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Archive for the ‘Peripecias de Edu’ Category

30

Edu lo encontró sentado en la grada que rodeaba la estatua del Prócer. El bufón de los Zapadores estaba cabizbajo. Cuando algo lo contrariaba o era objeto de una jugarreta, su rostro y su actitud reflejaban su abatimiento. Bien era verdad que se reponía pronto. Bastaba con que los mismos que lo habían vejado o marginado moviesen un dedo para que él acudiese corriendo con una sonrisa de oreja a oreja y dijese algo chusco.

Edu imaginaba qué le había ocurrido. Los otros no habían contado con él, le habían dado esquinazo o le habían comunicado sin rodeos que no podía acompañarlos.

Sin duda, era un buen momento para sonsacarlo, aunque a veces Mako se mostraba en extremo receloso y guardaba silencio.

Cuando Edu le preguntó por el paradero de Hemón, reaccionó alzando la cabeza en un gesto provocador. Hizo una mueca chulesca que dejó al descubierto sus dientes, y que le achicó los ojos. Después de ponerse tan feo, silabeó: “¿Con que quieres saber dónde está tu amiguito?” “Sí” “No tengo ni idea”.

El bufón no mentía. Así lo entendió Edu que, no obstante, estaba seguro de que podía proporcionarle alguna información.Le resumió la entrevista que había tenido con Mortimer, sin hacer alusión a alusión a la presencia de Mako como uno de los raptores. Pero podía cambiar de opinión e incluso añadir que era también uno de los presuntos ladrones de las camisas de lino. Eso significaba que el Gran Maestro lo llamaría para interrogarlo.

Mako, pusilánime por naturaleza, encogiéndose de hombros ligeramente y mirando de soslayo a Edu, repitió que desconocía el lugar al que habían trasladado a Hemón.

“Tú participaste en su secuestro, ¿no es así?”.

El otro calló.

“¿Dónde lo llevasteis?” “A la cámara de la alfombra carmesí”. “Pero allí no está” “Claro. Kim insistió en que no podía quedarse. El castillo sería registrado de arriba abajo. Torreones, subterráneos, criptas, salas…nada quedaría sin inspeccionar” dijo Mako parodiando el tono y los gestos teatrales del lugarteniente de Roque.

El jefe le dio la razón. La cámara era un escondite circunstancial, en el que pasaría la noche. Pero él tenía previsto otro completamente seguro. A día siguiente se levantarían antes del amanecer y sacarían a Hemón fuera del castillo. En esa operación, de la que Mako fue excluido, participaron Kim, Folo, Ruibarbo y Roque.

“No se fían de ti” comentó Edu.

Mako, adoptando un aire retador, esbozó una mueca. Edu permaneció expectante. El otro tenía ganas de desquitarse.

Acabó contando que Hemón pasó la noche atado y amordazado en la cámara. Ahora estaba soterrado con toda probabilidad en las inmediaciones del bosque de Tuum.

Ese dato inquietó a Edu. “¿Qué quieren hacer con él?”.

Mako había escuchado retazos de conversaciones, frases sueltas. Algunas palabras se le pegaron al oído. Pero no le era posible recomponer el conjunto. Sólo podía afirmar que había un monstruo de por medio. Un gigantesco animal con un hocico alargado como el de un cocodrilo, y con el cuerpo lleno de escamas tan grandes como un escudo y tan duras como el diamante. Un monstruo que escupía llamas.

“¿Un dragón?” “Vivía aletargado en una cueva profunda. Ahora ha despertado” repuso misteriosamente el histrión que, en un cómico intento de amedrentar a Edu, ensombreciendo la voz, añadió: “Sus ojos despiden destellos rojizos capaces de dejar ciego”.

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29

El aire reconcentrado del Gran Maestro, su mirada fija en un punto indeterminado, sus manos de dedos nudosos que reposaban inmóviles, como dos animales fieles, sobre la mesa, imponían un respeto rayano en el temor.

