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Archive for the ‘Peripecias de Edu’ Category

26

Seneyén, el Maestro Herbolario, examinó la herida de rebordes negros, calcinados. “Tiene un feo aspecto” dijo.

A primera vista podía pasar por un desgarro poco profundo. Seneyén, para demostrar lo engañoso de esa impresión, introdujo en la llaga un bastoncillo empapado en una disolución desinfectante.

El muchacho tuvo un estremecimiento. El líquido escocía y tenía un olor fuerte. Mientras el Maestro Herbolario lo curaba, Edu observó la habitación que servía de dispensario, laboratorio y almacén de específicos, además de despacho de Seneyén, su reino.

En la pared de enfrente, colgadas, había cortezas de árboles y raíces. A la derecha, en repisas paralelas, se sucedían hileras de tarros de cristal que contenían semillas de colores y bayas secas. Sobre una mesa había una bolsa de piel de comadreja y un ramo de margaritas purpúreas recolectadas recientemente.

“Ahora” dijo el Maestro “te voy a aplicar un emplasto de plantas amargas maceradas en agua de manantial. Te garantizo su eficacia. El poder sanador de las hierbas cerrará esta herida que, si no cicatriza bien, puede tener secuelas dolorosas.

“Esto no habría pasado si hubieses tenido puesta la camina de lino. La uña incrustada en la carne trazó un surco que huele mal”.

A continuación, preparó una infusión de hipérico, llantén y salvia a la que añadió unas gotas de resina de pino. “Esto te aliviará las molestias y te tranquilizará. Te quedarás aquí hasta que la cataplasma, que tendré que cambiar un par de veces, haga su efecto”.

Al dar los primeros sorbos de la bebida caliente, Edu sintió que dentro de él se desataban los nudos. La sensación era tan agradable que cerró los ojos. Era como si le hubiesen crecido alas y se elevase.

La voz de Seneyén le llegó de lejos. “No permitas que nada tire de ti hacia abajo”.

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25

Edu se detuvo ante el guardián que custodiaba la puerta del jardín. Tenía encasquetado un yelmo y vestía una cota de malla hasta los tobillos. Llevaba las manos enfundadas en guanteletes. Con la derecha enarbolaba una espada y con la izquierda sujetaba por el borde superior un escudo alargado.

El muchacho sangraba por el arañazo. Ni él ni el guardián hicieron alusión a ese percance. Transcurridos varios minutos se oyó una voz ronca y lejana. A través de las aberturas del sólido yelmo no se advertía más que negrura.

“¿Cuál es la búsqueda que nunca acaba?”. Edu, deduciendo la respuesta del discurso de Michael, dijo: “La del caballero”.

“¿Qué idea debe presidir su vida?” “La idea de servicio”.

“¿Cuál es tu misión inmediata?” “Encontrar a mi amigo Hemón”.

El guardián dejó el paso expedito.

-o-

Ante el Maestro de Caballería y sus compañeros, Edu contó que la visión del jardín lo encandiló. Estaba acostumbrado al verdor de la Isla. No esperaba esa explosión de blancura.

Cuando reaccionó, se dirigió a una rosaleda que resplandecía como el nácar y acarició los pétalos irisados para cerciorarse de que no eran un sueño.

Había largas varas de inmaculados gladiolos. Los claveles, las camelias y los crisantemos competían en albor.

Ante una cascada de níveas lilas que exhalaban una delicada fragancia, el muchacho perdió la noción del tiempo.

La bronca voz del vigilante lo sacó de su embeleso. De mala gana abandonó el “hortus conclusus” con parterres nevados de ásteres y pérgolas iluminadas por los racimos de glicinias.

Una vez acabado su relato, Michael lo mandó a la enfermería del castillo.

Allí, Seneyén, el Maestro Herbolario, le preguntó por qué no tenía puesta la camisa de lino. La herida del brazo no era un simple rasguño sino el surco de una uña puntiaguda con riesgo alto de infección.

Edu confesó que le habían robado las dos camisas. “¿Estás seguro?” replicó Seneyén frunciendo el ceño. El muchacho asintió.

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24

Michael, el Maestro de Caballería, les habló de la importancia del ideal. Primero había que cerciorarse de que hundía sus raíces en lo más profundo de nosotros mismos, allá donde nuestra individualidad se confundía con la totalidad o la divinidad.

“Como queráis llamar a esa realidad que nos sobrepasa”. Y prosiguió diciendo: “La autenticidad del ideal será puesta a prueba por las dudas y el desaliento, por todas las sombras proyectadas sobre él para desdibujarlo y disolverlo.

“Vuestra lealtad y vuestro compromiso es de por vida, y tienen que ir acompañados del rechazo a las tentaciones”.

