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Posts Tagged ‘Hemón’

30

Edu lo encontró sentado en la grada que rodeaba la estatua del Prócer. El bufón de los Zapadores estaba cabizbajo. Cuando algo lo contrariaba o era objeto de una jugarreta, su rostro y su actitud reflejaban su abatimiento. Bien era verdad que se reponía pronto. Bastaba con que los mismos que lo habían vejado o marginado moviesen un dedo para que él acudiese corriendo con una sonrisa de oreja a oreja y dijese algo chusco.

Edu imaginaba qué le había ocurrido. Los otros no habían contado con él, le habían dado esquinazo o le habían comunicado sin rodeos que no podía acompañarlos.

Sin duda, era un buen momento para sonsacarlo, aunque a veces Mako se mostraba en extremo receloso y guardaba silencio.

Cuando Edu le preguntó por el paradero de Hemón, reaccionó alzando la cabeza en un gesto provocador. Hizo una mueca chulesca que dejó al descubierto sus dientes, y que le achicó los ojos. Después de ponerse tan feo, silabeó: “¿Con que quieres saber dónde está tu amiguito?” “Sí” “No tengo ni idea”.

El bufón no mentía. Así lo entendió Edu que, no obstante, estaba seguro de que podía proporcionarle alguna información.Le resumió la entrevista que había tenido con Mortimer, sin hacer alusión a alusión a la presencia de Mako como uno de los raptores. Pero podía cambiar de opinión e incluso añadir que era también uno de los presuntos ladrones de las camisas de lino. Eso significaba que el Gran Maestro lo llamaría para interrogarlo.

Mako, pusilánime por naturaleza, encogiéndose de hombros ligeramente y mirando de soslayo a Edu, repitió que desconocía el lugar al que habían trasladado a Hemón.

“Tú participaste en su secuestro, ¿no es así?”.

El otro calló.

“¿Dónde lo llevasteis?” “A la cámara de la alfombra carmesí”. “Pero allí no está” “Claro. Kim insistió en que no podía quedarse. El castillo sería registrado de arriba abajo. Torreones, subterráneos, criptas, salas…nada quedaría sin inspeccionar” dijo Mako parodiando el tono y los gestos teatrales del lugarteniente de Roque.

El jefe le dio la razón. La cámara era un escondite circunstancial, en el que pasaría la noche. Pero él tenía previsto otro completamente seguro. A día siguiente se levantarían antes del amanecer y sacarían a Hemón fuera del castillo. En esa operación, de la que Mako fue excluido, participaron Kim, Folo, Ruibarbo y Roque.

“No se fían de ti” comentó Edu.

Mako, adoptando un aire retador, esbozó una mueca. Edu permaneció expectante. El otro tenía ganas de desquitarse.

Acabó contando que Hemón pasó la noche atado y amordazado en la cámara. Ahora estaba soterrado con toda probabilidad en las inmediaciones del bosque de Tuum.

Ese dato inquietó a Edu. “¿Qué quieren hacer con él?”.

Mako había escuchado retazos de conversaciones, frases sueltas. Algunas palabras se le pegaron al oído. Pero no le era posible recomponer el conjunto. Sólo podía afirmar que había un monstruo de por medio. Un gigantesco animal con un hocico alargado como el de un cocodrilo, y con el cuerpo lleno de escamas tan grandes como un escudo y tan duras como el diamante. Un monstruo que escupía llamas.

“¿Un dragón?” “Vivía aletargado en una cueva profunda. Ahora ha despertado” repuso misteriosamente el histrión que, en un cómico intento de amedrentar a Edu, ensombreciendo la voz, añadió: “Sus ojos despiden destellos rojizos capaces de dejar ciego”.

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21

Aparecieron signos que inquietaron a Edu y ensombrecieron su ánimo. Primero fueron unos sueños extraños que, aunque no pudieran ser calificados de pesadillas, dejaban un poso de ansiedad.

Eran visiones de animales reptantes, pero había tan poca luz que era imposible identificarlos. Tal vez eran culebras o lagartos. En cualquier caso, sabandijas de cuerpos sinuosos que no paraban de bullir.

