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Archive for the ‘Políptico’ Category

Macaria

Pasaba gran parte del día en el umbral de su casa, mirando directamente a los ojos de los transeúntes que cruzaban la calle Alfolí.
Macaria los interpelaba con una sonrisa que mostraba su dentadura cariada. Todos pasaban de largo sin prestar atención a esa mujer de pelo ensortijado y edad indefinida, con una bata estrafalaria que parecía la túnica de un nazareno. Todos menos los niños que se paraban y formaban un corro a su alrededor.
De hecho, los niños venían a buscarla. Cuando no la encontraban en el umbral de granito, llamaban a la puerta y preguntaban por ella.
Macaria tenía fama de no estar en sus cabales. La gente decía que cuando muriesen sus tíos, sería internada en un asilo, porque ¿quién iba a hacerse cargo de ella?
Para los niños no era una lunática sino una maga con el poder de avivar colores y conjurar imágenes, razón por la que era muy apreciada.
Esa tarde estaba con los brazos cruzados y el ceño fruncido.
A Macaria le gustaba cantar pero como desafinaba espantosamente, sus actuaciones acababan en abucheos. Eso era lo que había ocurrido.
Un vecino desaprensivo y su propia tía la habían mandado callar.
El vecino, con acritud, había añadido: “Como sigas cantando, van a caer chuzos de punta”.
Los niños trataron de consolarla. Uno de ellos le pidió que fuera por su varita de avellano.
Los chavales aplaudieron cuando Macaria regresó con ella. A continuación la mujer trazó círculos y otras figuras en el aire. Incluso se puso a bailotear mientras convocaba a las imágenes.
Por fin, del reino de las transformaciones y de las renovaciones, de las cohesiones y de las disgregaciones, surgió la primera representación.
Una niña dijo: “Macaria, eso es un cementerio” “Es verdad” “Y eso que se ve ahora es un entierro”.
Luego aparecieron varias hileras de nichos, unos vacíos y otros con su inquilino dentro. A continuación los niños contemplaron a un tullido que iba por un camino solitario.
“¡Ése es el camino del cementerio!” exclamaron.
La maestra de sueños y visiones no estaba de humor. Los espectadores hicieron un gesto de contrariedad cuando el aire se tachonó de manchas amoratadas, como hematomas en un cuerpo apaleado.
Esto era suficiente. Estaba claro que Macaria seguía enfurruñada.
“Bueno, nos vamos” “Mañana será otro día” “Adiós”

 

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III
Aquí está mi centro. El centro es el lugar donde todo tiene consistencia y realidad.
Allí son las afueras por donde uno vaga sin consuelo como las almas de los condenados en el infierno.
En ese destierro el tiempo y el espacio son irreales, desprenden un resplandor lunar que va calando en tu interior hasta convertirte en un fantasma.
En ese destierro te sientes ajeno a ti mismo, sufres un proceso de extrañamiento, los sentidos se embotan, la mente se nubla.
Aquí los gestos te incardinan en el mundo, no son repeticiones absurdas. La luz de este reino realza las formas y los colores. La vida se revela en sus inabarcables dimensiones.
Aquí la vida no es una pantomima, una fantochada, un relamido ballet. No es un paréntesis deprimente, una apostilla de difícil comprensión, un edificio de cimientos de arena.

IV
Olvidarme de ti equivaldría a morir de la peor de las muertes. Sería convertirme en un zombi. Como los que pululan por allí.
El centro es el lugar de la existencia y de la energía, el punto de intersección del tiempo y de la eternidad. En el centro convergen el pasado y el futuro que se condensan en un presente glorioso.
Es aquí y únicamente aquí donde se manifiesta lo real absoluto porque, no hace falta decirlo, éste es un enclave santificado por nuestros sufrimientos, nuestras alegrías, nuestras ilusiones, nuestros sueños.
Aquí, en esta casucha con su emparrado y su huertecillo, donde vives ahora con el porquerizo, está mi ónfalo, mi montaña, mi faro, mi imán. Aquí está el santuario donde las oraciones brotan puras y sinceras del corazón.
Incluso el mal ocupa aquí su lugar como algo incompresiblemente necesario.
Ayer estuve paseando por el pueblo, por ese laberinto de atracciones y repulsiones, por esa amalgama luminosa, por la matriz en que fuimos gestados, por el crisol en que nos forjaron.
Estuve recorriendo la Orujera, el barrio más antiguo de Las Hilandarias. A medida que me adentraba en sus calles pavimentadas de adoquines y subía sus cuestas, los recuerdos se reavivaban, me renovaba, me expandía.
Los adoquines se convirtieron en teselas de colores que figuraban peces, aves, plantas…y las calles en antesalas de un grandioso templo en cuyo tabernáculo se guarda el secreto de los secretos.
Aquí te dejo esta vela de cera de abeja. Esta modesta ofrenda. Esta prueba de que te tengo presente.

