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Posts Tagged ‘emoción’

XXIII
Es como estar cruzando
constantemente un río,
sintiendo en la garganta un apretado nudo.
Y los ojos nublados y acelerado el pulso.

Sin retorno posible,
sólo queda avanzar
y al menos la otra orilla
intentar alcanzar.

Sintiendo la emoción
como un ave enjaulada
que locamente ansía
su libertad perdida.

Sintiendo los latidos,
el río embarrancado,
las aguas espumeantes,
el cielo encapotado.

 

 

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                               XIII
Entretanto había llegado a las gradas del ayuntamiento. A su derecha se erguía la torre del reloj rematada por una veleta. Frente a él se alienaban los tres arcos del pórtico enrejado por entre cuyos barrotes retorcidos los chavales se colaban introduciendo primero la cabeza y girando luego los hombros hasta situarlos en paralelo con la columna de mármol y el hierro. Ayudándose con manos y piernas pasaban al interior por el placer de la transgresión, y con el fin de establecer una línea divisoria entre los que eran capaces de realizar tal proeza y los que renunciaban a intentarlo ante el temor de quedar atrapados en ese cepo.
El hijo del zapatero remendón, un niño de cabeza pequeña y rapada, con cara de roedor, había alcanzado tal destreza en este arte que igual se deslizaba por el lugar habitual, que era el más adecuado por ser ligeramente más ancho, que por cualquier otro. Se trataba, desde luego, de un caso excepcional de agilidad y delgadez que suscitaba el pasmo de toda la pandilla.
Podía descoyuntar y contorsionar el cuerpo como un consumado yogui o, siendo más ajustada a la realidad esta comparación, como un fenómeno circense. Entre las posturas inauditas que podía adoptar se contaba la de lanzar la cabeza hacia atrás y, describiendo un círculo prodigioso, hacerla pasar por entre las piernas.
Si a este don natural añadimos su sangre fría e incluso un prurito profesional o una complacencia que lo incitaba a superarse cada día más, el hijo del zapatero constituía no un modelo a imitar sino a admirar.
Pero esta sabiduría no la adquirió el zangolotino en los libros, ni tampoco mediante conclusiones obtenidas por la vía deductiva o inductiva, sino a costa de sufrir las consecuencias de sus propias limitaciones.
Ante la fachada del ayuntamiento, donde la luna dibujaba intensos claroscuros, en cuyo centro sobresalía el pitón solitario del asta de la bandera, el niño recordó con un escalofrío aquella vez en que también él lo intentó, haciendo caso omiso de las voces que se oponían alegando el volumen de su persona y, por tanto, el riesgo de quedar apresado.
A renglón seguido, esos compañeros juiciosos cambiaron de opinión y se sumaron a quienes no sólo lo animaban a probar suerte, sino que hacían apuestas sobre el resultado. El niño, al que la incitación de los demás volvió temerario, con gran regocijo, se convirtió en la estrella del grupo.
Dos bandos se formaron. Los que pensaban que poniendo empeño lo lograría, y los que opinaban que la tentativa estaba condenada al fracaso.
La felicidad del zangolotino aumentaba en proporción directa a la algarabía de la que él era la causa directa.
Rojo de emoción, levemente tembloroso, se situó ante la verja. Los gritos y los palmoteos de sus compañeros tenían efectos semejantes a los de la embriaguez.
Saludó levantando los brazos en alto. Una ovación acogió este gesto teatral. Luego se hizo el silencio.

 

 

 

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