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Edu lo encontró sentado en la grada que rodeaba la estatua del Prócer. El bufón de los Zapadores estaba cabizbajo. Cuando algo lo contrariaba o era objeto de una jugarreta, su rostro y su actitud reflejaban su abatimiento. Bien era verdad que se reponía pronto. Bastaba con que los mismos que lo habían vejado o marginado moviesen un dedo para que él acudiese corriendo con una sonrisa de oreja a oreja y dijese algo chusco.

Edu imaginaba qué le había ocurrido. Los otros no habían contado con él, le habían dado esquinazo o le habían comunicado sin rodeos que no podía acompañarlos.

Sin duda, era un buen momento para sonsacarlo, aunque a veces Mako se mostraba en extremo receloso y guardaba silencio.

Cuando Edu le preguntó por el paradero de Hemón, reaccionó alzando la cabeza en un gesto provocador. Hizo una mueca chulesca que dejó al descubierto sus dientes, y que le achicó los ojos. Después de ponerse tan feo, silabeó: “¿Con que quieres saber dónde está tu amiguito?” “Sí” “No tengo ni idea”.

El bufón no mentía. Así lo entendió Edu que, no obstante, estaba seguro de que podía proporcionarle alguna información.Le resumió la entrevista que había tenido con Mortimer, sin hacer alusión a alusión a la presencia de Mako como uno de los raptores. Pero podía cambiar de opinión e incluso añadir que era también uno de los presuntos ladrones de las camisas de lino. Eso significaba que el Gran Maestro lo llamaría para interrogarlo.

Mako, pusilánime por naturaleza, encogiéndose de hombros ligeramente y mirando de soslayo a Edu, repitió que desconocía el lugar al que habían trasladado a Hemón.

“Tú participaste en su secuestro, ¿no es así?”.

El otro calló.

“¿Dónde lo llevasteis?” “A la cámara de la alfombra carmesí”. “Pero allí no está” “Claro. Kim insistió en que no podía quedarse. El castillo sería registrado de arriba abajo. Torreones, subterráneos, criptas, salas…nada quedaría sin inspeccionar” dijo Mako parodiando el tono y los gestos teatrales del lugarteniente de Roque.

El jefe le dio la razón. La cámara era un escondite circunstancial, en el que pasaría la noche. Pero él tenía previsto otro completamente seguro. A día siguiente se levantarían antes del amanecer y sacarían a Hemón fuera del castillo. En esa operación, de la que Mako fue excluido, participaron Kim, Folo, Ruibarbo y Roque.

“No se fían de ti” comentó Edu.

Mako, adoptando un aire retador, esbozó una mueca. Edu permaneció expectante. El otro tenía ganas de desquitarse.

Acabó contando que Hemón pasó la noche atado y amordazado en la cámara. Ahora estaba soterrado con toda probabilidad en las inmediaciones del bosque de Tuum.

Ese dato inquietó a Edu. “¿Qué quieren hacer con él?”.

Mako había escuchado retazos de conversaciones, frases sueltas. Algunas palabras se le pegaron al oído. Pero no le era posible recomponer el conjunto. Sólo podía afirmar que había un monstruo de por medio. Un gigantesco animal con un hocico alargado como el de un cocodrilo, y con el cuerpo lleno de escamas tan grandes como un escudo y tan duras como el diamante. Un monstruo que escupía llamas.

“¿Un dragón?” “Vivía aletargado en una cueva profunda. Ahora ha despertado” repuso misteriosamente el histrión que, en un cómico intento de amedrentar a Edu, ensombreciendo la voz, añadió: “Sus ojos despiden destellos rojizos capaces de dejar ciego”.

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El aire reconcentrado del Gran Maestro, su mirada fija en un punto indeterminado, sus manos de dedos nudosos que reposaban inmóviles, como dos animales fieles, sobre la mesa, imponían un respeto rayano en el temor.

Edu había respondido a sus preguntas referentes al robo de las camisas de lino. El muchacho reconoció que no denunció esos desaguisados por vergüenza, por un mal entendido espíritu de camaradería. Esta vez lo contó todo, incluido el intento de secuestro.

No era a Hemón a quien querían capturar sino a él, pero en vista de que, por circunstancias fortuitas, dijo Edu, no habían logrado su propósito, los malhechores cambiaron su plan.

“¿Quiénes son?”.

El muchacho respondió que no los había identificado porque tenían tiznado el rostro. Podía haber dado nombres, pero antes de hacer tal cosa quería hablar con Mako, quería presionarlo para que revelase dónde estaba Hemón. Edu temía que el peso de la justicia caería sobre los miembros de la banda con menos responsabilidad en las fechorías perpetradas mientras que el auténtico instigador, el cerebro, quedaría en un segundo término, incluso exculpado. Sus secuaces, debido al juramento de lealtad, lo encubrirían. Edu era consciente de la influencia que Roque ejercía sobre los otros. En algunos casos, como en el de Kim, podía hablarse de fascinación.

Cuando dispusiese de datos fidedignos sobre el paradero de su amigo, los comunicaría al Gran Maestro.

Este, tras un silencio que al muchacho se le antojó eterno, habló.

