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XXXIII

En el patio, sentado en la silla baja, tu tío se disponía a darse un baño de pies. Su excesivo peso es la causa de que tenga que cuidarlos especialmente.

Le llevaste una olla de agua que echaste en la palangana. “¡Está demasiado caliente!” exclamó sacando de inmediato esos dos peces moribundos. “Trae agua fría”.

El agua siempre está o demasiado caliente o demasiado fría. Nunca has logrado cogerle el punto.

Tras la rectificación tu tío preguntó: “¿Dónde está el bicarbonato?”.

Mientras, con los pantalones arremangados hasta la rodilla, esperaba que subsanaras ese olvido, alguien llamó: un aldabonazo, dos, tres…

Tú venías con el paquete. ¿Quién podía ser a una hora tan intempestiva? Eran las cuatro de la tarde de un mes de junio.

Tu madre se adelantó y fue a abrir la puerta. “¡El bicarbonato!” gritó tu tío.

¿Llegaste a oír lo que hablaban o tu fino olfato, diestro en husmear desgracias, te previno?

“Ha ocurrido algo” le dijiste a tu tío.

Dificultosamente se levantó pisando el borde de la palangana, que rechinó y se volcó.

“No puede uno ni remojarse los pies” murmuró.

La compungida voz de tu madre se dejó oír: “El niño ha tenido un accidente” “¡Ay, Dios mío!” exclamaste tú. “¿Cómo ha sido?” preguntó tu tío.

Y salisteis desmandados, tu madre, tu tío cojeando y tú con el vestidito que te ponías para estar en casa. Sólo faltaba tu hermana que no había regresado de Sevilla.

Con la bata holgada y descolorida, las zapatillas en chancla y la angustia pintada en el rostro, recorriste las calles.

¡Menudo espectáculo os encontrasteis en casa de tu tía! Ella tenía un ataque de nervios y su marido despotricaba. Él sabía que tenía que suceder eso, que de los gamberros con los que se juntaba su hijo nada bueno se podía esperar. Él sabía también cómo arreglar las cosas: los estudios se acabaron, se acabó gandulear, de aquí en adelante a arrimar el hombro…

Por fortuna llegasteis vosotros poniendo orden. Tu tío se hizo cargo de la situación. Tú, para no ser menos, les soltaste un discurso a las vecinas: “Este hombre está loco. Decir esas barbaridades. Como si su hijo hubiese querido que le pasara lo que le ha pasado…”.

Todos, menos tú, se fueron a Sevilla en el coche de tu tío. Antes de partir les rogaste que no olvidaran telefonearte.

Tu tía con su histerismo, su marido con su enfado, tu tío con los pies hinchados y tu madre salieron de estampía sin escuchar tus prudentes recomendaciones.

El coche arrancó sin que tus palabras llegasen a los oídos de sus destinatarios. Flanqueada de vecinas, permaneciste en el umbral hasta que el vehículo desapareció en una esquina.

Tras el barullo y las precipitaciones el vacío se hizo a tu alrededor. Era como si estuvieses dentro de una campana de cristal.

Te sentiste mal. Empezaste a sudar, se te resecó la boca, las piernas se te aflojaron. Te tuviste que apoyar en la pared. De no ser porque unos diligentes brazos te sostuvieron a tiempo, hubieses caído al suelo.

Te llevaron a una cama, te abanicaron, te quitaron las zapatillas.

La fuerte, la que se permite aleccionar en el centro de la vorágine, se desmayó. Las vecinas se asustaron y avisaron al médico que te auscultó y te tomó la tensión arterial. Tu corazón latía con desgana. Te recetó una coca-cola.

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XXVII

Sentados en el umbral y en sillas a ambos lados de la puerta tomáis el fresco. En la calle mal iluminada por una bombilla de escaso voltaje se ven o más bien se adivinan otros circulares familiares semejantes al vuestro.

Sopla una brisa que resarce del día de calor.

El tiempo pasa sin sentir. Ya es tarde. Tu tío cabecea como un barco movido por las olas. Hace rato que tu hermana ha cerrado el pico. Tu madre, de rostro impenetrable, está relajada. Y tú, bien despierta, hilas en tu mente recuerdos y deseos.

En un arrebato tu hermana se pone en pie y anuncia: “Me voy a la cama”. Tu madre la mira y dice: “Nos vamos todos”.

Antes de acostarte te diriges al cuarto de baño y te contemplas en el espejo. Tienes el pelo corto y ondulado, la piel tersa y blanca, la boca pequeña. Parece la cabeza de una muñeca de porcelana.

Piensas que estás en la flor de la edad, que eres joven, que quién sabe lo que el destino te depara.

