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Archive for the ‘Antología’ Category

El mundo de los adultos es una de las principales fuentes de conflictos para el príncipe Mishkin, que en este aspecto se parece más a la criatura engendrada por Saint-Exupéry que a la concebida por Cervantes. El motivo de esa inadaptación es que, por más que lo intente, no puede comportarse como ellos. Las pautas que rigen su conducta le resultan ajenas. Este es un hecho del que se ha percatado, a veces dolorosamente, hace mucho tiempo.

La ingenuidad del príncipe, de su infantilismo incluso, por el que es apodado “el idiota”, lo lleva a decir la verdad sin tener en cuenta las conveniencias ni las consecuencias. Pero al contrario que Ferdischenko, acusado de mentir como un sacamuelas, no es un hombre negativo ni carente de ingenio. Ciertamente los dos encajan las ofensas pero, mientras que Ferdischenko aguarda pacientemente el momento de devolver el golpe, la venganza no tiene cabida en el universo del príncipe.

Y es que para él “la compasión es la ley más importante y quizá la única de toda la existencia humana”.

La obra de Dostoievski está construida como un viacrucis del príncipe cuya torpeza mundana lo expone a situaciones penosas. Él es consciente de ello y así lo declara: “En las reuniones sociales estoy de más”.

Su instinto de conservación y protección está escasamente desarrollado. Es semejante al de un niño. Nada tiene de raro que tropiece a menudo.

Como otro de los personajes, Ippolit, el príncipe no puede llevar una vida en discordancia con su naturaleza, una vida que puede adquirir formas extrañas. Ippolit dice: “Soy incapaz de subordinarme a la oscura fuerza que adopta el aspecto de una tarántula”.

El príncipe, aquejado de epilepsia, como el mismo Dostoievski, no es en absoluto una persona corriente. Él no puede ser incluido en una de las dos categorías en que el autor divide al común de los mortales: los limitados y los inteligentes. Tal vez la principal razón que lo excluye de esas dos generalizaciones es que el príncipe Mishkin “estimaba en demasiado poco su propio destino”. Tontos y listos coinciden en tenerle apego al suyo, en considerarse especiales de un modo u otro.

Su inadaptación es un semillero de problemas y su lucidez le garantiza el sufrimiento. Estos dos rasgos combinados son los que dotan al personaje de su dimensión trágica. El príncipe no se percata de lo que sucede a su alrededor. Y cuando cae en la cuenta, es ya demasiado tarde para reaccionar o buscar un remedio. Entonces sobrevienen la aflicción e incluso la enfermedad.

 

Traducción de Augusto Vidal

 

 

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En este libro una gota de agua cae en un depósito provocando fastidio por su monótona insistencia, pero sobre todo, debido a su resonancia en esa cavidad casi vacía, adquiriendo una importancia desproporcionada que puede llevar a quien la escucha al borde de la obsesión y, en cualquier caso, a la conciencia del absurdo.

En esa espera que se alarga interminablemente caben todas las ilusiones. Sabido es que una gota de agua tras otra, aunque sea a intervalos espaciados, acaba perforando la roca más dura. Los sueños son etéreos y resisten más. Por lo general es el soñador quien se desgasta antes, quien, física y anímicamente, es vencido por la persistencia de ese breve y sonoro chapoteo que se propaga como un nefasto eco por la habitación del teniente Drogo y por toda la Fortaleza Bastiani.

“Y él, Drogo, abre lentamente los ojos: el rey, el rey en persona está inclinado sobre él y lo llama valiente. Era la hora de las esperanzas y él forjaba heroicas historias que probablemente no se producirían nunca, pero que de todos modos servían para animar su vida. A veces se contentaba con mucho menos, renunciaba a ser él solo el héroe, renunciaba a la herida, renunciaba incluso al rey que lo llamaba valiente. En el fondo habría sido una simple batalla, una batalla sola, pero en serio, cargar con uniforme de gala y ser capaz de sonreír al precipitarse hacia las caras herméticas de los enemigo”.

