Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘la Orujera’

                                        V
Lo arreglé por teléfono. No se me ocurrió avisar a mi madre. No tenía la intención de visitarla y verme en el compromiso de tener que dar explicaciones engorrosas o mentir.
Sabía también que intentaría convencerme de que me quedase todo el fin de semana. Yo quería regresar a Sevilla en cuanto acabase.
Hacía un buen rato que había oscurecido. Dejé el coche en el ensanche de la Atarazana, junto al Ford Fiesta blanco de Josefito, que vive allí cerca.
Estaba irritado. Por un motivo o por otro, siempre acababa recalando en Las Hilandarias. Pero, por mucho que rezongase, tenía que rendirme a la evidencia de que aquí la realidad tenía un espesor del que carecía en cualquier otra parte. En otros lugares era como si la vida no llegase a cuajar.
Había que andar un trecho, luego girar a la izquierda a la altura del caserón de los Méndez y subir por la Costanilla hasta la Orujera.
Este barrio es el más antiguo del pueblo. Lo forma un entramado de calles mal empedradas y de trazado irregular. Las casas son achaparradas, aunque casi todas tienen soberados o camaranchones, como revelan los ventanucos superiores de sus fachadas.
Cogí por la calle Deanes, que se curva y desemboca en la plazoleta del Buen Pastor, adonde tenía que ir en primer lugar.
Antaño la molienda de la aceituna se realizaba en este barrio. Todavía se conservan algunas almazaras, con sus prensas y sus tinajas panzudas en las que se almacenaba el aceite. En la vía pública quedan restos en forma de canalillos, ennegrecidos y deteriorados, que servían de cauce al alpechín.
Mientras caminaba sin prisa, creí percibir el olor a aceitazo que, en otro tiempo, impregnó la Orujera. Tras tantos años, ¿seguían flotando en el ambiente esos efluvios densos o eran imaginaciones mías?
Me detuve a la entrada de la plazoleta del Buen Pastor, que es un espacio trapezoidal en donde confluyen tres calles. En ese rincón se acrecentaba la sensación de soledad, palpable en todo el barrio.
Casi todos sus habitantes son personas mayores que, una vez anochecido, se encierran en sus casas hasta el día siguiente.
La Orujera se está despoblando a ojos vista. Durante los meses de invierno aumentan las defunciones.
Aunque en Las Hilandarias las mujeres sobreviven a los hombres, en la Orujera esta tendencia es más acusada. De hecho, es considerado un barrio de viejas. Yo iba a hablar con una de ellas.
En el centro de la plazoleta hay un pedestal con una cruz afiligranada. Una verja cuadrangular lo rodea, delimitando un arriate donde crece la hierba.
Desde la esquina, donde estaba parado, podía ver el deslucido azulejo que decora una de las caras del pedestal. Un joven con una túnica corta de color carmesí y una aureola amarillenta lleva sobre sus hombros un cordero sujeto por las patas. En bandolera le cuelga un zurrón.
La pieza de cerámica está enmarcada en un cordoncillo azul, que es también, aunque más desvaído, el color de fondo de la composición.
A la izquierda, sobresaliendo de las techumbres de tejas morunas y de los caballetes ondulados, se alza el muro de la capilla, reforzado por dos contrafuertes.
Esta capilla fue una sinagoga, más tarde cristianizada y puesta bajo la advocación del Buen Pastor. No está situada en la plazoleta del mismo nombre, sino en una calleja cercana llamada de Tundidores.
Crucé la plazoleta y me dirigí a una de las casas que, como las otras, estaba cerrada a cal y canto. Desde el exterior no se apreciaba el más leve rastro de luz.
La aldaba de la puerta estaba envuelta en un trapo de forma que, cuando golpeé con ella, produjo un sonido apagado.
Faustina tenía el pelo blanco y estaba tan encorvada que apenas podía levantar la cabeza.
Vivía sola. Por la noche se quedaba con ella su nieta Luisa, que es con quien hablé por teléfono.
Luisa no había llegado todavía. La anciana no sabía dónde estaba ni cuándo vendría.
Aunque no hacía frío, Faustina estaba arrebujada en una toquilla negra. Metió una mano en un bolsillo de su delantal y sacó una llave de considerable tamaño, que me alargó. Luego cerró la puerta y echó el cerrojo.

 

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported

Read Full Post »

III
Aquí está mi centro. El centro es el lugar donde todo tiene consistencia y realidad.
Allí son las afueras por donde uno vaga sin consuelo como las almas de los condenados en el infierno.
En ese destierro el tiempo y el espacio son irreales, desprenden un resplandor lunar que va calando en tu interior hasta convertirte en un fantasma.
En ese destierro te sientes ajeno a ti mismo, sufres un proceso de extrañamiento, los sentidos se embotan, la mente se nubla.
Aquí los gestos te incardinan en el mundo, no son repeticiones absurdas. La luz de este reino realza las formas y los colores. La vida se revela en sus inabarcables dimensiones.
Aquí la vida no es una pantomima, una fantochada, un relamido ballet. No es un paréntesis deprimente, una apostilla de difícil comprensión, un edificio de cimientos de arena.

IV
Olvidarme de ti equivaldría a morir de la peor de las muertes. Sería convertirme en un zombi. Como los que pululan por allí.
El centro es el lugar de la existencia y de la energía, el punto de intersección del tiempo y de la eternidad. En el centro convergen el pasado y el futuro que se condensan en un presente glorioso.
Es aquí y únicamente aquí donde se manifiesta lo real absoluto porque, no hace falta decirlo, éste es un enclave santificado por nuestros sufrimientos, nuestras alegrías, nuestras ilusiones, nuestros sueños.
Aquí, en esta casucha con su emparrado y su huertecillo, donde vives ahora con el porquerizo, está mi ónfalo, mi montaña, mi faro, mi imán. Aquí está el santuario donde las oraciones brotan puras y sinceras del corazón.
Incluso el mal ocupa aquí su lugar como algo incompresiblemente necesario.
Ayer estuve paseando por el pueblo, por ese laberinto de atracciones y repulsiones, por esa amalgama luminosa, por la matriz en que fuimos gestados, por el crisol en que nos forjaron.
Estuve recorriendo la Orujera, el barrio más antiguo de Las Hilandarias. A medida que me adentraba en sus calles pavimentadas de adoquines y subía sus cuestas, los recuerdos se reavivaban, me renovaba, me expandía.
Los adoquines se convirtieron en teselas de colores que figuraban peces, aves, plantas…y las calles en antesalas de un grandioso templo en cuyo tabernáculo se guarda el secreto de los secretos.
Aquí te dejo esta vela de cera de abeja. Esta modesta ofrenda. Esta prueba de que te tengo presente.

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported

Read Full Post »