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Archive for the ‘Textos cortos’ Category

                                    III
Y yo aquí, sentado en una duna, rodeado de gramíneas que doblan sus tallos al menor soplo de viento, y que tiemblan azogadas cuando éste corre racheado. Contemplando la línea de la playa que se extiende en un largo abrazo. Como si pretendiese abarcar al mar, acunarlo en su regazo, adormecerlo en su seno. Y yo aquí, fascinado por las aguas del Atlántico cuyo oleaje rompe a escasos metros de donde estoy, de esta atalaya desde la que admiro sus luces, sus crestas espumosas, su poder ilimitado. Arrullado por su murmullo. En esta duna a mitad de camino de los pinares y el mar. Entre el verde oscuro de las agujas y el verde inestable del océano. Envuelto en los olores procedentes de uno y otro lado. En este confín. En este paraje de vegetación rala. Hipnotizado por ese flujo creciente que va anegando la playa, y que arrastrará consigo, cuando se retire, todos los detritos. A un tiro de piedra de ese espolón desafiante, de ese esquife escorado, de esa excrecencia que desentona en este paisaje costero de suave trazado. Sentado en esta colina de arena tibia. Dejando vagar la vista. Ubicado en ese punto concreto del universo. Considerando la extravagancia de esa roca carcomida que es mínima, inexistente, comparada con la de un ser humano. Sintiendo cómo ese pensamiento produce un vacío. Y el vacío vértigo. Y el vértigo angustia. Y la angustia desvalimiento. Como cuando miro las paredes desnudas de mi habitación. O a través de cristales empañados en un día brumoso. Como cuando marcho cansinamente sin objeto. Entonces. Ahora. En el teso de la duna. Sin ataduras. Libre de lastre. Un tenue cosquilleo me recorre las yemas de los dedos. Mi cuerpo se vuelve más liviano. Mi respiración se hace más pausada. Mi mente adquiere la pureza de un diamante.

 

 

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                                        II
La fina arena de la playa. La rubicunda arena que cubre esa franja costera. Esos infinitos granos que se escurren por entre los dedos sin dejarse atrapar. La arena apelmazada que lame el agua, y la otra, suelta y ligera, sobre la que el viento dibuja cordilleras y valles cuya configuración trastoca por completo una ráfaga más impetuosa. Efímeras orografías. Cambiantes mapas de arena. Doradas partículas que se agolpan en esa banda fronteriza y se codean día a día, hora a hora, segundo a segundo, con el rugiente mar. Pero ellas no le oponen resistencia. Cuando la pleamar remonta esa suave pendiente, cuando las olas empiezan a ganar terreno y a una sucede otra que llega más lejos, cuando esos lengüetazos van empapando la playa, allanándola, comprimiéndola, oscureciéndola, la arena se deja invadir. Sólo las pulgas huyen enloquecidas ante el imparable avance de la marea, se refugian en sus agujeros excavados a toda prisa, dan grandes saltos en todas las direcciones dominadas por la preocupación de poner sus traslúcidos cuerpos a buen recaudo.

 

 

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                                     I
Una roca batida por las olas. Una roca a la que el agua moldea, a la que la fuerza del mar con su tenacidad infinita desbasta, perfora, corroe. Cientos, miles de años expuesta a la acción insobornable de la naturaleza. Con su base pavimentada de conchas que se superponen formando montículos. De conchas que se distribuyen como las teselas de un mosaico. Una roca cruzada de costurones que se yergue a escasos metros de la costa. Una roca azotada por los vientos, desteñida por el salitre, con olor a yodo y a plantas marinas, alrededor de la cual flotan trozos de madera negruzca procedentes tal vez de una barca desvencijada que otrora surcaba este sobrehaz verdeazulado en constante movimiento, rizado por la brisa, de reflejos tornasolados. Y mezcladas con esos maderos podridos que se estrellan una y otra vez contra el peñasco solitario, las gelatinosas algas cubriéndolos con sus filamentos, entrelazadas, encaramadas, o bien dejándose llevar a la deriva, mecidas por el eterno bamboleo de las olas. Una roca maltrecha, de cimientos dudosamente firmes, un tanto inclinada, como si estuviera prosternándose ante la grandeza del océano. Un minúsculo islote donde las gaviotas se posan, lanzan sus estridentes graznidos, se dan picotazos debajo del ala, miran a derecha e izquierda con suprema indiferencia. Una roca aislada, de contorno irregular, con numerosas cicatrices y concavidades, devorada por el mar al que sigue plantando cara.

