la matriz”.

Achaca tu soltería a lo que denomina “tus exigencias”. Según ella, se te han presentado partidos interesantes. Tú te encoges de hombros, haces un ridículo mohín y cambias de conversación si no estás de humor para seguirle la corriente.

De los tiros al aire que dispara, algunos dan en el blanco.

No vayas a pensar que consigues engañarla con tus argucias y tus muecas. Tu tía es pájaro viejo. A pesar de sus pocas luces se percata bien de lo melindrosa que eres, e incluso, si me apuras, del miedo que el noviazgo y el casamiento te producen.

Hay datos cuya conexión sólo captas en pesadillas que, todavía acongojada, cuentas a tu madre mientras tomáis el café mañanero. “Deberías ir al médico” te dice. Pero tú descartas esa posibilidad de inmediato porque, entre otras razones, detestas a los matasanos.

Prefieres servirte otra taza de café y complacerte en tus sufrimientos.

A veces, como en esta noche veraniega en que una agradable brisa perfumada de jazmín invade el cuarto, haces un recuento de tus pretendientes: de los que lo fueron, de los que no lo fueron pero pudieron haberlo sido, y de los que te habría gustado que lo fueran.


Los dorados amentos de la encina

Tao Te King

Lao Tse, que fue bibliotecario, atraviesa impasiblemente los siglos montado en su carabao azul. A él debemos uno de los más importantes tratados sapienciales de la historia: el Tao Te King (Libro del Tao), que consta de ochenta y un capítulos o lecciones.

Destaca su uso sistemático de la paradoja. Si se quiere conseguir o conocer algo, no es el camino lógico el que nos conducirá a nuestro objetivo sino el opuesto, el que en apariencia nos aleja de él. Su enseñanza se halla en la misma línea que algunas máximas evangélicas (“Los últimos serán los primeros”, “El que quiere salvar su vida la perderá”, etc.).

A simple vista el Tao Te King podría pasar por un prontuario ético-filosófico. Sus reglas y recomendaciones quedan resonando en los oídos.

No hay mayor error que aprobar sus deseos.
No hay mayor desdicha que ser insaciable.
Quien sabe limitarse tiene siempre bastante. (46)

El capítulo 63 es en gran parte una enumeración de contrasentidos, es decir, una síntesis de la enseñanza taoísta.

Practica la no acción.
Ejecuta el no hacer.
Saborea lo insípido.
Considera pequeño lo grande
y poco lo mucho.
(…)
El Sabio lo considera todo difícil
y no encuentra finalmente dificultad.

En el capítulo 71 Lao Tse nos marea afirmando:

Conocer es no conocer:
he aquí la excelencia.
No conocer es conocer:
he aquí el error.

No cabe descartar que quien nos está liando es el traductor. Las versiones de este libro son numerosas y dispares. Una solución es encontrar una que se adecue a nuestro intelecto. Esos mismos cuatro versos han sido vertidos también en español así:

Darse cuenta de que nuestro conocimiento es ignorancia,
esta es una noble revelación.
Considerar nuestra ignorancia como conocimiento,
eso es enfermedad mental.

Esta discordancia puede sencillamente poner de manifiesto la riqueza idiomática del chino que, más que cualquier otra lengua, ofrece un amplio abanico interpretativo. Da la impresión de que se asemeja al mismo Tao que, por esencia, es indefinible e inaprehensible. Así queda expuesto en el capítulo 62:

El Tao es el fondo secreto y común a todos los seres,
el tesoro de los hombres buenos
y el refugio de aquellos que no lo son.

Un trujamán diferente, suponemos que igual de cualificado, no coincide en la traslación de este texto. Su visión de este intríngulis es la siguiente:

El Tao es la reserva oculta de todas las cosas.
Un tesoro para el honesto, un seguro de vida
para el equivocado.

Ciruelo (II)