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Posts Tagged ‘historias’

II

En una primera fase Leticia se sumerge en los ensueños y las fantasías. Cultiva esa tendencia que le procura un delicado placer. En una niña de sus características esa entrega resulta natural. Pero no se puede vivir siempre en ese nivel. Hay realidades insustituibles. Por eso ella pasa a la acción.

El sentimiento de culpa aflora inevitablemente. “Un deseo de castigo” dice ella. Descorazonada se pregunta: “¿Es que podré llegar algún día a entender las cosas como los otros?” . Sin duda ese sería el mayor castigo. Ese mismo día, con toda probabilidad, ella se convertiría en uno de ellos. Ese mismo día tendría que renunciar a sí misma.

“Yo oía discutir lo que había que hacer conmigo durante la comida y la cena con completa indiferencia”. Para que la dejen tranquila, Leticia acepta sin rechistar las decisiones que toman personas ajenas a ella, y que creen saber mejor lo que le conviene.

Por su parte, Leticia está convencida de que no vale la pena enfrentase ni discutir. Esto no quita que, como escritora en ciernes, utilice la táctica de llevar a los demás al “terreno de aquellas cosas” que dominan, y sacarles la sustancia. Esta triquiñuela de darles carrete es una forma de aprendizaje que se asemeja a una antropofagia intelectual. También recurre a ella para satisfacer el deseo de niña a la que fascina el discurso de una persona conocedora de un tema en profundidad.

El tiempo transcurre y la protagonista hace una desoladora constatación, que es un aterrizaje. “Me vuelve loca esta soledad; que esté yo aquí con mi desesperación y otros en otro sitio con la suya, y que al mismo tiempo las cosas se queden como estaban. Porque entonces pienso: aquella luz de otras veces, aquel ambiente, no querían decir nada, no estaban hechos para mí”.

Aquel ambiente no estaba hecho para ella. Es después del doloroso proceso que desemboca en la soledad, cuando se da cuenta de esa verdad.

Por fortuna, Leticia encuentra una salida en las historias que prefiere escuchar a contar. “Claro que puedo contárselo, pero si se lo cuento ya no será más que una tontería. En cambio, si me lo contase él a mí…Lo estaba viendo y me parecía una cosa que él me había contado”.

La realidad adquiere relieve en la narración. Escuchando a los demás se puede creer que a ellos les ocurren cosas que a uno nunca le pasa. Se puede caer en la trampa de que ellos tienen historias y uno no. Pero la cuestión no radica ahí sino en la magia del relato.

A Leticia le gusta que le cuenten incluso las cosas que conoce. La seducen los colores con que la imaginación pinta los acontecimientos. De la escucha pasará a la lectura como desafío y a la lucha contra las palabras. “Leer un párrafo y no comprender, volver atrás, seguir adelante y encontrar una frase que se tambalea…”.

Pero vivir sigue siendo un mal negocio. “¿Por qué no le advertirán a uno algo de esto? Tienen por sistema quedarse en la orilla; así los sentía yo, parados detrás de mí, a ver si nada uno en esta agua turbia o si se va al fondo”.

Ellos, más que no querer, no pueden ayudarla porque lo primero es mantener el propio y precario equilibrio. Cuando ven que otra persona se debate a la desesperada, sólo pueden contemplar sus contorsiones y forcejeos. Y más tarde, a toro pasado, tal vez se mesen los cabellos y clamen al cielo.

Así capta Leticia la situación. El mundo de los adultos se le aparece como algo aborrecible. Su corazón no alberga ningún afecto por esas personas que no la sostuvieron. Ella aprendió a nadar sola en “esa agua turbia”.

Leticia concluye sus memorias con amargas reflexiones. “Yo no sé más que morir con el último chispazo de mi energía”. Quizá haya que entender con el último chispazo de su lucidez. Y reniega de la infancia a la que acusa de ser una enfermedad.

El olvido “que sustituye a la vida, al aire que se respira, al tiempo mismo” se perfila como una solución. La tragedia final se resume en “un pequeño estampido”. No queda claro quién es la víctima. Por supuesto, alguien cercano a Leticia Valle. Así acaba la autobiografía de esta niña de doce años.

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I

En su relato la protagonista parte de una experiencia traumática. Reacciona sustrayéndose a la realidad. “No iré por ese camino que me marcan (…), me escaparé por donde pueda y no se darán cuenta”. El camino que escoge tras haber chocado con un mundo en el que no puede vivir, es la introspección.

Con la vista puesta en su interioridad, declara: “Iré hacia atrás; es lo único que puedo hacer”. Ese recurso es un intento de comprensión y un inventario de los hechos que la han conducido a Suiza, a casa de un tío suyo.

Leticia se percata de que no puede confiar en nadie. De ahí “su necesidad de pensar por cuenta propia”. Leticia, que es huérfana de madre, tiene que ser ella misma. Esa es su tarea.

Ha vivido con tal intensidad su infancia que los sucesos posteriores quedan minimizados e incluso anulados. Su capacidad de emocionarse y sorprenderse parece haberse agotado.

La protagonista corre el riesgo de permanecer anclada en el pasado, de encadenarse a unos episodios que, dada su lucidez, la marcaron profundamente. Dice: “No he sentido nunca más nada semejante a aquello”.

Para esta niña inteligente y receptiva el mundo de los adultos sólo es una fuente de confusión y malentendidos. Es un mundo enigmático y angustioso. Leticia descubre pronto la inautenticidad que subyace en el comportamiento de los mayores. Adentrarse en ese mundo es perderse en un laberinto, en un secarral sin puntos de referencia.

Leticia es también calculadora y astuta. Sabe cómo conseguir lo que se propone. Inocente y libre de prejuicios morales, busca la satisfacción de sus propias necesidades, para lo cual pone en juego su mucha habilidad.

Avanzando en esa dirección, se percata de que los adultos están más frustrados que ella, con la diferencia de que no se atreven a luchar por su felicidad.

Las reflexiones que jalonan estas memorias son un ejemplo de la perspicacia de Leticia: “Es maravilloso ese tiempo que se pasa esperando; parece que uno no está en sí mismo, que está haciendo algo para otro, y, sin embargo, se está tan libre”.

La espera es una tregua. La vida queda suspendida por un espacio de tiempo en el que podemos hacer balance de la situación. Ilusionarse está permitido porque lo que se espera o a quien se espera está por venir.

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27 de agosto de 2014 065                                  I

Iba quedándose cada vez más rezagado. La chiquillería, distanciándose a un ritmo que él era incapaz de mantener, había emprendido una carrera sin ton ni son. Al menos eso le parecía en su sempiterna bobería. No lograba explicarse cómo de estar sentados en corro contando historias y chistes que él celebraba con risotadas y cariñosas palmadas en las espaldas de sus vecinos, habían pasado a esta loca escapada. Ninguna conexión podía establecer entre ambos hechos. Por lo demás, no se trataba de ponerse a pensar para encontrar un nexo a esas manifestaciones del que seguramente carecían, sino de correr y gritar. A lo primero se aplicaba con ahínco. Si la intención y el más fiero empeño bastasen, habría merecido figurar en cabeza de la desbandada. Pero la realidad era otra. Sus piernas gordezuelas le respondían apenas a pesar de ayudarse con los vehementes movimientos de sus brazos encogidos. Semejaba una locomotora de grandes proporciones a la que hubiesen puesto ruedas y bielas minúsculas de forma que, aun teniendo en cuenta su desmesurado gasto de energía, la máquina avanzaba a paso de tortuga. Rojo como la grana, chorreando sudor, acezante, seguía aleteando impertérrito. A lo segundo no se puede afirmar que había renunciado. ¡Qué más habría deseado que unir su voz, un tanto bronca, a la algarabía general! Pero el titánico y a la postre inútil esfuerzo que realizaba para no descolgarse por completo lo privaba de ese placer. Tal un enjambre de abejas bordoneantes, los niños iban ganando terreno desde que se levantaron de las piedras donde se habían acomodado, junto a una de las tapias del camposanto. Finalmente se perdieron de vista al adentrarse en las calles del pueblo cuando todavía él no había recorrido ni la mitad del camino. Apoyando las manos en las rodillas y agachando la cabeza, se detuvo para recuperar el aliento. Así estuvo hasta que aminoraron los latidos de su corazón.

