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Posts Tagged ‘Kim’

15

Después del almuerzo, aprovechando que tenían la tarde libre, los Zapadores se encaminaron al bosque de Tuum.

Deteniéndose a escasa distancia de ese recinto sombrío y misterioso, contemplaron los árboles centenarios sin despegar los labios, sintiendo cómo se les erizaban los pelos del cogote.

Roque indicó que era allí donde había que realizar la invocación. Para tranquilizar a sus compañeros añadió condescendiente que no era necesario entrar. Si acaso alguien saldría, bromeó.

Luego les mandó que formaran un círculo cuyo centro ocupó. Kim, con la confianza que le daba ser su lugarteniente, preguntó al líder si sabía lo que estaba haciendo. Este respondió que controlaba la situación. Sonriendo vagamente añadió que pronto lo comprobarían.

Elevando la voz y las manos Roque principió el conjuro. Las palabras guturales resonaron ininteligibles. Las estuvo repitiendo a pleno pulmón hasta que un brazo de niebla oscura y espesa surgió del bosque.

Esa emanación avanzó y se cernió sobre el corro de inmóviles muchachos. A continuación giró en espiral hasta formar un lóbrego dosel que desprendía un vaho fétido, como el aliento de un enfermo.

El oficiante y sus acólitos se asustaron y huyeron. De lejos vieron cómo la nube descendía y se transformaba en un cuerpo de apariencia humana, cuyas extremidades crecían y menguaban, cuya cabeza aparecía y desaparecía, asomando por diversos puntos del contorno irregular de esa figura en perpetuo estado de cambio.

El terror se apoderó de los miembros de la banda cuando se percataron de que ese ente o ese genio fallido, como lo definió Roque más tarde, salía en su persecución.

Por fortuna, bien porque sus fuerzas se debilitasen a medida que se alejaba del bosque de Tuum, bien porque la camisa de lino bordada con la H de Haitink cumpliese su función protectora, las prolongaciones tentaculares de esa gigantesca ameba no lograron capturar a los pandilleros.

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14

La ceremonia tuvo lugar en la Sala Abovedada. Los aprendices recibieron dos camisas de lino bordadas con la H de Haitink. Siempre debían llevar puesta una.

En el espaldar de una silla había también una burda camisa de arpillera. El Gran Maestro explicó que estaba reservada para quien alcanzase la libertad.

Roque, mirando de reojo a su lugarteniente Kim, esbozó una mueca de rechazo. Sus aspiraciones eran otras.

Mako, menospreciado desde que recibiera el castigo por irse de la lengua, percatándose de ese gesto, arrugó la nariz al tiempo que señalaba la camisa con un movimiento de la barbilla en un intento de congraciarse con el jefe de la banda.

Mortimer hablaba ahora de las blancas camisas de lino que eran un talismán protector. Debían guardarlas cuidadosamente. Si las perdían o las desgarraban, les sería más difícil no sólo superar las restantes pruebas, sino también enfrentar las trampas y peligros que el destino les tenía reservado.

A juzgar por las sonrisitas y los cruces de miradas, a Roque y los suyos las propiedades bienhechoras de esas prendas les resultaban divertidas. El mozalbete cariancho, de nariz en forma de silla de montar y orejas a las que faltaba poco para ser de soplillo, masculló que eso era un cuento de vieja.

La influencia de Roque había aumentado por inexplicable que tal hecho pareciese a Edu y a Hemón. Los otros miembros de la banda se habían convertido en sus lacayos. Mako, relegado a un estatus bufonesco, ocupaba el escalafón más bajo, pero todos acataban igualmente las disposiciones del cabecilla sin objetar nada.

Este preparaba, por cierto, algo grande, una contraprueba que, invistiéndole de poder, le permitiría desafiar a los mismos Maestros de Haitink.

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