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Archive for the ‘Anotaciones’ Category

316.-Era una mujer joven, a lo sumo tendría treinta años. Rezumaba tristeza o nostalgia porque estaba lejos de su país. Tras una observación más detenida deseché esa causa.

Su hosquedad no estaba motivada por el alejamiento de su patria. Cuando la conocí un poco más, supe que no había tenido buenas experiencias. Eso explicaba su comportamiento esquinado.

Había abandonado sus estudios universitarios y trabajaba en lo que le salía, justo para mantenerse a flote. En su vida no había estabilidad ni laboral ni emocional. Estaba, según reconocía, en la cuerda floja.

No encontrándole sentido a nada, se había enrocado en el día a día. Ni le interesaba ni quería ver más allá. El hoy era ya demasiado penoso para preocuparse del mañana. Así que nada de planes.

Como no sirvo para consolar ni para soltar discursos bienintencionados, no la interrumpía cuando hablaba. Me hubiese parecido una ordinariez darle una palmadita en la espalda o animarla con las frases al uso que habrían rebotado o resbalado sobre su piel.

La dejaba expresarse. La chica se llamaba Victoria, un nombre con el que ella hacía chistes crueles. “Me podían haber bautizado de otra manera. No voy a decir que lo hicieran para fastidiarme, pero cada vez que me preguntan cómo me llamo, me pongo de mal humor. Aquí, en España, decís otra cosa. Mi nombre es la guinda del pastel”.

Un día, tomando un café que siempre le parecía inferior al de su tierra, me habló de esta con la misma falta de complacencia que utilizaba para referirse a ella misma. Pasando de una cosa a otra, acabó contándome, para mi sorpresa, un venturoso día de playa. Con lujo de detalles y apuntes cromáticos, pues tenía un vocabulario rico, se demoró en la descripción o más bien en la recreación del atardecer.

Sentada en la franja de arena que separaba la selva del mar, Victoria vivió ese momento olvidada de ella. “La felicidad consiste en eso. Y la desdicha en tener que cargar conmigo, en no lograr deshacerme de ese fardo como aquel día en la playa”.

Nunca la había visto tan sincera como cuando me comunicó ese secreto. Yo era la única persona con la que había compartido esa experiencia de absoluto bienestar.

Después me pintó la cercana selva como un lugar de árboles altísimos, entretejidos de lianas, en cuyas horquetas crecían orquídeas de increíble belleza, algunas con apariencia de feroces guepardos, otras de pétalos modelados en cera de exquisitos tonos malvas. “Las orquídeas pueden adoptar innumerables formas y las hay de todos los colores”.

Mientras la escuchaba, me olvidé del lugar en el que estábamos y de la razón de nuestro encuentro. Su vivaz y fantasiosa rememoración me atrapó hasta ese punto. Vi la selva, los manglares, el cadencioso oleaje y la puesta de sol a través de sus ojos, que igual me daba que fueran los de su cara o los de su imaginación.

Finalmente calló. Su semblante, que se había animado durante la narración, se revistió de su acostumbrada adustez. Me pareció que se arrepentía de esa efusión verbal.

“Acabas de abrir una puerta por la que puedes salir. Estoy seguro de que por ahí puedes escapar”.

Las aguas teñidas de rojo del caudaloso río que había mencionado, y las nubes incendiadas por el sol poniente se reflejaron en sus oscuras pupilas. Fue un fenómeno efímero pero real.

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315.-¿Hay que considerar que quienes no han visto satisfechos sus deseos no ya con la intensidad que exige el maximalismo posmoderno, sino ni siquiera parcial o defectuosamente, y esto por razones diversas que escapan a la voluntad de los interesados o que vienen dadas por el destino, como por ejemplo una enfermedad congénita, hay que considerar que esas existencias son inútiles, que para esas personas el tiempo transcurre lastimosamente, viviendo una vida de segunda o de tercera categoría?

¿No es este un planteamiento tramposo, es decir, señalar unas pautas a las que hay que atenerse, crear unas expectativas que rara vez se materializan, y que bien pueden calificarse de irreales aunque ciertamente nadie pueda negar su eficacia como engañabobos? ¿No son todas las vidas útiles, incluidas aquellas que se alejan del cumplimiento de los cánones al uso, las vidas de aquellos que nunca viajarán ni conocerán la pasión amorosa ni brillarán en sociedad, etc.?