Nota.-En esta entrada puedes leer todos los episodios publicados hasta ahora.

II

En la habitación olía a carburo. De uno de los maderos del techo colgaba un gancho que sostenía un recipiente cilíndrico de lata relleno de ese combustible. La modesta llamita permitía hacerse una idea exacta del cuarto y de su mobiliario. La primera impresión que producían esos pocos metros cuadrados era de ahogo. La vivienda estaba constituida por otra pieza interior que estaba doblada. En uno de los rincones había un poyo con una hornilla de carbón. El centro de la habitación lo ocupaba una mesa cubierta por un hule agrietado y rodeada de seis sillas de anea. En las paredes había ristras de ajos y manojos de cebollas, y pegados a ellas un aparador de cristales ahumados, una tinaja con tapadera de madera conteniendo el agua potable, unas angarillas, una albarda y dos lebrillos. Al matrimonio y a su prole apenas les quedaba espacio para moverse. Los arrapiezos y la vieja de negro con toquilla del mismo color, la abuela, pasaban la mayor parte del día en la calle, los primeros desperdigados por el pueblo, de preferencia rondado basureros y corrales, la segunda sentada en una silla baja a la puerta de la casa. A la hora de comer algunos se acomodaban en el umbral y ponían el plato sobre los muslos. Era como si la humilde vivienda los vomitase. Esa noche el padre comunicó a su mujer y al interesado que había hablado con el capataz del cortijo donde trabajaba como peón. El vaquero estaba viejo y necesitaba que alguien le ayudase en el cuidado de los animales. El niño no ganaría gran cosa, pero en cualquier caso eso era preferible a que estuviera zanganeando todo el santo día. Hacía tiempo que sus hermanos mayores arrimaban el hombro, incluida su hermana que había entrado a servir en casa de unos pelantrines. No había ninguna razón para que él siguiera comiendo la sopa boba mientras los demás se afanaban. Nada de esto último dijeron ni el padre ni la madre. Era demasiado evidente para aludir a ello. El padre se limitó a transmitir su decisión. A la mañana siguiente levantaría temprano al niño y ambos se encaminarían a lomos de la burra al cortijo.

III

El niño había estado royendo un mendrugo mientras escuchaba. Su cara no traslució ninguna emoción cuando se enteró de la determinación paterna. Con anterioridad había asistido a escenas semejantes en las que un hermano suyo había sido el afectado. No había nada de qué extrañarse. Era algo con lo que había que contar. Algo que debía suceder tarde o temprano. Por eso, mientras su padre hablaba, él había seguido mordisqueando el pedazo de pan sin alterarse. Fue el primero en subir al doblado donde dormían los muchachos. Era un camaranchón donde había que andar agachado. Su hermana y su abuela compartían con el matrimonio la habitación de abajo. Arriba estaba oscuro. Ese cuchitril no tenía ventanuco ni tronera por lo que, además, la falta de oxígeno creaba una atmósfera enrarecida. La verdad era que el olfato acababa acostumbrándose a ese tufo a vejez y al cabo de cierto tiempo no advertía nada. El niño no tenía problemas para conciliar el sueño. Caía como un fardo y no daba señales de vida hasta que lo despertaban dándole voces y zamarreándolo. Aún debían transcurrir algunos minutos antes de que recuperase el uso pleno de sus facultades mentales. Esa noche tuvo la mala suerte de resbalar al poner el pie en uno de los travesaños de la escalera de mano que conducía al doblado, y estuvo a punto de dar un batacazo. El susto lo desveló. Se dirigió gateando y sorteando los jergones esparcidos en el piso de tablas al rincón donde estaba el suyo. Se desvistió, amontonó la ropa junto a la cabecera y se tendió en el colchón de foñico que crujió bajo su peso. Estuvo dando vueltas. Oyó a una de las vecinas desgañitándose e insultando a su marido que volvía borracho a casa. Sus hermanos llegaron y ocuparon sus respectivos lechos. Finalmente lo ganó el sopor que precede al sueño.

IV

En las noches de verano era fácil encontrarlo en el patio de la bodega sita en la plaza de la Alhóndiga, sentado en un tocón de encina, ante una mesa plegable en cuyo tablero renegrido reposaban una botella de vino blanco peleón y un platillo de altramuces. Nunca lo abandonaba la sonrisa de niño pachorrudo y un tanto simplón que todos los que le habían tratado durante la infancia le conocían. Esa sonrisa que, entonces como ahora, le granjeaba la confianza de los demás. Mofletudo, coloradote, boca pequeña, frente abombada, ojos vivos, calvicie incipiente, era sin duda su soberbia nariz en forma de porra lo más llamativo de su rostro, su rasgo más marcado y personal. De constitución robusta, la barriga que ya le apuntaba en sus primeros años, se había desarrollado hasta alcanzar la esfericidad actual. Guardaba por sus antiguos compañeros de juego un afecto y una devoción ejemplares. En su mesa había siempre uno o dos vasos para invitarlos, aparte de la eterna sonrisa con que acogía a todo el mundo. Su gran pasión consistía en desempolvar recuerdos mano a mano con un amigo de la niñez. Y eran tantos sus amigos y sus recuerdos que en esa tarea podía invertir horas. Como, pese a su cachaza, no carecía de gracejo cuando contaba tal o cual historia, de las muchas que almacenaba celosamente en su memoria, no tenía nada de raro verlo en compañía de alguien que bebía de su botella y escuchaba divertido sus innumerables anécdotas.

V

Aunque casi todas coincidiesen en su bonachonería y su cordialidad, las opiniones sobre él eran divergentes, incluso contradictorias. Cuando, por ejemplo, tronchándose de risa, fulano contaba el episodio ocurrido en la pronunciada ladera erizada de matorrales y peñascos que desciende del ruinoso castillo, la imagen resultante no era nada lisonjera. La pandilla a la que pertenecía el zangolotino, enfrentada a muerte con otra rival, lo utilizaba, entre otros ingratos ejercicios, como emisario de las declaraciones de guerra. De hecho, dado el grave peligro que implicaba, hubo que cambiar esa norma. Al principio, las pandillas acordaron que un representante en persona iría al cuartel enemigo y comunicaría verbalmente tan delicado mensaje. Pero solía ocurrir que, en cuanto el mensajero volvía la espalda, pese a considerarse un acto cobarde y deshonroso y estar formalmente prohibido, alguna que otra pedrada caía sobre él. En cualquier caso, nadie lo libraba de los numerosos insultos y selectas procacidades, acompañados del vehemente encargo de que no olvidara transmitirlos puntualmente a sus camaradas, con los que despedían al infeliz enviado. Por razones obvias hubo que renunciar a este método, optándose, desde un lugar alejado pero visible de la otra banda, por entonar cantos indios, contorsionar el cuerpo en danzas rituales, enarbolar las armas y, por si todavía hubiese dudas, gritar a pleno pulmón: “¡Queremos guerra! ¡Queremos guerra!”.

