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Archive for the ‘Antología’ Category

Michel Tournier expone en estas pocas líneas toda una filosofía existencial que podría resumirse en dos palabras: marcha y frugalidad. Es decir, andar y practicar la templanza. Así es como viven los nómadas del desierto que han conseguido matrimoniar la vida física y la vida espiritual.

La clave se halla en la búsqueda de la verdad, por modesta que sea. Ese objetivo sólo se puede alcanzar desde la máxima sencillez. También es necesario tener la humildad de reconocer que la regeneración requiere una fuerza sobrehumana.

Por esa razón los trashumantes van de un lado para otro al tiempo que mantienen una actitud de espera. Para ellos no hay duda de que la reconciliación total se producirá tal vez mañana mismo o dentro de veinte siglos.

 

“Nosotros, nómadas del desierto, hemos elegido la extrema frugalidad unida a la actividad física más espiritual: la marcha. Comemos pan, higos, dátiles, productos de nuestros rebaños, leche, mantequilla clarificada, muy raramente quesos, carne todavía más raramente. Y andamos. Pensamos con nuestras piernas. El ritmo de nuestros pasos ejercita nuestra meditación. Nuestros pies imitan el avance de una mente en busca de la verdad, una verdad ciertamente modesta, tan frugal como nuestra alimentación. Subsanamos la ruptura entre comida y conocimiento esforzándonos en mantener una y otro en su sencillez más extrema, convencidos de que elaborándolos sólo se agrava su divorcio. Ciertamente no esperamos reconciliarlos con nuestras propias fuerzas. No. Haría falta para esta regeneración un poder más que humano, divino en verdad. Pero por eso mismo esperamos esa revolución, y nos colocamos con nuestra frugalidad y nuestras largas caminatas por el desierto en la disposición más conveniente, según creemos, para comprenderla, acogerla y hacerla nuestra, ya acontezca mañana o dentro de veinte siglos”.

 

Fragmento de “Melchor, Gaspar y Baltasar”

Traducción: Antonio Pavón Leal

 

 

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El capitán Marlow, que es el narrador, protagonista y privilegiado testigo, refiere los hechos a un grupo de atentos oyentes, que incluye a los ausentes lectores, formado por unos amigos sentados en la cubierta de un bergantín, en el estuario del Támesis.

Mientras esperan el cambio de la marea para proseguir la navegación, Marlow rememora la aventura vivida en el África profunda.

Con estilo denso y fluido, el narrador desgrana las peripecias de su viaje por un caudaloso río (en 1890 Joseph Conrad remontó el Congo) hasta llegar a una estación comercial en plena selva a cuyo cargo se encuentra Kurtz, el antagonista.

Comprando, cambiando, engañando, Kurtz se dedica a recoger todo el marfil de su zona de influencia. De hecho, Kurtz ha ido mucho más lejos convirtiéndose en un reyezuelo que ejerce un poder absoluto sobre las tribus de la región. El coronel Kurtz de “Apocalyse now”, que se llama igual en homenaje al personaje de Joseph Conrad, es su versión cinematográfica realizada por Francis Ford Coppola.

En el libro, como suele ser el caso en los relatos del autor polaco – británico, se aborda un conflicto interior de gran envergadura.

Kurtz, en el corazón de las tinieblas, ha sido ganado por ellas. Es un hombre de dotes extraordinarias como extraordinarias son también su vanidad y su soberbia. Es un hombre fuera de lo común llamado a ejecutar importantes obras, pero sus empresas, a la postre, quedan todas en agua de borrajas.

Tiene facultades para la pintura, la literatura, la política, el periodismo pero no es ni pintor ni escritor ni político ni periodista. Sólo se puede afirmar de él que se ha convertido en un sátrapa al que obedecen ciegamente los indígenas.

Marlow sufre la fascinación que irradia ese personaje. Bien es verdad que sus compañeros de viaje son tan mezquinos y vulgares que resulta imposible congeniar con ellos.

El rescate de Kurtz se lleva a cabo porque está muy enfermo. Contra su voluntad va a ser devuelto a la civilización. Pero por el camino muere. Marlow es el encargado de guardar sus papeles y administrar su memoria.

Es la novia de Kurtz, que vive en la inopia, la última persona con la que Marlow se entrevista. Se despide contándole una mentira para proteger la acaramelada imagen que de su prometido conserva la mujer.

La muerte de Kurtz

“No he visto nunca nada semejante al cambio que se operó en sus rasgos, y espero no volver a verlo. No es que me conmoviera. Estaba fascinado. Era como si se hubiera rasgado un velo. Vi sobre ese rostro de marfil la expresión de sombrío orgullo, de implacable poder, de pavoroso terror…, de una intensa e irredimible desesperación. ¿Volvía a vivir su vida, cada deseo, tentación y entrega, durante ese momento supremo de total lucidez? Gritó en un susurro a alguna imagen, a alguna visión, gritó dos veces, un grito que no era más que un suspiro: “¡Ah, el horror! ¡El horror!” Apagué de un soplo la vela y salí de la cabina”.

