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10

Cada cual tenía sus propios puntos de referencia. Los míos eran las chumberas y la casita abandonada. Ninguno de los dos apareció.

Poco a poco nos fuimos relajando. Cuando nos cercioramos de que nos habíamos zafado de ese círculo vicioso, Pedrote lanzó un hurra que tuvo amplia resonancia. Para descargar la tensión nos pusimos a cotorrear. Nuestro parloteo estaba salpicado de vivas que eran coreados a pleno pulmón.

“¡Qué calor!” exclamó Carmelina.

Nuestro alborozo se manifestaba en ataques de risa contagiosa. Pedrote era quien más destacaba. En ocasiones parecía que estaba rebuznando.

“Sé prudente, que esta carretera es peligrosa” me aconsejó Luisa.

Las frondosas encinas estaban cuajadas de amentos. Sus agrietados troncos se abrían en dos gruesas ramas casi paralelas al suelo. Las copas eran inmensas.

Mientras cruzamos la arboleda, guardamos silencio. A continuación el seíta remontó una cuesta y apareció ante nosotros una calle espaciosa, con acacias en las aceras.

En los balcones había macetas de geranios y claveles, cuyas flores asomaban a través de los barrotes.

“¡Por fin!” dijo Carmelina. “No sabéis las ganas que tenía de llegar” “Ahora tenemos que dar con la casa. ¿Quién tiene la dirección?” pregunté.

“Yo” respondió Luisa y se puso a buscar en su bolso. “No encuentro el papelito” dijo al cabo de un rato. “Debería haberla anotado en mi agenda” “Mira bien” “Lo siento mucho, la he olvidado en Sevilla”.

“¿Y ahora qué hacemos?” preguntó Carmelina. “Ninguno de nosotros sabe dónde vive” “Demos un paseo” respondí “e informémonos”.

Recorrimos el pueblo sin ver un alma. De los barrios recientes nos trasladamos al casco antiguo, formado por calles, algunas con escalones, que culebreaban por la ladera del monte.

Aminoré la velocidad a causa de los desniveles y de la irregular pavimentación de guijarros, en cuyos intersticios crecía la hierba.

Acabamos extraviándonos en las vueltas y revueltas de ese dédalo de vías estrechas con casas de aleros bajos y rústicos arriates.

Había pintorescos rincones en los que se apeñuscaban tiestos y latas sembrados de rosales, hibiscos y capuchinas. Pero nuestro objetivo no era hacer una visita turística. Queríamos salir de allí cuanto antes y proseguir nuestra pesquisa.

El problema estribaba en que no lográbamos orientarnos. Yo obedecía sin rechistar las indicaciones de mis compañeros. Si, en un rapto de inspiración, me decían que cogiese por aquí o por allí, yo me atenía a sus instrucciones. Luego permanecía a la espera. Entonces declaraban: “Nos hemos confundido. Por ahí no es, ¿verdad?”.

Ni siquiera me molestaba en contestar. Yo no sabía nada tampoco y habría sido hablar por hablar.

Cuando nos poníamos a razonar, era peor. A los cuatro nos parecían correctas nuestras deducciones que, sin embargo, no coincidían. En cuanto a nuestros argumentos, nos parecían irrebatibles hasta que los poníamos a prueba.

El resultado era que íbamos a parar siempre al mismo lugar.

“¡Estoy harta!” se lamentó Luisa. El coche corcoveaba por el empedrado. “¡Harta!” “Otra vez no, por favor” suplicó Carmelina. “Esto acaba con la paciencia de cualquiera” “La mía está agotada. Si no salimos de aquí en cinco minutos, me pondré a gritar”.

“Ya te guardarás” repliqué. “Si tú gritas, yo canto” añadió Pedrote. “Y yo te estrangulo” remató Carmelina.

Iba ofuscado y dejé de prestar atención al itinerario. A fin de cuentas daba igual girar a la izquierda o a la derecha. Así fue como nos metimos en un callejón sin salida.

En vez de dar marcha atrás me quedé mirando la pared que nos interceptaba el paso.

“Tenemos que hallar una solución” dije. “¡Bravo!” exclamó Pedrote. “Voy a sacar el coche de aquí…” “¿Y luego?” “Luego voy a soltarlo, que haga lo que quiera” “Una idea brillante” ironizó Carmelina.

“¿Tú crees que eso funcionará?” preguntó Luisa. “Ya veremos”.