VI

Un mediodía de invierno en que uno de los contingentes de chavales no alcanzaba la mitad de sus componentes, y en que el aburrimiento los hacía bostezar, uno de ellos, el mismo que reía a mandíbula batiente cuando refería este hecho, ideó una variante para provocar a la banda rival que contaba con la mayoría de sus miembros. En lugar de colocarse todos a la vista del enemigo y empezar a moverse rítmicamente al son de palmas y gritos, sería uno solo el que lo hiciera. El resto se emboscaría para tender una trampa. No hace falta decir a quien le cupo el honor de servir de cebo. Mientras sus compañeros se deslizaban como anguilas por entre los peñascos y los matorrales, nuestro hombre esperó pacientemente el aviso para encaramarse en la roca de superficie superior amplia y plana que utilizaban para ese fin. Por fin recibió la señal. A partir de este momento los acontecimientos se precipitaron y se embrollaron. Las consecuencias, sin embargo, no admiten discusión. La otra pandilla observó a ese iluso moviendo las caderas, dando saltitos, levantando en alto las manos que sostenían una honda y una vara de acebuche, canturreando la frase de marras en singular, es decir, provocando en solitario. Como los otros no eran tontos, esa fantochada les olió a chamusquina y tomaron las medidas oportunas. Como tontos tampoco eran los que habían instado al zangolotino a subir a la plataforma de piedra, sabiendo que estaban en franca inferioridad numérica, pusieron el cuerpo a buen recaudo. Se retiraron a una distancia prudencial: ni demasiado cerca para verse involucrados en una refriega en la que llevaban las de perder, ni demasiado lejos para no presenciar el desenlace de su charranada. En lo alto de la roca el niño seguía contoneándose y gritando: “¡Quiero guerra! ¡Quiero guerra!”.

VII

Cuando se percató de que lo habían abandonado a su suerte, era tarde para quitarse de en medio. Los otros habían ido ocupando posiciones. Desde su atalaya no le pasaron desapercibidas las maniobras encaminadas a rodearlo y a cubrir la retaguardia en previsión de cualquier eventualidad. Se acercaron describiendo un amplio círculo que se iba estrechando de forma que no quedase un palmo de terreno sin explorar. Sólo le dio tiempo de bajar apresuradamente de la roca, pero un destacamento de soldados enemigos le interceptó el paso, tomando como primera providencia la de maniatar al prisionero. A continuación lo condujeron a empellones a su cuartel general donde fue juzgado en sumarísimo consejo de guerra. Durante el proceso el condenado se obstinó en un mutismo del que apenas lograban sacarlo con mojicones y amenazas. De todas formas el interrogatorio fue breve. Se trataba a todas luces de una causa perdida. Sólo había que esperar la condena y rezar para que ésta fuese benévola. La lealtad del zangolotino hacia sus camaradas durante el juicio fue insobornable. Lo sentaron en el suelo y le ataron también los pies. Luego establecieron turnos de vigilancia. Hasta el anochecer se fueron alternando con regularidad castrense, siendo el frío y la oscuridad los que pusieron fin al cautiverio.

VIII

Aunque ciertamente ningún bando lo quería en sus filas cuando jugaban a marro, el que se veía en el brete de incorporarlo no se arrepentía. El zangolotino, dada su complexión, era presa fácil para un corredor mediano, pero su falta de agilidad y rapidez la suplía con su euforia que contagiaba a los miembros de su equipo haciéndolos redoblar sus esfuerzos y realizar increíbles hazañas, así como también con una notable perspicacia a la hora de planear jugadas. Posteriormente nadie le reconocía sus méritos, lo cual no parecía importarle demasiado. Con su sonrisa bobalicona escuchaba los comentarios sin que se le pasara por la cabeza reivindicar su aportación que otro se apropiaba, que era minimizada por las proezas físicas con que otros chavales se cubrían de gloria, o que quedaba diluida en el contexto general del encuentro. Pero donde brillaba su ingenio era en la construcción de represas y en todas las actividades que implicaran habilidad manual. Mengano que no comparte en absoluto la opinión de fulano respecto a este niño de aire tranquilo y bonachón, siempre dispuesto a colaborar, cuenta entre sus recuerdos más felices las lluviosas jornadas pasadas en su compañía. Repartidos en grupos que no sobrepasaban los tres o cuatro miembros, se dedicaban a embalsar el agua de los arroyos. Una vez realizados dichos trabajos de ingeniería, se hacía un estudio comparativo de los mismos para dirimir la delicada cuestión de cuál era el mejor. Normalmente no se llegaba a un acuerdo. El amor propio de los participantes, aparte de impedirles ser imparciales, aguzaba su capacidad técnica convirtiéndolos en verdaderos expertos en descubrir fallos y fullerías. No era insólito que este examen acabase en la destrucción a patadas de uno o varios de estos rudimentarios pantanos por motivos de vanidad o de envidia.

IX

Elegir el terreno adecuado era el primer paso que debían dar quienes querían poner a prueba sus dotes de constructores. No era éste un asunto baladí. El éxito de la empresa dependía en gran medida de la vista que tuviesen al decidirse por tal o cual paraje. En invierno, otoño o primavera, después de una lluvia abundante, era el momento ideal para, quiérase o no, embarrarse y mojarse. Mengano, sin que sepa explicar por qué, asocia esta actividad con la estación invernal y no con las otras. El agua fría, la noche que se les echaba encima sin haber tenido tiempo de finalizar las obras, la promesa de volver al día siguiente tan pronto como pudieran para seguir trabajando duro, a menudo para empezar de nuevo, pues, durante su ausencia, la corriente había provocado deterioros importantes o destruido el dique. Éstos eran los fragmentos del puzle que, una vez recompuestos, mostraban a tres o cuatro chavales en cuclillas a ambos lados de un arroyo, enfrascados en la tarea de represarlo, el conjunto iluminado por la diáfana luz de enero. Mengano, que, como el niño zangolotino y alguno más, no sólo carecía de espíritu competitivo, sino que tal actitud ante la vida le repugnaba, entre nostálgico y complacido, refería que formaron un grupo al que servía de aglutinante el niño regordete de sempiterna sonrisa. Tras dar esquinazo a los otros, sin el agobio de las prisas ni de los desafíos, se entregaban a su actividad favorita. Era entonces cuando le había sido posible descubrir y contemplar a un niño que los sobrepasaba en iniciativa e ideas, razón por la que llevaba la voz cantante. Como la autoridad de que se veía investido dimanaba de sus superiores cualidades como constructor, los otros la acataban con naturalidad. Nada más lejos de una imposición o del arbitrario ejercicio de un liderazgo que las joviales observaciones con que el zangolotino les indicaba una solución más eficaz para resolver tal o cual dificultad técnica que la propuesta por cualquiera de ellos.

X

Su campo de operaciones se situaba del lado de las canteras de granito. Era un terreno accidentado y peligroso a causa de los numerosos tajos y de las explosiones de barrenos con que cuarteaban las rocas. Pero era también el sitio idóneo por la gran cantidad de materiales que había, y por las innumerables torrenteras que lo surcaban en todas las direcciones. Era tan grande su afición que no interrumpían el acarreo de piedras, tierra y arenisca aunque empezara a llover, de forma que más de una vez se habían puesto como una sopa por no marcharse antes de dar los últimos toques a la presa. Pero era más importante abrir una compuerta en mitad del dique por donde pudieran pasar las aguas del arroyo, que se incrementarían con este chaparrón y con los que cayesen a lo largo de la noche. Eran además conscientes de que cualquier medida que tomasen, incluso si escampaba, no garantizaba la preservación de las obras. Pero no sólo la eficacia los movía sino también la estética. Al día siguiente, casi con toda seguridad, por efecto de los embates de la corriente, o por el de un desaprensivo que había plantado su bota encima, el muro se ofrecía a sus ojos en un lamentable estado de conservación.

