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Archive for the ‘Peripecias de Edu’ Category

10

Cuando se dirigía a su habitación, Edu tuvo otro encuentro con el Encapuchado.

En una esquina vio una sombra al acecho. Siguió caminando, tal vez más despacio, como si no hubiese descubierto al intruso.

Decidió pasar a su lado mirando hacia adelante, como si no hubiese nadie.

El Encapuchado, en actitud desafiante, se colocó en medio. Edu no tuvo más remedio que detenerse.

No cruzaron palabras, pero el muchacho entendió el mensaje. Esa criatura achaparrada se erguía ante él como una Esfinge devoradora de incautos viajeros. Ese sería su destino si no descifraba el enigma que representaba.

Durante esos minutos eternos que le produjeron el efecto de la ebriedad, Edu no sólo supo que debía desvelar ese misterio, sino que las explicaciones, como las capuchas, se multiplicarían.

Ese engendro, se dijo, era el personaje de una historia que debía reconstruir, aunque no tenía idea de cómo proceder.

En el desayuno Edu sacó a colación este tema. Habló de una historia sin contornos, sin argumento, una historia nebulosa que exigiría numerosas tentativas.

Antes de que Hemón pudiera replicar nada, ocurrió un incidente que distrajo a ambos amigos.

Al desdoblar su servilleta, un papelito cayó en el plato de Mako, que estaba sentado frente a ellos.

El muchacho de cabeza en forma de pera lo cogió presuroso, lo estrujó e hizo un gesto de pesar.

Por la tarde los aprendices fueron convocados en el patio. Zacharías, el Maestro Zapatero, les pidió que se descalzasen y anduviesen hasta que él tocase la campana.

El cielo empezó a descargar, pero Zacharías permaneció inmutable en su tarea de vigilancia.

Era de noche cuando dio la señal de regresar. Bajo la lluvia, a oscuras, el viejo Maestro los arengó y los citó en ese mismo lugar, desde donde partirían al día siguiente para cruzar el bosque de los Frambuesos.

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9

Ambos amigos paseaban por el patio del castillo y hablaban de las ramas que la tormenta de la noche anterior había desgajado de los árboles.

Sin saber por qué Edu se puso melancólico. Hemón pensó que echaba de menos su isla, y en cierta manera así era.

Edu dijo: “A veces me siento como una de esas ramas arrastradas por el viento”. A Hemón le resultó curiosa la comparación.

“¿Cómo te gustaría sentirte?” “Como uno de esos ríos que nacen en la montaña y desembocan en el Océano” respondió.

Con cierto aire de misterio prosiguió: “Seguramente se trata de volver al lugar en que se encuentra la fuente de nuestra energía, las raíces de nuestra vitalidad, e ir haciéndose cada vez más caudaloso con las aportaciones de los torrentes y de los arroyos”.

Anduvieron en silencio un trecho. Deteniéndose y alzando la cabeza, Hemón dijo: “Si de poder se trata, te contaré algo relacionado con ese tema”.

Edu imaginaba lo que iba a referirle. Él mismo había visto movimientos furtivos en los recodos de los pasillos y en rincones apartados.

Varios aprendices encabezados por Roque habían creado una banda, lo cual estaba formalmente prohibido en Haitink.

Ambos sabían quién podía suministrarles más información, a quién podían sonsacar sin esfuerzo.

Era un muchacho de cabeza en forma de pera. Un charlatán que, cuando se ponía nervioso, tartamudeaba. Se llamaba Mako.

En el refectorio se sentaron a su lado. Hemón, como quien no quiere la cosa, aludió a la banda.

Mako dejó de masticar y, con la boca entreabierta, se quedó mirando a su compañero. Mantuvo unos segundos esa estampa de pazguato antes de reaccionar. Luego esbozó una media sonrisa.

“Su nombre es los Zapadores” precisó Hemón en un tono burlesco.

El otro se picó y repuso: “No os hagáis ilusiones. No entraréis en el grupo” “¿Por qué no? ¿Qué hay que hacer para ser admitido?”.

Adoptando un aire de superioridad, Mako respondió: “Un juramento solemne”.