Pero cuando ocurre algo de verdad, o eso parece, el teniente experimenta disgusto:

“Drogo sintió que se le revolvía la sangre. Ya está, pensó, olvidando completamente sus fantasías guerreras, precisamente a mí tenía que pasarme, ahora ocurre algún lío”.

El tictac acuático, que sigue sonando impertérrito, va cambiando a Drogo por fuera y por dentro. Todavía se mantiene firme en sus expectativas. Todavía da crédito a esa lucecita misteriosa que columbra en el horizonte, y cuyo descubrimiento guarda para sí por temor a que se apague. No obstante, su entereza disminuye y su filosofía se hace más realista.

“Poco a poco la confianza se debilitaba. Es difícil creer en algo cuando uno está solo y no puede hablar de ello con nadie. En esa época Drogo se dio cuenta de que los hombres, por mucho que se quieran, siempre permanecen alejados. Si uno sufre, el dolor es completamente suyo, ningún otro puede tomar para sí ni una mínima parte. Si uno sufre, no por eso los otros sienten el daño, aunque el amor sea grande, y eso provoca soledad en la vida”.

 

Traducción de Esther Benítez

 

 

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“Siempre en los momentos en que el alma humana tiene una vida espiritual más fuerte, el arte revive, pues el alma y el arte actúan recíprocamente y se perfeccionan mutuamente”.

“El artista debe saber que cada uno de sus actos, cada una de sus sensaciones, cada uno de sus pensamientos es el material impalpable, pero sólido, del que nacen sus obras, y que, por eso, no es libre en su vida sino solamente en el arte”.

“Es bello lo que procede de una necesidad interior del alma. Es bello lo que es interiormente bello”.

Kandinsky

En blanco (I)

Fue en un viaje que hizo a una perdida provincia rusa del norte, en su época de estudiante de economía, donde hay que situar cronológicamente las raíces de su abstraccionismo pictórico. En ese lugar vivía una minoría étnica, los zirianos, de cuyos objetos domésticos, fabricados por ellos mismos, quedó prendado el joven Kandinsky.

Los coloristas cofres y ruecas de geométrica decoración estaban dotados de vida. Esos objetos que no habían sido concebidos para la contemplación sino para ser utilizados cotidianamente, eran, sin embargo, de una belleza superior a las pretenciosas creaciones artísticas. Esos objetos, que aunaban la utilidad y la autenticidad, eran una manifestación del alma de los zirianos.

Más aún, Kandinsky percibió que ese ajuar tenía su alma. No eran productos industriales intercambiables sino individualidades, cada una con su historia y su verdad únicas.

El concepto de abstracción en el arte se basa en el descubrimiento de la realidad interior. El método que hay que seguir para lograr ese objetivo de revelar nuevas parcelas espirituales, es la interiorización.

Hay que profundizar en la propia alma, en el alma de la sociedad, en el mundo objetual de las formas y colores. La noción fundamental, la palabra clave, el medio que nos permite emprender ese viaje, que posibilita esa conquista, que conduce a esa experiencia transformadora es la interiorización.

Cuadro con puntas

La esencia del arte abstracto, claramente se ve, es de índole espiritual. Se trata de volver visible lo invisible (Paul Klee). La obra nace de esa necesidad de desvelar lo oculto. Siendo esto lo más importante, el artista debe proceder con libertad absoluta y haría mal en ceñirse a las normas, ya sean de índole técnica, social o moral. La realidad tiene un espesor que no puede traicionar anteponiendo reglas o consideraciones ajenas a su compromiso, que es prioritario.

El ser humano, la sociedad, la naturaleza, las cosas no son meras superficies por las que resbala la mirada. En revelar su vida consiste la tarea del artista, para quien es una obligación descender interiormente y explicitar esa espiritualidad que es la que confiere belleza a una toalla de los zirianos o a un lienzo de Da Vinci.