XI

El cortijo distaba del pueblo cinco kilómetros. Hacía dicho recorrido a horcajadas en la burra, detrás de su padre que manejaba las riendas del animal. Tenía que levantarse temprano, antes del amanecer, para llegar a buena hora. Tomaban por una vereda de carne que les ahorraba el rodeo de la carretera, y que pasaba justamente al lado del corral de las vacas. El día les rompía a mitad de camino. Con las primeras luces descabalgaban al lado de las viviendas del vaquero y del guarda de la finca. El cortijo, agazapado entre las lomas, sólo se hacía visible cuando se coronaba la última cuesta de las varias que había que subir y bajar a lo largo del atajo, pero, antes de divisarse, los mugidos de los terneros y, si el viento les era favorable, el olor a forraje y a boñigas anunciaban su proximidad. La jornada transcurría en silencio. Su padre era parco en palabras. Durante el trayecto sólo abría la boca para arrear a la burra. En cuanto al vaquero, un hombre entrado en años, aunque era más comunicativo, se limitaba a gastarle alguna broma mientras conducían el ganado al campo. Luego regresaba rápido al cortijo, pues era él quien transportaba al pueblo en una camioneta la leche ordeñada y envasada en cántaras la tarde anterior. El niño pasaba la mayor parte del tiempo en compañía de esos mansos rumiantes y de un perro de aguas que conocía el oficio mejor que él. Las horas transcurrían con una exasperante lentitud. Las vacas permanecían agrupadas pastando apaciblemente. Si una de ellas se alejaba demasiado, el perro se encargaba de que regresase con el rebaño. Sólo si la vaca, habituada a los ladridos, no se inmutaba y persistía en su emancipación, intervenía el niño convenciéndola a pedradas o a palos de la necesidad de reunirse cuanto antes con sus congéneres. A decir verdad estos incidentes no menudeaban. El perro, además, había acumulado tanta experiencia en sus años de servicio que poseía una extensa y eficaz gama de recursos para conseguir su objetivo. Si la vaca fugada hacía oídos sordos a sus furiosos ladridos, el perro le enseñaba los dientes y amagaba con morderle las patas. Si se trataba de una vaca imperturbable a la que no asustaban las fanfarronadas, el perro pasaba a la acción. Dos o tres tarascadas eran suficientes para sacarla de su impasibilidad y obligarla a retroceder. El perro de guedejas blancas lo hacía casi todo. El niño se dio cuenta de esto pronto. Por esta razón, a la que había que sumar lo poco inclinadas a la rebeldía que son las vacas, pasaba las horas sentado a la sombra de las chumberas que erizaban las lindes de la finca, de pie apoyado en el bastón que le había regalado el vaquero, o dando cortos paseos para desentumecer las piernas. Sus distracciones consistían en contemplar las caprichosas formas que adoptaban las nubes, el raudo vuelo de los pájaros y las incansables evoluciones del perro alrededor del rebaño. Por la tarde el curso de las horas parecía acelerarse, constituyendo siempre una agradable sorpresa la llegada del vaquero que le ofrecía un pitillo al tiempo que le preguntaba cómo había transcurrido el día. El niño rechazaba el tabaco, sonreía y se encogía de hombros. Al principio, el niño creía que, tras haber encerrado a las vacas en el corral, su jornada había tocado a su fin. La alegría de volver al pueblo lo espabilaba, la modorra producida por tantas horas de soledad se evaporaba, sus movimientos se hacían más ágiles, su diligencia se incrementaba. No había contado con el ordeño por el simple hecho de que él no sabía hacer tal cosa. A pesar de su ignorancia supina, su padre, que echaba una mano al vaquero en este trabajo, desde el primer día, lo puso al lado de una res mansurrona que no se inmutaría por más torpemente que fueran manipuladas sus ubres, para que fuera aprendiendo, siendo uno de los dos adultos quien, aleccionándolo al respecto, acababa extrayendo la leche a sonoros chisguetes, consejos e indicaciones que el niño escuchaba con impaciencia aunque no la dejara traslucir. Para colmo, su padre y el vaquero eran dos hombres calmosos que, una vez ordeñadas las vacas, llenadas las cántaras y trasladadas a un cobertizo, con toda parsimonia encendían y fumaban un último cigarrillo, recostados en la valla del corral, mientras intercambiaban apreciaciones climáticas o comentarios sobre la labranza o el precio de los productos agrícolas, cuando no permanecían callados, abstraídos en sus pensamientos. Al niño, que había ido por la burra, tras aparejarla, todavía le sobraba tiempo para reconcomerse. Ansioso por irse, irritado por la espera, sin osar decir palabra, fue de esta manera como empezó a conocer una realidad insospechada hasta ese momento.

XII

Cogió un canto de pan que roció con aceite y espolvoreó con sal, y salió a escape. Se dirigió a la plaza del mercado que estaba tan solitaria como las calles recorridas. Se detuvo en uno de sus ángulos y escrutó todos los rincones. A lo mejor se habían escondido tras los bancos de espaldares de hierro para darle un susto. Esta idea lo hizo sonreír. Se puso a andar despacio hasta alcanzar el centro de la plaza, lanzando miradas de soslayo. Cuando llegó, dejó de masticar y aguzó el oído. Salvo el rumor procedente de una taberna, todo era silencio. Engulló el último bocado de pan y, todavía esperanzado, se acercó a un banco distante y en penumbra, sobre el cual subió de un salto al tiempo que emitía una complaciente risita gutural. Pero detrás no había nadie. Se limpió la boca con el dorso de la mano. Luego se fue. Tras andar treinta o cuarenta metros, se detuvo a la puerta de una tasca mal iluminada. Sólo había hombres bebiendo vino y hablando entre sí. De aquí era de donde procedía el murmullo. Estuvo mirando un rato. Un parroquiano lo llamó, invitándolo a entrar. El zangolotino se sobresaltó. Sin darse tiempo a localizar al dueño de la voz, echó a correr. Torciendo a la izquierda, cogió por una callejuela flanqueada de casas achaparradas que, a causa de sus aleros sobresalientes, parecían setas gigantes y un tanto siniestras. Hacia su mitad se ensanchaba formando un amplio rectángulo terrizo en su mayor parte, que era otro de los lugares de juego de los niños. Fue de aquí para allá con las manos metidas en los bolsillos resistiéndose a aceptar el hecho de que sus compañeros ya se habían recogido. Antes de rendirse agotaría todas las posibilidades. La desazón que experimentaba se intensificó. Contorneó un inmenso edificio de ladrillos con ventanas a gran altura del suelo. El destartalado portalón estaba coronado por una claraboya con los cristales rotos. Anduvo un trecho pegado a la pared de esa oscura mole que servía de almacén de cereales y de cobertizo para guardar maquinaria agrícola. A continuación subió por una calle escalonada que desembocaba en otra transversal. Su cabeza se embotaba por momentos. Aunque seguía andando en dirección a la plaza del ayuntamiento con la ilusión de encontrar a sus amigos, su ansiedad generaba una nebulosa de pensamientos absurdos, los cuales, obedeciendo a sus propias leyes, se sucedían, se interceptaban, se desplazaban, sin permitirle fijar su atención en nada. Un tropel de ideas disparatadas, de ridiculeces que no venían a cuento, de preocupaciones inverosímiles, invadía su mente. Esas efímeras consideraciones tenían un denominador común: no dejaban tras de sí ninguna huella. A nivel emocional la resignación iba ganando terreno insidiosamente, una resignación que se manifestaba ya como lástima de sí mismo, ya como estoica aceptación de la realidad.