A lo mejor la intensidad tiene poco o nada que ver con eso. A lo mejor el gozo discurre por otros derroteros que posibilitan que cualquier vida merezca la pena de ser vivida. A lo mejor, desde nuestro lugar en el mundo, todos tenemos acceso a las grandes experiencias que constituyen el sustrato en el que enraíza el ser humano.

Desde este punto de vista no se le puede negar validez a ninguna vida porque incluso la más limitada, la más anodina, es un recorrido que depara bienes y males, tristeza y alegría y su ración de conocimiento. Y nadie sabe en qué proporción se dispensa ese patrimonio.

No hay existencias inútiles aunque pueda parecer tal cosa. Aunque nuestra sociedad, tan dispuesta a allanar las dificultades de quien toma una decisión radical respecto a él mismo o respecto a otro, tiende a rechazar toda acción que suponga sacrificio o renuncia, y asimila mal las frustraciones que a menudo equipara a fracasos, no deja por ello de ser verdad que esas condiciones son necesarias para el desarrollo de la vida, que son el camino que favorece su expansión. Así ocurre cuando vemos un largo tallo que, salvando el obstáculo de una piedra, prosigue su crecimiento aun a costa de una deformación.

No hay existencias vanas por más que los planteamientos actuales postulen lo contrario. El respeto y el mantenimiento de la vida conllevan lo señalado en el párrafo anterior, reclaman un alto grado de desinterés y de generosidad para evitar que se produzca una implosión tanto a nivel individual como social.

Esa actitud, en la inmediatez y a largo plazo, es una fuente de júbilo, una fuente que nunca mana de los comportamientos compulsivos y negacionistas.

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313.- “Ayer” dice Emma “una amiga nos contó que no comprendía por qué su suegra se había enfadado con ella. No vayas a pensar que estaba bromeando. Hablaba seria. Tampoco vayas a pensar que estaba haciendo teatro” “¿Qué debo pensar?” “Su relato estaba motivado por su mala conciencia. Es la única explicación plausible. Buscaba nuestro beneplácito, que le confirmásemos que su suegra se había comportado como una niña, y que ella había actuado correctamente” “Lo que tú no hiciste” “Prudentemente me callé. Consideraba, por supuesto, que su suegra se había molestado con razón.

“La tiene en su casa. Aunque es una persona mayor, quiere ser útil. A mi amiga le gustaría que se estuviese quietecita en el sofá porque tiene una forma de hacer las cosas que no es la suya, obligándola a ir detrás de ella para rehacerlas.

“Cada maestrito tiene su librito, los estilos difieren. Pero la quisquillosidad y el perfeccionismo no son la respuesta sino el respeto o, en todo caso, la mano izquierda.

“Con el fin de colaborar a la señora se le ocurrió fregar los platos, tazas y cubiertos del desayuno. Dicho y hecho. Cuando mi amiga entró en la cocina, vio que todo estaba limpio y ordenado en el escurridor. No pudo evitar poner mala cara. Ella venía precisamente para meterlo todo en el lavavajillas. Ni corta ni perezosa eso fue lo que hizo en presencia de su suegra.

“Nos explicó que en su casa, por motivos de higiene, no se friega a mano” “Que es como se ha hecho siempre” “Y añadió que para eso habían comprado ese electrodoméstico, que lo tenía casi lleno y pensaba ponerlo después del desayuno…

“Resumiendo, a su suegra le supo a rayos que le enmendaran la plana y estuvo de morros todo el día” “¿Cómo quería que estuviera después de ese correctivo? Interpretaría esa decisión como una falta de confianza en su trabajo” “Mi amiga insistió en que actuó así por inercia, sin intención alguna, y acusa a la otra de ser picajosa” “De su propio pecado” “Es lo que suele suceder”.

314.-Las personas dotadas de carisma ejercen un fuerte, a veces irresistible, ascendiente sobre los demás. Su mirada, particularmente, emana una poderosa fuerza de atracción. También su voz y sus gestos.

Podríamos citar a Moisés. Pero las hay más cercanas y domésticas. Aunque los verdaderos adalides religiosos, políticos, sociales, no abundan, el muestrario es lo bastante amplio para advertir que hay dos tipos: los luminosos y los sombríos.

