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XVIII

El barrio donde vive tu amiga, la del providencial casamiento, es de construcción reciente. Primero se trazaron varias calles de viviendas de protección oficial. Detrás se siguió edificando a título personal en terrenos que el Ayuntamiento, su propietario, convirtió en solares y puso en venta.

Algunas parcelas colindaban con una cantera abandonada que acumulaba el agua de la lluvia transformándose en una inmensa charca putrefacta, cubierta por una espesa costra de limo. En verano esa hoya apestaba.

No se adoptaron medidas de seguridad ni de higiene. Los vecinos acabaron acostumbrándose a esas fétidas emanaciones y a sortear el peligro. Incluso circularon chascarrillos francamente ingeniosos.

Pero no era de esto de lo que quería hablarte. El pueblo ha crecido, por supuesto. El casco antiguo, el núcleo primitivo, es hoy una pequeña parte del conjunto.

En tus esporádicos paseos, cuando por circunstancias extraordinarias como un festejo o una defunción, te aventuras fuera de tu circunscripción, por barrios que no habías transitado desde hacía mucho tiempo, tienes la ocasión de comprobar las consecuencias de la fiebre constructora de la gente.

Si es tu hermana o tu tía quien te acompaña, corresponde a ellas, más andariegas y metomentodo que tú, ponerte en antecedentes. Tú, con la mano en la boca, no sales de tu asombro.

Si retrocedemos a los tiempos en que se conocieron tu padre y tu madre, hay que hacer importantes cambios de decorado, no sólo en el sentido de reducir las dimensiones del pueblo, de desadoquinar numerosas calles o de describir las miserables condiciones de vida imperantes, sino en el sentido más sutil de palpar un ambiente periclitado.

Pero si logramos insuflarle nueva savia, comprobaremos que no nos resultará tan extraño como en un primer y apresurado acercamiento nos pudiera parecer.

No radica tanto la cuestión en consignar fidedignamente como en revivir o recrear. Por otro lado, no estamos hablando de un país lejano ni de una época remota. Por el contrario, son innumerables los lazos que nos unen a esos años en los que se sitúa esta parte de la historia, de tu historia.

Una de las razones por las que te he escogido, dejando a un lado el hecho de haber sido tu vecino durante mi infancia, es ese olor a rancio que despides. Otra razón es que tu hogar es uno de los reductos donde sigue ardiendo el fuego que calentó y alumbró a nuestros abuelos.

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XVII

“¿Da usted su permiso?”. El secretario levantó la cabeza y respondió: “Adelante”.

No vayas a confundir a este funcionario, un hombrecillo enclenque que sólo trabajaba por la tarde y que murió al poco tiempo de ingresar tu tío, con el que le sucedió en el cargo, ocupándolo durante muchos años.

Un crucifijo flanqueado de dos retratos, uno de Franco y otro de José Antonio, presidían el despacho cuya lámpara estaba encendida.

En vista de la indecisión de los visitantes, el hombrecillo con gafas de concha repitió: “Adelante”. Y añadió: “Han venido por lo del chico ¿no?” “Justamente por eso” confirmó el concejal, “este es su padre que está interesado en que el niño aprenda a escribir a máquina”.

“Está todavía en la escuela” explicó tu abuelo, “sale a las cinco. En lugar de perder el tiempo jugando puede aprovecharlo haciendo algo útil” “Sí” dijo el secretario tosiendo y expectorando en la escupidera que tenía al lado del sillón.

“¿Y tú cómo te llamas?” preguntó al orondo mozalbete que no le había quitado los ojos de encima desde que entró en la habitación.

Cuando dejaron el Ayuntamiento, el concejal dijo: “Asunto arreglado. Es un tipo raro pero buena persona. Para mí que no va a durar mucho”.

Tu abuelo iba pensativo. “¿Crees que debería mandarle alguna cosilla?” “Claro, hay que ser agradecido”.

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XVI

Me temo que me he ido por los cerros de Úbeda. Por contarte de nuevo este episodio, he olvidado darte los detalles concernientes al ingreso de tu tío en el gremio de los burócratas.

Como queda dicho, tu tío entró por la puerta falsa de la mano de su padre una nubosa tarde de otoño.