El Maestro de Caballería las enumeró. Citó la codicia, la soberbia, la sensualidad, la gula…pero había dos que merecían su mayor desprecio. Una era el poder, que englobaba a todas las demás y las espoleaba. La otra era la traición. Una y otra eran igual de degradantes y peligrosas.

E insistió: “El poder es la puerta de todas las desmesuras”.

Esas incitaciones se combatían con el adiestramiento interior. El premio a nuestros esfuerzos era convertirnos en dueños de nuestra montura.

Tras la alocución, maestro y alumnos enfilaron el camino que conducía al jardín cerrado, en las cercanías del castillo de Haitink, donde tendría lugar la quinta prueba. Ese “hortus conclusus” estaba circundado por un foso lleno de agua. No había puente ni barca para cruzarlo.

A la entrada esperaba al aprendiz un guardián armado que le haría tres preguntas. Si el aspirante no contestaba adecuadamente, le vetaba el paso.

Edu no se encontraba en su mejor momento. Desde la desaparición de Hemón, a quien seguían buscando los Maestros y los sirvientes, sus temores habían aumentado.

Cuando llegó al borde del foso, lo asaltó el deseo de dar media vuelta y regresar al castillo. Durante unos minutos estuvo pensativo. Finalmente se descalzó y se quitó la hopalanda.

La distancia que había que salvar era corta. La idea de renunciar se tornó ridícula.

Cuando braceaba, un cocodrilo asomó la cabeza. El saurio despegó sus poderosas mandíbulas mostrando sus hileras de afilados dientes.

Estuvo jugando con el muchacho que intentaba vanamente alcanzar una de las dos orillas. En una de esas escaramuzas lo hirió por descuido en un brazo.

Edu había comprendido que la intención del cocodrilo no era devorarlo, cosa que ya podía haber hecho, sino mantenerlo en el foso.

Sus fuerzas menguaban. La visión de esa bestia de cuerpo acorazado y verdoso, infinitamente superior, era tan descorazonadora como sus embestidas.

El cocodrilo se alejó un momento. Edu miró a su alrededor. En el agua flotaban hojas caídas de los árboles cercanos e incluso una rama desgajada de dos o tres palmos de largo. Alargó la mano, la cogió y nadó.

Su acosador regresó al punto con la boca abierta de par en par. Cuando lo alcanzó, el muchacho, con rapidez y precisión, apuntaló su paladar con el palo.

El saurio empezó a dar coletazos y a revolverse. Antes de que consiguiera librarse de la traba, Edu se escapó.

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23

La noticia voló por el castillo de Haitink. Hemón, el muchacho bajito y engreído, había desaparecido. Nadie lo había visto marcharse. Era, por lo demás, sumamente improbable que hubiese tomado la decisión de abandonar su aprendizaje.

Sus resultados en las pruebas desarrolladas hasta ese momento eran satisfactorios. Que se supiera, no tenía problemas personales. No había razones que explicasen esa extraña ausencia.

Mortimer, el Gran Maestro, abrió una investigación. Edu, al igual que los otros, fue interrogado.

Se organizó la búsqueda en la que participaron todos los moradores de Haitink: maestros, estudiantes y sirvientes.

Michael, el Maestro de Caballería, estaba preparando la quinta prueba que, según resolvió Mortimer, debía realizarse en la fecha prevista.

Se dio una batida infructuosa por el interior y los alrededores del castillo. A continuación, el Gran Maestro convocó una reunión en la Sala Abovedada para elaborar un plan minucioso, creándose patrullas a las que se asignaron sectores concretos para su rastreo sistemático.

Edu formaba parte del equipo encabezado por Michael, al que correspondió la inspección de las murallas.

En la mente del muchacho apuntaban ciertas sospechas que no se atrevía a compartir con nadie, no porque su hipótesis fuese disparatada sino porque carecía de pruebas. Sólo era un presentimiento basado en sus propios temores. Por eso se abstuvo de hablar.

Cuando otros compañeros, que sabían de su amistad con Hemón, le preguntaron si no tenía idea de lo que había pasado, él negó. Dijo que estaba tan sorprendido y preocupado como los demás. Declaró que estuvieron juntos en la Biblioteca el día anterior por la tarde. Luego se separaron. Cada uno se fue a su habitación. Esa fue la última vez que lo vio.

La patrulla de Michael recorrió el cerco amurallado, registrando la barbacana y los baluartes. Todos los recovecos y cavidades estaban vacíos.

Al anochecer suspendieron la búsqueda. Hemón no estaba en el castillo. Las torres, las diferentes dependencias, los subterráneos habían sido objeto de meticulosas exploraciones. En ninguno de esos lugares se hallaba el muchacho.