“El mal ha hecho su aparición en el castillo, como en otros tiempos. ¿Sabes lo que eso significa?” “No” “Significa que el Dragón ha despertado”.

Y prosiguió diciendo: “Crecen las malas hierbas. Por más que se arranquen una y otra vez, vuelven a nacer. Es una guerra perpetua que no permite descanso ni ofrece compensaciones. En cuanto te distraes, la grama se extiende por el sembrado. ¿Por qué ocurre eso?”.

El aprendiz ignoraba la razón.

“Porque el mal hunde sus raíces tan profundamente que es muy difícil acabar con él.

“Nuestra herramienta por antonomasia no es el puntero ni la tiza ni la pluma ni el papel ni el cayado, sino el azadón.

“Un azadón de mango largo y pala afilada con el que eliminar la maleza. No imaginabas que la tarea principal de un maestro fuese escardar, pero así es. Si la dejas libre, la grama lo invade todo, absorbiendo la vitalidad de las otras plantas, marchitándolas”.

Mortimer apenas podía contener su furia. Recordaba viejas historias. Sus rasgos se endurecieron. Sabía que el mal engendraba dolor y exigía para su erradicación penosos sacrificios.

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Me había vestido correctamente. Nada de vaqueros ni ropa informal. Me había puesto una camisa clara y mi mejor chaqueta. De la corbata, que tan convencional me resulta, prescindí. Fue una pequeña concesión que me hice a mí mismo.
¿De qué vale arreglarse cuando se salta al vacío? Con ella uno nunca sabe a qué atenerse. Es impredecible. Ella es Angélica.
El trayecto hasta su casa no lo hice en mi coche sino en autobús. Era consciente de que no las tenía todas conmigo.
No quería pensar. Quería distraerme mirando a través de la ventanilla.
Confiaba en que esta vez sería diferente. No esperaba que todo fuese como una seda. Eso sería soñar con los ojos abiertos. Me conformaba con que todo transcurriese con normalidad. ¿Era mucho pedir?
Sé que no hay soluciones definitivas, que raramente nuestras expectativas se ven colmadas. Mis ilusiones habían mordido el polvo a menudo. Sin embargo, me resistía a darme por vencido. La trémula llamita de la fe se mantenía encendida.

-o-

Durante el viaje en autobús me convierto en el campo de batalla de emociones contradictorias. Como si yo fuera un botín de guerra, unas forcejean por hacerse con mi corazón que late como si fuera a apagarse; otras por hacerse con mi cabeza que, bajo el peso de mis obsesiones, se inclina sobre el cristal. En mi estómago despunta la náusea.
Aunque la sangre no llega al río, ese malestar mina los cimientos de mi confianza.
Bien es verdad que esas somatizaciones son controlables. De hecho, cuento con ellas.
Son la respuesta del animal que se apresta a la lucha. El primer combate que libra.
Estas consideraciones me ayudan a encarar mi situación con el espíritu de un guerrero al que, indefectiblemente, se le ofrecen dos posibilidades: el triunfo o la derrota.
Delante de mí, en un asiento de la derecha, va un hombre gordo, vestido con atildamiento. Tiene un morrillo como el de un buey. Un cuello robusto que se alarga como el de una serpiente antediluviana.
Cuando vuelve la cabeza, muestra su rostro en el que brillan sus ojos enrojecidos. Observo sus fauces entreabiertas y su monstruoso pie guarnecido de grandes uñas corvas.
El dragón habla con una voz ronca que se superpone al ruido del tráfico, que anula cualquier sonido, una voz retumbante imposible de silenciar. Comenta que su madre tiene novecientos y pico de años.
“Y está como una rosa”. Una bruja de nariz ganchuda y mejillas hundidas le pregunta por el secreto para conservarse en tan envidiable estado.
“Bueno, mi señora madre tiene una gotera” “¿Qué le pasa?” pregunta la vieja en un tono meloso que trasluce su falso interés.
“No lo van a creer” responde fijando sus protuberantes ojos, que recuerdan los de un besugo gigante, en la bruja, la cual, sin pestañear ni achantarse, le sostiene la mirada.
“Le duele la muela del juicio” declara soltando una carcajada que la vieja corea de buena gana. “¡La muela del juicio!” repite entrecortadamente el dragón muerto de risa.
De pie, agarrado a la barra, un doncel de cabeza arrogante contempla con la barbilla alzada a esa singular pareja.
Como aún no ha sido armado caballero, no lleva espada. Si tuviese una, tal vez la usara para hacer callar a esos dos patanes.
Del cuello del joven cuelga una cadena con un medallón. Figura en él una leyenda en letras góticas que, por más que aguzo la vista, no consigo leer.
El doncel, disgustado por el espectáculo que están dando esas dos criaturas, cambia de postura y se pone de cara a la ventanilla. Luego, abstrayéndose del entorno, mueve la cabeza al son de una música que sólo él oye.
Mi viaje llega a su fin. Angélica me espera, no quiero llegar tarde a la cita. Me levanto. Mejor dicho, nos levantamos el dragón, la bruja y yo. Los tres bajamos en la próxima parada.

 

 

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