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El castillo de Haitink se alza en una altiplanicie desde la que se divisa el puerto en el que desembarcaron Edu y sus compañeros.

A su espalda, a dos leguas de distancia, se encuentra el bosque de Tuum, conocido sencillamente por el Bosque, a pesar de que en la Isla hay otros, aunque no tan extensos ni tan impenetrables. Su ausencia de caminos es también una característica que lo hace único.

El castillo es el centro neurálgico de la Isla, que está situada en la periferia del Archipiélago, abierta a la infinitud del Océano.

La primera vez que se entra en Haitink se tiene la impresión de ser recibido por un poderoso amo. Allí dentro uno se cree a salvo de cualquier peligro. Pero ese efecto es engañoso, como Edu comprobó bien pronto.

La Isla, con sus campos y colinas verdes, con sus riachuelos plateados y sus rumorosas arboledas, es el sitio ideal para prepararse y alcanzar el grado de Maestro en cualquiera de sus especialidades.

La Isla, en los confines del Archipiélago, garantiza las condiciones del exigente aprendizaje.

Para el gusto de Edu, Haitink tenía demasiadas torres. Hemón no compartía esta apreciación estética.

Aparte de las torres y de las agujas que remataban la fachada de algunos edificios, los extensos subterráneos le producían recelo. Cuando a sus oídos llegaba un nuevo dato, tenía que esforzarse para no manifestar su aprensión.

Las historias en relación con la cripta eran perturbadoras. La mayoría de sus compañeros declaraban estar deseosos de conocer las tumbas que albergaba.

Pertenecían a Héroes cuyas proezas esculpidas en mármol y cuyas estatuas yacentes no despertaban la curiosidad de Edu.

Para él, la cripta era un lugar consagrado a la muerte, donde reinaban el silencio y la oscuridad. Seguramente el polvo depositado a lo largo de los años formaba una espesa capa. Y aunque no fuera así, la frialdad de la piedra desnuda, tal vez húmeda, era suficiente para desalentar al muchacho.

 

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Una joven con capacidad visionaria, otra con un marcado componente histérico, un aficionado al cante hondo y el narrador-conductor del seíta parten de madrugada hacia Aracena. Pero en el utilitario se ha colado alguien de rondón.

Esta es la crónica de un viaje jalonado de trampas y complicaciones, de ascensos y descensos. Este desplazamiento en el espacio, sin ser circular, una vez alcanzado el clímax, acabará donde empezó, tal vez para ser rehecho con la experiencia adquirida, tal vez para darle carpetazo.

Este viaje a un pueblo famoso por su feérica gruta de estalactitas y estalagmitas, de remansados lagos y salones de ensueño, razón por la que ha recibido el nombre de gruta de las Maravillas, y famoso también por su derruida fortaleza que perteneció a la orden del Temple, bajo la cual se extienden las galerías y las salas en las que el agua ha modelado sugestivamente la piedra caliza, componiendo ambos, el castillo y la caverna, un binomio emblemático, este viaje es la antítesis de una visita turística.

Dichos lugares, que no se nombran, son solamente el telón de fondo de este relato donde se ventila un drama. Más que un viaje es una inmersión que llevará al conductor del Seat 600 primero al abandono de sus compañeros, y luego a la confrontación con otros personajes, particularmente con ese desconocido quinto ocupante del coche.

El próximo miércoles publicaré la primera entrega de este periplo que saldrá a la luz cada lunes.

 

 

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                                 V
Aunque casi todas coincidiesen en su bonachonería y su cordialidad, las opiniones sobre él eran divergentes, incluso contradictorias.
Cuando, por ejemplo, tronchándose de risa, fulano contaba el episodio ocurrido en la pronunciada ladera erizada de matorrales y peñascos que desciende del ruinoso castillo, la imagen resultante no era nada lisonjera.
La pandilla a la que pertenecía el zangolotino, enfrentada a muerte con otra rival, lo utilizaba, entre otros ingratos ejercicios, como emisario de las declaraciones de guerra. De hecho, dado el grave peligro que implicaba, hubo que cambiar esa norma.
Al principio, las pandillas acordaron que un representante en persona iría al cuartel enemigo y comunicaría verbalmente tan delicado mensaje. Pero solía ocurrir que, en cuanto el mensajero volvía la espalda, pese a considerarse un acto cobarde y deshonroso y estar formalmente prohibido, alguna que otra pedrada caía sobre él.
En cualquier caso, nadie lo libraba de los numerosos insultos y selectas procacidades, acompañados del vehemente encargo de que no olvidara transmitirlos puntualmente a sus camaradas, con los que despedían al infeliz enviado.
Por razones obvias hubo que renunciar a este método, optándose, desde un lugar alejado pero visible de la otra banda, por entonar cantos indios, contorsionar el cuerpo en danzas rituales, enarbolar las armas y, por si todavía hubiese dudas, gritar a pleno pulmón: “¡Queremos guerra! ¡Queremos guerra!”.

 

 

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