Permaneces en esa actitud soñadora hasta que tu tío abre la puerta de un empujón y entra desabrochándose la bragueta. Luego se pone a orinar de espaldas a ti. Cuando acaba, se va en un estado de cuasi sonambulismo.

Tú, inmóvil, en silencio, contienes el aliento, das un suspiro cuando recuperas tu soledad.

El dormitorio, que compartes con tu hermana, tiene una ventana que da al patio. Las hojas están abiertas de par en par y la persiana enrollada.

Tu hermana respira profundamente. Para no molestar, que es una de tus obsesiones, no enciendes la lámpara con tulipa opaca. Te acercas a la cómoda y pulsas el interruptor de una capillita dorada de torres góticas delante de la que hay un montoncito de jazmines.

Te desnudas con parsimonia, cuelgas el vestido en la percha, te quitas las sandalias y echas hacia atrás la colcha y la sábana. Sacas de debajo de la almohada tu pijama corto, te lo pones y, descalza, vas a la cocina por un vaso de agua que, tratando de hacer el menor ruido posible, depositas en el cristal de la mesita de noche. Por último apagas la lucecita y te tiendes en la cama.

No tienes ni pizca de sueño. Por más que giras a un lado y a otro, no das con la postura adecuada. Te incorporas y bebes un sorbo de agua.

Te gustaría dormirte de inmediato, olvidarte de esa infinidad de problemas que te aguijonean sin cesar: disgustos, rencillas, dolencias, fobias…Lo que llamas tus nervios.

Pero esa noche no te va a resultar fácil escapar. No puedes dejar de pensar en el malévolo comentario que la tendera, famosa en el vecindario por su lengua viperina, hizo esta mañana a propósito de una amiga tuya.

¿Cuáles fueron sus palabras exactas? Mientras ajustaba una cuenta, cazó al vuelo las frases que intercambiaban dos clientas. Hablaban de la rapidez con que se estaban llevando a cabo los preparativos de la boda. Ese acontecimiento se estaba precipitando sospechosamente.

La tendera, sin dejar de sumar, sentenció: “Esa se casa tan de prisa porque está preñada”. Y a continuación añadió: “Son trescientas veinticuatro pesetas”.

No te molestó tanto la certeza de que no iba descaminada como el tono empleado.

Nada de lo que ocurría en el pueblo era ignorado en ese mentidero donde una jamona entre jamones, chorizos, salchichones, sacos de garbanzos, lentejas y azúcar, latas de conservas y un sinfín de productos que iban de la colonia barata a las cremalleras, pontificaba incansable.

En definitiva, esa historia se limitaba a otra conocida que cambiaba de estado civil. El autor del desaguisado, además, no había escurrido el bulto. No se había ido a Barcelona o a Alemania. Dentro de poco tiempo las murmuraciones quedarían cortadas de raíz.

Era un asunto de poca monta. Las comadres no tendrían donde cebarse, pero por eso no había que afligirse.

Tu tía, no con frecuencia, dada tu susceptibilidad, te gasta una broma al respecto. O lo que ella tiene por tal. Te dice: “¿Cuándo te vas a casar? A este paso se te va a secar la matriz”.

Achaca tu soltería a lo que denomina “tus exigencias”. Según ella, se te han presentado partidos interesantes. Tú te encoges de hombros, haces un ridículo mohín y cambias de conversación si no estás de humor para seguirle la corriente.

De los tiros al aire que dispara, algunos dan en el blanco.

No vayas a pensar que consigues engañarla con tus argucias y tus muecas. Tu tía es pájaro viejo. A pesar de sus pocas luces se percata bien de lo melindrosa que eres, e incluso, si me apuras, del miedo que el noviazgo y el casamiento te producen.

Hay datos cuya conexión sólo captas en pesadillas que, todavía acongojada, cuentas a tu madre mientras tomáis el café mañanero. “Deberías ir al médico” te dice. Pero tú descartas esa posibilidad de inmediato porque, entre otras razones, detestas a los matasanos.

Prefieres servirte otra taza de café y complacerte en tus sufrimientos.

A veces, como en esta noche veraniega en que una agradable brisa perfumada de jazmín invade el cuarto, haces un recuento de tus pretendientes: de los que lo fueron, de los que no lo fueron pero pudieron haberlo sido, y de los que te habría gustado que lo fueran.

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XXVI

¿Quién iba a suponer que el infortunio se abatiría sobre tu familia? ¿Quién podía imaginar que a la agonía y muerte de tu abuelo sucedería la de tu abuela?

A los pocos meses de haber fallecido su marido, tu abuela se resfrió. Nada de importancia. Estornudaba y le lagrimeaban los ojos. Se quejaba también de dolor en las articulaciones.

Mediaba la primavera y achacasteis la indisposición al aumento de la temperatura que fue la causa de un apresurado despojamiento de prendas invernales. Esta explicación, sin embargo, no era válida para ella que seguía casi igual de abrigada.