Congregados junto a la estatua del patio, Mortimer anunció que a la mañana siguiente visitarían los puertos pesqueros, donde intentarían averiguar si Hemón se había refugiado con la intención de embarcarse y regresar a su isla. Podía tratarse, según el Gran Maestro, de una huida achacable a la nostalgia del terruño. Esta explicación sonaba poco convincente.

Cuando los otros se fueron, Edu permaneció al lado del pedestal que sostenía al Prócer con su amplia hopalanda.

Tanto Hemón como él estaban intrigados por el relieve que decoraba la base de ese monumento. Había en sus cuatro caras figuras cubiertas de alas y de ojos, en cuya composición se había esmerado el artista, dotándola de misterio, gracia y equilibrio.

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22

De vez en cuando, en una esquina o al final de un pasillo, Edu veía a las larvas. El muchacho tenía la impresión de que el castillo era de su propiedad.

Eran de costumbres nocturnas. Se paseaban sigilosamente, antes de que el sueño se adueñase de los habitantes de Haitink.

Se alejaban ondulando sus cuerpos inarticulados, lisos, sin anillos, con una cachaza que causaba asombro. Ciertamente no temían nada, al contrario que Edu, a quien el espectáculo de esos protoseres surgidos de la nada descorazonaba.

En ocasiones se agrupaban en un rincón, apelotonándose como si les faltara espacio. Allí amontonadas parecían conspirar, sólo que no emitían ningún sonido, limitándose a retorcerse con movimientos espasmódicos para evitar resbalar o caer y quedar descolgadas del conciliábulo.

Una noche, a la vuelta de la Biblioteca, Edu no vio a las orugas por ninguna parte.
Iba despacio esperando encontrarlas en cualquier momento, pero habían hecho mutis.

El silencio era apabullante. Se detuvo y aplicó el oído, pero no oyó ninguna tos, ningún crujido o chirrido. Miró el tramo mal iluminado que se extendía ante él, y la aprensión hizo mella en su ánimo.

Advirtió la presencia de alguien agazapado en la oscuridad. El miedo lo atenazaba. Seguramente se trataba del Encapuchado.

A su espalda detectó otro peligro. Se volvió y descubrió a cuatro galopines con el rostro embadurnado de hollín.

Había caído en una trampa. No tenía escapatoria. Adondequiera que se dirigiese, tendría que enfrentarse a un enemigo.

A pesar de sus caras tiznadas, reconoció a Roque, Kim y Folo que tenían cuerdas en las manos, y a Mako que llevaba una mordaza.

La intención de los Zapadores era transparente. Querían llevárselo prisionero. Atrapado entre dos fuegos, Edu, inmóvil como una estatua, permaneció a la expectativa.

Sus cuatro agresores se pararon en seco y luego retrocedieron varios pasos. Edu no comprendía lo que estaba pasando.

Por último, como si hubiesen visto al diablo, salieron corriendo. Al mirar al otro lado, Edu averiguó la causa de esa espantada.

El Encapuchado había puesto en fuga a Roque y los suyos. Con la cabeza gacha y los brazos cruzados avanzaba por mitad del pasillo.

Plantándose ante Edu dijo: “Eres mío, no de ellos”.

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21

Aparecieron signos que inquietaron a Edu y ensombrecieron su ánimo. Primero fueron unos sueños extraños que, aunque no pudieran ser calificados de pesadillas, dejaban un poso de ansiedad.

Eran visiones de animales reptantes, pero había tan poca luz que era imposible identificarlos. Tal vez eran culebras o lagartos. En cualquier caso, sabandijas de cuerpos sinuosos que no paraban de bullir.

Una noche en que regresaba a su habitación tras haber estado estudiando en la Biblioteca, vio en los largos y mal iluminados corredores del castillo, deslizándose silenciosamente, unas larvas blanquecinas de un tamaño desproporcionado.

Avanzaban con tenacidad. A Edu le pareció que fosforecían, pero seguramente esa impresión era sólo un efecto de la tonalidad lechosa de esos gusanos gordos y blandos.

El muchacho observó que se comprimían y expandían como si les estuviesen inyectando y extrayendo aire con un fuelle. Esta operación les permitía realizar las ondulaciones con las que iban ganando terreno.

Edu contemplaba hipnotizado esas hileras de orugas rechonchas, como fláccidos sacos de patatas, que recorrían los pasillos con entera libertad.

Esas criaturas fantasmales le produjeron más repugnancia que miedo. Las larvas, se dijo, no hacen daño. Pero ante las dimensiones de estas experimentaba un invencible rechazo.

Su naturaleza amorfa, la ausencia de miembros, ojos, orejas, desconcertaron a Edu que sólo reaccionó cuando desaparecieron en un recodo, aflorando en su mente una explicación.

Algo malo se avecinaba, se materializaría pronto. Las larvas eran las mensajeras.

