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Posts Tagged ‘los Zapadores’

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Ambos amigos paseaban por el patio del castillo y hablaban de las ramas que la tormenta de la noche anterior había desgajado de los árboles.

Sin saber por qué Edu se puso melancólico. Hemón pensó que echaba de menos su isla, y en cierta manera así era.

Edu dijo: “A veces me siento como una de esas ramas arrastradas por el viento”. A Hemón le resultó curiosa la comparación.

“¿Cómo te gustaría sentirte?” “Como uno de esos ríos que nacen en la montaña y desembocan en el Océano” respondió.

Con cierto aire de misterio prosiguió: “Seguramente se trata de volver al lugar en que se encuentra la fuente de nuestra energía, las raíces de nuestra vitalidad, e ir haciéndose cada vez más caudaloso con las aportaciones de los torrentes y de los arroyos”.

Anduvieron en silencio un trecho. Deteniéndose y alzando la cabeza, Hemón dijo: “Si de poder se trata, te contaré algo relacionado con ese tema”.

Edu imaginaba lo que iba a referirle. Él mismo había visto movimientos furtivos en los recodos de los pasillos y en rincones apartados.

Varios aprendices encabezados por Roque habían creado una banda, lo cual estaba formalmente prohibido en Haitink.

Ambos sabían quién podía suministrarles más información, a quién podían sonsacar sin esfuerzo.

Era un muchacho de cabeza en forma de pera. Un charlatán que, cuando se ponía nervioso, tartamudeaba. Se llamaba Mako.

En el refectorio se sentaron a su lado. Hemón, como quien no quiere la cosa, aludió a la banda.

Mako dejó de masticar y, con la boca entreabierta, se quedó mirando a su compañero. Mantuvo unos segundos esa estampa de pazguato antes de reaccionar. Luego esbozó una media sonrisa.

“Su nombre es los Zapadores” precisó Hemón en un tono burlesco.

El otro se picó y repuso: “No os hagáis ilusiones. No entraréis en el grupo” “¿Por qué no? ¿Qué hay que hacer para ser admitido?”.

Adoptando un aire de superioridad, Mako respondió: “Un juramento solemne”.

Les explicó que Roque había descubierto la manera de bajar a una de las cámaras subterráneas. Era allí donde el aspirante, de rodillas en una alfombra carmesí, se comprometía a obedecer las órdenes y cumplir las misiones que se le asignase, así como a aceptar que la banda era más importante y estaba por encima de cada uno de sus integrantes, los cuales se exponían a un severo castigo si la desafiaban o traicionaban.

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