Una noche en que regresaba a su habitación tras haber estado estudiando en la Biblioteca, vio en los largos y mal iluminados corredores del castillo, deslizándose silenciosamente, unas larvas blanquecinas de un tamaño desproporcionado.

Avanzaban con tenacidad. A Edu le pareció que fosforecían, pero seguramente esa impresión era sólo un efecto de la tonalidad lechosa de esos gusanos gordos y blandos.

El muchacho observó que se comprimían y expandían como si les estuviesen inyectando y extrayendo aire con un fuelle. Esta operación les permitía realizar las ondulaciones con las que iban ganando terreno.

Edu contemplaba hipnotizado esas hileras de orugas rechonchas, como fláccidos sacos de patatas, que recorrían los pasillos con entera libertad.

Esas criaturas fantasmales le produjeron más repugnancia que miedo. Las larvas, se dijo, no hacen daño. Pero ante las dimensiones de estas experimentaba un invencible rechazo.

Su naturaleza amorfa, la ausencia de miembros, ojos, orejas, desconcertaron a Edu que sólo reaccionó cuando desaparecieron en un recodo, aflorando en su mente una explicación.

Algo malo se avecinaba, se materializaría pronto. Las larvas eran las mensajeras.

Edu entró en su habitación y encendió la vela que había en la mesita de noche.

Las puertas del armario estaban entornadas. Se acercó y las abrió del todo. Rápidamente advirtió que faltaba la camisa de lino.

Revolvió el mueble, aun estando seguro de que la había guardado allí. Se resistía a admitir que se trataba de un robo.

De las dos camisas con la H de Haitink que, al igual que sus compañeros, había recibido de manos del Gran Maestro, sólo tenía la que llevaba puesta.

Al día siguiente, en el desayuno, contó este suceso a Hemón. Los dos muchachos sospechaban quiénes eran los autores de esa fechoría. Hemón le dijo a su amigo que debía denunciar el hurto. Edu sabía que eso daría lugar a una investigación. Primero quería intentar arreglar ese asunto él mismo, sin recurrir al Gran Maestro, que era inflexible con los delitos.

Pero ni siquiera cuando se perdió misteriosamente su segunda camisa de lino en la lavandería, Edu se decidió a presentarse ante Mortimer y revelarle estos hechos.

Hemón señaló, aunque esa puntualización fuese innecesaria, que estaba en inferioridad de condiciones al no disponer de la protección que proporcionaban esas prendas. Los peligros, que a todos acechan, tenían en él a una presa más fácil.

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20

Forjar el atizador fue una tarea que ocupó a los aprendices toda la mañana. El problema se planteó cuando acometieron el vaciado en yeso para el mango. Pocos fueron los que consiguieron dar la forma adecuada a la cabeza del animal elegido.

Luego, cuando echaban el hierro fundido en la cavidad, ocurría que el molde se resquebrajaba y tenían que empezar de nuevo.

La confección del mango se reveló tan complicada que algunos renunciaron, optando por una pieza cilíndrica o por un asa.

Cuando no se tenía destreza manual, las indicaciones del Maestro Herrero servían de poco. En una de sus vueltas se paró junto al grupo de Roque y se quedó contemplando la obra de Folo. Este muchacho larguirucho, sin llegar a ser desgarbado, rubio, con el pelo más largo de lo que era habitual en Haitink, estaba pertrechado de una sonrisa bobalicona que llevaba a preguntarse por la razón de esa felicidad permanente.

Folo era uno de los aprendices más hábiles. Estaba perfilando una cabeza de jabato de gran verismo.

Cuando Brog desvió la vista del trabajo de Folo y la dirigió al de Roque, sus ojos echaron chispas.

Y sus rasgos se endurecieron. “¿Acaso no sabes que los dragones están prohibidos?”. El zagal miró a quien le amonestaba sin achantarse, con aire insolente.

El Maestro cogió las toscas pero identificables fauces entreabiertas y las arrojó a un cubo.

La mayoría de los muchachos había optado por un lobo, un carnero o un perro. Uno por la cara de un búho y otro por un águila de corvo pico.

Mako, para hacer honor a su condición de gracioso, moldeó el hocico de una comadreja, animal al que daba caza en su isla natal.