Lo numinoso se manifiesta tanto en unos como en otros. Esa aureola resplandeciente o tenebrosa es a la divinidad a quien pertenece. Jung afirma que Dios tiene esa doble vertiente. Por esa razón hay que amarlo y temerlo.

Lo numinoso anonada. En comparación, nuestras fuerzas humanas son un grano de arena en el desierto, una pavesa zarandeada por el viento, una gota de agua en el océano.

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305.-Los símbolos son haces de significado que incluyen ideas, emociones y creencias vehiculadas por una imagen. El símbolo es la única forma de acceder a otros niveles de comprensión, de explorar territorios vírgenes, de abrir nuevos caminos.

306.-La percepción del símbolo es personal, pero el símbolo nos sobrepasa. Es él quien nos atrae a su campo gravitatorio. Cristo, Buda son imágenes arquetípicas (según el lenguaje junguiano) de una poderosa capacidad transformadora.

307.-Ser uno mismo es ser uno con Dios. Es decir, con la totalidad, con lo absoluto. Es ingresar en el reino donde los contrarios son trascendidos.

308.-No se trata de hacer confesiones ni de lloriquear ni de ajustar cuentas. El objetivo es transformar y trascender. Sólo eso tiene sentido.

309.-Alguien comenta en una reunión: “Hay perros que son más inteligentes que sus amos” “El mío” se apresura a confirmar uno de los presentes.

310.-Había un recluta que decía “carchuto” en lugar de cartucho. El capitán encargó a un cabo que solucionase ese problema lingüístico. El cabo llamó al soldado y empezó su trabajo de corrección. “Car-tu-cho” “Car-chu-to” “Car-tu-cho” “Car-chu-to”…Y así transcurrieron varias horas. Finalmente, muy ufano, fue a ver a su superior y le comunicó: “Mi capitán, el recluta Martínez ya sabe decir carchuto”.

311.-Disculpa. Soy inseguro con las caras, un mal fisonomista. Por eso no te he saludado. A veces ocurre que me veo en el espejo y me pregunto: ¿Quién es ese?

312.-El deseo es una brújula loca.

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301.- Me dice Emma con desacostumbrada seriedad: “Voy a cambiar de médico” “¿Y eso?” “Esta mañana fui a ver al que tengo desde siempre, y que seguramente por esa razón me trata con demasiada confianza, para preguntarle por unas manchitas que me han salido en las pantorrillas. Al principio eran pocas y casi invisibles. Pero han ido proliferando y tomando color de forma que ya no pasan desapercibidas salvo que me ponga medias o pantalones” “Salvo que las ocultes” “Pero ahora llega el verano y se va más ligera de ropa. Le expliqué al risueño doctor que esas manchitas ni me picaban ni me dolían. Sólo me molestaba su existencia. Tal vez hablé más de lo necesario. A veces no me controlo, sobre todo cuando estoy nerviosa o cuando siento que estoy siendo evaluada críticamente. Añadí que carecía de importancia, que sería un síntoma aislado, sin consecuencias. La sonrisa de mi médico de cabecera se acentuó y yo acabé afirmando que había venido por curiosidad. Y también para saber si había algún remedio.

“Sin despegar los labios, se levantó del sillón, se acercó y me pidió que le enseñara las manchitas. Las miró un instante y regresó a su asiento. “Y bien, ¿qué es esto?” le pregunté.

“Juntando sus dedos gordezuelos por las puntas al tiempo que se recostaba en el espaldar, ¿sabes lo que me respondió el insolente?” “Ni idea” “La decadencia del imperio romano”.

302.-Emma, que ha tenido un atranque social del que no se ha repuesto todavía, murmura: “El infierno son los demás” “Supongo que eso era lo que Sartre pensaba de sí mismo en relación con sus semejantes” “¿Y para ti qué es?” “Lo concibo como una feria gigantesca de la que quiero salir a toda costa, pero, dada su inmensidad, no me es posible de forma que me voy azorando cada vez más. Casetas y casetas, infinitas hileras de farolillos, gente bailando y cantando a porfía…y planeando sobre ese panorama como un ángel exterminador la obligación de pasárselo bien”. Emma replica: “Vaya, tienes una visión sartreana de la feria”.

