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Posts Tagged ‘Tuum’

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Los reunieron en la Sala Abovedada. Mortimer, el Gran Maestro, iba a dirigirles la palabra.

Hacía tres semanas que los muchachos habían llegado, pero el Gran Maestro, por motivos que desconocían, había tenido que ausentarse.

A su vuelta, una de sus primeras disposiciones fue convocar a la nueva hornada de estudiantes no para desearles la bienvenida, como algún ingenuo pensó, sino para aclarar ciertas cuestiones.

En Haitink los actos protocolarios estaban reducidos al mínimo. Igual ocurría con la afabilidad que afloraba raramente en las relaciones con los demás. Prevalecía la tendencia a ser correcto y a no traspasar determinados límites.

Mortimer, de rostro alargado y manos huesudas, estaba de pie en mitad del estrado, contemplando a la concurrencia.

Los aprendices estaban también de pie. La Sala Abovedada era una nave desnuda, de techumbre sostenida por altas columnas, con un rosetón en el muro frontero. En el lado derecho había tres ventanas ojivales que daban al patio.

La luz de los candelabros de hierro dejaba grandes espacios en penumbra.

“Estáis aquí en busca de poder. Queréis convertiros en hombres con la facultad de gobernaros, a vosotros e incluso a vuestra isla. Quién sabe si a todo el Archipiélago. Ese es el primer error. Aquí no allanamos el terreno a nadie.

“Aquí se producen transmutaciones y regeneraciones. A veces tenemos la capacidad de crear. Todo eso tiene un precio que a lo mejor os parece excesivo.

“El segundo error lo constituyen las ilusiones engañosas, las metas absurdas, los espejismos contra los que hay que luchar sin descanso.

“Los deseos insaciables que renacen de sus cenizas como el ave fénix, son el tercer error, tan nefasto como los anteriores.

“He citado las bases de la perpetua insatisfacción. Esos son los carbones al rojo vivo en los que nos abrasamos hasta la calcinación.

“Estáis aquí porque aspiráis a convertiros en Maestros, porque en vuestros corazones alienta el ansia de superación y de perfección, porque soñáis con dar cumplimiento a vuestro destino, que concebís con grandeza”.

Edu, que estaba situado en la periferia del grupo, volvió la cabeza y vislumbró una figura achaparrada, tras una columna. Tal vez fue su imaginación, pero le pareció que los ojos de ese fámulo chispearon burlonamente en la semioscuridad.

“Poco me queda por añadir, aparte de ofreceros mi ayuda. No creo en los consejos. No obstante, puesto que soy el Gran Maestro –dijo con una nota de ironía–, debo daros uno.

“Podría afirmar que empecé en Haitink. Pero no es verdad. Empecé antes, en la isla de la que soy oriundo. Una isla tan pequeña que no aparece en los mapas.

“Sabía adónde quería llegar, como vosotros ahora. Al cabo de unos años me percaté de que estaba huyendo. Si quería dejar de comportarme como un conejo, debía regresar a mi isla y saldar las cuentas pendientes.

“Si quería que mi energía fluyera, debía desobstruir la fuente. Si quería abrir las puertas cerradas, debía recuperar la llave”.

 

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El castillo de Haitink se alza en una altiplanicie desde la que se divisa el puerto en el que desembarcaron Edu y sus compañeros.

A su espalda, a dos leguas de distancia, se encuentra el bosque de Tuum, conocido sencillamente por el Bosque, a pesar de que en la Isla hay otros, aunque no tan extensos ni tan impenetrables. Su ausencia de caminos es también una característica que lo hace único.

El castillo es el centro neurálgico de la Isla, que está situada en la periferia del Archipiélago, abierta a la infinitud del Océano.

La primera vez que se entra en Haitink se tiene la impresión de ser recibido por un poderoso amo. Allí dentro uno se cree a salvo de cualquier peligro. Pero ese efecto es engañoso, como Edu comprobó bien pronto.

La Isla, con sus campos y colinas verdes, con sus riachuelos plateados y sus rumorosas arboledas, es el sitio ideal para prepararse y alcanzar el grado de Maestro en cualquiera de sus especialidades.

La Isla, en los confines del Archipiélago, garantiza las condiciones del exigente aprendizaje.

Para el gusto de Edu, Haitink tenía demasiadas torres. Hemón no compartía esta apreciación estética.

Aparte de las torres y de las agujas que remataban la fachada de algunos edificios, los extensos subterráneos le producían recelo. Cuando a sus oídos llegaba un nuevo dato, tenía que esforzarse para no manifestar su aprensión.

Las historias en relación con la cripta eran perturbadoras. La mayoría de sus compañeros declaraban estar deseosos de conocer las tumbas que albergaba.

Pertenecían a Héroes cuyas proezas esculpidas en mármol y cuyas estatuas yacentes no despertaban la curiosidad de Edu.

Para él, la cripta era un lugar consagrado a la muerte, donde reinaban el silencio y la oscuridad. Seguramente el polvo depositado a lo largo de los años formaba una espesa capa. Y aunque no fuera así, la frialdad de la piedra desnuda, tal vez húmeda, era suficiente para desalentar al muchacho.

 

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