Por diversos motivos os hallabais fuera de casa. Tu tío y tu hermana no habían regresado aún de Sevilla. Tu madre y tú habíais ido a ver a tu tía.

Pasabais revista a las novedades del pueblo y acabasteis hablando de los vestidos que, a causa del calor y del luto que cumplíais, os veríais obligadas a teñir de negro. Sobre las telas que admitían tinte surgieron dudas.

Tu tía y tu madre se enzarzaron en una discusión. Para ilustrar sus argumentos, tu madre te pidió que fueras a casa y trajeras una falda tuya. Tú intervenías cuando te dejaban. Tus razones eran escuchadas con condescendencia pero no eran tomadas en serio. Esa actitud te producía irritación.

La puerta estaba encajada. Empujaste y llamaste a tu abuela que no respondió. Pensaste que estaría cosiendo a la sombra del naranjo.

Entraste en tu habitación, cogiste la falda y con ella colgada del brazo fuiste al patio.

Tu abuela estaba sentada en una postura forzada. Tenía el cuerpo ladeado a la izquierda y la barbilla pegada al pecho. Parecía que estaba durmiendo. Pero ella no tenía la costumbre de sestear.

Un cosquilleo recorrió tus piernas que se te aflojaron. Te disponías a comunicarle el motivo de tu regreso pero no acertaste a decir nada.

La llamaste con voz quebrada y diste un paso en su dirección. La anciana seguía callada. Observaste que respiraba, lo cual te tranquilizó.

Desechaste la lúgubre idea que habías concebido, y te acercaste más. Era evidente que estaba echando un sueñecito.

Le tocaste el hombro pero no reaccionó. De nuevo el miedo se apoderó de ti. Y ese miedo se convirtió en pánico cuando escuchaste sus roncas inhalaciones.

La zarandeaste ligeramente y tu abuela cayó al suelo como un fardo. Te pusiste blanca. Una mueca de espanto desfiguró tu cara.

No sabías qué hacer, si ir primero a casa de tu tía, a casa del médico o arrastrar a la moribunda a la cama. Dado su peso, rechazaste esta última posibilidad.

Optaste por volver zumbando a casa de tu tía. Sin aliento, desencajada, contaste lo que había pasado insistiendo en el hecho, tan penoso para ti, de que la abuela estaba tendida en los gastados ladrillos.

Por la calleja, mientras os apresurabais, tu tía te increpó. Según ella, deberías haber avisado a una vecina y entre las dos haber trasladado a su “pobre mama” al dormitorio.

En tu mente han quedado impresas las continuas carreras que tuviste que dar. En cuanto llegasteis, te mandaron a buscar al médico.

La respiración de la anciana era cada vez más anhelosa. Cuando la llevabais a la cama, notaste que se estaba poniendo azulosa o grisácea, de un color feo.

Tu tía, rodeada de vecinas que intentaban consolarla, gemía en el comedor. Cuando saliste del cuarto, donde ella no entró porque estaba muy afectada, se informó. Mostrándole la receta que había extendido el médico, le explicaste que había estado reservado. Y a escape fuiste a comprar el medicamento.

Tu abuela, que tenía una dolencia de corazón, expiró esa misma noche.

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XXI

Los amores de tus padres son una de esas infrecuentes relaciones que, hundiendo sus raíces en la pubertad, franquean las barreras, vencen los impedimentos y llegan a la edad adulta en un envidiable estado de lozanía.

No negaré que esas mismas barreras e impedimentos son los acicates que permiten a dos personas mantenerse firmes en sus decisiones.

El signo de estos amores es trágico. Los de tus progenitores estuvieron marcados desde su inicio por el infortunio. Una piedra lanzada por una mano desconocida abrió una brecha en la frente de tu padre.

A los desaforados gritos del herido acudieron curiosos de ambos bandos. Por encima de las cabezas de los cardos fueron apareciendo, aquí y allá, en insólita floración, otras, muchas de ellas rapadas, que se movían a izquierda y derecha tratando de localizar el origen de los lamentos.

Por acuerdo tácito en estos casos cesaban las hostilidades y se iba a socorrer a la víctima. Una vez identificada, correspondía a sus compañeros de armas hacerse cargo de ella mientras los soldados del ejército enemigo se apresuraban a poner el cuerpo a buen recaudo por temor a la furia que desencadenaba la sangre derramada.

Se fueron acercando cautelosos al sitio donde, tendido, yacía el descalabrado. “¡Es de los nuestros!” se oían ya voces airadas.