Tu abuelo comunicó a tu abuela que había hablado con uno de los concejales, y que ese mismo día visitarían al secretario para que le encontrase al niño un hueco en el Ayuntamiento, para que lo emplearan en lo que hiciera falta: llevar recados, vaciar las papeleras y los ceniceros… A cambio sólo pedía que lo dejasen practicar en la máquina de escribir.

Lo más importante, por supuesto, era que se familiarizase con los chanchullos, que aprendiese el oficio. Por ese camino acabaría haciéndose indispensable. A partir de ese momento el nene tendría resuelto el porvenir. Ya podía tronar y relampaguear, llover y granizar, que a él nada le afectaría.

“Ni con tenazas al rojo vivo logran despegar de la teta gorda al que se cuelga de ella” dijo.

Al principio había que conformarse con meter al niño. Si mostraba aptitudes y tenía vocación, lo demás era cuestión de tiempo.

A las cinco y cuarto llegó tu tío, cartera en mano. “Tengo hambre” fueron sus primeras palabras. Tu abuela le respondió: “Ahora no puedes comer. Tienes que ir con tu padre al Ayuntamiento” “¿Al Ayuntamiento?” exclamó con más vanidad que asombro.

“Ve a peinarte y a lavarte las manos y la cara” le dijo tu abuela. A los pocos minutos el niño regresó con las mejillas coloradas a causa de los refregones que se había dado, y el pelo mojado y bien asentado.

Se sacudió el polvo de la ropa con un cepillo, se la alisó y, mirando a su padre, anunció: “Estoy preparado” “Vamos allá”.

No fueron directamente a la Casa Consistorial. Dieron un rodeo para pasarse por una taberna donde los esperaba el concejal que los acompañaría en la entrevista con el secretario. El lugar del encuentro, que hoy ya no existe pero que te acordarás de él, era una tasca con un mostrador de madera alto, dos anaqueles con botellas de aguardiente y coñac, y numerosos carteles de toros. Tenía también un reservado al que se entraba por la trampilla del mostrador.

Tras los saludos el concejal fue al grano. “He hablado con el alcalde. Él ha puesto también su piedrecita. No habrá problemas. ¿Queréis tomar algo?” “Un café” respondió tu abuelo, “el niño no quiere nada”.

“Tiempos difíciles” dijo el concejal. “Tiempos difíciles” confirmó tu abuelo. “A ti no te va mal con la huerta” “No me puedo quejar” “Me han dicho que tienes unos rábanos estupendos” “Tengo en casa varios manojos. Luego el niño te lleva un par”. Tu abuelo pagó la consumición de ambos y se fueron.

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XIV

Fueron tiempos difíciles para todos. En tu casa, gracias a la huerta y a los trapicheos, no se pasó hambre. Las necesidades primarias las teníais cubiertas. Muchos quisieran decir lo mismo de los años de la posguerra.

No se os puede reprochar que tu abuelo estuviese involucrado en el estraperlo. Era una de las frutas que maduraba en aquellas condiciones climáticas.

Además, tu abuelo no llegó amasar una fortuna como otros. Siempre fuisteis aves de cortos vuelos, nunca tuvisteis redaños para dar el salto que se impone cuando uno quiere dar un timonazo a la vida. El coraje que hace falta también para los negocios sucios.

Vuestro más imperdonable pecado es vuestra mediocridad unida a una miopía que os impide ver más allá de vuestras narices.

Tu abuelo trajinó a nivel local sin salir de la inopia. En cuanto a la política, se limitó a merodear alrededor de los caciques sin conseguir otra cosa que colocar a su hijo como niño de los recados en el Ayuntamiento. Recompensa que, por muchas vueltas que se le dé, no corresponde a su celo en la realización de las tareas que se le encomendaron.

Se dice de él que fue somatén. Hay que reconocer que estuvo mal retribuido. También es verdad que tu abuelo estaba deseoso de marginarse de la cosa pública. Poco a poco dejó de aparecer en los actos de carácter ideológico. Esto le costó tener que resignarse con las migajas del banquete.

 

 

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XIII

Lo sé de buena fuente. He reunido la información escarbando aquí y allá, dando crédito a los cotilleos que no andan errados, y que si pecan es por defecto.