Edu había respondido a sus preguntas referentes al robo de las camisas de lino. El muchacho reconoció que no denunció esos desaguisados por vergüenza, por un mal entendido espíritu de camaradería. Esta vez lo contó todo, incluido el intento de secuestro.

No era a Hemón a quien querían capturar sino a él, pero en vista de que, por circunstancias fortuitas, dijo Edu, no habían logrado su propósito, los malhechores cambiaron su plan.

“¿Quiénes son?”.

El muchacho respondió que no los había identificado porque tenían tiznado el rostro. Podía haber dado nombres, pero antes de hacer tal cosa quería hablar con Mako, quería presionarlo para que revelase dónde estaba Hemón. Edu temía que el peso de la justicia caería sobre los miembros de la banda con menos responsabilidad en las fechorías perpetradas mientras que el auténtico instigador, el cerebro, quedaría en un segundo término, incluso exculpado. Sus secuaces, debido al juramento de lealtad, lo encubrirían. Edu era consciente de la influencia que Roque ejercía sobre los otros. En algunos casos, como en el de Kim, podía hablarse de fascinación.

Cuando dispusiese de datos fidedignos sobre el paradero de su amigo, los comunicaría al Gran Maestro.

Este, tras un silencio que al muchacho se le antojó eterno, habló.

“El mal ha hecho su aparición en el castillo, como en otros tiempos. ¿Sabes lo que eso significa?” “No” “Significa que el Dragón ha despertado”.

Y prosiguió diciendo: “Crecen las malas hierbas. Por más que se arranquen una y otra vez, vuelven a nacer. Es una guerra perpetua que no permite descanso ni ofrece compensaciones. En cuanto te distraes, la grama se extiende por el sembrado. ¿Por qué ocurre eso?”.

El aprendiz ignoraba la razón.

“Porque el mal hunde sus raíces tan profundamente que es muy difícil acabar con él.

“Nuestra herramienta por antonomasia no es el puntero ni la tiza ni la pluma ni el papel ni el cayado, sino el azadón.

“Un azadón de mango largo y pala afilada con el que eliminar la maleza. No imaginabas que la tarea principal de un maestro fuese escardar, pero así es. Si la dejas libre, la grama lo invade todo, absorbiendo la vitalidad de las otras plantas, marchitándolas”.

Mortimer apenas podía contener su furia. Recordaba viejas historias. Sus rasgos se endurecieron. Sabía que el mal engendraba dolor y exigía para su erradicación penosos sacrificios.

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28

Edu recordaba que ese subterráneo era adonde lo había conducido el murciélago, aunque el aspecto que ofrecía ahora era diferente. La cabra desapareció en cuanto llegaron. El Encapuchado permaneció a su lado y, ejerciendo de maestro de ceremonias, con un gesto de la mano lo invitó a pasar y a participar del jolgorio.

Había demonios de colores. Los rojos estaban arrodillados y, con pícaro semblante, mirando de reojo a izquierda y derecha, bisbiseaban oraciones y se daban golpes en el pecho. Los amarillos brincaban y alborotaban a más y mejor. Se detenían ante sus devotos congéneres y, agarrándose la barriga con las manos, se tronchaban de risa. Los azules se comportaban como lelos, babeando y emitiendo sonidos inarticulados, señalando con el dedo aquello que les causaba asombro. Los verdes se acercaron a Edu y, agachándose, movían el trasero al tiempo que proferían toda clase de obscenidades.

Entremezclados con los diablos había animales que no les iban a la zaga. Los cerdos, sonrosados y lascivos, gruñían indecencias a quienes se cruzaban con ellos. Los asnos, afectados de priapismo, rebuznaban mostrando sus dientes amarillos. El olor a chotuno de los carneros era insoportable. Bandadas de negros murciélagos revoloteaban y se colgaban boca abajo del techo.

Para remate, aparecieron calderos de tres patas que se desplazaban con cuidado. Estos no corrían ni saltaban como los del taller de Gregor. Iban despacio, temiendo tropezar y caer. Esta cautela estaba justificada. Esos grandes recipientes panzudos estaban llenos de un líquido negro y burbujeante que Edu identificó como agua abisal.