XIII

Entretanto había llegado a las gradas del ayuntamiento. A su derecha se erguía la torre del reloj rematada por una veleta. Frente a él se alienaban los tres arcos del pórtico enrejado por entre cuyos barrotes retorcidos los chavales se colaban introduciendo primero la cabeza y girando luego los hombros hasta situarlos en paralelo con la columna de mármol y el hierro. Ayudándose con manos y piernas pasaban al interior por el placer de la transgresión, y con el fin de establecer una línea divisoria entre los que eran capaces de realizar tal proeza y los que renunciaban a intentarlo ante el temor de quedar atrapados en ese cepo. El hijo del zapatero remendón, un niño de cabeza pequeña y rapada, con cara de roedor, había alcanzado tal destreza en este arte que igual se deslizaba por el lugar habitual, que era el más adecuado por ser ligeramente más ancho, que por cualquier otro. Se trataba, desde luego, de un caso excepcional de agilidad y delgadez que suscitaba el pasmo de toda la pandilla. Podía descoyuntar y contorsionar el cuerpo como un consumado yogui o, siendo más ajustada a la realidad esta comparación, como un fenómeno circense. Entre las posturas inauditas que podía adoptar se contaba la de lanzar la cabeza hacia atrás y, describiendo un círculo prodigioso, hacerla pasar por entre las piernas. Si a este don natural añadimos su sangre fría e incluso un prurito profesional o una complacencia que lo incitaba a superarse cada día más, el hijo del zapatero constituía no un modelo a imitar sino a admirar. Pero esta sabiduría no la adquirió el zangolotino en los libros, ni tampoco mediante conclusiones obtenidas por la vía deductiva o inductiva, sino a costa de sufrir las consecuencias de sus propias limitaciones. Ante la fachada del ayuntamiento, donde la luna dibujaba intensos claroscuros, en cuyo centro sobresalía el pitón solitario del asta de la bandera, el niño recordó con un escalofrío aquella vez en que también él lo intentó, haciendo caso omiso de las voces que se oponían alegando el volumen de su persona y, por tanto, el riesgo de quedar apresado. A renglón seguido, esos compañeros juiciosos cambiaron de opinión y se sumaron a quienes no sólo lo animaban a probar suerte, sino que hacían apuestas sobre el resultado. El niño, al que la incitación de los demás volvió temerario, con gran regocijo, se convirtió en la estrella del grupo. Dos bandos se formaron. Los que pensaban que poniendo empeño lo lograría, y los que opinaban que la tentativa estaba condenada al fracaso. La felicidad del zangolotino aumentaba en proporción directa a la algarabía de la que él era la causa directa. Rojo de emoción, levemente tembloroso, se situó ante la verja. Los gritos y los palmoteos de sus compañeros tenían efectos semejantes a los de la embriaguez. Saludó levantando los brazos en alto. Una ovación acogió este gesto teatral. Luego se hizo el silencio.

XIV

En primer lugar pasó la pierna derecha por encima del hierro transversal que, circunvalando la columna, recorría toda la verja. Espernancado como estaba, tuvo ocasión de verificar un detalle que, si no hubiese sido por su obnubilación, lo habría hecho desistir: su vientre protuberante encajaba a duras penas en la estrecha abertura. El niño giró la cabeza y la puso en paralelo con la columna y el barrote. Luego la acercó lentamente ajustándola por ambos lados. Su respiración era entrecortada y estaba sudando. Con los dientes apretados, se dispuso a hacer el esfuerzo definitivo. Una gran aclamación le confirmó que lo había conseguido. Tragó saliva y abrió los ojos que involuntariamente había cerrado. La cabeza estaba dentro. Ayudándose con las manos trató de pasar el resto del cuerpo, pero estaba encajonado de tal forma que tuvo que desistir. Varios niños reaccionaron y se pusieron a tirar de él. Pero, con su mejor voluntad, sólo lograron arrancar quejidos y protestas a la víctima. Dos chavales se colaron con una facilidad asombrosa. Ellos desde dentro y otros desde fuera se aplicaron a la tarea de devolver la libertad al pobre incauto, cuya cabeza había entrado pero que ahora no salía. Los niños empezaron a intranquilizarse al comprobar que, ni siquiera sumando sus fuerzas, eran capaces de sacar del atolladero al zangolotino que se había puesto de todos los colores, y que, conteniendo las ganas de llorar, escuchaba la discusión sobre posibles soluciones en que se habían enzarzado sus compañeros, la cual llevaba trazas de eternizarse. Algunos, a la chita callando, escurrieron el bulto atemorizados por el feo cariz que estaba tomando ese asunto.

XV

Había anochecido. A medida que transcurría el tiempo, el zangolotino iba perdiendo la confianza en los otros. Con seguridad habría sufrido un ataque de nervios, de hecho empezaba a faltarle el aliento, si no llega a ser por la intervención de dos hombres que regresaban a sus casas. Cuando los adultos aparecieron, prevalecía la opinión de que había que ir a buscar a un herrero para que, con el utensilio adecuado, doblase o cortase el barrote. A nadie se le escapaba, empero, las dificultades de esa propuesta. Los hombres se acercaron e identificaron al niño atrapado moviendo la cabeza en señal de desaprobación. Después de asustar a la concurrencia, que ya lo estaba, con dar parte a la guardia civil, al alcalde e incluso al juez de paz, y soltar un sermón condenando ciertos juegos que podían desembocar, y ahí tenían la prueba, en desgracias personales, pusieron manos a la obra. Uno de los adultos aseguró que si había entrado, tenía que salir. Primero estudiaron con detenimiento la situación e intercambiaron impresiones. Luego empezaron a manipular al imprudente recurriendo a la maña más que a la fuerza, pues no se trataba de desmembrarlo sino de liberarlo. El otro adulto, que había escuchado un retazo de la discusión de los chiquillos, comentó con sorna que harían bien en ir a buscar una sierra, un serrucho o una segueta. Necesitarían cualquiera de esas herramientas no para cortar el hierro sino las orejas de ese mocoso, las cuales eran el obstáculo para que saliese la cabeza, como el vientre lo era para que entrase todo el cuerpo. Los compadres, colocados al lado del niño, con la punta de los dedos, pegaron las orejas encarnadas y calientes al cráneo. Luego uno de ellos apoyó su mano libre en la coronilla y empujó suavemente. Aplausos y gritos de júbilo rubricaron el éxito del rescate todavía incompleto. Pero lo más difícil ya estaba hecho.

XVI

Él no podía prever el giro que iban a tomar los acontecimientos. Aunque se hubiese tratado de una persona intuitiva, capaz de interpretar correctamente actitudes y reacciones aparentemente gratuitas, no habría solucionado nada. Tenía sus propios recursos, por lo demás bastante limitados. Todos los puso en juego. No se guardó ninguna carta. Su nobleza innata no le permitía andar con malicia ni trampear. Hubo de pasar mucho tiempo antes de que llegase a estas conclusiones que lo reconciliaban consigo mismo. Le había sido necesario vaciar muchos vasos de vino, recorrer infinitas veces las calles del pueblo, rumiar largamente los lances que se sucedieron a partir de esa noche en que, con intensidad inusitada, experimentó un sentimiento tan inexpresable que, para aprehenderlo, se veía obligado a utilizar símiles y perífrasis, de entre los primeros pareciéndole el más adecuado el de un segundo parto en que de nuevo era expulsado al mundo. Frente a la botella de blanco, mientras observa a los parroquianos acodados en el mostrador, a los que están sentados, a los que entran y salen de la bodega, trata de reconstruir una vez más, con los ojos entrecerrados, la metamorfosis sufrida, obra de un malvado genio envidioso de su felicidad.

XVII

Un vozarrón espantoso, más propio de un tenor en decadencia que de un chaval, provocó la hilaridad de los presentes que se pusieron a imitarlo y a hacer payasadas. Desfigurando la cara, gesticulando grotescamente, como si eso fuera condición indispensable para emitir sonidos engolados, los chiquillos lo rodearon y le castigaron los oídos con las frases más descabelladas y surrealistas. El zangolotino no sabía si reír o permanecer serio. Cuando habló, no pretendió en modo alguno sorprender a sus compañeros con esa voz aguardentosa. A decir verdad, estaba tan asombrado como los demás. Uno de los niños empezó a andar como un autómata. Tuvo un éxito inmediato. Todos pusieron rígidos brazos y piernas, y extraviaron la mirada describiendo círculos de los que él era el centro. En lugar de enfurruñarse por servir de chacota, estiró las extremidades y se convirtió en otro muñeco mecánico. Como esos engendros poseían el don de la palabra ahuecada, el zangolotino, esta vez con plena conciencia del alboroto que se organizaría, se puso a parlotear.