 

 

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Michel Tournier expone en estas pocas líneas toda una filosofía existencial que podría resumirse en dos palabras: marcha y frugalidad. Es decir, andar y practicar la templanza. Así es como viven los nómadas del desierto que han conseguido matrimoniar la vida física y la vida espiritual.

La clave se halla en la búsqueda de la verdad, por modesta que sea. Ese objetivo sólo se puede alcanzar desde la máxima sencillez. También es necesario tener la humildad de reconocer que la regeneración requiere una fuerza sobrehumana.

Por esa razón los trashumantes van de un lado para otro al tiempo que mantienen una actitud de espera. Para ellos no hay duda de que la reconciliación total se producirá tal vez mañana mismo o dentro de veinte siglos.

 

“Nosotros, nómadas del desierto, hemos elegido la extrema frugalidad unida a la actividad física más espiritual: la marcha. Comemos pan, higos, dátiles, productos de nuestros rebaños, leche, mantequilla clarificada, muy raramente quesos, carne todavía más raramente. Y andamos. Pensamos con nuestras piernas. El ritmo de nuestros pasos ejercita nuestra meditación. Nuestros pies imitan el avance de una mente en busca de la verdad, una verdad ciertamente modesta, tan frugal como nuestra alimentación. Subsanamos la ruptura entre comida y conocimiento esforzándonos en mantener una y otro en su sencillez más extrema, convencidos de que elaborándolos sólo se agrava su divorcio. Ciertamente no esperamos reconciliarlos con nuestras propias fuerzas. No. Haría falta para esta regeneración un poder más que humano, divino en verdad. Pero por eso mismo esperamos esa revolución, y nos colocamos con nuestra frugalidad y nuestras largas caminatas por el desierto en la disposición más conveniente, según creemos, para comprenderla, acogerla y hacerla nuestra, ya acontezca mañana o dentro de veinte siglos”.

 

Fragmento de “Melchor, Gaspar y Baltasar”

Traducción: Antonio Pavón Leal

 

 

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El capitán Marlow, que es el narrador, protagonista y privilegiado testigo, refiere los hechos a un grupo de atentos oyentes, que incluye a los ausentes lectores, formado por unos amigos sentados en la cubierta de un bergantín, en el estuario del Támesis.

Mientras esperan el cambio de la marea para proseguir la navegación, Marlow rememora la aventura vivida en el África profunda.

Con estilo denso y fluido, el narrador desgrana las peripecias de su viaje por un caudaloso río (en 1890 Joseph Conrad remontó el Congo) hasta llegar a una estación comercial en plena selva a cuyo cargo se encuentra Kurtz, el antagonista.

Comprando, cambiando, engañando, Kurtz se dedica a recoger todo el marfil de su zona de influencia. De hecho, Kurtz ha ido mucho más lejos convirtiéndose en un reyezuelo que ejerce un poder absoluto sobre las tribus de la región. El coronel Kurtz de “Apocalyse now”, que se llama igual en homenaje al personaje de Joseph Conrad, es su versión cinematográfica realizada por Francis Ford Coppola.

En el libro, como suele ser el caso en los relatos del autor polaco – británico, se aborda un conflicto interior de gran envergadura.

Kurtz, en el corazón de las tinieblas, ha sido ganado por ellas. Es un hombre de dotes extraordinarias como extraordinarias son también su vanidad y su soberbia. Es un hombre fuera de lo común llamado a ejecutar importantes obras, pero sus empresas, a la postre, quedan todas en agua de borrajas.

Tiene facultades para la pintura, la literatura, la política, el periodismo pero no es ni pintor ni escritor ni político ni periodista. Sólo se puede afirmar de él que se ha convertido en un sátrapa al que obedecen ciegamente los indígenas.