El Encapuchado confirmó ese punto y añadió: “Es la bebida de esta alegre cofradía”.

La confusión, el vocerío y los efluvios pestilentes iban en aumento. Cuando llegaron a su clímax, ese manicomio se calmó de repente.

En un estrado apareció un macho cabrío pisando fuerte y expulsando vapor por sus dilatados orificios nasales. Tenía una cornamenta alta y retorcida, adornada con pámpanos. Iba escoltado por una bruja que, cuando el Gran Cabrón se sentó en el trono, le hizo una reverencia. Luego exhibió un espetón.

Demonios y animales prorrumpieron en gritos de júbilo. Se oyeron hurras, alaridos, rebuznos y berridos.

“Ha llegado la hora del sacrificio” dijo el Encapuchado. “Quiero irme” replicó el muchacho. “¿Así de fácil? Nadie asiste impunemente a un aquelarre” “Yo no he venido por mi voluntad” “Estás aquí. ¿Qué más da cómo hayas venido?”.

Edu, que no aguantaba un minuto más, pactó con el Encapuchado el precio de su partida.

“Yo no quiero carne fresca, como esos” dijo el falso fraile, “me conformo con media pinta de sangre”.

-o-

Seguía diluviando. Edu, despojado de una parte de su energía vital, estaba débil. Se incorporó en la cama. Si no paraba de llover, se produciría una inundación, se desbordarían los ríos, las aguas se tragarían la Isla.

Palpó el corte de la lanceta en el brazo. En sus oídos resonaron la infame algarabía, las provocaciones y las blasfemias. Vio al Gran Cabrón ejerciendo su abominable autoridad sobre sus adoradores. Recordó su perentorio deseo de marcharse.

Había tenido que negociar con el Encapuchado, que pagar un precio. Pero él no quería ser ni compinche ni víctima ni espectador.

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27

La noche se metió en agua. Se oyó el sonido retumbante de un trueno. Edu se detuvo en mitad del pasillo y permaneció a la escucha. El ruido de la lluvia se incrementó. La tormenta estaba en su apogeo.

La luz de varios relámpagos sucesivos iluminó el interior del castillo. Uno de esos fogonazos permitió al muchacho descubrir al Encapuchado vestido con un sayal. Lo acompañaba una cabra.

El siniestro personaje tenía el aspecto de un fraile dominado por la gula, la lujuria y la pereza. Cruzando las manos sobre la panza se detuvo.

La cabra, sin embargo, siguió avanzando. Iba de aquí para allá con la cabeza gacha, como si estuviese buscando comida. Acercaba el hocico a las frías y húmedas baldosas, olisqueando, haciendo extraños movimientos con los labios que encogía dejando al descubierto sus dientes disparejos.

El estúpido aire del animal resultaba enervante. Comprobando cada dos por tres la ausencia de hierba, llegó a la altura de Edu. Lo miró entornando los ojos e hizo una mueca espantosa.

“Se está riendo” dijo el Encapuchado, “le haces gracia”.

Esa silenciosa risa intranquilizó al muchacho. Cuando quiso reemprender su camino, el barbón se opuso mostrándole su cornamenta. El aprendiz trató de esquivarlo, pero no lo consiguió. Quiso engañarlo haciendo una maniobra en falso, pero tropezó y estuvo a punto de caer.

Esta vez fue el Encapuchado quien soltó una carcajada. “Te ha puesto una zancadilla”.

En efecto, eso era lo que había ocurrido. La taimada cabra lo tenía sometido a un férreo marcaje.

“Sólo quiere jugar contigo” “Pero yo no quiero jugar con ella”. Esta declaración le valió un topetazo. “Se ha molestado” señaló el falso monje.

Hubo nuevos relámpagos seguidos de horrísonos truenos. El temporal no remitía. La atmósfera electrizada propiciaba un ambiente fantasmagórico.

De entre la juntura de las losas, como un humo invisible, surgieron cuchicheos y jadeos, gritos contenidos y susurros.

La cabra, alzando las patas delanteras, se puso a bailar. Hacía ridículas piruetas, giraba sobre sí misma, se ponía a trotar en el mismo sitio, movía sensualmente los cuartos traseros.