XVIII

Había algo que no encajaba en ese grupo de niños sentados en corro. Uno de ellos, con una correa en la mano, daba vueltas por fuera del círculo entonando una canción monótona. De vez en cuando hacía amago de depositar la correa a espaldas de uno de los participantes, los cuales pasaban las manos por detrás para comprobar si habían sido elegidos, y librarse de las nefastas consecuencias si no se habían percatado. Este detalle constituía el núcleo del juego haciendo que se trastocasen los papeles. El que giraba, si no ponía cuidado, corría el riesgo de pasar de verdugo a víctima. Acompañándose de la misma letanía y vigilando el comportamiento de sus compañeros, a los que estaba prohibido cualquier movimiento que no fuese el de los brazos con el fin señalado, el dueño de la correa esperaba el momento adecuado de desprenderse de ella. El que daba vueltas aceleró y se detuvo detrás del chaval cuyo cuerpo sobresalía más a pesar de estar más agachado que ninguno. Cogiendo la correa que había dejado detrás a una considerable distancia, y al grito de “¡levanta!”, empezó a zurrarle. El zangolotino, que había tanteado el terreno a sus espaldas hacía escasos segundos, no comprendía por qué sus dedos no habían tropezado con la tira de cuero. Como no era el momento de ponerse a pensar, se puso en pie y echó a correr, seguido del otro que le arreaba sañudos azotes. Así recorrieron el círculo humano hasta llegar al punto de partida, sentándose apresuradamente el zangolotino en su sitio, con lo que puso fin a la paliza. Le picaban las posaderas, los muslos y la espalda, pero no hizo ningún comentario. Ni siquiera se rascó. Más grande que la comezón era su miedo a ser conceptuado de blandengue. Tenía razones para protestar, no siendo la menor, como todos habían sido testigos, el encarnizamiento de que había sido objeto. No obstante, prefirió callar y, cuando sus compañeros le preguntaron si estaba dolorido, respondió alardeando de lo contrario.

XIX

“Más fuerte le tenían que haber dado” “Parece mentira, con su edad…” “A ver si aprende” “¿Quién es?” “Es el hijo de…” “Su padre trabaja en…” “Ya caigo”. El bochorno de la noche veraniega retenía a las mujeres a la puerta de las casas. No tenían otra distracción que la que les ofrecían los chavales en la plaza. Sus juegos eran motivo de conversación, su alboroto era fuente de quejas haciéndolas añorar una tranquilidad de la que ya disfrutaban ampliamente durante el invierno. La correa, al no haber sido descubierta a tiempo, no cambió de manos. Su poseedor empezó otra vez a girar alrededor de sus compañeros mascullando la cancioncilla. A la vista del éxito obtenido, decidió probar otras variantes marrulleras de forma que quedase patente, por obra y gracia de su astucia, quién era el dueño de la situación. En lugar de correr se puso a trotar parándose de vez en cuando y haciendo restallar la correa. Para despistar, invertía a su gusto el sentido de las vueltas. Como notaran algo raro, hubo participantes que, escamados, levantaron la cabeza y denunciaron esa triquiñuela amenazando con dejar de jugar si no marchaba siempre en la misma dirección, según indicaban las reglas. El aludido replicó que ellos estaban haciendo trampas también, pues, ateniéndose a esas mismas reglas, había que permanecer con la vista clavada en el suelo. Tras estos dimes y diretes, el niño de la correa, ensoberbecido, esgrimió ese argumento para controlar a sus compañeros. Al más leve movimiento, ya fuese real o imaginario, se paraba y gritaba que había descubierto a fulano o a mengano haciendo fullerías. A todo esto, el niño zangolotino, fiel y estricto cumplidor de las normas, respiraba con dificultad de tan encorvado como estaba. El caballito trotón (aparte del paso adoptado, el mozalbete tenía facciones equinas) sonreía entre malévolo y estúpido. Su mente estaba maquinando otra jugarreta. El payaso que cae y vuelve a caer a causa de las bofetadas que le llueven, o que tropieza numerosas veces seguidas dando con sus huesos en el suelo, provoca la hilaridad del público. Esta reincidencia en la desgracia es uno de sus recursos. Haga lo que haga, no puede escapar a ese destino plagado de mamporros, patadas, cubos de agua, tartas voladoras, resbalones y costalazos. El payaso monta su número en esa línea difusa que separa lo trágico de lo cómico. Si es un verdadero artista, la gente ríe. El niño de la correa sabía que una de las claves de ese divertido resultado era la repetición. Sus ojos saltones brillaban de gusto. La idea le parecía tan graciosa y tan factible que celebraba el éxito de antemano.

XX

Algunas mujeres se echaban aire con un abanico que abrían y cerraban con movimientos bruscos. Pero este remedio servía de poco. En todos los corrillos se hablaba de la ola de calor. No se podía dormir. Sólo apetecía empinar el botijo. Como las condiciones atmosféricas no cambiasen pronto, no iba a quedar con vida un anciano en el pueblo. A continuación las vecinas procedían a un recuento de las defunciones. A menudo un suspiro rubricaba sus intervenciones. Sólo los niños vivían ajenos al hecho de que, desde principios de julio, se había franqueado la barrera del insomnio. Las diarreas y otros trastornos estaban a la orden del día. Pero, aun sufriéndolos, aun sudando no menos sino más debido al constante ejercicio físico, no se ofuscaban. La emoción del juego prevalecía sobre cualquier otro interés o consideración, así como sobre los consejos de los mayores que, en sus diversas variantes, se reducían a uno solo: estarse quietos. Si al niño de cara caballuna, inmerso en la segunda ronda de vueltas, le hubiesen preguntado lo que experimentaba en ese momento, con seguridad no habría respondido “calor”. Ni él ni los otros participantes. El niño de cara caballuna estaba ebrio de felicidad. Era tan grande su satisfacción que no le cabía en el pecho, desbordándosele por los ojos que despedían chispitas malignas. Su única preocupación consistía en que la víctima no se percatase de la granujada en ciernes. A estas alturas, que los demás levantasen la cabeza, no sólo no le importaba sino que contaba con ello. Así tendría ocasión de transmitirles mediante miradas y visajes, en un primer intento de complicidad que fue captado por pocos, y a renglón seguido por el método más expeditivo de señalar con el dedo al niño zangolotino, el mensaje que, de no protestar, los involucraría en la jugarreta. Todos guardaron silencio en espera del desarrollo de los acontecimientos. Codazos a diestro y siniestro habían servido para poner sobre aviso a los cumplidores de las reglas que, cabeza gacha, permanecían en la ignorancia. Todos estaban al tanto de lo que iba a ocurrir salvo el antagonista del lance. El zangolotino, aunque nada sospechase, inspeccionaba a menudo, en un radio lo más amplio posible, el espacio a sus espaldas. No le cabía duda que la vez anterior la correa había sido colocada más lejos. Ciertos trucos estaban permitidos. Se había dado el caso de no encontrar la correa por tenerla muy cerca del cuerpo. Pero las posibilidades eran muy limitadas. Se trataba, en definitiva, de un juego de agilidad y rapidez. El zangolotino, que era concienzudo, después de pasar sus manos desde los muslos a la rabadilla, donde ambas se juntaban, las lanzaba hacia atrás explorando el terreno palmo a palmo hasta donde alcanzaban sus brazos. Al niño de cara de caballo se le ofrecían dos opciones, una de ellas a desechar. O bien dejaba la correa dentro del área reglamentaria y echaba a correr para que le diese tiempo a recuperarla antes de ser hallada, con lo cual se descubriría él mismo, pues el súbito cambio del trote cochinero al galope tendido sólo podía significar una cosa. O bien hacía lo que ya había hecho: poner entre el predestinado y la correa la distancia necesaria para no verse obligado a prescindir de su paso corto.