La reflexión de Marlow

“[…] Afirmo que Kurtz era un hombre notable. […] Desde el momento en que yo mismo me asomé al borde, comprendí mejor el sentido de su mirada, que no podía ver la llama de la vela, pero que era lo bastante amplia para abrazar el universo entero, lo bastante penetrante para introducirse en todos los corazones que laten en la oscuridad. Había resumido, había juzgado. “¡El horror!”[…] No es mi propia agonía lo que recuerdo mejor […] Es su agonía lo que me parece haber vivido. Cierto que él había dado el último paso, había traspuesto el borde, mientras que a mí me había sido permitido volver sobre mis pasos”.

Traducción: Sergio Pitol

 

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12 de abril de 2015 077Esta oración no es más que una estremecedora plegaria a Dios. La única diferencia, o la más notable, con la súplica de un creyente es que la aceptación brilla por su ausencia. Sólo se oye el grito de rebeldía. La argumentación esgrimida es asumible por cualquier persona razonable, pero al faltar la fe se queda en una lamentación sarcástica, en el murmullo de descontento de quien pide la realización de un milagro.

El ateo suele ser un ex creyente con una rabieta, un niño empeñado en que le den pruebas palpables, señales ciertas. Algo así como una zarza ardiendo sin consumirse o tal vez una voz tonante, la voz del Altísimo al modo en que la escuchó Moisés en el Sinaí proclamando: “Yo soy el que soy”.

Como tales acontecimientos son raros, y en última instancia rechazables, a nuestro ateo, que además está bien dotado para la lógica, no le cuesta trabajo exponer de forma meticulosa y persuasiva las razones, que más parecen las quejas de un cliente insatisfecho en el libro de reclamaciones de una tienda, de la inexistencia de Dios.

El problema planteado, al igual que el de la cuadratura del círculo, es insoluble. O, recurriendo a un retruécano, el problema de ese problema es que, expresado en esos términos, es imposible de resolver.

No se trata de aportar pruebas como en un juicio ni de comprender intelectualmente sino de aceptar, palabra maldita donde las haya, horrible palabra desterrada del vocabulario de la posmodernidad, la cual se caracteriza más bien por sus exigencias y su doctrinarismo.

Desconozco la lengua holandesa. Esta versión libre e incompleta del largo poema de Multatuli (seudónimo del escritor Eduard Douwes Dekker) está hecha a partir de la traducción francesa de Hermann Van Duyse. He aquí los fragmentos seleccionados:

Ignoro si mis pasos me llevan a algún sitio
o al azar se dirigen. Si las divinidades,
sentadas allá arriba, encima de las nubes,
con siniestro abucheo celebran mis dolores,
se burlan del afán de mi ser incompleto.

(…)

Dios sólo es un espectro, un fantasma imprudente
nacido de un cerebro enfermo o trapacero,
si no es bueno ni justo y si no me perdona
que yo lo haya ignorado. ¿Lo de manifestarse
no era asunto suyo? Sin embargo hasta hoy
no lo ha hecho jamás. Nadie hasta el día de hoy
contemplarlo ha podido, y si se dejase ver,
¿sólo se mostraría a los cuatro elegidos?

(…)

¡Oh Dios, no te conozco! Durante mucho tiempo
te busqué, supliqué. Me dejaste en las garras
del dolor, de la duda. Permaneciste mudo.

De buen grado a tu culto me habría sometido,
te habría obedecido, no al modo de un súbdito
respecto a su tirano, no por miedo o interés,
sino como hijo atento a la voz de su padre
soporta con amor la regla del deber.

(…)

Pero sordo tú estás a la voz que te llama,
no te es posible ver las miradas ansiosas
que lanzo sin cesar a la celeste bóveda.
Y me pierdo y te busco. Todo mi ser anhela
poderte comprender y tener la certeza
de que no eres mentira.

(…)

Escucha, Padre mío, que un rayo de tu llama
de mi oscuro destino aclare el horizonte.
¡Responde a mis sollozos! Mira, escudriña mi alma,
sumida en la tristeza. Es la voz de un proscrito,
la de un hijo que sufre una injusta condena.
¿Permanecerás sordo a su grito de angustia,
A su grito sangrante… Elí, lama sabactani?

 

 

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46

Sé que tengo lo mejor del tiempo y del espacio,
que nunca fui medido ni seré medido.

Mi camino es un viaje perpetuo.
Mis señas son un impermeable,
un par de buenos zapatos
y un cayado que corté en el bosque.