Les explicó que Roque había descubierto la manera de bajar a una de las cámaras subterráneas. Era allí donde el aspirante, de rodillas en una alfombra carmesí, se comprometía a obedecer las órdenes y cumplir las misiones que se le asignase, así como a aceptar que la banda era más importante y estaba por encima de cada uno de sus integrantes, los cuales se exponían a un severo castigo si la desafiaban o traicionaban.

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8

Los siete Maestros se reunieron en la Biblioteca para hablar sobre lo ocurrido en el Taller de Calderería. Sólo el Maestro Zapatero, el de más edad, recordaba algo parecido.

Cuando ingresó en el castillo de Haitink, uno de sus compañeros sufrió el mismo percance. Zacharías explicó que el aspirante fue expulsado. Su permanencia implicaba un riesgo seguro de desestabilización.

Sentados a la larga mesa situada entre uno de los testeros y las estanterías, los Maestros rebulleron en sus sillas. Mortimer se mantuvo impasible.

“Aquellos eran otros tiempos. A nosotros nos corresponde sopesar el caso de Roque y tomar una decisión” dijo.

El Maestro Calderero tomó la palabra: “Los aprendices deben superar siete pruebas. Hay que esperar a conocer los resultados de las cuatro primeras para imponer una sanción”.

Le replicaron que el asunto era grave. Incluso cuestionaron su imparcialidad, ya que el incidente había tenido lugar en su taller durante la prueba que él organizaba.

Zacharías, que era el responsable de la siguiente, exigió que Roque abandonara el castillo.

El Maestro Zapatero, en el papel de fiscal, y el Maestro Calderero, en el de defensor, polarizaron el debate.

Tras escucharlos, el Gran Maestro expuso: “El veredicto de las aguas abisales ha sido categórico. Ese muchacho está contaminado.

“Todos lo están, pero en mucho menor grado, por supuesto. Si Gregor no hubiese intervenido, se habría producido un desastre.

“Tuvo que volcar el caldero para que las aguas soltaran a su presa. A nadie se le escapa la gravedad de este hecho.

“Las razones aducidas por Gregor son dignas de consideración. Si ese joven poseído por el mal vuelve a su isla, sembrará el dolor.

“La cuestión es si debemos dar a Roque otra oportunidad. Que cada cual en conciencia emita su voto”.

La consulta se hizo a mano alzada. Cuatro Maestros votaron a favor y tres en contra.

Roque, a quien quedaban todavía tiznones en el cuerpo, no fue expulsado.

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7

Los muchachos fueron metiéndose en la caldera que los vomitaba más o menos de prisa. En sus caras se pintaba el miedo que les producía el agua borboteante. Miedo que se convertía en pavor cuando el baño se alargaba más de la cuenta.

No hubo aprendiz que permaneciese más de cinco minutos en la marmita hasta que le llegó el turno a Roque.

Desde el escabel, antes de zambullirse, miró a su alrededor con jactancia. Él no estaba azorado.

Dio un salto y se hundió en el agua que empezó a bullir ruidosamente. En su agitada superficie se formaron olas que se estrellaban contra el muchacho manchándolo de negro.

Sus ojos se vaciaron y por las dos aberturas se vislumbraba su interior surcado de tinieblas. Incluso algunos creyeron ver diablillos rojos armados de tridentes.

En el taller se organizó un formidable revuelo. Las cadenas que colgaban de las paredes interiores de la chimenea, retemblaban. Las herramientas, atacadas del mal de San Vito, bailaban.

Las asas de una de las calderas se convirtieron en manos que empezaron a aplaudir. Los muchachos se replegaron instintivamente.

Una segunda caldera colgada de un gancho se dejó caer con estruendo y empezó a dar volteretas hasta quedar completamente abollada.

Una tercera con patas se puso a correr de aquí para allá chocando con lo que encontraba a su paso.

Los cacharros del taller fueron cobrando vida y uniéndose a la fiesta. Ollas, alcuzas, peroles formaron un semicírculo frente a la chimenea, peleándose entre sí para ponerse en primera fila. Ninguno quería perderse el espectáculo.