XXI

Al grito de “¡lavanta, buena planta”! con que el niño de rostro caballuno anunció el segundo pase esforzándose en no soltar una carcajada, y tras recibir en el costillar los primeros azotes que no se hicieron esperar, el zangolotino saltó como impulsado por un muelle, pero no para ponerse a correr sino para encararse con el tramposo. Lo miró fijamente intentando disuadirlo de perpetrar la faena. Le advirtió con su voz bronca que no siguiera pegándole ni de broma, pues el otro, suavemente, no paraba de sacudirle el polvo. Le dijo que había puesto la correa fuera de su alcance, igual que la vez anterior. Una podía pasar, dos no. De haberse tratado de un chiquillo menos engreído y estúpido, el de las facciones equinas habría desistido. Si el enfrentamiento degeneraba en una pelea, llevaba las de perder. Los dos niños se habían convertido en el punto donde convergían no sólo las miradas de sus compañeros, sino también las de las de las mujeres que tomaban el fresco, a las que no había pasado por alto que algo estaba ocurriendo. El mocoso sorbió con ruido. Vacilaba. Su rostro se ensombrecía por momentos. Sólo era consciente de que ese grandullón le estaba desbaratando los planes. Arrugando el morro, falto de palabras para contrarrestar los argumentos del otro, cada vez más enajenado, sus respetables orejas enrojeciendo a ojos vistas, se puso a gritar como un poseso, incrementándose su rabia en proporción directa a su berrea. Mediante muecas de connivencia había creado una expectativa que ahora se volvía en su contra. Si no reaccionaba a tiempo, acabaría siendo el hazmerreír. No podía dar marcha atrás. El tiro no saldría por la culata sino por el cañón. Con las venas del cuello hinchadas, farfulló frases ininteligibles cuajadas de nítidos insultos. El zangolotino cerró los puños, provocando una elevación del tono de voz del otro niño. La plaza entera estaba pendiente de este suceso. Como la curiosidad era más fuerte que la prudencia, nadie intervino. El niño de facciones equinas necesitaba el apoyo de los demás para lanzarse. Hasta no verse respaldado no golpeaba. Era un cobardón que se echaba a llorar de despecho cuando le fallaban los recursos. Pero, espoleado por su propia verborrea, la obcecación lo estaba conduciendo a lo que, de conservar un resto de lucidez, no se hubiese atrevido. De momento dos circunstancias lo detenían: el silencio de sus compañeros que se mantenían al margen del altercado, sin tomar partido, y, tras alegar sus razones, el silencio del zangolotino interpretado correctamente como la firme resolución de arrearle un sopapo al menor movimiento en falso. Los otros niños se levantaron y formaron un nuevo círculo alrededor de sus dos compañeros, hecho que envalentonó al niño de cara de caballo, cuyo despotrique contrastaba con el mutismo del zangolotino. A éste no le gustó verse cercado por los demás. Este acto aceleraba el desenlace de la disputa en el sentido menos deseable. Era un mal presagio. Barruntaba que, aunque ganase en el cuerpo a cuerpo, el perdedor iba a ser él. Ni una sola vez se tomó la molestia de replicar por más disparates que el otro profiriese. Callaba con la misma obstinación que su contrincante ponía en apabullarlo con sus aspavientos y sus gritos.

XXII
El niño de facciones equinas gemía y resoplaba. Sostenido por los nervios y el amor propio, se debatía con fiereza. Pero, como se veía a las claras, no podría resistir mucho tiempo.
La superioridad del zangolotino era patente. De su rostro se había borrado la furia que aflorara al principio de este incidente. Se había limitado a esquivar o parar los puñetazos y puntapiés que el otro repartía a tontas y a locas. Cuando golpeó, el mamporro conmocionó a su rival que se tambaleó, y que, tan pronto como se repuso, se abalanzó sobre él como un meteorito, perdiendo ambos el equilibrio y cayendo.
Sobre el pavimento de la plaza, el niño de cara caballuna se tomó toda clase de licencias: arañazos, mordiscos, bofetadas… Pero las cosas no le fueron mejor.
Daban vueltas a derecha e izquierda tan bien entrelazados que formaban un único bulto. Cuando esa masa humana se detenía, el zangolotino era el que estaba arriba, sentado sobre el vientre del otro niño, al que trataba de dominar.
Pero éste, al que la rabia dotaba de gran agilidad, lograba zafarse. Tres veces escapó a la inmovilidad, que era sinónimo de derrota, a que lo condenaban el peso y la fuerza de su contrincante. Pero no hubo cuarta vez.
El niño zangolotino, a horcajadas, colocó las rodillas sobre los hombros de su adversario, y con las manos le mantuvo la cabeza pegada al suelo.
El niño de cara de caballo, con los ojos desencajados, forcejeó unos instantes más, trató de combar el cuerpo y revolverse, sin demasiado convencimiento, a un paso de darse por vencido.

XXIII
Alguien de manos poderosas lo cogió, lo levantó y, zamarreándolo, le dijo: “¿No te da vergüenza pegarle a un niño?”.
El zangolotino no entendía lo que pasaba. Era tardo de reflejos. Ese mozancón le hacía daño. Intentó librarse de la zarpa que lo tenía agarrado por el cogote, la cual aumentó su presión y lo hizo trastabillar en un alarde de fuerza.
La pelea con el otro lo había debilitado. Las escasas energías disponibles las aplicaba a mantenerse derecho entre tantas sacudidas.
Pero la cólera se iba adueñando de él y, cuando disminuyó el zarandeo, propinó un puntapié en la espinilla al entrometido que, en lugar de limitarse a separar a ambos contrincantes, llevando demasiado lejos sus atribuciones justicieras, lo estaba sometiendo a un bochornoso manejo.
Todavía peor lo habría pasado el zangolotino, si otros adultos no hubiesen intervenido.
A raíz de la patada recibida el jayán se enfureció hasta el punto de que no le dio un tortazo porque los recién llegados lo impidieron. Éstos le hicieron notar que estaba incurriendo en la misma falta de que acusaba al niño.
Le pidieron que lo soltara, cosa que hizo no sin antes zamarrearlo de nuevo a la vez que decía: “No sé por qué no te estrello como un huevo contra esa pared”.
Cuando el zangolotino se vio libre de la zarpa que lo acogotaba, se separó unos metros masajeándose la nuca. No sabía si irse o quedarse, si su mayor deseo era matar a ese perdonavidas o pasar página y olvidarse de todo. En cualquier caso intuía que esta historia iba a incidir directa y penosamente en su vida.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que el lamentable incidente se había convertido en un espectáculo. Él era el centro de atención. Sintió que lo juzgaban. A cualquiera le asistía el derecho de emitir un veredicto condenatorio mientras que él ni siquiera podía explicarse, exponer lo que había ocurrido.

XXIV
Permanecía allí en medio, como obnubilado, no pareciendo que viese ni escuchase nada.
Pero veía a los hombres que seguían su camino, y a las mujeres que se sentaban de nuevo en sus hamacas, en sus sillas, en sus umbrales, veía, junto a otros mozos, al bravucón acariciándose el tobillo, con el brazo echado por encima de los hombros del niño de cara de caballo, al que de vez en cuando pellizcaba la oreja cariñosamente, enfilándolo con sus ojos acuosos y hostiles donde se reflejaba el desprecio que le merecía el zangolotino, y oía los insultos que provocaban la risa del otro niño, el cual lo miraba de reojo animándose, al amparo del brazo protector, a motejarlo de esto o de lo otro, oyó a uno de los hombres preguntarle a otro mientras se alejaban si él no era el hijo de fulano, añadiendo, tras la respuesta afirmativa, que no lo podía creer, pues el padre era serio y formal, qué pensaría de ese zagalón que en vez de buscar novia pasaba el tiempo jugando con niños, y oyó a una vecina que opinaba que lo ocurrido era cosa de chiquillos, a lo que otra replicó: “¿un chiquillo el hijo de fulano?” “para mí que no es completo” dijo una tercera, “no puede serlo, desde luego”…