 

 

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II

Otro revuelo organizó el autor de “Ficciones” cuando se le ocurrió decir que García Lorca era un poeta menor. La progresía se alzó en armas por esa blasfemia y pidió explicaciones que Borges dio en el programa de televisión española “A fondo”, donde fue entrevistado por Joaquín Soler Serrano.

¿Cómo se había atrevido a degradar a uno de los grandes mitos de este país? Ciertamente Borges no sentía admiración por este poeta que, según él, ejercía de andaluz profesional. En el plató expuso cortésmente sus razones. Estaba claro que a todo el mundo no tenía por qué gustarle García Lorca ni cualquier otro escritor. Cada cual tiene sus preferencias.

Pero Borges era ya muy conocido. Sus palabras no caían en saco roto. Haber cuestionado a uno de los intocables era, cuando menos, un gesto desafortunado. En la entrevista con Soler Serrano vemos a un Borges sonriente, amable y comunicativo que rechaza el título de “maestro” con el que el presentador quiere honrarlo. Esta imagen contrasta con la del hombre introvertido, callado y poco cariñoso que transmitió su primera mujer.

Muy suyo, demasiado inteligente para dejarse engatusar por boberías, ni para hacer el juego al pensamiento dominante, Borges se desmarcaba de las expectativas. ¿No fue eso lo que hizo cuando dijo que la democracia era un abuso de la estadística o cuando preguntó si Manuel Machado tenía un hermano? Ese mismo Borges tan crítico que nadaba a contracorriente es el mismo al que ahora sus compatriotas, y no sólo ellos, han convertido en un ostensorio al que sacan en procesión cada dos por tres.

Su nombre aparece en cualquier boca, desde la del desdichado Rodríguez Zapatero, que lo citó como uno sus escritores favoritos, a la de cualquier aspirante a la gloria literaria.

No cabe descartar que, por parte del bonaerense, hubiera una cierta complacencia en perturbar los ánimos dado el carácter chocante, por más veraces que fuesen, de sus juicios.

Sus perspicaces observaciones no se limitaban solamente a los libros y a los autores. Se extendían a numerosos campos. De España y los españoles, tema que Borges conocía de primera mano, dijo unas cuantas cosas la mar de suculentas.

Opinaba que Madrid no merecía ser la capital de España. Tendría que haberlo sido Lisboa o Barcelona, una de esas dos ciudades extranjeras. Se ve que el Madrid que vivió no fue de su agrado. Le parecía provinciano, un poblachón mesetario que uno olvida en cuanto le da la espalda.

La Puerta del Sol la encontraba deprimente. Y la Gran Vía era el decorado perfecto para un sainete. La zarzuela tampoco la tenía en mucha estima. La consideraba peor que el tango. Borges era más de milonga.

Lo anterior lo dijo un hombre que residió en España, junto con su familia, en 1919, primero en Barcelona y Palma de Mallorca. Luego en Sevilla, donde pasó el invierno, y en Madrid.

En Sevilla publicó su primer poema en la revista Grecia, que se titula “Himno del mar”. Es una composición escrita bajo la influencia de Walt Whitman. Este trabajo primerizo no se cuenta posiblemente entre los más logrados del autor. Empieza así:

Yo he ansiado un himno del mar con ritmos amplios como las olas que gritan;
Del mar cuando el sol en sus aguas cual bandera escarlata flamea;
Del mar cuando besa los pechos dorados de vírgenes playas que aguardan sedientas;
Del mar al aullar sus mesnadas, al lanzar sus blasfemias los vientos…

En este país, el 31 de diciembre de 1919, Borges inauguró su carrera con la impresión de estos versos de resonancias épicas.

A raíz de esta larga estancia, y de otras posteriores, Borges llegó a la conclusión de que le hubiese gustado ser andaluz pero no catalán. Según él, a los catalanes los odian en España y en Francia se nota rápidamente que son unos impostores.

Los acontecimientos recientes avalan ese veredicto. Sin duda los catalanes (soy consciente de que generalizo) saben cómo hacerse aborrecibles. A un amigo, del tipo de los que proclaman que son de izquierda en el mismo tono que debió utilizar Guzmán el Bueno cuando arrojó su puñal a los moros y les dijo: “Matad, si queréis, a mi hijo pero no os entregaré Tarifa”, a ese amigo le repliqué un día que lo que había que hacer era segregar a Cataluña.

Antes de su previsible alboroto añadí: “Y que juegue la liga de fútbol en Francia o en Italia. O, todavía mejor, en Polonia. Y que allí haga los negocios”.