Edu había escogido la cabeza de un caballo a punto de relinchar y Hemón la de un zorro.

No acabaron hasta el día siguiente. A continuación los aprendices alinearon sus atizadores en la muralla del castillo. Brog, con la solemnidad que requerían las circunstancias, los inspeccionó parsimoniosamente. Los cogía, los sopesaba, los remiraba. Las paradas más largas las hizo delante de los trabajos de Folo y de Edu.

Al final, tras corta meditación, se dirigió a la herramienta fabricada por Edu y la mostró. Esta era la ganadora.

Había buenos resultados, explicó el Maestro. Nadie debía sentirse subestimado. Pero el atizador de Edu era la obra de un herrero experto, dijo Brog.

El muchacho se ruborizó al convertirse en el centro de atención de sus compañeros. Estaba incómodo y orgulloso al mismo tiempo.

A Hemón no le pasó desapercibido el gesto desdeñoso de Roque cuando el Maestro comunicó su fallo.

El hecho de que lo hubiese descalificado por haber infringido una norma, fue considerado una humillación por parte de Roque que se revistió de una agorera seriedad. Más tarde, propagaría la especie de que el premio lo merecía Folo, a quien Brog se lo había escamoteado por ser amigo suyo.

A Edu no le extrañó esa reacción. Lo conocía. Ambos habían nacido y crecido en la misma isla.

Roque pertenecía a una familia acomodada y no toleraba que lo reprendiesen o contrariasen. Era un niño consentido y autoritario que estaba acostumbrado a hacer su santa voluntad.

Por eso a Edu no le sorprendió su actitud rencorosa. Por eso, en su fuero interno, temió que esa historia trajese cola. Roque no era de los que encajaban un golpe y pasaban página.

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18

El Roble dijo a los muchachos que podían hacerle una pregunta. Él no era tan viejo ni tan sabio como el Tejo de Dewe, pero a lo largo de su dilatada vida había aprendido un par de cosas.

Edu vio la oportunidad de desentrañar el misterio de la criatura achaparrada, del que no había hablado a nadie, al menos abiertamente. Tal vez el Roble podría ayudarlo. Eso significaba que tendría que exponer su secreto. Esa perspectiva le desagradaba. Se le representaba que era como pregonar una debilidad, como mostrar una falta vergonzosa. Pero recordó que la ocasión la pintan calva.

Contó que un encapuchado lo abordaba en mitad de la noche o en lugares solitarios. A veces se despertaba y lo encontraba al pie de la cama. No sabía quién era, aunque sí qué quería. Nunca le había visto la cara por más que lo había intentado.

Las hojas del Roble retemblaron como si el árbol hubiese resoplado, como si hubiese soltado el aire retenido durante un tiempo.

Del grueso tronco surgió una voz ronca que declaró: “Tú eres ese desconocido”.

Edu no daba crédito a sus oídos. Eso era un disparate. Ese engendro con caperuza era alguien ajeno a él, alguien con quien había hablado y luchado, alguien que le exigía sumisión absoluta.

Las ramas del árbol se agitaron. De su ancha copa surgieron murmullos y cuchicheos.

Aunque no se le pasó por la cabeza la idea de que el Roble estuviese bromeando, Edu se resistía a aceptar esa revelación.

“¿Qué he de hacer?” balbució el muchacho. “Darle nombre. Ya le has dado uno. Lo has llamado encapuchado. Pero ese parece haberle gustado. Tienes que descubrir el verdadero. Las sombras guardan siempre un as en la manga. Son enemigas difíciles de derrotar. Se escurren como las anguilas y son astutas como las zorras. Tienes que seguir un itinerario de nombres y de historias.

“Si permanecen anónimas, se afianzan. Llámalas y sus embozos irán cayendo uno tras otro”. Luego el Roble se puso a cavilar en voz alta o eso creyeron los dos amigos, a quienes las digresiones del árbol se les antojaron extravagantes y repetitivas.

Se hizo el silencio. Fue Hemón quien lo rompió. “Yo no he hecho la pregunta que me corresponde”. “Cierto” confirmó el Roble con un apacible movimiento de su follaje, “¿qué quieres saber?”.

