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Posts Tagged ‘la alfombra carmesí’

12

Lo embargó el pánico. Pensó que se había quedado ciego. Se tocó la cara con las manos. Se pasó los dedos por los ojos.

Un resplandor lejano lo tranquilizó. Una antorcha iluminaba un rincón perdido.

¿Dónde estaba? Al hacerse esta pregunta descubrió un murciélago que batía sus alas membranosas sin moverse del mismo sitio. Parecía suspendido en el espacio, como un ídolo que se ofrece a la adoración.

Cuando hubo captado totalmente la atención del muchacho, se dio media vuelta.

Edu lo siguió por una galería en la que se alternaban los tramos de oscuridad y los círculos de luz de las antorchas.

Por una escalera de caracol bajaron a una cámara que Edu reconoció, aunque nunca había estado allí.

La estancia tenía en el centro una alfombra carmesí sobre la que había alguien. Le pareció un títere descuajaringado, un muñeco de tamaño natural que, cansado de estar de rodillas, se había dejado caer y yacía boca abajo. Esa figura le resultó familiar.

El descenso no había acabado. El murciélago condujo a Edu a un subterráneo donde lo esperaba el Encapuchado en medio de cuerpos descabezados y de flotantes ojos de corneas amarillas.

Había también orejas que, con un ligero vaivén, se desplazaban de un lado a otro.

Al igual que le ocurriera con el heraldo, Edu sintió que se hallaba en presencia de una siniestra deidad.

Olía a estiércol, lo cual produjo náuseas al muchacho. La atmósfera enrarecida le desencadenó asimismo una intensa nostalgia y su mente se pobló de árboles, de arroyos, de nubes.

La querencia era tan fuerte que cerró los párpados.

Cuando los volvió a abrir, estaba tendido en el suelo de su habitación, como si se hubiese caído de la cama.

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9

Ambos amigos paseaban por el patio del castillo y hablaban de las ramas que la tormenta de la noche anterior había desgajado de los árboles.

Sin saber por qué Edu se puso melancólico. Hemón pensó que echaba de menos su isla, y en cierta manera así era.

Edu dijo: “A veces me siento como una de esas ramas arrastradas por el viento”. A Hemón le resultó curiosa la comparación.

“¿Cómo te gustaría sentirte?” “Como uno de esos ríos que nacen en la montaña y desembocan en el Océano” respondió.

Con cierto aire de misterio prosiguió: “Seguramente se trata de volver al lugar en que se encuentra la fuente de nuestra energía, las raíces de nuestra vitalidad, e ir haciéndose cada vez más caudaloso con las aportaciones de los torrentes y de los arroyos”.

Anduvieron en silencio un trecho. Deteniéndose y alzando la cabeza, Hemón dijo: “Si de poder se trata, te contaré algo relacionado con ese tema”.

Edu imaginaba lo que iba a referirle. Él mismo había visto movimientos furtivos en los recodos de los pasillos y en rincones apartados.

Varios aprendices encabezados por Roque habían creado una banda, lo cual estaba formalmente prohibido en Haitink.

Ambos sabían quién podía suministrarles más información, a quién podían sonsacar sin esfuerzo.

Era un muchacho de cabeza en forma de pera. Un charlatán que, cuando se ponía nervioso, tartamudeaba. Se llamaba Mako.

En el refectorio se sentaron a su lado. Hemón, como quien no quiere la cosa, aludió a la banda.

Mako dejó de masticar y, con la boca entreabierta, se quedó mirando a su compañero. Mantuvo unos segundos esa estampa de pazguato antes de reaccionar. Luego esbozó una media sonrisa.

“Su nombre es los Zapadores” precisó Hemón en un tono burlesco.

El otro se picó y repuso: “No os hagáis ilusiones. No entraréis en el grupo” “¿Por qué no? ¿Qué hay que hacer para ser admitido?”.

Adoptando un aire de superioridad, Mako respondió: “Un juramento solemne”.

Les explicó que Roque había descubierto la manera de bajar a una de las cámaras subterráneas. Era allí donde el aspirante, de rodillas en una alfombra carmesí, se comprometía a obedecer las órdenes y cumplir las misiones que se le asignase, así como a aceptar que la banda era más importante y estaba por encima de cada uno de sus integrantes, los cuales se exponían a un severo castigo si la desafiaban o traicionaban.

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