Es lamentable la facilidad que tiene el “establishment” progre para escandalizarse cuando algo lo contraría y para chirriar en el resto de los casos. Para servir de colchón a cualquier desatino y para clamar al cielo cuando algo le desagrada.

Según este amigo la segregación era una “barbaritat”. Lo que se está viviendo desde hace años no. La “conllevancia” de que hablaba Ortega y Gasset hay que comérsela por más indigesta que sea. Hay que escuchar y tomar como una broma las palabras de ese líder independista a propósito de la diferencia genética de los catalanes, más próximos a los refinados franceses que a los ordinarios españoles. ¿Acaso piensa ese quídam que alguien quiere estar emparentado con él?

 

 

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Sevilla 1965

1
Don Roberto Delgado, cómodamente sentado en un sillón de cuero del “Agricultores y Ganaderos”, hojeaba el ABC y miraba a través del ventanal.

A la entrada del Círculo, grupos de hombres conversaban interceptando el paso a los transeúntes y obligándolos a describir complicadas parábolas.

Don Roberto Delgado mezclaba las imágenes del periódico (inauguraciones, intervenciones, declaraciones…) con las del río de gente que, abriéndose en numerosos brazos, sorteaba los escollos.

Mecánicamente pasaba una página del matutino leyendo apenas los titulares y echaba un vistazo al exterior.

Hombres tocados con mascotas hablaban de la próxima cosecha. A menudo volvían la cabeza, como buscando a alguien.

Pasó otra página: Deportes. Cruzó las piernas.

Esos hombres circunspectos, de vez en cuando, dejaban caer un comentario malicioso acompañado de una sonrisilla.

“Rogad a Dios en caridad por el alma de…”.

Don Roberto se incorporó.

“Sus familiares ruegan a sus amistades una oración por su alma y asistan a la misa de réquiem que por el eterno descanso de la misma tendrá lugar…”.

Se levantó y salió del Círculo donde solía encontrarse con su hermano. Había llegado a Sevilla el día anterior.

Se sumergió en el río de gente que abandonó a la altura de la calle Sagasta. Sus cortas estancias en la ciudad estaban dedicadas a solucionar asuntos relacionados con el cortijo, a visitar a Paquita y a deambular.

Plaza del Salvador, calle Córdoba, calle Puente y Pellón. El provincianismo de la antigua Hispalis se manifestaba en este barrio invadido de zapaterías, tiendas de ropa y catetos.

Don Roberto, hombre descastado, mejor que vérselas con su cuñada y su sobrino, e incluso, si mucho lo apuraban, con su propio hermano, prefería charlar y retozar con Paquita. Le tenía, además, un cariño especial a la Alameda de Hércules, donde la atmósfera se impregnaba de olores a guisos caseros y resonaban las voces de los vecinos.

Desembocó en la plaza de la Encarnación, cruzó ese espacio sombreado por frondosos árboles y se detuvo a contemplar a Pomona, pintada de ocre, mostrando a los viandantes su carga de frutos.

La diosa de los jardines le recordaba a una compañera de Paquita que hizo las delicias de sus años mozos. Y en otro sentido diametralmente opuesto a su sobrina, a la que le unía un afecto que lo violentaba en ocasiones.

Don Roberto siguió andando por la calle Regina y la calle Feria. Prevalecía de Sevilla la imagen que se había formado durante su adolescencia, la cual se concretaba en calles estrechas donde el aire se adelgazaba, se hacía fino y penetrante, donde el frescor de los zaguanes penumbrosos lanzaba tentadoras invitaciones.

Avanzaba calmosamente. El bullicio quedó atrás. Nunca había logrado relacionar Sevilla con el esplendor que los libros de historia le atribuían. Esos libros que un lejano día estudiara en aulas de incómodos pupitres en el colegio de los salesianos.

Por fin llegó a la calle Doctor Letamendi. Tres casas después de la tienda de especias estaba la suya.

La tienda era el rasgo más característico de la calle. No podía pasar por delante de ella sin pararse a mirar los saquitos abiertos y coronados de nombres que fulguraban como luces de Bengala: pimienta de Tacari, nuez moscada, madreclavo…

 

 

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dsc_0001-2Este relato gira en torno de la familia Delgado, que constituye el núcleo del proceso de mitificación, así como de los mecanismos que se ponen en funcionamiento para crear personajes y situaciones arquetípicos.

El tiempo juega un papel primordial en el cincelado de una historia de esas características, siendo una de ellas precisamente que acaba escapando a la tiranía de Cronos, rompiendo el círculo en el que quedan atrapados los acontecimientos humanos y erigiéndose en un referente atemporal.