 

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I
No te he olvidado. Menos aún traicionado. A veces, ya sabes, las circunstancias se imponen y hay que doblegarse. La falta de tiempo, el cansancio, las obligaciones que anteceden a las devociones aunque éstas ocupen el primer puesto en tu personal escala de valores.
No, nunca he leído en tu mirada una crítica ni abierta ni velada. Nunca he detectado la más leve recriminación.
Soy yo quien me digo que tengo una gran facilidad para hilvanar explicaciones, una bochornosa habilidad para la autojustificación y la autoindulgencia.
No, nunca se te ha ocurrido dirigirme reproches. Pensarás que bastante tengo con ser un tramposo que se engaña a sí mismo.

II
Fui a buscarte a casa del porquerizo pero no estabas. El Belloto me dijo que habías salido a pasear. Seguramente, me indicó, te encontraría a orillas del arroyo donde te gusta sentarte a contemplar el agua y a escuchar su murmullo.
Pero tampoco estabas allí. Anduve de acá para allá pero mis pesquisas fueron infructuosas.
De vuelta a la casa, le comenté al Belloto que tu rescate, por llamarlo de una manera inapropiada y pretenciosa, es la tarea que da sentido a mi vida. Ya sé que estas palabras suenan a despropósito.
El rescate de ese mundo que tiene el poder de dotar de realidad a los actos, de hacerlos verdaderos, de revestirlos de belleza. De ese mundo de raíces tan profundas y del que ascienden pulsiones como derechazos que me dejan literalmente noqueado.
Con las vivencias primordiales no caben componendas. Puedo disfrazarlas o disfrazar mi cobardía con vistosos ropajes.
Pero cuando más emperifollado estoy, una de esas bombas explota en mis narices recordándome mi condición de desertor.
No voy a repetir las manidas razones de mi inhibición. Esos motivos ajenos a mi voluntad. Esas obligaciones que me desbordan. Mis propias limitaciones.
Aunque no me creas, y estás en tu derecho, estoy deseoso de recorrer estos caminos, de pasear por las calles del pueblo, de entrar en sus casas, de hablar con sus moradores, de cederles la palabra y escuchar religiosamente sus historias.

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I
En cuanto me enteré, salí corriendo para verlo con mis propios ojos. Si era verdad, me llevaría un buen disgusto. Tal vez fuera una exageración.
Los vecinos son muy dados a hiperbolizar y a tergiversar. Es una actitud incomprensible e irritante. De lo que me cuentan creo la mitad o todavía menos, según el informante.
Hace tiempo que mi candidez se esfumó y que dejé de tomar al pie de la letra las fantasías y delirios de los hilandarios.
La fuente de la Catana, situada entre la carretera a Besoto y las últimas casas del pueblo, es un lugar con historia. Hay lienzos de muros y cimientos de villas romanas.
El agua de la fuente da nacimiento a un arroyo bordeado de berro, mastranzo y plantas aromáticas. Sombrean sus orillas álamos plateados que hacen más ameno este paraje al que íbamos a jugar cuando salíamos de la escuela, y a pasear y charlar en nuestra adolescencia.

II
Por una vez la noticia se ajustaba a la realidad. Una hoya gigantesca se había tragado el manantial, los restos arqueológicos, las rocas y los árboles.
Contemplé espantado esa depresión profunda y desolada, ese cráter inhóspito sin rastro de verdor. Parecía como si hubiese caído un meteorito calcinándolo todo.
Los numerosos curiosos comentaban con voz incrédula cómo había podido formarse semejante agujero de la noche a la mañana.
El Sapo estaba también allí. Se trata de un individuo cobardón, de verborrea ininteligible, aficionado a gastar bromas pesadas cuando se siente respaldado por otros o protegido por el anonimato.
Se acercó con los carrillos hinchados por la risa que a duras penas podía contener. Al parecer ese desastre le hacía gracia. Venía acompañado de tres amigotes.
Instintivamente me retiré del borde de la hoya.
El Sapo se detuvo a escasa distancia de mí y se cruzó de brazos. Era la personificación de la indignidad.
No dijo nada ni yo tampoco, como si no nos conociéramos.
De vez en cuando volvía la cabeza y lanzaba una mirada de connivencia a sus acompañantes. Como recordaba bien de nuestra infancia, era el mismo gesto de incitación que utilizaba para perseguir a un niño y correrlo a pedradas.
Observé que su cara cambió de expresión adquiriendo un aire bovino. De repente yo había dejado de interesarle. Incluso retrocedió algunos pasos y luego se alejó a toda prisa.
De la hoya salían escarabajos negros de brillo metálico, ciempiés que se desplazaban presurosos, hormigas de descomunales mandíbulas que avanzaban en desorden, cucarachas rubias de largas e hiperactivas antenas…

 

 

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