No conduzco a nadie
ni al casino ni a la biblioteca ni a la Bolsa.
Te conduzco a ti, hombre o mujer, hasta una colina,
desde donde te muestro el panorama y el camino.

Ni yo ni nadie puede andar ese camino por ti.
Tú mismo has de recorrerlo.
No está lejos, está a tu alcance.
Tal vez estás en él sin saberlo desde que naciste.
Tal vez lo encuentres de improviso en la tierra o en el mar.

Ven, hijo mío.
Aquí tienes pan, come,
y leche, bebe.
Pero después que hayas dormido
y renovado tus vestidos,
te besaré y te diré adiós.

Largo tiempo has soñado sueños despreciables.
Ven, que te limpie los ojos.
Esta es la consigna:
acostúmbrate ya al resplandor de la luz.

Walt Whitman

Hay poemas terapéuticos, poemas que encierran grandes verdades, poemas que te acogen como un viejo amigo, poemas que son como una cariñosa palmada en la espalda en un momento de desánimo, cuando uno más la necesita, poemas inspirados, poemas que son bálsamo, burladores del tiempo, manos extendidas, poemas con los que uno cobra conciencia de su fragilidad y de su grandeza, de que somos hijos, poemas que iluminan, poemas que no periclitan, que son una antorcha que pasa de generación en generación,

Este es uno de ellos, el poema 46 del Canto A Mí Mismo.

Whitman, que habla en nombre de todos, empieza definiéndonos. Luego aborda uno de los grandes temas literarios: el camino. Y nos conduce a una colina desde la que contemplamos el vasto paisaje, y donde nos revela lo obvio, pero que era necesario proclamar. Tras las palabras, los alimentos y el descanso, se despide de nosotros. El último verso no es una consigna sino una clave. De limpiarnos los ojos se ha encargado él. Ver es asunto nuestro.

 

Nota.-El poema reseñado es una versión incompleta del original, que ha sido elaborada a partir de las traducciones de Leandro Wolfson y León Felipe.

 

 

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Este libro es un trabajo de depuración y sublimación que se traduce en ochenta y un poemas de palabras precisas donde confluyen la profundidad y la belleza. Sin duda, estamos aludiendo a la esencia misma de la poesía, que no es otra cosa que la aprehensión de la belleza en las múltiples manifestaciones de lo efímero, el desvelamiento de la profundidad en la incesante sucesión de momentos fugitivos, aparentemente tan similares unos a otros, intercambiables, incluso los que han sido marcados por la tinta de un nefasto acontecimiento, pero cuya intensidad empieza a difuminarse, a adquirir ese tono desvaído, ese color sepia con que el tiempo los uniforma. Para contrarrestar ese efecto erosivo, ese trabajo de zapa, esa acción propia de las voraces termitas que amenazan con abatir el edificio de cimientos más firmes nació la literatura, cuya condensación máxima es la poesía.

Ernesto Cisneros Rivera presenta en su poemario un amplio repertorio –en una forma tan rigurosa como el haikú, que es una composición que no admite concesiones ni desfallecimientos– de esas capturas poéticas que fijan y descubren la realidad al mismo tiempo. Lo cual equivale a decir que proporcionan al lector tanto un placer estético como un aporte intelectual que amplía su visión del mundo.

Utilizando el árbol como una metáfora del ser humano, de eso se trata: de hundir las raíces en la tierra nutricia y de desplegar las ramas bajo la inmensidad del cielo.

Es arduo elegir entre los veintisiete cantos, las veintisiete marinas y los restantes veintisiete haikús, que suman en total ochenta y un poemas. Supongo que no es una casualidad que, desde el punto de vista numérico, este libro esté presidido por el nueve.

Ésta es mi personal y arriesgada selección que, en definitiva, sólo es una invitación, palabra cara al autor, a sumergirse en la lectura de “Cantos, marinas y otros haikús”.

 

CANTO XVI

Lo necesario,
lo único, en verdad,
es el silencio.

MARINA IV

Crestas de espuma.
Ondulaciones verdes.
Fluir eterno.

COLIBRÍ

Iridiscencias.
Frenético aleteo.
Sólo un suspiro.