303.-Cuenta Luis Cernuda en “Poesía y literatura” que, cuando estaba haciendo el servicio militar, como parte de la instrucción, salía a caballo con otros reclutas por las afueras de Sevilla. Una de esas tardes ocurrió un hecho extraordinario, una epifanía, que él marca como el tercer y decisivo hito de su vocación. Aparte de la experiencia en sí, señala el poeta un rasgo que comparten todos los que sienten el deseo de objetivar su mundo interior. Cernuda habla de “urgencia expresiva”. Es decir, de la necesidad de coger una pluma, un bolígrafo o un lápiz y consignar lo que bulle en el espíritu.

Así lo refiere: “Una de aquellas tardes, sin transición previa, las cosas se me aparecieron como si las viera por primera vez, como si por primera vez entrara yo en comunicación con ellas, y esa visión inusitada, al mismo tiempo, provocaba en mí la urgencia expresiva, la urgencia de decir esa experiencia”.

304.-Hay un hambre que no se sacia con nada. Aparece en los sueños. Esa hambre puede llevarnos a ingerir grandes cantidades de comida, pero sigue intacta. Nunca llegamos a satisfacerla. Hay un hambre que es el síntoma de una carencia primordial.

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297.-“Qué parciales somos. Con cuánta subjetividad planteamos cualquier cuestión” exclama Emma. “Quieres decir que todos arrimamos el ascua a nuestra sardina” “Quiero decir que cuando contamos algo nos encanta que nos den la razón, que nos confirmen que hemos actuado correctamente” “Y ese interés encubre mala conciencia” “En numerosos casos sí”.

Elena, una amiga de Emma, le comentó que le resultaba incomprensible la actitud de Luisa, una tercera amiga de ambas.

Esta mujer vivía en otra ciudad y había venido expresamente para pasar el fin de semana con Elena. Habían estado paseando por el casco antiguo, viendo una exposición de pintura, comiendo en un restaurante. También habían ido al cine. Resumiendo, lo habían pasado bien.

El domingo por la tarde Luisa debía coger el tren de regreso. Esperaba que Elena la acompañara a la estación, pero esta alegó que estaba cansada, que prefería quedarse en casa.

“Y se disgustó” le contó Elena a Emma, “pero habíamos estado todo el tiempo yendo de un sitio para otro y no tenía fuerzas. De lo único que tenía ganas era de estar tendida en el sofá”.

Sigue refiriendo Emma: “Con Luisa he hablado por teléfono recientemente e hizo también alusión a esa historia. Admitió que esa actitud era propia de Elena. Pero ese desplante no lo esperaba. Aunque estuviese cansada, podía haberse molestado en acompañarla. Eso era lo que ella habría hecho, lo que cualquiera habría hecho. Y acabó pidiéndome la opinión: ¿tú no? Respondí que sí.

“Elena me hizo también una pregunta parecida. Dijo: ¿A ti no te parece normal, después de dos días tan ajetreados, quedarte en casa y despedirte allí mismo?”.

Emma había respondido también afirmativamente. “Pues, créelo, se marchó enfadada” añadió Elena.

“El enfado para una estaba justificado y para la otra no. Y las dos querían que me hiciese cargo de sus razones” concluyó Emma. “Cuando hablamos” repliqué “buscamos a menudo que simpaticen y se solidaricen con nosotros aunque no nos lo merezcamos, o sobre todo por eso, como es el caso” “El caso de Elena” “Naturalmente”.

298.-Un buen político, en el sentido de inescrupuloso, aunque probablemente estoy incurriendo en una redundancia, debe reunir tres requisitos: tener un estómago como el de un buitre (ser capaz de digerir cualquier cosa), tener las espaldas más anchas que las de un estibador (importarle un comino lo que digan de él) y tener una lengua capaz de hacer más filigranas que las manos de un platero (decir Diego donde dije digo cuantas veces sean necesarias y algunas más).

299.- La filosofía del Platón se centra en el pensamiento, la de Epicuro en los sentidos. Para el primero lo prioritario es pensar y para el segundo sentir. El viejo dilema de la mente y el cuerpo. Los sentidos nos suministran los datos, a los que la capacidad de abstracción del intelecto confiere sentido.