Gregor, cuyas venillas varicosas resaltaban violáceas en su prominente nariz, empuñó su vara e intervino.

Apartando sin contemplaciones los cacharros que alborotaban a más y mejor, sin dudarlo un momento, le arrancó una de las patas de un bastonazo a la caldera, que perdió el equilibrio y vertió su contenido en el hogar.

Los ayudantes, que se habían puesto guantes y delantales de cuero, rescataron a Roque.

Las aguas del color de la tinta se espesaban a medida que se alejaban. Cuando detuvieron su avance, empezaron a burbujear primero y a humear a continuación.

Por último, ese alquitrán acabó descomponiéndose en un fiemo pestilente.

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6

El Taller de Calderería semejaba un navío desde cuya proa capitaneaba Gregor, el Maestro Calderero. Los aprendices eran los marineros que faenaban en cubierta.

Con su gruesa nariz surcada de venillas varicosas, Gregor imponía respeto.

Sus ayudantes habían colocado una enorme caldera con tres patas debajo de la campana de la chimenea, y ahora avivaban el fuego con un fuelle.

Los muchachos no sabían si ese recipiente de cobre tan grande como una tina estaba lleno o vacío. A ninguno de ellos se le ocurrió preguntar ni asomarse.

Así pues, todos estaban como la caldera de abultada panza: sobre ascuas.

Algunos hacían gala de una seguridad admirable. Esta actitud tenía la nefasta consecuencia de incrementar la ansiedad de los más aprensivos. Entre esos gallitos destacaba Roque, un mozalbete de la misma isla que Edu.

De cejas espesas y gesto desdeñoso, contemplaba los preparativos con indiferencia.

Gregor habló por fin. Dentro de la caldera había agua abisal obtenida por medios mágicos. Lógicamente, añadió, nadie podía descender a las profundidades oceánicas para aprovisionarse de esa agua negra y densa.

La marmita estaba a su mitad. Eso era suficiente para la prueba en la que se determinaba la verdadera naturaleza de los aspirantes a Maestros.

Un ayudante anunció: “El agua está a punto”.

Se oía un gorgoteo que hizo mella en el ánimo de los muchachos. Algunos palidecieron, otros apretaron las mandíbulas.

Gregor explicó que la prueba consistía en entrar en la caldera.

“Las aguas abisales hierven pero no queman”.

El Maestro llamó al primer aprendiz de cuyo rostro había desaparecido todo rastro de color. Un ayudante lo condujo al escabel al que debía subir para saltar al interior de la gigantesca vasija cuya base iluminaban siniestramente los carbones palpitantes.

El Taller de Calderería, como los estudiantes recordaron en ese momento, tenía por mal nombre “la Cocina de los Diablos”.

Si todo iba bien, el agua, como si se hubiese tragado un hueso que le cortaba la respiración, expulsaría al intruso a renglón seguido.

Pero si el candidato tenía más zonas oscuras que luminosas, el agua lo retendría. Sus sombras se entremezclarían con las tinieblas abismales, se reconocerían unas y otras confundiéndose en un infernal hermanamiento.

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5

Los reunieron en la Sala Abovedada. Mortimer, el Gran Maestro, iba a dirigirles la palabra.

Hacía tres semanas que los muchachos habían llegado, pero el Gran Maestro, por motivos que desconocían, había tenido que ausentarse.

A su vuelta, una de sus primeras disposiciones fue convocar a la nueva hornada de estudiantes no para desearles la bienvenida, como algún ingenuo pensó, sino para aclarar ciertas cuestiones.

En Haitink los actos protocolarios estaban reducidos al mínimo. Igual ocurría con la afabilidad que afloraba raramente en las relaciones con los demás. Prevalecía la tendencia a ser correcto y a no traspasar determinados límites.

Mortimer, de rostro alargado y manos huesudas, estaba de pie en mitad del estrado, contemplando a la concurrencia.

Los aprendices estaban también de pie. La Sala Abovedada era una nave desnuda, de techumbre sostenida por altas columnas, con un rosetón en el muro frontero. En el lado derecho había tres ventanas ojivales que daban al patio.