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                                 II
Las historias de su prima eran situaciones límites cuyo desenlace natural no podía ser otro que la catástrofe.
Manolita comprobó, sin embargo, que esos terribles trances se sucedían con regularidad sin que el desastre se produjese. Esta constatación la desconcertó primero y la escamó después.
No es que ella desease tal cosa (al contrario, ese pensamiento la acongojaba), pero el mundo de su prima no se acababa, no saltaba por lo aires, que sería lo lógico, sino que seguía girando y girando como en la canción de Gigliola Cinquetti.
Y la próxima vez que se veían, Leocadia no hacía la menor alusión a lo último que le había contado. Si Manolita, ingenuamente, se lo recordaba, la otra, para quien ese asunto era ya agua pasada, la miraba como si Manolita se hubiese convertido en un orangután.
Le costó asimilar esta lección, pero dejó de creer en su prima Leocadia y en todas las que eran como ella. Incluso llegó a la conclusión de que las “primas Leocadia” constituían una categoría de personas que englobaba a un amplio segmento social.
Y era tan tonta que a veces se arrepentía de haber adoptado esa postura, pues se planteaba que un día su prima le contaría un problema serio, y ella permanecería tan indiferente como quien oye llover.
Pero había escuchado tan a menudo el cuento del lobo que, cuando apareciese de verdad, devoraría a su prima sin que a ella, aun pudiendo, se le ocurriese intervenir.
Se lo merecía. Si no que se la comiese entera, al menos que le diese un buen par de mordiscos para que aprendiese a ser menos protagonista y más comedida.
Manolita estaba cansada de atolladeros, berenjenales y conflictos insolubles que se disolvían de la noche a la mañana. Ese guirigay le daba igual.
En el fondo de su corazón le dolían ese endurecimiento de su carácter, ese escepticismo tan ajeno a su forma de ser, ese caparazón de que se había revestido.
Pero ya no había ni desazón ni perplejidad, las dos cartas que su prima jugaba y que le reportaban siempre el triunfo.
Aparentemente Manolita seguía escuchando. Su educación y su naturaleza le vedaban mostrarse descortés. La grosería o cualquier otra manifestación inadecuada estaban reñidas con su personalidad.
Así pues, seguía siendo una oreja complaciente pero, como tenemos dos, lo cierto era que por una le entraba y por otra le salía lo que le contaban las “primas Leocadia”.

 

 

 

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                                 I
Manolita era consciente de que no sabía venderse ni dramatizar. Como les ocurre a las tartanas, la adelantaban sin dificultad por todos lados dejándola tan atrás que ella misma se veía empequeñecida y lejana.
Por más que se había empeñado en superar esa desventaja, nunca lo había conseguido. A la vista de los patéticos resultados, se había rendido a la evidencia de que se trataba de un fallo constitucional, sin solución.
Tras sus infructuosos y deprimentes intentos de cambiar, de ser otra mujer más dinámica y arrolladora, había aceptado la que de verdad era jurándose que no volvería a las andadas. Se había comprometido a lo que sin duda es uno de los objetivos más difíciles de alcanzar en la vida: respetarse.
Lo anterior conllevaba que no debían importarle los adelantamientos, algunos de los cuales parecían atropellos.
Ella no estaba dotada para las filigranas verbales ni para la teatralización. Gesticular era impropio de su temperamento y la cansaba. Cuando hablaba mucho y seguido, le dolía la garganta por el sobreesfuerzo.
Ella no era ni por asomo como su prima Leocadia: una apisonadora humana. Si a Manolita se le ocurría abrir la boca para contar un tropiezo o desventura, en la primera pausa que hacía para tomar aliento, su prima le arrebataba la palabra y dictaminaba que eso era imaginaciones suyas a las que haría bien en no dar importancia.
Y con su supuesto gracejo añadía que no se mirase tanto el ombligo. Esto le decía ella que no sólo se miraba el suyo constantemente, sino que además lo tenía de un tamaño monstruoso.
Como con la mayoría de la gente, con Leocadia no se podía hablar, sólo se podía escuchar. Pero las cosas habían cambiado mucho. Ya no era como antes que, cada vez que le contaba una historia, la ponía al borde del colapso.
Lo que le sucedía a Leocadia era el no va más. Al menos eso era lo que pensaba Manolita al contemplar su propia vida y, quiera que no, comparar. La de su prima oscilaba entre las novelas de capa y espada y las tragedias griegas. La suya parecía la primera tentativa de un escritor de escaso talento.
Alcanzar las cotas de dramatismo y enfatización de su pariente era para Manolita una hazaña equivalente a escalar el Everest. Es decir, una imposibilidad total y absoluta. Ciertamente esa proeza la pasmaba. Incluso podía sufrir una indisposición, marearse ante ese despliegue de recursos escénicos y caerse redonda.
Y después estaban el ahogo y la preocupación que las historias de su prima le causaban. Tras escucharlas con el corazón encogido, se quedaba pensando que de ésa no saldría, que las fuerzas, la salud o los medios económicos para remontar esa empinada cuesta le fallarían.

 

 

 

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Tras cada título se agazapaba una historia. Este recurso, en cuya eficacia confiaba, se convirtió en un arma de doble filo.
Me tranquilizaba y me liberaba encontrar el epígrafe adecuado, pero esa frase lacónica, a veces una sola palabra, en la que inyectaba un proyecto o una idea, empezaba a hincharse, exigiendo mimos y cuidados cual preñada primeriza, reclamando que velase por ella hasta el momento en que la criatura estuviese en el mundo.
Persiguiendo el objetivo opuesto me estaba creando nuevas ataduras.
Traté de solucionar este problema. No estaba dispuesto a ceder. Lo que pedía de mí era una dedicación exclusiva.
Para colmo, otro imponderable entró en liza, complicando el hallazgo de una salida satisfactoria.
Un día, con la mayor naturalidad, el proceso que yo tenía por unidireccional se invirtió. Este descubrimiento me dejó perplejo.
Siempre había ido del gesto cansino, de la mueca de disgusto, de la mirada somnolienta o de la reacción airada al marbete donde se indicaba la nota distintiva o la simple anotación del hecho.
Ahora comprobaba que una fortuita concatenación de palabras tenía el mismo poder de sugestión y captación de mi voluntad.
Ateniéndome solamente a las consecuencias, ambas clases de elementos no se diferenciaban.
Recordé una antigua afición que tal vez pudiera serme útil en esta coyuntura.
La lectura de los catálogos de libros constituía un ejercicio que siempre me había resultado placentero.
Esas listas en las que se consignaban el nombre del autor, el título de la obra, el número de páginas, el precio y un resumen o un extracto saciaban mi curiosidad. Casi nunca compraba el libro sobre el que, a partir de los datos expuestos, había dejado volar mi imaginación.
Podía utilizar este mismo método. Para ahorrar tiempo y esfuerzo ¿no sería suficiente hacer, al modo de las editoriales, una simple presentación? ¿No podía compendiar lo que evocaba un título en algunas líneas o, a lo sumo, en una página?

 

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DumpingMiró a su cariacontecida hermana Irene y le explicó: “Hay personas que tienen una gran capacidad de dramatización. Se tuercen el dedo meñique, y digo se tuercen, y te cuentan una novela en cien capítulos. Tú, que te has roto una pierna y tienes que estar inmovilizada tres meses, despachas este asunto en cinco palabras.
“Lo siento. No estoy dispuesta a perder mi tiempo oyendo historias que me interesan poco o nada. Y no solamente eso sino que, además, me exponen a una pérdida de energía tan grande, a una sangría tan peligrosa que no veo razón alguna para semejante sacrificio.
“El gato se lo lleva al agua quienes están dotados de facundia y desprovistos de paciencia. A lo sumo, si son mínimamente educados, escuchan con una oreja mientras con la otra están pendientes de las conversaciones cercanas.
“Acuérdate de Catalina, que hablaba por los codos y reclamaba atención absoluta. Cuando alguien conseguía meter una cuña en su monólogo, ella no tenía empacho en volver la cabeza y mirar a las musarañas.
“De esta forma, y no voy a entrar en la cuestión de si su comportamiento era consciente o inconsciente porque ese dato es irrelevante en un adulto, te hacía sentir que lo que tú estabas contando carecía de importancia.
“Una vez me dijo mi marido: parece que rehúyes a Catalina. Y yo le respondí: no lo parece, la rehúyo, la temo más que a una vara verde.
“No te hagas ilusiones, Irene. Aunque trates de poner en práctica tus propios recursos y estrategias, las Catalinas de turno te acaban comiendo. Sus aventuras acaparan toda la pantalla. Se imponen con el peso de una montaña y las tuyas son un puñado de arena que el viento arrastra en menos que canta un gallo”.

 

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