Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘tu tío’

XVII

“¿Da usted su permiso?”. El secretario levantó la cabeza y respondió: “Adelante”.

No vayas a confundir a este funcionario, un hombrecillo enclenque que sólo trabajaba por la tarde y que murió al poco tiempo de ingresar tu tío, con el que le sucedió en el cargo, ocupándolo durante muchos años.

Un crucifijo flanqueado de dos retratos, uno de Franco y otro de José Antonio, presidían el despacho cuya lámpara estaba encendida.

En vista de la indecisión de los visitantes, el hombrecillo con gafas de concha repitió: “Adelante”. Y añadió: “Han venido por lo del chico ¿no?” “Justamente por eso” confirmó el concejal, “este es su padre que está interesado en que el niño aprenda a escribir a máquina”.

“Está todavía en la escuela” explicó tu abuelo, “sale a las cinco. En lugar de perder el tiempo jugando puede aprovecharlo haciendo algo útil” “Sí” dijo el secretario tosiendo y expectorando en la escupidera que tenía al lado del sillón.

“¿Y tú cómo te llamas?” preguntó al orondo mozalbete que no le había quitado los ojos de encima desde que entró en la habitación.

Cuando dejaron el Ayuntamiento, el concejal dijo: “Asunto arreglado. Es un tipo raro pero buena persona. Para mí que no va a durar mucho”.

Tu abuelo iba pensativo. “¿Crees que debería mandarle alguna cosilla?” “Claro, hay que ser agradecido”.

Read Full Post »

XVI

Me temo que me he ido por los cerros de Úbeda. Por contarte de nuevo este episodio, he olvidado darte los detalles concernientes al ingreso de tu tío en el gremio de los burócratas.

Como queda dicho, tu tío entró por la puerta falsa de la mano de su padre una nubosa tarde de otoño.

Tu abuelo comunicó a tu abuela que había hablado con uno de los concejales, y que ese mismo día visitarían al secretario para que le encontrase al niño un hueco en el Ayuntamiento, para que lo emplearan en lo que hiciera falta: llevar recados, vaciar las papeleras y los ceniceros… A cambio sólo pedía que lo dejasen practicar en la máquina de escribir.

Lo más importante, por supuesto, era que se familiarizase con los chanchullos, que aprendiese el oficio. Por ese camino acabaría haciéndose indispensable. A partir de ese momento el nene tendría resuelto el porvenir. Ya podía tronar y relampaguear, llover y granizar, que a él nada le afectaría.

“Ni con tenazas al rojo vivo logran despegar de la teta gorda al que se cuelga de ella” dijo.

Al principio había que conformarse con meter al niño. Si mostraba aptitudes y tenía vocación, lo demás era cuestión de tiempo.

A las cinco y cuarto llegó tu tío, cartera en mano. “Tengo hambre” fueron sus primeras palabras. Tu abuela le respondió: “Ahora no puedes comer. Tienes que ir con tu padre al Ayuntamiento” “¿Al Ayuntamiento?” exclamó con más vanidad que asombro.

“Ve a peinarte y a lavarte las manos y la cara” le dijo tu abuela. A los pocos minutos el niño regresó con las mejillas coloradas a causa de los refregones que se había dado, y el pelo mojado y bien asentado.

Se sacudió el polvo de la ropa con un cepillo, se la alisó y, mirando a su padre, anunció: “Estoy preparado” “Vamos allá”.

No fueron directamente a la Casa Consistorial. Dieron un rodeo para pasarse por una taberna donde los esperaba el concejal que los acompañaría en la entrevista con el secretario. El lugar del encuentro, que hoy ya no existe pero que te acordarás de él, era una tasca con un mostrador de madera alto, dos anaqueles con botellas de aguardiente y coñac, y numerosos carteles de toros. Tenía también un reservado al que se entraba por la trampilla del mostrador.

Tras los saludos el concejal fue al grano. “He hablado con el alcalde. Él ha puesto también su piedrecita. No habrá problemas. ¿Queréis tomar algo?” “Un café” respondió tu abuelo, “el niño no quiere nada”.

“Tiempos difíciles” dijo el concejal. “Tiempos difíciles” confirmó tu abuelo. “A ti no te va mal con la huerta” “No me puedo quejar” “Me han dicho que tienes unos rábanos estupendos” “Tengo en casa varios manojos. Luego el niño te lleva un par”. Tu abuelo pagó la consumición de ambos y se fueron.

Read Full Post »

XV

Los potajes de garbanzos que jamás faltaron en la mesa, fue una de las grandes compensaciones de esos años de miseria.

A pesar de no haber probado esas ollas sin más condimentos que la gazuza reinante y el omnipresente desasosiego, guardas de ellas un vívido recuerdo.

¿Cuántas veces te han calentado la cabeza con el episodio de los garbanzos mondos y lirondos? Hasta has llegado a creer que no hay plato que se iguale a ese guisote. Desde luego, hay que convenir que nunca se han comido raciones de legumbres con la misma fruición.

No puedes conservar memoria del percance porque aún no habías nacido, pero el empacho de haberlo escuchado innumerables veces te debe durar todavía. Te lo han contado tu madre, tu abuelo y tu tía. El único que se ha abstenido es el protagonista: tu tío.

