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Caminos (XIX)

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A derecha y a izquierda, aleatoriamente, se suceden, con sabor onírico, las confiterías, las copisterías, las librerías, los bares, las tiendas, las autoagresiones, las pesadillas, las humillaciones, los mareos, el vértigo, la tentación del autismo. Todo ello bañado en la irrealidad que confiere la marejada de la angustia, cuyas turbias aguas desdibujan los objetos y los hace brillar con una luz fantasmal.

Basta entonces la circunstancia adecuada, que puede ser cualquiera, calle concurrida, recintos abiertos o cerrados, ascensores, cola de clientes en la caja de un supermercado, para que las defensas salten por los aires, para que los monstruos acudan, para que se dé un traspié y se choque con la luna de un escaparate donde hay expuestos objetos de ortopedia.

Sigo andando. Al lado de la puerta de los grandes edificios hay placas de reluciente latón con el nombre de médicos y abogados. Abundan los bufetes, las consultas, las oficinas. Nada que interese, nada que salve.

Sólo ayudan los sueños y el hambre. El estómago vacío es un buen acicate. Si voy a comer en esa situación, camino más alegre, sin pensar en otra cosa, porque al final me espera un plato de lentejas o unos filetes empanados que no importa lo resecos que estén. Mi hambre es suficientemente grande para dar buena cuenta de ellos. Lo malo es no tener hambre. Yo la tenía y tenía sueños, que son dos condiciones indispensables para caminar. Son el combustible de la vida.

Hambres saciadas o por saciar, sueños realizados o frustrados. Su recuento es el contenido de cualquier biografía. Desde esta altura puede contemplarse el panorama de eso que llamamos vida. Y a lo mejor, aunque no sea necesario, animarse a hacer un balance provisional, lo cual es una redundancia. Todos los balances lo son.

Papelerías, agencias de viajes, tiendas de ropa. Espoleado por el hambre. En alas del sueño. Andando. Entonces. Ahora. Hasta que surge el obstáculo, la prueba inevitable a la que deben hacer frente los paladines.

Esa prueba suele aparecer, según la literatura y la realidad (una y otra se reflejan, son espejos mutuos), como un puente que hay que atravesar. Hay que llegar al otro lado, conquistar la otra orilla. Si se tiene confianza en uno mismo, la empresa no resulta difícil. Pero si aquella falla, está carcomida, erosionada por un exceso de lucidez, por una aguda conciencia de la transitoriedad o de la futilidad de los actos humanos, la cosa cambia. El puente se convierte en un abismo.

Primero hay que dejar atrás a los manipuladores, a aquellos a los que uno ha pagado un innecesario peaje por transitar por un mundo que es de todos. Pero la ingenuidad, el buen talante, el deseo de ser aceptado e integrarse en una comunidad, nos lleva a abonar precios elevados, incluso exorbitantes, de forma que ese ruinoso dispendio exigirá largos sacrificios.

Lo primero es alejarse de esos artistas en manejos que te ponen a su servicio, razón por la que, encima, te tienen en poco o te desprecian. Lo primero es marcar las distancias aunque para ello sea inevitable aceptar la soledad, que es el estado de los paladines, de los caballeros que quieren alcanzar la otra orilla.

La manipulación, que implica una enorme falta de respeto a los demás, es una de las facetas más desagradables de las relaciones humanas. Es la base y el inicio de los procesos de degradación. Es el ariete que demuele la dignidad, la individual y la colectiva.

 

 

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Pasa una ambulancia ululando. La gente ni siquiera vuelve la cabeza. Con los coches de bomberos es diferente. Siempre hay quien pregunta si se trata de un incendio o de una inundación, del derrumbe de un edificio ruinoso o de la explosión de una bombona de gas. Pero las ambulancias no atraen la atención. Son ignoradas por los transeúntes que siguen su camino mirando los escaparates, inmersos en sus pensamientos, enfrascados en una conversación.