Ese espectáculo deprimió a Edu. El Encapuchado le preguntó: “¿No te gusta?”. Y añadió: “Ven con nosotros. No te arrepentirás”.

El rumiante cesó de contonearse. Tenía la lengua fuera, una lengua larga y sonrosada que le colgaba un palmo. El Encapuchado acarició al animal.

Un relámpago más intenso permitió al muchacho vislumbrar el rostro de su adversario. Tenía los párpados caídos, la boca carnosa, la nariz protuberante. Cuando extendió otra vez la mano para frotar el lomo de la cabra, Edu observó que un vello largo y espeso le cubría el dorso y la muñeca.

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26

Seneyén, el Maestro Herbolario, examinó la herida de rebordes negros, calcinados. “Tiene un feo aspecto” dijo.

A primera vista podía pasar por un desgarro poco profundo. Seneyén, para demostrar lo engañoso de esa impresión, introdujo en la llaga un bastoncillo empapado en una disolución desinfectante.

El muchacho tuvo un estremecimiento. El líquido escocía y tenía un olor fuerte. Mientras el Maestro Herbolario lo curaba, Edu observó la habitación que servía de dispensario, laboratorio y almacén de específicos, además de despacho de Seneyén, su reino.

En la pared de enfrente, colgadas, había cortezas de árboles y raíces. A la derecha, en repisas paralelas, se sucedían hileras de tarros de cristal que contenían semillas de colores y bayas secas. Sobre una mesa había una bolsa de piel de comadreja y un ramo de margaritas purpúreas recolectadas recientemente.

“Ahora” dijo el Maestro “te voy a aplicar un emplasto de plantas amargas maceradas en agua de manantial. Te garantizo su eficacia. El poder sanador de las hierbas cerrará esta herida que, si no cicatriza bien, puede tener secuelas dolorosas.

“Esto no habría pasado si hubieses tenido puesta la camina de lino. La uña incrustada en la carne trazó un surco que huele mal”.

A continuación, preparó una infusión de hipérico, llantén y salvia a la que añadió unas gotas de resina de pino. “Esto te aliviará las molestias y te tranquilizará. Te quedarás aquí hasta que la cataplasma, que tendré que cambiar un par de veces, haga su efecto”.

Al dar los primeros sorbos de la bebida caliente, Edu sintió que dentro de él se desataban los nudos. La sensación era tan agradable que cerró los ojos. Era como si le hubiesen crecido alas y se elevase.

La voz de Seneyén le llegó de lejos. “No permitas que nada tire de ti hacia abajo”.

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25

Edu se detuvo ante el guardián que custodiaba la puerta del jardín. Tenía encasquetado un yelmo y vestía una cota de malla hasta los tobillos. Llevaba las manos enfundadas en guanteletes. Con la derecha enarbolaba una espada y con la izquierda sujetaba por el borde superior un escudo alargado.

El muchacho sangraba por el arañazo. Ni él ni el guardián hicieron alusión a ese percance. Transcurridos varios minutos se oyó una voz ronca y lejana. A través de las aberturas del sólido yelmo no se advertía más que negrura.

“¿Cuál es la búsqueda que nunca acaba?”. Edu, deduciendo la respuesta del discurso de Michael, dijo: “La del caballero”.

“¿Qué idea debe presidir su vida?” “La idea de servicio”.

“¿Cuál es tu misión inmediata?” “Encontrar a mi amigo Hemón”.

El guardián dejó el paso expedito.

-o-

Ante el Maestro de Caballería y sus compañeros, Edu contó que la visión del jardín lo encandiló. Estaba acostumbrado al verdor de la Isla. No esperaba esa explosión de blancura.

Cuando reaccionó, se dirigió a una rosaleda que resplandecía como el nácar y acarició los pétalos irisados para cerciorarse de que no eran un sueño.

Había largas varas de inmaculados gladiolos. Los claveles, las camelias y los crisantemos competían en albor.