Marlow sufre la fascinación que irradia ese personaje. Bien es verdad que sus compañeros de viaje son tan mezquinos y vulgares que resulta imposible congeniar con ellos.

El rescate de Kurtz se lleva a cabo porque está muy enfermo. Contra su voluntad va a ser devuelto a la civilización. Pero por el camino muere. Marlow es el encargado de guardar sus papeles y administrar su memoria.

Es la novia de Kurtz, que vive en la inopia, la última persona con la que Marlow se entrevista. Se despide contándole una mentira para proteger la acaramelada imagen que de su prometido conserva la mujer.

La muerte de Kurtz

“No he visto nunca nada semejante al cambio que se operó en sus rasgos, y espero no volver a verlo. No es que me conmoviera. Estaba fascinado. Era como si se hubiera rasgado un velo. Vi sobre ese rostro de marfil la expresión de sombrío orgullo, de implacable poder, de pavoroso terror…, de una intensa e irredimible desesperación. ¿Volvía a vivir su vida, cada deseo, tentación y entrega, durante ese momento supremo de total lucidez? Gritó en un susurro a alguna imagen, a alguna visión, gritó dos veces, un grito que no era más que un suspiro: “¡Ah, el horror! ¡El horror!” Apagué de un soplo la vela y salí de la cabina”.

La reflexión de Marlow

“[…] Afirmo que Kurtz era un hombre notable. […] Desde el momento en que yo mismo me asomé al borde, comprendí mejor el sentido de su mirada, que no podía ver la llama de la vela, pero que era lo bastante amplia para abrazar el universo entero, lo bastante penetrante para introducirse en todos los corazones que laten en la oscuridad. Había resumido, había juzgado. “¡El horror!”[…] No es mi propia agonía lo que recuerdo mejor […] Es su agonía lo que me parece haber vivido. Cierto que él había dado el último paso, había traspuesto el borde, mientras que a mí me había sido permitido volver sobre mis pasos”.

Traducción: Sergio Pitol

 

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12 de abril de 2015 077Esta oración no es más que una estremecedora plegaria a Dios. La única diferencia, o la más notable, con la súplica de un creyente es que la aceptación brilla por su ausencia. Sólo se oye el grito de rebeldía. La argumentación esgrimida es asumible por cualquier persona razonable, pero al faltar la fe se queda en una lamentación sarcástica, en el murmullo de descontento de quien pide la realización de un milagro.

El ateo suele ser un ex creyente con una rabieta, un niño empeñado en que le den pruebas palpables, señales ciertas. Algo así como una zarza ardiendo sin consumirse o tal vez una voz tonante, la voz del Altísimo al modo en que la escuchó Moisés en el Sinaí proclamando: “Yo soy el que soy”.

Como tales acontecimientos son raros, y en última instancia rechazables, a nuestro ateo, que además está bien dotado para la lógica, no le cuesta trabajo exponer de forma meticulosa y persuasiva las razones, que más parecen las quejas de un cliente insatisfecho en el libro de reclamaciones de una tienda, de la inexistencia de Dios.

El problema planteado, al igual que el de la cuadratura del círculo, es insoluble. O, recurriendo a un retruécano, el problema de ese problema es que, expresado en esos términos, es imposible de resolver.

No se trata de aportar pruebas como en un juicio ni de comprender intelectualmente sino de aceptar, palabra maldita donde las haya, horrible palabra desterrada del vocabulario de la posmodernidad, la cual se caracteriza más bien por sus exigencias y su doctrinarismo.

Desconozco la lengua holandesa. Esta versión libre e incompleta del largo poema de Multatuli (seudónimo del escritor Eduard Douwes Dekker) está hecha a partir de la traducción francesa de Hermann Van Duyse. He aquí los fragmentos seleccionados:

Ignoro si mis pasos me llevan a algún sitio
o al azar se dirigen. Si las divinidades,
sentadas allá arriba, encima de las nubes,
con siniestro abucheo celebran mis dolores,
se burlan del afán de mi ser incompleto.