 

 

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Éramos tres mujeres y un servidor que íbamos en coche al trabajo. Cada día uno de nosotros llevaba el suyo. Así economizábamos y el viaje, presuntamente, se hacía más corto.
Por lo general hablo poco. Prefiero escuchar y contemplar el paisaje. Más lo segundo que lo primero. Mis compañeras, incluso por la mañana temprano, prefieren hablar. Siempre tienen que contar un montón de cosas.
En una ocasión abordaron el tema del feminismo. Como de costumbre, yo permanecía calladito en mi rincón, detrás de la conductora.
A bocajarro, de forma que me sentí violento, me preguntaron cuál era mi opinión sobre el aborto.
Les respondí lo que pensaba, que no era lo que ellas esperaban, y que no les gustó.
Se hizo un silencio embarazoso. Una de mis compañeras me miró de través, con una media sonrisa, y dijo: “Pero tú no eres una mujer”.
“Si lo fuera, sería la mujer barbuda” repliqué. Por desgracia su sentido del humor las había abandonado y ninguna celebró mi ocurrencia.

 

 

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El ocioso se detuvo ante el taller de bicicletas. Apoyando una mano en el quicio de la puerta, se quedó observando cómo el mecánico se afanaba en la reparación de un velocípedo cuyo cuadro estaba torcido. En ese momento trataba de enderezar el manillar. “Difícil está eso” dijo el paseante en villa. El dueño del taller se irguió pero no replicó nada. “Menudo porrazo ha dado ese corredor. Ha dejado a la burra para el arrastre” añadió.
Uno y otro eran conocidos del barrio. Por eso el mecánico no se molestó en dar ninguna explicación. Encendió un cigarrillo y expulsó una bocanada de humo mientras examinaba con ojo crítico la maltrecha bicicleta.
Luego, fijando la mirada en el holgazán, le espetó: “¿Y tú qué haces?”. Encogiéndose levemente de hombros el otro respondió: “Aquí me ando”.

 

 

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Conozco a Ramiro desde hace años. La transformación que sufre no es nueva. He tenido ocasión de observarla repetidas veces. Sin embargo, no puedo evitar que me produzca incomodidad, irritación e incluso desasosiego.
Empieza ladeando la cabeza de una forma que no es la suya. Luego alza un brazo como si fuera a despedirse. Su cuerpo adopta una postura indolente. La voz no le cambia pero adquiere las inflexiones propias del visitante. En pocas palabras: deja de ser él mismo.
Por los gestos, por el lenguaje, resulta fácil identificar al huésped que se ha adueñado de la casa.
El intruso al que Ramiro cede gustosamente el protagonismo, es un conocido por el que siente una admiración o devoción inexplicables para mí. Pero el alma humana es un misterio.
Su docilidad, su colaboracionismo, en el proceso de colonización provocan un lógico rechazo. ¿Por qué se sacrifica a sí mismo en aras de un modelo fantasmal?
Ayer asistí a un relevo completo. Mi amigo sólo mantuvo la apariencia física.
El éxito de esta suplantación suscitó una duda. Siempre había dado por supuesto que era Ramiro quien abría la puerta para que el visitante entrara en su interior. Pero también podía ser que el otro proyectase su poderosa sombra, destruyese las defensas y se apoderase de la personalidad de mi amigo.
Ayer me sentí como el desorientado interlocutor que asiste por primera vez a esa mutación. La idea de que no se trataba de una entrega sino de una conquista se abrió paso en mi mente.
Ayer ocurrió que, tras dejar de ver y oír a Ramiro, encaré al visitante. En sus labios se dibujó una sonrisa burlona y en sus ojos relampagueó una luz maligna.

 

 

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Lo que tengas que decir, dilo directamente, sin jugar a responsabilizarme, a pillarme en falta, a dejarme en evidencia por algo que he hecho o he dejado de hacer. Sin buscarle tres pies al gato. Sin circunloquios. Sin reticencia.
Esa estrategia de culpabilizar es un pésimo recurso.
Seguramente se trata de un automatismo, de una grabación introyectada en la primera infancia que salta sola.
Tengo, según creo, suficientemente asumidas mis obligaciones. Tengo defectos y olvidos. Pero no tengo una conciencia deliberada de escaqueo o de inhibición.
Por eso no me gustan esas actuaciones sesgadas cuyo objetivo es mostrar o demostrar que no estoy a la altura de las circunstancias.
Te ruego que no me busques las cosquillas, que no conviertas cualquier asunto en una cuestión de honor o, todavía peor, en una cuestión de poder. Te ruego que no te enzarces en una discusión por una bagatela.
Esa es la forma más eficaz de destapar la caja de los truenos o, cuando menos, la de las mezquindades y los rencores.
Este proceso trae de reata el malestar y los reproches a uno mismo por haberse dejado arrastrar a otra trifulca, por no haberla cortado a tiempo, por no haber sido capaz de mantenerse en su sitio.

-o-

Ricardo calló y se quedó mirando la estructura móvil que colgaba del techo. Bastaba que alguien pasase a su lado para que las plumas de colores se estremeciesen y las varillas metálicas resonasen. Según Raquel, era una escultura muy receptiva. Quizás por esa razón, él se había puesto a darle unas explicaciones que no le estaban destinadas.

 

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