“Hemos vislumbrado una cosa de aliento gélido que rebullía. Pensaba que en el bosque de Tuum no había animales” “No los hay” “¿Moran en él otros seres?” “Sí, seres que emergieron del abismo al mismo tiempo que la Isla”.

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17

Los dos amigos marchaban a buen paso, flanqueados a su derecha por la poderosa presencia del bosque de Tuum. Reinaba un silencio tremendo que ellos se abstuvieron de romper, conscientes de la banalidad de cualquier comentario.

Los dos, a la vez, se sintieron atraídos por un roble barbado, por un milenario habitante cubierto de musgo y de líquenes. A su alrededor crecían los helechos. Había tantas tonalidades de verde que los muchachos se pararon y observaron el árbol de tronco inclinado por el peso de la edad. Berruecos abollados formaban un promontorio en las inmediaciones. Varias rocas parecían haberse escapado del amontonamiento y yacían esparcidas. Una de ellas, con forma de huso, estaba tan cerca del roble que lo tocaba, como si hubiese rodado en su ayuda para evitar que cayera completamente.

Hemón dijo: “Debe de ser el más viejo del bosque”.

El Roble agradecía la calidez de los rayos de sol como un reumático al que aplican una cataplasma de mostaza para aliviar sus dolores. Sus verdes se iluminaban y teñían de amarillo-rojizo, adquiriendo el conjunto una belleza insospechada.

Robusto, de copa ovalada, el Roble recordaba una gigantesca sombrilla volcada a medias por el viento.

Ambos amigos se sobresaltaron cuando oyeron una voz próxima y remota, un sonido ronco que no podía ser calificado de humano, una declaración que en la quietud de ese momento retumbó majestuosa.

“El árbol más viejo es el Tejo de Dewe”.

El follaje del Roble se agitó a pesar de la calma absoluta.

Antes de que les diese tiempo a reponerse de su asombro, el árbol habló de nuevo a los muchachos.

“En su tronco abierto como un libro están inscritos los ciclos de la vida. Él lleva un registro exhaustivo y meticuloso de las eras y los acontecimientos desde que la Isla surgió del Océano. Pero vive en el interior”.

Edu y Hemón, aunque sabían cómo eran los tejos, de los que en el cementerio había algunos, no lograban hacerse una idea de la fisonomía de ese antiquísimo testigo, al que sin duda sería un honor conocer si ello fuera posible.

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16

Hemón y Edu tuvieron la misma idea que Roque y su banda, pero sin que se les pasara por la cabeza realizar un conjuro para convocar a las fuerzas que residen en el bosque de Tuum.

Movidos por la curiosidad, sólo querían contemplar la arcana arboleda y quizá recorrer una parte de su perímetro para calibrar su grandiosidad.

Esa compacta masa vegetal, situada aproximadamente en el centro de la Isla, se extendía en dirección noroeste y despedía un olor peculiar a cuero que a veces se percibía en el castillo.

Se comentaba entonces que el bosque estaba enviando un mensaje sobre cuyo contenido no había acuerdo.

A pesar de su enclave, Tuum no era el corazón de la Isla. Según Gregor, el Maestro Calderero, era su hígado o, en cualquier caso, una víscera profundamente enterrada en el cuerpo. Esta opinión era compartida por los otros Maestros.

Antes de llegar había una ancha franja de terreno en la que abundaban los matorrales, los cuales formaban setos enmarañados y montaraces parterres.

Los dos amigos se detuvieron junto a un durillo de lustrosas hojas. Frente a ellos se erguían los antiguos habitantes de Tuum.

Un ejemplar anaranjado, lleno de nudosidades y abultamientos, atrajo su atención.

Hemón dijo que el árbol los estaba llamando. Edu sonrió. Él sentía también que ese corpulento individuo de ramas retorcidas se hacía notar de forma deliberada.

El color de su corteza cambió al escarlata y luego a un rojo oscuro que los sobresaltó. Parecía que se había encolerizado y estaba a punto de reprenderlos. En lugar de tal reacción, exhaló un aroma dulce que provocó una ligera embriaguez a los muchachos.