(…)

Dios sólo es un espectro, un fantasma imprudente
nacido de un cerebro enfermo o trapacero,
si no es bueno ni justo y si no me perdona
que yo lo haya ignorado. ¿Lo de manifestarse
no era asunto suyo? Sin embargo hasta hoy
no lo ha hecho jamás. Nadie hasta el día de hoy
contemplarlo ha podido, y si se dejase ver,
¿sólo se mostraría a los cuatro elegidos?

(…)

¡Oh Dios, no te conozco! Durante mucho tiempo
te busqué, supliqué. Me dejaste en las garras
del dolor, de la duda. Permaneciste mudo.

De buen grado a tu culto me habría sometido,
te habría obedecido, no al modo de un súbdito
respecto a su tirano, no por miedo o interés,
sino como hijo atento a la voz de su padre
soporta con amor la regla del deber.

(…)

Pero sordo tú estás a la voz que te llama,
no te es posible ver las miradas ansiosas
que lanzo sin cesar a la celeste bóveda.
Y me pierdo y te busco. Todo mi ser anhela
poderte comprender y tener la certeza
de que no eres mentira.

(…)

Escucha, Padre mío, que un rayo de tu llama
de mi oscuro destino aclare el horizonte.
¡Responde a mis sollozos! Mira, escudriña mi alma,
sumida en la tristeza. Es la voz de un proscrito,
la de un hijo que sufre una injusta condena.
¿Permanecerás sordo a su grito de angustia,
A su grito sangrante… Elí, lama sabactani?

 

 

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46

Sé que tengo lo mejor del tiempo y del espacio,
que nunca fui medido ni seré medido.

Mi camino es un viaje perpetuo.
Mis señas son un impermeable,
un par de buenos zapatos
y un cayado que corté en el bosque.

No conduzco a nadie
ni al casino ni a la biblioteca ni a la Bolsa.
Te conduzco a ti, hombre o mujer, hasta una colina,
desde donde te muestro el panorama y el camino.

Ni yo ni nadie puede andar ese camino por ti.
Tú mismo has de recorrerlo.
No está lejos, está a tu alcance.
Tal vez estás en él sin saberlo desde que naciste.
Tal vez lo encuentres de improviso en la tierra o en el mar.

Ven, hijo mío.
Aquí tienes pan, come,
y leche, bebe.
Pero después que hayas dormido
y renovado tus vestidos,
te besaré y te diré adiós.

Largo tiempo has soñado sueños despreciables.
Ven, que te limpie los ojos.
Esta es la consigna:
acostúmbrate ya al resplandor de la luz.

Walt Whitman

Hay poemas terapéuticos, poemas que encierran grandes verdades, poemas que te acogen como un viejo amigo, poemas que son como una cariñosa palmada en la espalda en un momento de desánimo, cuando uno más la necesita, poemas inspirados, poemas que son bálsamo, burladores del tiempo, manos extendidas, poemas con los que uno cobra conciencia de su fragilidad y de su grandeza, de que somos hijos, poemas que iluminan, poemas que no periclitan, que son una antorcha que pasa de generación en generación,

Este es uno de ellos, el poema 46 del Canto A Mí Mismo.

Whitman, que habla en nombre de todos, empieza definiéndonos. Luego aborda uno de los grandes temas literarios: el camino. Y nos conduce a una colina desde la que contemplamos el vasto paisaje, y donde nos revela lo obvio, pero que era necesario proclamar. Tras las palabras, los alimentos y el descanso, se despide de nosotros. El último verso no es una consigna sino una clave. De limpiarnos los ojos se ha encargado él. Ver es asunto nuestro.

 

Nota.-El poema reseñado es una versión incompleta del original, que ha sido elaborada a partir de las traducciones de Leandro Wolfson y León Felipe.

 

 

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