Tú misma has tenido que oír algo. Estoy seguro de que tus orejas enrojecerían de santa ira cuando en ellas, al desgaire, las comadres vertieron la dulce ponzoña que destilan y escancian so capa de afecto.

“A mí no me importa, pero la gente dice…”. Basta con que aceptes esa primera premisa del perverso silogismo para que se crean con el derecho a descargar la inmundicia que llevan dentro.

Tú, a quien nunca se le pasó por las mientes cuestionar esa proposición, te viste enredada en esa lógica cruel.

Tú también querías acogerte al privilegio de afirmar: “A mí no me importa…” y a continuación vaciar tu cubo de basura.

Yo no invoco esa frase mágica. Me invento otra y largo como cada hijo de vecino. Lo sé de buena fuente.

El que hoy ocupa un puesto de mediana responsabilidad en la administración municipal, pues su estrechez de miras y su limitado coeficiente intelectual le impiden alcanzar cotas más altas para las que no le faltan méritos de otra índole, más bien le sobran, empezó joven.

Tu tío se metió en el mundillo de la burocracia a la edad de doce años. Sus comienzos fueron duros, como el de esos portentos norteamericanos de la industria que en su infancia zascandileaban vendiendo cajas de cerillas.

Pero pronto comprendieron que podían ampliar el negocio e incluir cigarrillos sueltos o en paquetes. Y gracias a su fino olfato y a su iniciativa no tardaron en transformar ese inocente comercio en una tapadera de otro más lucrativo, dedicándose así a la distribución de revistas pornográficas y juguetes eróticos. Cuando se quiere triunfar en la vida, las consideraciones éticas pasan a segundo plano.

Y a la vuelta de unos años esos niños emprendedores se convirtieron en el Jefe Supremo de las Brochas de Afeitar, en el Número Uno de las Churrerías o en el Gran Monopolista del Acero Inoxidable. Ciertamente tu tío, no por falta de ganas, no ha sido coronado Rey de los Chupatintas.

Él simultaneó la Escuela Primaria con el Ayuntamiento. Esa conjunción constituye los cimientos sobre los que se levanta la actual fábrica, es la base de vuestra desahogada posición económica. Fue el aprendizaje ineludible que le enseñó las técnicas de la humillación, aparte de inculcarle la importancia del dinero, aunque a mi humilde entender esa sapiencia no justifica su cicatería.

 

 

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                               XIII
Entretanto había llegado a las gradas del ayuntamiento. A su derecha se erguía la torre del reloj rematada por una veleta. Frente a él se alienaban los tres arcos del pórtico enrejado por entre cuyos barrotes retorcidos los chavales se colaban introduciendo primero la cabeza y girando luego los hombros hasta situarlos en paralelo con la columna de mármol y el hierro. Ayudándose con manos y piernas pasaban al interior por el placer de la transgresión, y con el fin de establecer una línea divisoria entre los que eran capaces de realizar tal proeza y los que renunciaban a intentarlo ante el temor de quedar atrapados en ese cepo.
El hijo del zapatero remendón, un niño de cabeza pequeña y rapada, con cara de roedor, había alcanzado tal destreza en este arte que igual se deslizaba por el lugar habitual, que era el más adecuado por ser ligeramente más ancho, que por cualquier otro. Se trataba, desde luego, de un caso excepcional de agilidad y delgadez que suscitaba el pasmo de toda la pandilla.
Podía descoyuntar y contorsionar el cuerpo como un consumado yogui o, siendo más ajustada a la realidad esta comparación, como un fenómeno circense. Entre las posturas inauditas que podía adoptar se contaba la de lanzar la cabeza hacia atrás y, describiendo un círculo prodigioso, hacerla pasar por entre las piernas.
Si a este don natural añadimos su sangre fría e incluso un prurito profesional o una complacencia que lo incitaba a superarse cada día más, el hijo del zapatero constituía no un modelo a imitar sino a admirar.
Pero esta sabiduría no la adquirió el zangolotino en los libros, ni tampoco mediante conclusiones obtenidas por la vía deductiva o inductiva, sino a costa de sufrir las consecuencias de sus propias limitaciones.
Ante la fachada del ayuntamiento, donde la luna dibujaba intensos claroscuros, en cuyo centro sobresalía el pitón solitario del asta de la bandera, el niño recordó con un escalofrío aquella vez en que también él lo intentó, haciendo caso omiso de las voces que se oponían alegando el volumen de su persona y, por tanto, el riesgo de quedar apresado.
A renglón seguido, esos compañeros juiciosos cambiaron de opinión y se sumaron a quienes no sólo lo animaban a probar suerte, sino que hacían apuestas sobre el resultado. El niño, al que la incitación de los demás volvió temerario, con gran regocijo, se convirtió en la estrella del grupo.
Dos bandos se formaron. Los que pensaban que poniendo empeño lo lograría, y los que opinaban que la tentativa estaba condenada al fracaso.
La felicidad del zangolotino aumentaba en proporción directa a la algarabía de la que él era la causa directa.
Rojo de emoción, levemente tembloroso, se situó ante la verja. Los gritos y los palmoteos de sus compañeros tenían efectos semejantes a los de la embriaguez.
Saludó levantando los brazos en alto. Una ovación acogió este gesto teatral. Luego se hizo el silencio.