No obstante, los sucesos narrados tienen una fecha exacta, 1965, y tres lugares: Sevilla, el cortijo de don Roberto Delgado y, como telón de fondo y caja de resonancia, el pueblo de Las Hilandarias.

Por un lado están los actores principales: el tío, el padre, la madre, el hijo y la hija (o el tío, el hermano, la cuñada, el sobrino y la sobrina). Por otro lado el coro, encarnado en la cuadrilla de trabajadores, y el público, constituido por los habitantes del pueblo. Entremedias están los necesarios personajes secundarios que sirven de enlace.

Unos generan los hechos, otros los propagan. La hermenéutica y la tasación de los mismos se ponen en marcha desde el primer momento hasta su definitiva fijación e integración en el imaginario colectivo.

Don Roberto Delgado es un hombre maduro, discretamente feliz, al que la caza de la perdiz hará conocer insospechados momentos de plenitud. Su sobrina ha enviudado recientemente. Al resto de su familia, en situación económica comprometida, los planes no le han salido como pensaba.

El traslado de estos parientes en primer grado al cortijo marca el comienzo de ese tiempo fabuloso que culminará en la renovación del mito de la Ártemis griega o la Diana romana. El desencadenante concreto de esa actualización será el pájaro perdiz, tanto en su vertiente cinegética como culinaria, que se convierte en símbolo de este relato, y que es el catalizador de los sucesos que lo jalonan.

 

 

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La llamé sin obtener respuesta. Golpeé con los nudillos en la madera y grité el nombre de mi amiga que esta vez, desde el patio, dejó oír su voz opaca, de fumadora empedernida. Al poco tiempo apareció con un escobón en la mano. Me sobresalté al verla. Sus ojos, ya de por sí saltones, parecían a punto de salírsele de las órbitas. Le pregunté si se encontraba bien.

Y no, muy bien no estaba. Francamente alterada, trabucándose de lo ligera que hablaba, me comunicó que un gato se había colado en su casa, y que se negaba a irse. Se había subido a una repisa que tenía en el cuarto de la lavadora, y allí se había hecho fuerte, amenazándola con una zarpa cada vez que ella amagaba con darle un escobonazo. Ella le enseñaba el palo y el animal sus uñas puntiagudas. Y esa era la situación.

Pero lo que verdaderamente le ponía los pelos de punta era la mirada luciferina del gato. Sus pupilas se estrechaban hasta quedar reducidas a una delgada línea, luego se anchaban y redondeaban. Y así una y otra vez. Como si tratase de hipnotizarla. De hecho, Paqui sintió que la cabeza empezaba a darle vueltas.

Me pidió que la ayudase a expulsar al intruso. Le dije que tenía prisa. Ella insistió. Entre los dos podíamos librarnos de ese bandido en un periquete. Si no, tendría que llamar a un familiar o a los vecinos o a la Guardia Civil. De pensar que tenía que pasar la noche con el gato se moría. No pude negarme. Su estado de nervios no presagiaba nada bueno.

Nuestro trabajo nos costó echar al minino, pero lo conseguimos no sin llevarnos más de un susto. Paqui me dio las gracias y yo me fui precipitadamente tras comprobar la hora.

El callejón de la Pimienta, angosto y arqueado, tenía varios tramos sumidos en la penumbra. Siempre que me adentraba en él, experimentaba respeto. Sus casas viejas, su mala iluminación, la hierba que crecía entre los adoquines, me trasladaban a una época pretérita. En realidad era como si esa calleja estuviese fuera del tiempo. Y las tardes de los domingos esa impresión se incrementaba. El callejón de la Pimienta era un mundo en sí mismo, con sus propias leyes, con su propia dinámica, a las que tenía que someterse el transeúnte que lo recorría.

En la primera bocacalle giré a la izquierda. Estaba en Capitán Valiente, con sus casas altas y estrechas, con un único balcón en la fachada, en una de las cuales vivía mi abuela.

Cuando llegué, la puerta estaba cerrada y la casa a oscuras. Ni en la planta alta ni en la baja había una sola rendija por donde se escapase un rayo de luz. No lo podía creer. Aunque era evidente que no había nadie, llamé con la aldaba. Los golpes resonaron en el interior. Luego me retiré y me quedé en mitad de la calle mirando la puerta y el balcón, comprendiendo que mi abuela, en vista de mi retraso, con la firmeza que la caracteriza, se había ido en autobús a Sevilla.

 

 

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