Más allá había un cónclave. Los más altos se inclinaban para escuchar mejor. Grises y cavilosos, con grandes placas irregulares en ángulos cada vez más abiertos que finalmente se desprendían del tronco, debían contarse entre los más provectos.

A medida que recorrían a distancia el contorno del bosque, aumentaba el asombro de Edu y Hemón.

Las ramas bajas de un árbol de copa muy desplegada planeaban sobre el suelo marcando el territorio, no invadido por ninguna planta. Su relativo aislamiento ponía de manifiesto su peculiar belleza. Los rayos de sol arrancaban destellos de su follaje glauco y de su fuste plateado.

En el bosque de Tuum imperaba un silencio más sobrecogedor que el trueno más retumbante.

Sus longevos moradores, algunos de los cuales semejaban taciturnos guardianes, estaban ahí desde que la Isla emergiera del abismo oceánico. .

A Hemón y a Edu les dio un vuelco el corazón cuando percibieron un susurro.

No corría viento. Tal vez fue una ilusión propiciada por su propia ansiedad.

Pero el murmullo se repitió claramente. No eran voces ni silbidos. Era más bien un jadeo apagado, la trabajosa respiración de un gigantesco animal.

Aguzaron la vista y vislumbraron algo que se movía.

Una bocanada de aire helado los hizo estremecer. La frialdad, más que en la cara o en las manos, la sintieron interiormente.

¿Era el vaho de una bestia antediluviana que había despertado y se desperezaba, o que había descubierto la presencia de los muchachos y cambiaba de posición para estudiarlos mejor?

Los dos aprendices sabían que en el bosque de Tuum no vivían ni seres humanos ni animales. Por esa razón, la ausencia de ruidos, salvo los provocados por el viento en las hojas, era absoluta.

Luego oyeron un crepitar de ramas rotas. Ambos amigos tuvieron un atisbo en cuya descripción no coincidieron.

Hemón insistía en utilizar la palabra “cosa”. Ningún otro nombre le parecía adecuado. Y esa “cosa” aspiraba a dominar, a sojuzgar, a devorar. Así pues, debían alejarse cuanto antes.

Pero la impresión de Edu, a quien ese aliento glacial infundió una insólita lucidez, fue diferente. Entrevió una fuerza destructora. Esa calamitosa realidad primigenia lo sumió en un estado de estupor.

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14

La ceremonia tuvo lugar en la Sala Abovedada. Los aprendices recibieron dos camisas de lino bordadas con la H de Haitink. Siempre debían llevar puesta una.

En el espaldar de una silla había también una burda camisa de arpillera. El Gran Maestro explicó que estaba reservada para quien alcanzase la libertad.

Roque, mirando de reojo a su lugarteniente Kim, esbozó una mueca de rechazo. Sus aspiraciones eran otras.

Mako, menospreciado desde que recibiera el castigo por irse de la lengua, percatándose de ese gesto, arrugó la nariz al tiempo que señalaba la camisa con un movimiento de la barbilla en un intento de congraciarse con el jefe de la banda.

Mortimer hablaba ahora de las blancas camisas de lino que eran un talismán protector. Debían guardarlas cuidadosamente. Si las perdían o las desgarraban, les sería más difícil no sólo superar las restantes pruebas, sino también enfrentar las trampas y peligros que el destino les tenía reservado.

A juzgar por las sonrisitas y los cruces de miradas, a Roque y los suyos las propiedades bienhechoras de esas prendas les resultaban divertidas. El mozalbete cariancho, de nariz en forma de silla de montar y orejas a las que faltaba poco para ser de soplillo, masculló que eso era un cuento de vieja.

La influencia de Roque había aumentado por inexplicable que tal hecho pareciese a Edu y a Hemón. Los otros miembros de la banda se habían convertido en sus lacayos. Mako, relegado a un estatus bufonesco, ocupaba el escalafón más bajo, pero todos acataban igualmente las disposiciones del cabecilla sin objetar nada.

Este preparaba, por cierto, algo grande, una contraprueba que, invistiéndole de poder, le permitiría desafiar a los mismos Maestros de Haitink.

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