El camino hay que hacerlo con calma, hay que interiorizarlo, me digo, mientras se apaga el estridor de la sirena. No vale la pena apresurarse. Hay que hacerlo como entonces, justo antes de la caída, cuando tenía dieciséis años. Fue un momento crucial. Los palos del sombrajo se tambalearon y cayeron.

La nada absorbió mis gestos, mis puntos de referencia, el sostén de mis actos. La representación se redujo a un histérico manoteo en busca de un asidero y luego a la aceptación de lo inevitable, seguida del abandono y del repliegue.

Por suerte, si de tal cosa puede hablarse, siempre hubo una resonancia lírica, nunca dejaron de flotar notas armoniosas, ni dejaron de emerger sílabas poéticas en esa debacle, de la que llegué a pensar que fue el origen de esa música callada. Ese fue mi bagaje. Esos fueron mis muñones de alas que no impidieron el batacazo, la absorción en el vacío, el descalabro, pero que imprimieron al sinsentido y al dolor una dirección. Los revistieron de promesas que me abstendré de calificar de engañosas. Fueron las armas del paladín derrotado.

Antes de que ocurriera la catástrofe, andando iba confiadamente por los soportales, soñando, entregado a la fabulación, reconstruyendo, recomponiendo, haciendo las tareas interiores propias de cualquier ser humano. Las únicas tareas que incardinan en el mundo, que lo convierten en un lugar habitable, pero que a veces se diluyen, escapan, no se percibe su aliento protector. Entonces la larga avenida con sus arcadas laterales, con su tráfico intenso, con sus altos y pesados edificios, se transforma en la antesala del infierno.

La caja de Pandora, cada vez más desvencijada, de bisagras resentidas, de cierre inseguro, se abre sola. O quizá con la ayuda de tu dedo que, fatalmente, introduces en la hendidura y empujas hacia arriba y la tapa salta. Lo que acontece después, esa desbandada de horrores, ya lo sabemos. Los monstruos, de la misma forma que los nacidos nunca más vuelven al seno materno, una vez fuera, no regresan a la caja. A lo mejor se les puede mantener a raya o negociar con ellos. Pero la verdad es que, cuando se ven libres, a tu alrededor pululando los tendrás para siempre. Hay realidades irreversibles, como la del niño que sale del vientre de su madre, o como la de los monstruos que se fugan de su antro.

 

 

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La llamé sin obtener respuesta. Golpeé con los nudillos en la madera y grité el nombre de mi amiga que esta vez, desde el patio, dejó oír su voz opaca, de fumadora empedernida. Al poco tiempo apareció con un escobón en la mano. Me sobresalté al verla. Sus ojos, ya de por sí saltones, parecían a punto de salírsele de las órbitas. Le pregunté si se encontraba bien.

Y no, muy bien no estaba. Francamente alterada, trabucándose de lo ligera que hablaba, me comunicó que un gato se había colado en su casa, y que se negaba a irse. Se había subido a una repisa que tenía en el cuarto de la lavadora, y allí se había hecho fuerte, amenazándola con una zarpa cada vez que ella amagaba con darle un escobonazo. Ella le enseñaba el palo y el animal sus uñas puntiagudas. Y esa era la situación.

Pero lo que verdaderamente le ponía los pelos de punta era la mirada luciferina del gato. Sus pupilas se estrechaban hasta quedar reducidas a una delgada línea, luego se anchaban y redondeaban. Y así una y otra vez. Como si tratase de hipnotizarla. De hecho, Paqui sintió que la cabeza empezaba a darle vueltas.

Me pidió que la ayudase a expulsar al intruso. Le dije que tenía prisa. Ella insistió. Entre los dos podíamos librarnos de ese bandido en un periquete. Si no, tendría que llamar a un familiar o a los vecinos o a la Guardia Civil. De pensar que tenía que pasar la noche con el gato se moría. No pude negarme. Su estado de nervios no presagiaba nada bueno.

