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Posts Tagged ‘Edu’

3

Como no tenía con quien sincerarse, Edu guardó para sí su consternación.

Los Maestros le parecían inaccesibles. Por nada del mundo se habría dirigido a ellos para contarles la extraña historia de esas intromisiones nocturnas.

Las relaciones con sus compañeros eran, a lo sumo, corteses. Entre los estudiantes imperaba un clima de rivalidad que no facilitaba la creación de lazos cordiales.

En Haitink nadie confesaba que se hallaba perdido o desbordado. Nadie revelaba que echaba de menos su isla, su aldea, su familia. Eso habría sido interpretado como una incapacidad. En ese caso procedía hablar con el Tutor para que iniciase los trámites de la partida.

Si alguien quería irse, sólo tenía que comunicarlo. No hacía falta siquiera que adujese razones.

Un día, en el patio del castillo, un muchacho bajito, con un punto de altivez que no le granjeaba la simpatía de los demás, se acercó a Edu y se presentó: “Me llamo Hemón ¿y tú?”

A ambos les gustaba andar. En una de sus caminatas llegaron a la linde del bosque de Tuum, más o menos en el centro de la Isla.

A la vista de esos árboles imponentes cuyas copas formaban un impenetrable dosel que impedía el paso de los rayos solares, Edu hizo una alusión a la servidumbre humana.

Hemón era intuitivo y comprendió que algo preocupaba a su amigo. Edu, que contemplaba el oscuro bosque en el que estaba prohibido adentrarse, no añadió nada más.

Hemón refirió que los habitantes de un pueblecito de su isla se alimentaban de pescado crudo. Habían intentado enseñarles a cocinarlo, ya fuera asándolo o cociéndolo, pero los lugareños se aferraban a sus costumbres gastronómicas.

“¿Tú has comido pescado crudo?” Edu, esbozando un gesto de repugnancia, negó con la cabeza.

“Yo sí. ¿Qué querías decirme?”

Edu se limitó a declarar que él no tenía alma de lacayo. Hemón replicó prontamente que él tampoco.

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2

Una noche en que Edu se despertó con el corazón palpitante y vio a los pies de la cama al Encapuchado, tuvo un acceso de ira.

Si era verdad que estaría a su merced hasta que descubriese su identidad, esa historia acabaría pronto porque iba a desenmascararlo.

La criatura, que actuaba como si conociese las intenciones del muchacho, retrocedió y se colocó en el centro de la habitación, en actitud expectante.

La luz de la vela proyectaba la sombra del Encapuchado sobre la pared, cubriéndola en su totalidad. La razón de esa sombra monstruosa se hallaba en la constitución de quien la arrojaba.

El Encapuchado era bajo y de espaldas anchas. Sus piernas cortas se contraponían a sus largos brazos.

Vestía una túnica saltona, parecida a la hopalanda de los estudiantes, ceñida con un cinturón. Inmóvil aguardó la acometida de Edu.

El muchacho enfurecido se abalanzó sobre él y le quitó la amplia capucha de un manotazo. Debajo había otra que se apresuró a arrancar también.

Tras esta apareció una tercera y luego una cuarta. Cuando llegó a la séptima, la criatura extendió sus brazos y exclamó: “¡Basta!”.

En la cara de Edu se pintaba el desconcierto.

“Así no conseguirás nada. Ni siquiera me he defendido” “¿Quién eres? ¿Un genio, un demonio? ¿Qué quieres de mí?”

“Te quiero a ti. Acabas de tener una prueba de mi poder. Sométete voluntariamente, haz cuanto te ordene y tu vida será más fácil”.

“¿Será vida?” “La única posible para ti” “¿Por qué?” “Donosa pregunta. Recuerda que eres un elegido, y que aceptaste venir al castillo de Haitink en vez de quedarte en tu aldea, con los tuyos”.

“Dijiste” replicó el muchacho “que si averiguaba quién eres, quedaría libre” “Así es” confirmó el Encapuchado al tiempo que abría la puerta, “pero esa tarea te supera”.

Ambos permanecieron frente a frente, el Encapuchado saboreando su victoria, el muchacho tratando de sobreponerse a su desolación.

 

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1

El viento racheado hacía ondear las capas de los muchachos alineados en la borda del barco.

La luz gris del amanecer contrastaba con el verdor de los prados que llegaban hasta la orilla del mar.

Atracaron en uno de los puertos pesqueros. Las calles estrechas y curvadas se entrecruzaban como un damero laberíntico.

Ese no era su destino.

Los muchachos debían seguir su viaje hasta el castillo de Haitink, en el interior de la Isla.

Habían sido escogidos por sus aptitudes. Ninguno era consciente de la responsabilidad que había asumido.

Todos estaban orgullosos de haber sido seleccionados. Todos aspiraban a convertirse en Maestros.

Durante la travesía, a pesar de los mareos, Edu no se arrepintió del paso que estaba dando.

Cuando le rompía el sudor frío y se ponía a vomitar, el objetivo marcado le infundía coraje.

¿No era ese un precio irrisorio por ser él mismo en cualquier circunstancia, por comprender la vida, por contribuir a la buena marcha de los asuntos humanos?

No le arredraban las pruebas que debía superar, ni los estudios ni el esfuerzo físico. Eso constituía un acicate.

Durante su tercera noche en Haitink se despertó sobresaltado, con la sensación de que había alguien.

Encendió la vela y vio a una criatura encapuchada.

“¿No me conoces?” “Descúbrete y te lo diré”.

La criatura, en un tono colérico, replicó: “¿Cómo te atreves a pedirme eso?”.

El muchacho, más que miedo, sentía curiosidad por saber quién había entrado en su habitación a esa hora intempestiva.

Como si le estuviese leyendo el pensamiento, el Encapuchado dijo: “¿Acaso no eres tú quien me ha abierto la puerta?”.

Edu negó tal cosa.

“Estoy aquí porque tú me has llamado” “Eso no es verdad” “Tan verdad como que serás mi servidor si no averiguas quién soy”.

 

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