 

 

 

 

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Si miramos en dirección a Oriente y hacemos un pequeño cotejo, las diferencias existenciales y literarias saltan a la vista. La actitud del poeta oriental y la del occidental frente a la vida se podrían resumir diciendo que la del primero es de abandono y la del segundo de desconfianza. De la primera brota una genuina alegría de vivir. De la segunda la tentación de trampear y burlarse de las normas establecidas. En la primera está presente el sentido del humor, que supone una aceptación de la realidad tal cual es. En la segunda asoma la ironía, que es distanciamiento de lo real, cuando no abierto rechazo.
El poeta oriental no tiene que huir al campo porque vive allí. Ése es su hábitat natural y el vagabundeo es su estilo de vida.
El que más y el que menos tiene su vena de lunático o de borrachín, que le hace contemplar las cosas con benevolencia y un cierto fatalismo, pero la rebelión y la crítica están ausentes. A menudo experimentan un alborozo que se manifiesta en un asombro impensable en un poeta occidental del tipo de Pessoa o Baudelaire.
El poeta oriental no realiza deprimentes tareas burocráticas o académicas que ahogan su espontaneidad, sino que es un mendigo o un pescador. Un caminante que, con su hatillo al hombro, va de un lado a otro. Un gozador del paso de las estaciones. Un gourmet de paisajes.
El ansia de libertad alienta tanto en la poesía oriental como occidental, pero en ésta, concretamente en el poema de Pessoa, acaba en un gesto inconcluso, en un deseo truncado, en una felicidad incompleta, en un acto que revela cierto nerviosismo.
En aquella, sobre un fondo de montañas verdes y nubes blancas, se ve avanzar al poeta andariego viviendo esa libertad que se traduce en sencillas y exultantes constataciones poéticas:

Invierno

Ni una gota de rocío
cae
del crisantemo helado

Otoño

Día de apacible felicidad
el monte Fuji velado
por la lluvia brumosa

Verano

La libélula
intenta posarse en vano
sobre una brizna de hierba

Primavera

Desde el fondo
de la peonía
de mala gana sale la abeja

Matsuo Basho, Haiku de las Cuatro Estaciones

 

 

 

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¡Ah, ese frescor en la cara de no cumplir un deber!
Faltar es, positivamente, estar en el campo.
(…)
Respiro mejor ahora que ha pasado la hora de las citas.
Falté a todas con deliberación (…),
esperando esa gana de ir que ya sabía que no vendría.
Soy libre frente a la sociedad organizada y vestida.
Estoy desnudo y me zambullo en el agua de mi imaginación.
Es tarde para estar en cualquiera de los dos puntos donde debía estar a la misma hora,
deliberadamente a la misma hora…
Pues bien, aquí me quedaré soñando versos y sonriendo en cursiva.
(…)
No consigo siquiera encender el cigarrillo siguiente…Si es un gesto, que se quede con los otros que me esperan en este desencuentro que es la vida.

———————————————-

Es problemático calificar este poema de Pessoa como una muestra de la alegría de vivir. Ese frescor a que alude el primer verso rebaja simplemente la presión existencial. Es un alivio porque el poeta ha burlado un deber. En ese momento no está donde debería estar, que es cumpliendo una tarea oficinesca.
No obstante, toda la composición está recorrida por una corriente de felicidad, advirtiéndose un regocijo que tiene algo de infantil, o sea, de auténtico. El poeta hace novillos. Como él dice: “Faltar es, positivamente, estar en el campo”.
El hecho de no asumir sus compromisos burocráticos, de hacer trampas, de escaquearse, propicia ese sentimiento de libertad que reconcilia al autor con la vida, de la que no tiene muy buen concepto como queda de relieve en el último verso.
Deliberadamente concertó dos citas a la misma hora para escudarse en la tautología de no poder ir a ésta porque tiene que ir a aquella, y de no poder ir a la segunda porque tiene que ir a la primera. Como él no tiene el don de la ubicuidad, coge por la calle de en medio y decide tomarse la tarde libre. Decide darse el gustazo de no hacer nada. De hecho, no atina siquiera a encender el siguiente cigarrillo, gesto frustrado, como tantos otros, con el que pretendía redondear su dicha.
Resulta comprensible que sustraerse a citas, reuniones y papeleo sea motivo suficiente para festejar el hecho de estar vivo. Eludir las obligaciones, que tanta energía roban, es recuperar la libertad. ¿Qué preso no experimenta una oleada de gozo cuando traspone el umbral de la cárcel? La sangre corre más de prisa por las venas, la atmósfera se hace más transparente.
Para el poeta es una ocasión de abandonarse a los sutiles placeres de la imaginación. A fin de cuentas el mundo soñado ofrece más compensaciones que el de todos los días, tan romo, a menudo tan arduo.
Es una ocasión de quitarnos las vestimentas que nos disfrazan e inmovilizan, de desnudarnos y mirarnos tal cual somos en el espejo de la mente. De zambullirnos en el agua de la imaginación, dice Pessoa.
¿Qué otras satisfacciones ofrece la vida, que el poeta define como un desencuentro?
Pessoa, precursor de la posmodernidad, no se hace ilusiones al respecto. Fumar un cigarrillo, dar un paseo en un coche prestado, ver pasar a la gente desde su ventana…y soñar hasta el cansancio.

 

 

 

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