Ante una cascada de níveas lilas que exhalaban una delicada fragancia, el muchacho perdió la noción del tiempo.

La bronca voz del vigilante lo sacó de su embeleso. De mala gana abandonó el “hortus conclusus” con parterres nevados de ásteres y pérgolas iluminadas por los racimos de glicinias.

Una vez acabado su relato, Michael lo mandó a la enfermería del castillo.

Allí, Seneyén, el Maestro Herbolario, le preguntó por qué no tenía puesta la camisa de lino. La herida del brazo no era un simple rasguño sino el surco de una uña puntiaguda con riesgo alto de infección.

Edu confesó que le habían robado las dos camisas. “¿Estás seguro?” replicó Seneyén frunciendo el ceño. El muchacho asintió.

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24

Michael, el Maestro de Caballería, les habló de la importancia del ideal. Primero había que cerciorarse de que hundía sus raíces en lo más profundo de nosotros mismos, allá donde nuestra individualidad se confundía con la totalidad o la divinidad.

“Como queráis llamar a esa realidad que nos sobrepasa”. Y prosiguió diciendo: “La autenticidad del ideal será puesta a prueba por las dudas y el desaliento, por todas las sombras proyectadas sobre él para desdibujarlo y disolverlo.

“Vuestra lealtad y vuestro compromiso es de por vida, y tienen que ir acompañados del rechazo a las tentaciones”.

El Maestro de Caballería las enumeró. Citó la codicia, la soberbia, la sensualidad, la gula…pero había dos que merecían su mayor desprecio. Una era el poder, que englobaba a todas las demás y las espoleaba. La otra era la traición. Una y otra eran igual de degradantes y peligrosas.

E insistió: “El poder es la puerta de todas las desmesuras”.

Esas incitaciones se combatían con el adiestramiento interior. El premio a nuestros esfuerzos era convertirnos en dueños de nuestra montura.

Tras la alocución, maestro y alumnos enfilaron el camino que conducía al jardín cerrado, en las cercanías del castillo de Haitink, donde tendría lugar la quinta prueba. Ese “hortus conclusus” estaba circundado por un foso lleno de agua. No había puente ni barca para cruzarlo.

A la entrada esperaba al aprendiz un guardián armado que le haría tres preguntas. Si el aspirante no contestaba adecuadamente, le vetaba el paso.

Edu no se encontraba en su mejor momento. Desde la desaparición de Hemón, a quien seguían buscando los Maestros y los sirvientes, sus temores habían aumentado.

Cuando llegó al borde del foso, lo asaltó el deseo de dar media vuelta y regresar al castillo. Durante unos minutos estuvo pensativo. Finalmente se descalzó y se quitó la hopalanda.

La distancia que había que salvar era corta. La idea de renunciar se tornó ridícula.

Cuando braceaba, un cocodrilo asomó la cabeza. El saurio despegó sus poderosas mandíbulas mostrando sus hileras de afilados dientes.

Estuvo jugando con el muchacho que intentaba vanamente alcanzar una de las dos orillas. En una de esas escaramuzas lo hirió por descuido en un brazo.

Edu había comprendido que la intención del cocodrilo no era devorarlo, cosa que ya podía haber hecho, sino mantenerlo en el foso.

Sus fuerzas menguaban. La visión de esa bestia de cuerpo acorazado y verdoso, infinitamente superior, era tan descorazonadora como sus embestidas.

El cocodrilo se alejó un momento. Edu miró a su alrededor. En el agua flotaban hojas caídas de los árboles cercanos e incluso una rama desgajada de dos o tres palmos de largo. Alargó la mano, la cogió y nadó.

Su acosador regresó al punto con la boca abierta de par en par. Cuando lo alcanzó, el muchacho, con rapidez y precisión, apuntaló su paladar con el palo.

El saurio empezó a dar coletazos y a revolverse. Antes de que consiguiera librarse de la traba, Edu se escapó.

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23

La noticia voló por el castillo de Haitink. Hemón, el muchacho bajito y engreído, había desaparecido. Nadie lo había visto marcharse. Era, por lo demás, sumamente improbable que hubiese tomado la decisión de abandonar su aprendizaje.