300.-Para Platón una de las palabras claves es moderación. Tanto esta como la justicia se desarrollan a partir del hábito y del ejercicio. Filosofar implica las dos cosas. Por un lado, no dejarse esclavizar por los apetitos del cuerpo, mantenerse apartado de ellos, guardar las distancias. Por otro lado, cultivar la rectitud. Platón recomienda resistir. En nuestros días esta propuesta no es precisamente popular. El ateniense habla incluso de “pureza” que es un concepto en franca decadencia. Para alcanzar ese estado transparente, aparte de no abandonarse, hay que rechazar también la riqueza, los honores, la fama. De esta forma nos convertiremos en filósofos. ¿Pero quién aspira a eso?

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291.-Respecto al mal hay dos categorías de personas: las que lo consideran necesario e inevitable y, cuando les conviene, hacen uso de él deliberadamente, sin mayores escrúpulos de conciencia puesto que, según su planteamiento, el mal está en el orden de las cosas.

Una segunda categoría lo considera una realidad que se nutre fundamentalmente de nuestra colaboración. Piensa que somos nosotros quienes le abrimos la puerta para que campe por sus respetos.

La gran diferencia entre ambos enfoques estriba en el concepto de responsabilidad, laso o inexistente en el primer caso y lo bastante sólido en el segundo para negarse a la complicidad. Sin agentes, sin cooperación, el mal no prosperaría.

292.- Aparte de lo suyo, el neurótico tiene los achaques de cualquiera implementados por sus disfunciones psicológicas. Ojalá, como compensación, fuese inmune a las enfermedades corrientes.

293.-El neurótico es la prueba viviente de la interpenetración de la realidad y de la ficción. Al ser difusas las fronteras, la segunda puede invadir y colonizar áreas más o menos extensas de la primera.

El sujeto que sufre los devastadores efectos de las razias, y que puede acabar capitulando, verifica en sus propias carnes la flotabilidad de los límites.

Tal vez exista una instancia superior que englobe a ese yin y a ese yang, a esas dos entidades que se entrelazan en armonía o se devoran mutuamente.

Para el escritor ese tao es la literatura que es real aun siendo ficticio su contenido. Es ahí donde se resuelve esa dicotomía. En esa pecera los renacuajos del yin y el yang pueden nadar a placer, acoplarse y separarse sin que se acabe el mundo.

Esto no quiere decir que todos los escritores sean unos neuróticos, aunque en este momento se nos hayan agolpado en la cabeza varios nombres. Parece claro que si uno se atiene a los estrictos lindes impuestos por la realidad, no creará nada. Describirá, registrará, anotará, sermoneará…, pero no creará.

Parece claro también que si uno se adentra demasiado en cualquier mundo ilusorio, su destino previsible es un hospital psiquiátrico.

El escritor se mueve en esa franja intermedia, en esa tierra de nadie que es la única donde se puede realizar hallazgos merecedores de tal nombre, desde donde, como propuso Fernando Villalón a su prima Carmela en el soneto que le dedicó, se puede saltar y escalar la montaña más alta.

294.-Una cosa es tener una idea y otra realizarla. Pero se empieza por tener una idea.

295.-El abandono es un signo de decadencia. No es fácil mantener la figura hasta la sepultura. Intentarlo es un envite que nos dignifica.

296.-Cuando las relaciones se deterioran, el grado de tolerancia disminuye cada vez más. Esto significa que, al igual que les ocurre a los alcohólicos que experimentan los síntomas de la borrachera con una sola copa, cualquier tontada es suficiente para desencadenar una guerra.

297.-Madame Bovary es un foco de infelicidad expansivo. Todos los que la rodean sufren las consecuencias de sus delirios y acaban siendo desgraciados también. Hunde en la miseria a su provinciano marido que la quiere. Rodolfo, su primer amante, acaba fugándose solo. León, su segundo amante, hace tres cuartos de lo mismo. Madame Bovary los desborda, a ellos y a cualquiera. La insatisfacción y los desvaríos de esta mujer no los paga únicamente su devoto marido que aguanta carros y carretas. Los paga también su desatendida hija que irá de mal en peor. Y los paga ella misma con su horrible muerte. Madame Bovary se ha convertido en un mito literario pero dista de ser un referente existencial.

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