Se trata de una desgracia que se abate sobre las mejores familias. Me refiero al hecho de repetir una historia supuestamente graciosa a traque barraque. Historias como la del niño avispado que, con la ayuda de un taburete que coloca en una silla, alcanza el bote de compota que está en lo alto del aparador, o como la de la niña resabida que, en un descuido de su madre que estaba limpiando el suelo, coge la fregona y prosigue la tarea.

Tu tío, que ha sido siempre un tragaldabas, llegó de la escuela con un hambre de lobo. Entró corriendo y llamó a su madre que había salido. Llamó a sus hermanas que no estaban tampoco. Su padre trabajaba en la huerta. En la casa no había nadie.

Torció el morro y se sentó en una silla. Al poco tiempo empezó a respirar hondo, como cuando uno va a tomar una importante decisión.

Frunció aún más sus cejas corridas y se levantó. Fue a la puerta de la calle y se asomó. Ni rastro de su madre ni de sus hermanas. Dio media vuelta y se dirigió a la cocina.

Sobre la hornilla de carbón cocía el potaje. Destapó la olla y una bocanada de vapor lo cegó momentáneamente. Durante un rato observó las legumbres con aire de entendido. Luego cogió una cuchara, la introdujo y la sacó con dos o tres garbanzos. Sopló para que se enfriasen y los comió.

Volvió a hundir la cuchara en el burbujeante caldo, la sacó, sopló, masticó morosamente y tragó. Algo duros quizá. Metió la cuchara una tercera vez y la retiró rebosante. Luego tapó la olla.

Pero cuando uno picotea, el apetito, en lugar de apaciguarse, se encona. Movía la cabeza de un lado a otro, disconforme con la espera. Incluso bufaba. Fue a la puerta y oteó la solitaria calle. Su paciencia estaba colmada.

Apartó la olla del fuego, hurgó en la talega del pan y vio que había poco, cerrándola sin coger nada. Colocó la olla en la mesa, acercó una silla y puso manos a la obra.

A su regreso las ausentes encontraron al pequeño ogro enfrascado en la tarea de sacar-soplar-engullir.

Las tres mujeres se quedaron de una pieza al comprobar el bajo nivel del potaje. El niño, a modo de excusa, dijo: “Tenía el estómago vacío”.

Se lo tomaron a risa. De lo contrario tendrían que haberle puesto la olla de sombrero. Tu madre se desternillaba. Tu tío, que no tiene correa, se enfadó. Pero su hermana no podía contenerse y seguía carcajeándose. Si la ofuscada criatura no la emprendió a patadas con ella, fue porque intervino tu abuela.

Tu tío tiene una pasmosa capacidad para achararse. Se enfureció el hombrecito, pero no reventó que era lo que lógicamente debía haberle pasado después del atracón.

 

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported

Read Full Post »

XIII

Lo sé de buena fuente. He reunido la información escarbando aquí y allá, dando crédito a los cotilleos que no andan errados, y que si pecan es por defecto.

Tú misma has tenido que oír algo. Estoy seguro de que tus orejas enrojecerían de santa ira cuando en ellas, al desgaire, las comadres vertieron la dulce ponzoña que destilan y escancian so capa de afecto.

“A mí no me importa, pero la gente dice…”. Basta con que aceptes esa primera premisa del perverso silogismo para que se crean con el derecho a descargar la inmundicia que llevan dentro.

Tú, a quien nunca se le pasó por las mientes cuestionar esa proposición, te viste enredada en esa lógica cruel.

Tú también querías acogerte al privilegio de afirmar: “A mí no me importa…” y a continuación vaciar tu cubo de basura.

Yo no invoco esa frase mágica. Me invento otra y largo como cada hijo de vecino. Lo sé de buena fuente.

El que hoy ocupa un puesto de mediana responsabilidad en la administración municipal, pues su estrechez de miras y su limitado coeficiente intelectual le impiden alcanzar cotas más altas para las que no le faltan méritos de otra índole, más bien le sobran, empezó joven.

Tu tío se metió en el mundillo de la burocracia a la edad de doce años. Sus comienzos fueron duros, como el de esos portentos norteamericanos de la industria que en su infancia zascandileaban vendiendo cajas de cerillas.

Pero pronto comprendieron que podían ampliar el negocio e incluir cigarrillos sueltos o en paquetes. Y gracias a su fino olfato y a su iniciativa no tardaron en transformar ese inocente comercio en una tapadera de otro más lucrativo, dedicándose así a la distribución de revistas pornográficas y juguetes eróticos. Cuando se quiere triunfar en la vida, las consideraciones éticas pasan a segundo plano.

Y a la vuelta de unos años esos niños emprendedores se convirtieron en el Jefe Supremo de las Brochas de Afeitar, en el Número Uno de las Churrerías o en el Gran Monopolista del Acero Inoxidable. Ciertamente tu tío, no por falta de ganas, no ha sido coronado Rey de los Chupatintas.

Él simultaneó la Escuela Primaria con el Ayuntamiento. Esa conjunción constituye los cimientos sobre los que se levanta la actual fábrica, es la base de vuestra desahogada posición económica. Fue el aprendizaje ineludible que le enseñó las técnicas de la humillación, aparte de inculcarle la importancia del dinero, aunque a mi humilde entender esa sapiencia no justifica su cicatería.

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported

Read Full Post »