Edu entró en su habitación y encendió la vela que había en la mesita de noche.

Las puertas del armario estaban entornadas. Se acercó y las abrió del todo. Rápidamente advirtió que faltaba la camisa de lino.

Revolvió el mueble, aun estando seguro de que la había guardado allí. Se resistía a admitir que se trataba de un robo.

De las dos camisas con la H de Haitink que, al igual que sus compañeros, había recibido de manos del Gran Maestro, sólo tenía la que llevaba puesta.

Al día siguiente, en el desayuno, contó este suceso a Hemón. Los dos muchachos sospechaban quiénes eran los autores de esa fechoría. Hemón le dijo a su amigo que debía denunciar el hurto. Edu sabía que eso daría lugar a una investigación. Primero quería intentar arreglar ese asunto él mismo, sin recurrir al Gran Maestro, que era inflexible con los delitos.

Pero ni siquiera cuando se perdió misteriosamente su segunda camisa de lino en la lavandería, Edu se decidió a presentarse ante Mortimer y revelarle estos hechos.

Hemón señaló, aunque esa puntualización fuese innecesaria, que estaba en inferioridad de condiciones al no disponer de la protección que proporcionaban esas prendas. Los peligros, que a todos acechan, tenían en él a una presa más fácil.

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20

Forjar el atizador fue una tarea que ocupó a los aprendices toda la mañana. El problema se planteó cuando acometieron el vaciado en yeso para el mango. Pocos fueron los que consiguieron dar la forma adecuada a la cabeza del animal elegido.

Luego, cuando echaban el hierro fundido en la cavidad, ocurría que el molde se resquebrajaba y tenían que empezar de nuevo.

La confección del mango se reveló tan complicada que algunos renunciaron, optando por una pieza cilíndrica o por un asa.

Cuando no se tenía destreza manual, las indicaciones del Maestro Herrero servían de poco. En una de sus vueltas se paró junto al grupo de Roque y se quedó contemplando la obra de Folo. Este muchacho larguirucho, sin llegar a ser desgarbado, rubio, con el pelo más largo de lo que era habitual en Haitink, estaba pertrechado de una sonrisa bobalicona que llevaba a preguntarse por la razón de esa felicidad permanente.

Folo era uno de los aprendices más hábiles. Estaba perfilando una cabeza de jabato de gran verismo.

Cuando Brog desvió la vista del trabajo de Folo y la dirigió al de Roque, sus ojos echaron chispas.

Y sus rasgos se endurecieron. “¿Acaso no sabes que los dragones están prohibidos?”. El zagal miró a quien le amonestaba sin achantarse, con aire insolente.

El Maestro cogió las toscas pero identificables fauces entreabiertas y las arrojó a un cubo.

La mayoría de los muchachos había optado por un lobo, un carnero o un perro. Uno por la cara de un búho y otro por un águila de corvo pico.

Mako, para hacer honor a su condición de gracioso, moldeó el hocico de una comadreja, animal al que daba caza en su isla natal.

Edu había escogido la cabeza de un caballo a punto de relinchar y Hemón la de un zorro.

No acabaron hasta el día siguiente. A continuación los aprendices alinearon sus atizadores en la muralla del castillo. Brog, con la solemnidad que requerían las circunstancias, los inspeccionó parsimoniosamente. Los cogía, los sopesaba, los remiraba. Las paradas más largas las hizo delante de los trabajos de Folo y de Edu.

Al final, tras corta meditación, se dirigió a la herramienta fabricada por Edu y la mostró. Esta era la ganadora.

Había buenos resultados, explicó el Maestro. Nadie debía sentirse subestimado. Pero el atizador de Edu era la obra de un herrero experto, dijo Brog.

El muchacho se ruborizó al convertirse en el centro de atención de sus compañeros. Estaba incómodo y orgulloso al mismo tiempo.

A Hemón no le pasó desapercibido el gesto desdeñoso de Roque cuando el Maestro comunicó su fallo.

El hecho de que lo hubiese descalificado por haber infringido una norma, fue considerado una humillación por parte de Roque que se revistió de una agorera seriedad. Más tarde, propagaría la especie de que el premio lo merecía Folo, a quien Brog se lo había escamoteado por ser amigo suyo.

A Edu no le extrañó esa reacción. Lo conocía. Ambos habían nacido y crecido en la misma isla.

Roque pertenecía a una familia acomodada y no toleraba que lo reprendiesen o contrariasen. Era un niño consentido y autoritario que estaba acostumbrado a hacer su santa voluntad.

Por eso a Edu no le sorprendió su actitud rencorosa. Por eso, en su fuero interno, temió que esa historia trajese cola. Roque no era de los que encajaban un golpe y pasaban página.

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