Sus resultados en las pruebas desarrolladas hasta ese momento eran satisfactorios. Que se supiera, no tenía problemas personales. No había razones que explicasen esa extraña ausencia.

Mortimer, el Gran Maestro, abrió una investigación. Edu, al igual que los otros, fue interrogado.

Se organizó la búsqueda en la que participaron todos los moradores de Haitink: maestros, estudiantes y sirvientes.

Michael, el Maestro de Caballería, estaba preparando la quinta prueba que, según resolvió Mortimer, debía realizarse en la fecha prevista.

Se dio una batida infructuosa por el interior y los alrededores del castillo. A continuación, el Gran Maestro convocó una reunión en la Sala Abovedada para elaborar un plan minucioso, creándose patrullas a las que se asignaron sectores concretos para su rastreo sistemático.

Edu formaba parte del equipo encabezado por Michael, al que correspondió la inspección de las murallas.

En la mente del muchacho apuntaban ciertas sospechas que no se atrevía a compartir con nadie, no porque su hipótesis fuese disparatada sino porque carecía de pruebas. Sólo era un presentimiento basado en sus propios temores. Por eso se abstuvo de hablar.

Cuando otros compañeros, que sabían de su amistad con Hemón, le preguntaron si no tenía idea de lo que había pasado, él negó. Dijo que estaba tan sorprendido y preocupado como los demás. Declaró que estuvieron juntos en la Biblioteca el día anterior por la tarde. Luego se separaron. Cada uno se fue a su habitación. Esa fue la última vez que lo vio.

La patrulla de Michael recorrió el cerco amurallado, registrando la barbacana y los baluartes. Todos los recovecos y cavidades estaban vacíos.

Al anochecer suspendieron la búsqueda. Hemón no estaba en el castillo. Las torres, las diferentes dependencias, los subterráneos habían sido objeto de meticulosas exploraciones. En ninguno de esos lugares se hallaba el muchacho.

Congregados junto a la estatua del patio, Mortimer anunció que a la mañana siguiente visitarían los puertos pesqueros, donde intentarían averiguar si Hemón se había refugiado con la intención de embarcarse y regresar a su isla. Podía tratarse, según el Gran Maestro, de una huida achacable a la nostalgia del terruño. Esta explicación sonaba poco convincente.

Cuando los otros se fueron, Edu permaneció al lado del pedestal que sostenía al Prócer con su amplia hopalanda.

Tanto Hemón como él estaban intrigados por el relieve que decoraba la base de ese monumento. Había en sus cuatro caras figuras cubiertas de alas y de ojos, en cuya composición se había esmerado el artista, dotándola de misterio, gracia y equilibrio.

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22

De vez en cuando, en una esquina o al final de un pasillo, Edu veía a las larvas. El muchacho tenía la impresión de que el castillo era de su propiedad.

Eran de costumbres nocturnas. Se paseaban sigilosamente, antes de que el sueño se adueñase de los habitantes de Haitink.

Se alejaban ondulando sus cuerpos inarticulados, lisos, sin anillos, con una cachaza que causaba asombro. Ciertamente no temían nada, al contrario que Edu, a quien el espectáculo de esos protoseres surgidos de la nada descorazonaba.

En ocasiones se agrupaban en un rincón, apelotonándose como si les faltara espacio. Allí amontonadas parecían conspirar, sólo que no emitían ningún sonido, limitándose a retorcerse con movimientos espasmódicos para evitar resbalar o caer y quedar descolgadas del conciliábulo.

Una noche, a la vuelta de la Biblioteca, Edu no vio a las orugas por ninguna parte.
Iba despacio esperando encontrarlas en cualquier momento, pero habían hecho mutis.

El silencio era apabullante. Se detuvo y aplicó el oído, pero no oyó ninguna tos, ningún crujido o chirrido. Miró el tramo mal iluminado que se extendía ante él, y la aprensión hizo mella en su ánimo.

Advirtió la presencia de alguien agazapado en la oscuridad. El miedo lo atenazaba. Seguramente se trataba del Encapuchado.