 

 

 

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                                XII
Cogió un canto de pan que roció con aceite y espolvoreó con sal, y salió a escape. Se dirigió a la plaza del mercado que estaba tan solitaria como las calles recorridas. Se detuvo en uno de sus ángulos y escrutó todos los rincones.
A lo mejor se habían escondido tras los bancos de espaldares de hierro para darle un susto. Esta idea lo hizo sonreír.
Se puso a andar despacio hasta alcanzar el centro de la plaza, lanzando miradas de soslayo. Cuando llegó, dejó de masticar y aguzó el oído. Salvo el rumor procedente de una taberna, todo era silencio.
Engulló el último bocado de pan y, todavía esperanzado, se acercó a un banco distante y en penumbra, sobre el cual subió de un salto al tiempo que emitía una complaciente risita gutural. Pero detrás no había nadie.
Se limpió la boca con el dorso de la mano. Luego se fue. Tras andar treinta o cuarenta metros, se detuvo a la puerta de una tasca mal iluminada. Sólo había hombres bebiendo vino y hablando entre sí. De aquí era de donde procedía el murmullo.
Estuvo mirando un rato. Un parroquiano lo llamó, invitándolo a entrar. El zangolotino se sobresaltó. Sin darse tiempo a localizar al dueño de la voz, echó a correr.
Torciendo a la izquierda, cogió por una callejuela flanqueada de casas achaparradas que, a causa de sus aleros sobresalientes, parecían setas gigantes y un tanto siniestras.
Hacia su mitad se ensanchaba formando un amplio rectángulo terrizo en su mayor parte, que era otro de los lugares de juego de los niños.
Fue de aquí para allá con las manos metidas en los bolsillos resistiéndose a aceptar el hecho de que sus compañeros ya se habían recogido. Antes de rendirse agotaría todas las posibilidades. La desazón que experimentaba se intensificó.
Contorneó un inmenso edificio de ladrillos con ventanas a gran altura del suelo. El destartalado portalón estaba coronado por una claraboya con los cristales rotos. Anduvo un trecho pegado a la pared de esa oscura mole que servía de almacén de cereales y de cobertizo para guardar maquinaria agrícola. A continuación subió por una calle escalonada que desembocaba en otra transversal.
Su cabeza se embotaba por momentos. Aunque seguía andando en dirección a la plaza del ayuntamiento con la ilusión de encontrar a sus amigos, su ansiedad generaba una nebulosa de pensamientos absurdos, los cuales, obedeciendo a sus propias leyes, se sucedían, se interceptaban, se desplazaban, sin permitirle fijar su atención en nada.
Un tropel de ideas disparatadas, de ridiculeces que no venían a cuento, de preocupaciones inverosímiles, invadía su mente. Esas efímeras consideraciones tenían un denominador común: no dejaban tras de sí ninguna huella.
A nivel emocional la resignación iba ganando terreno insidiosamente, una resignación que se manifestaba ya como lástima de sí mismo, ya como estoica aceptación de la realidad.

 

 

 

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