La luz de los candelabros de hierro dejaba grandes espacios en penumbra.

“Estáis aquí en busca de poder. Queréis convertiros en hombres con la facultad de gobernaros, a vosotros e incluso a vuestra isla. Quién sabe si a todo el Archipiélago. Ese es el primer error. Aquí no allanamos el terreno a nadie.

“Aquí se producen transmutaciones y regeneraciones. A veces tenemos la capacidad de crear. Todo eso tiene un precio que a lo mejor os parece excesivo.

“El segundo error lo constituyen las ilusiones engañosas, las metas absurdas, los espejismos contra los que hay que luchar sin descanso.

“Los deseos insaciables que renacen de sus cenizas como el ave fénix, son el tercer error, tan nefasto como los anteriores.

“He citado las bases de la perpetua insatisfacción. Esos son los carbones al rojo vivo en los que nos abrasamos hasta la calcinación.

“Estáis aquí porque aspiráis a convertiros en Maestros, porque en vuestros corazones alienta el ansia de superación y de perfección, porque soñáis con dar cumplimiento a vuestro destino, que concebís con grandeza”.

Edu, que estaba situado en la periferia del grupo, volvió la cabeza y vislumbró una figura achaparrada, tras una columna. Tal vez fue su imaginación, pero le pareció que los ojos de ese fámulo chispearon burlonamente en la semioscuridad.

“Poco me queda por añadir, aparte de ofreceros mi ayuda. No creo en los consejos. No obstante, puesto que soy el Gran Maestro –dijo con una nota de ironía–, debo daros uno.

“Podría afirmar que empecé en Haitink. Pero no es verdad. Empecé antes, en la isla de la que soy oriundo. Una isla tan pequeña que no aparece en los mapas.

“Sabía adónde quería llegar, como vosotros ahora. Al cabo de unos años me percaté de que estaba huyendo. Si quería dejar de comportarme como un conejo, debía regresar a mi isla y saldar las cuentas pendientes.

“Si quería que mi energía fluyera, debía desobstruir la fuente. Si quería abrir las puertas cerradas, debía recuperar la llave”.

 

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4

El castillo de Haitink se alza en una altiplanicie desde la que se divisa el puerto en el que desembarcaron Edu y sus compañeros.

A su espalda, a dos leguas de distancia, se encuentra el bosque de Tuum, conocido sencillamente por el Bosque, a pesar de que en la Isla hay otros, aunque no tan extensos ni tan impenetrables. Su ausencia de caminos es también una característica que lo hace único.

El castillo es el centro neurálgico de la Isla, que está situada en la periferia del Archipiélago, abierta a la infinitud del Océano.

La primera vez que se entra en Haitink se tiene la impresión de ser recibido por un poderoso amo. Allí dentro uno se cree a salvo de cualquier peligro. Pero ese efecto es engañoso, como Edu comprobó bien pronto.

La Isla, con sus campos y colinas verdes, con sus riachuelos plateados y sus rumorosas arboledas, es el sitio ideal para prepararse y alcanzar el grado de Maestro en cualquiera de sus especialidades.

La Isla, en los confines del Archipiélago, garantiza las condiciones del exigente aprendizaje.

Para el gusto de Edu, Haitink tenía demasiadas torres. Hemón no compartía esta apreciación estética.

Aparte de las torres y de las agujas que remataban la fachada de algunos edificios, los extensos subterráneos le producían recelo. Cuando a sus oídos llegaba un nuevo dato, tenía que esforzarse para no manifestar su aprensión.

Las historias en relación con la cripta eran perturbadoras. La mayoría de sus compañeros declaraban estar deseosos de conocer las tumbas que albergaba.

Pertenecían a Héroes cuyas proezas esculpidas en mármol y cuyas estatuas yacentes no despertaban la curiosidad de Edu.

Para él, la cripta era un lugar consagrado a la muerte, donde reinaban el silencio y la oscuridad. Seguramente el polvo depositado a lo largo de los años formaba una espesa capa. Y aunque no fuera así, la frialdad de la piedra desnuda, tal vez húmeda, era suficiente para desalentar al muchacho.

 

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