A su espalda detectó otro peligro. Se volvió y descubrió a cuatro galopines con el rostro embadurnado de hollín.

Había caído en una trampa. No tenía escapatoria. Adondequiera que se dirigiese, tendría que enfrentarse a un enemigo.

A pesar de sus caras tiznadas, reconoció a Roque, Kim y Folo que tenían cuerdas en las manos, y a Mako que llevaba una mordaza.

La intención de los Zapadores era transparente. Querían llevárselo prisionero. Atrapado entre dos fuegos, Edu, inmóvil como una estatua, permaneció a la expectativa.

Sus cuatro agresores se pararon en seco y luego retrocedieron varios pasos. Edu no comprendía lo que estaba pasando.

Por último, como si hubiesen visto al diablo, salieron corriendo. Al mirar al otro lado, Edu averiguó la causa de esa espantada.

El Encapuchado había puesto en fuga a Roque y los suyos. Con la cabeza gacha y los brazos cruzados avanzaba por mitad del pasillo.

Plantándose ante Edu dijo: “Eres mío, no de ellos”.

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21

Aparecieron signos que inquietaron a Edu y ensombrecieron su ánimo. Primero fueron unos sueños extraños que, aunque no pudieran ser calificados de pesadillas, dejaban un poso de ansiedad.

Eran visiones de animales reptantes, pero había tan poca luz que era imposible identificarlos. Tal vez eran culebras o lagartos. En cualquier caso, sabandijas de cuerpos sinuosos que no paraban de bullir.

Una noche en que regresaba a su habitación tras haber estado estudiando en la Biblioteca, vio en los largos y mal iluminados corredores del castillo, deslizándose silenciosamente, unas larvas blanquecinas de un tamaño desproporcionado.

Avanzaban con tenacidad. A Edu le pareció que fosforecían, pero seguramente esa impresión era sólo un efecto de la tonalidad lechosa de esos gusanos gordos y blandos.

El muchacho observó que se comprimían y expandían como si les estuviesen inyectando y extrayendo aire con un fuelle. Esta operación les permitía realizar las ondulaciones con las que iban ganando terreno.

Edu contemplaba hipnotizado esas hileras de orugas rechonchas, como fláccidos sacos de patatas, que recorrían los pasillos con entera libertad.

Esas criaturas fantasmales le produjeron más repugnancia que miedo. Las larvas, se dijo, no hacen daño. Pero ante las dimensiones de estas experimentaba un invencible rechazo.

Su naturaleza amorfa, la ausencia de miembros, ojos, orejas, desconcertaron a Edu que sólo reaccionó cuando desaparecieron en un recodo, aflorando en su mente una explicación.

Algo malo se avecinaba, se materializaría pronto. Las larvas eran las mensajeras.

Edu entró en su habitación y encendió la vela que había en la mesita de noche.

Las puertas del armario estaban entornadas. Se acercó y las abrió del todo. Rápidamente advirtió que faltaba la camisa de lino.

Revolvió el mueble, aun estando seguro de que la había guardado allí. Se resistía a admitir que se trataba de un robo.

De las dos camisas con la H de Haitink que, al igual que sus compañeros, había recibido de manos del Gran Maestro, sólo tenía la que llevaba puesta.

Al día siguiente, en el desayuno, contó este suceso a Hemón. Los dos muchachos sospechaban quiénes eran los autores de esa fechoría. Hemón le dijo a su amigo que debía denunciar el hurto. Edu sabía que eso daría lugar a una investigación. Primero quería intentar arreglar ese asunto él mismo, sin recurrir al Gran Maestro, que era inflexible con los delitos.

Pero ni siquiera cuando se perdió misteriosamente su segunda camisa de lino en la lavandería, Edu se decidió a presentarse ante Mortimer y revelarle estos hechos.

Hemón señaló, aunque esa puntualización fuese innecesaria, que estaba en inferioridad de condiciones al no disponer de la protección que proporcionaban esas prendas. Los peligros, que a todos acechan, tenían en él a una presa más fácil.

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