Nuestro trabajo nos costó echar al minino, pero lo conseguimos no sin llevarnos más de un susto. Paqui me dio las gracias y yo me fui precipitadamente tras comprobar la hora.

El callejón de la Pimienta, angosto y arqueado, tenía varios tramos sumidos en la penumbra. Siempre que me adentraba en él, experimentaba respeto. Sus casas viejas, su mala iluminación, la hierba que crecía entre los adoquines, me trasladaban a una época pretérita. En realidad era como si esa calleja estuviese fuera del tiempo. Y las tardes de los domingos esa impresión se incrementaba. El callejón de la Pimienta era un mundo en sí mismo, con sus propias leyes, con su propia dinámica, a las que tenía que someterse el transeúnte que lo recorría.

En la primera bocacalle giré a la izquierda. Estaba en Capitán Valiente, con sus casas altas y estrechas, con un único balcón en la fachada, en una de las cuales vivía mi abuela.

Cuando llegué, la puerta estaba cerrada y la casa a oscuras. Ni en la planta alta ni en la baja había una sola rendija por donde se escapase un rayo de luz. No lo podía creer. Aunque era evidente que no había nadie, llamé con la aldaba. Los golpes resonaron en el interior. Luego me retiré y me quedé en mitad de la calle mirando la puerta y el balcón, comprendiendo que mi abuela, en vista de mi retraso, con la firmeza que la caracteriza, se había ido en autobús a Sevilla.

 

 

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En cuanto salí del cine, me dirigí a casa de mi abuela. El coche lo había aparcado en la plaza de la Alhóndiga, cerca de su domicilio.

Iba a buen paso. Cuando llegué a la altura de El Zorro Azul, no pude evitar echar un vistazo. Mis amigos suelen frecuentar este bar, aquí nos reunimos y tomamos una copa. A veces mantenemos tertulias animadas, otras veces dejamos transcurrir los minutos en un agradable silencio hasta que uno de nosotros hace una observación chistosa y soltamos la carcajada.

El bar estaba lleno de humo. Había bastantes clientes pero ningún amigo mío. Me asomé a la parte izquierda del local, que tiene forma de ele. El dueño, desde la barra, me saludó con la mano. Le devolví el gesto y me fui.

Luego cogí por la calle Enanos y, a pesar de que ya era de noche y hacía frío, por increíble que parezca, encontré a Isabelita a la puerta de su casa.

Subida en el umbral, sus ojos quedaban a la altura de los míos. Mide un metro cincuenta. Por eso le gusta colocarse en una posición ventajosa que le permita mirar al otro sin tener que levantar la cabeza.

Isabelita está escuchimizada. Ella misma reconoce que no come casi nada. Su rostro de rasgos afilados trasluce la astucia y la perspicacia. Es una mujer inteligente y culta cuya charla me encanta. Al verme me dijo: “¿Qué haces tú por aquí?”.

Respondí y me detuve un momento a hablar con Isabelita. A ella le gusta pegar la hebra y a mí me gusta escuchar su verbo chispeante y sus reflexiones sobre lo divino y lo humano. Le interesa tanto el cotilleo como la filosofía. Le pregunté si seguía leyendo a Platón y me dijo que en eso estaba. Había descubierto a este pensador tardíamente y ahora le dedicaba gran parte de su tiempo libre. Me invitó a entrar para leerme y comentarme algunos pasajes del Fedón, que era su diálogo favorito, junto con La República.

Me excusé. Le expliqué que debía llevar a mi abuela a Sevilla, y quedamos para otro día. Nos despedimos. Ella se metió en su casa y yo seguí mi camino.

Pero más adelante, justo en la esquina del callejón de la Pimienta, me paré de nuevo. La puerta de Paqui estaba abierta, lo cual me extrañó. Ella vive sola y es muy cauta. Esa imprudencia no era propia de ella.

 

 

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