La curiosidad, más fuerte que el miedo, hizo que los chavales siguieran avanzado. Con la honda estrujada en la mano, tu madre se deslizaba con soltura y seguridad por ese laberinto de angostos pasajes trazados a lo largo y a lo ancho del herbazal, tortuosos senderos llenos de vueltas y revueltas que deparaban encontronazos de infarto a los miembros de ambas pandillas en sus expediciones de reconocimiento y sus escaramuzas.

Tu padre estaba en un claro, cerca de su cuartel general, llamado “el fortín” por estar constituido por tres peñascos parcheados de musgo y agrupados en forma de torre.

Tu madre llegó de los últimos. Se abrió paso hasta ponerse en primera fila y observó al niño al que algunos compañeros ayudaban a levantarse mientras taponaban la herida con un pañuelo.

Tu padre tenía la cara, las manos y la ropa manchadas de sangre. Tu madre no apartaba la vista del desventurado, mirándolo sin pestañear, como tratando de desentrañar un secreto, ajena a lo que no fuera la contemplación del pañuelo empapado en el líquido rojo y viscoso, sin oír siquiera los lastimeros gemidos del niño que se enjugaba las lágrimas con el dorso de la mano.

“Ha sido ella” dijo alguien.

Apoyado en los hombros de un camarada y agarrándose el improvisado vendaje cuando, tras infructuosos intentos, se desistió de anudarlo alrededor de la cabeza, tu padre se fue.

El acusador volvió a la carga. Con acento feroz exclamó: “¡Ha sido ella!”. Otro chiquillo patizambo y de pelo rizado gritó también: “¡Ha sido ella!”. Tu madre, saliendo de su estupor, dijo: “¡Mentira!”.

Caía la noche. Los ánimos estaban exaltados. No era cuestión de ponerse a discutir.

El pequeñajo de piernas torcidas soliviantaba a los suyos: “¡Tenemos que vengarnos!”. Los otros, en vista del cariz de los acontecimientos, al amparo de la oscuridad creciente, empezaron a replegarse, con disimulo los que estaban más cerca de las sendas y a todo correr los que estaban más alejados.

Tu madre conocía ya al que, con el paso del tiempo, sería su marido, pero fue esta la primera vez que reparó en ese niño de chaquetilla raída, pantalones cortos sujetos con una cuerda de esparto y grandes ojos castaños.

Aquí podríamos situar, si quieres, el nacimiento del romance.

El cardizal lindaba con las primeras casas del pueblo. Tu madre, que corría como un gamo, alcanzó a otra niña que militaba en el mismo bando. También en el otro había varias, y no como enfermeras precisamente.

Cada vez con menos ímpetu trotaban ambas hasta que, jadeantes, se pararon un momento y luego siguieron andando. No cruzaron una palabra durante el trecho que marcharon juntas. Sólo cuando se separaron, se desearon buenas noches.

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XX

Del pueblo hasta esa, llamémosla, barriada se iba por el camino que bordeaba la cantera solitaria. Con el espacio intermedio, pasados unos años, especularía el Ayuntamiento, pero en aquel entonces no era más que un cardizal adonde los niños iban a jugar y a enfrentarse a pedradas, de las que más de uno guarda un recuerdo.

Para los chavales era una tierra de nadie que había que conquistar por la fuerza de las armas. La banda más fuerte se erigía en dueña absoluta del descampado. Pero no había que dormirse en los laureles. O más bien no era posible porque el enemigo acechaba de continuo.

Las victorias eran efímeras. Por asegurar estoy que, a lo largo de la historia de la humanidad, ninguna región ha cambiado de amo tantas veces, incluso en un mismo día.

Los ejércitos en perpetuo litigio estaban formados por los hijos de los picapedreros y por los de los vecinos del pueblo propiamente dicho.

Tu madre destacó en estas luchas por su arrojo y sus dotes de mando. Mi tía abuela, a quien no hace falta sonsacar, me ha contado algunas hazañas entre risas mal contenidas.

Sus inclinaciones bélicas depararon numerosos disgustos a los progenitores de esa Minerva que, en lugar de lanza y escudo, empuñaba una honda manejada con increíble destreza, y que, despreciando el casco protector, marchaba destocada al campo de batalla.

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XV

Los potajes de garbanzos que jamás faltaron en la mesa, fue una de las grandes compensaciones de esos años de miseria.

A pesar de no haber probado esas ollas sin más condimentos que la gazuza reinante y el omnipresente desasosiego, guardas de ellas un vívido recuerdo.

¿Cuántas veces te han calentado la cabeza con el episodio de los garbanzos mondos y lirondos? Hasta has llegado a creer que no hay plato que se iguale a ese guisote. Desde luego, hay que convenir que nunca se han comido raciones de legumbres con la misma fruición.

No puedes conservar memoria del percance porque aún no habías nacido, pero el empacho de haberlo escuchado innumerables veces te debe durar todavía. Te lo han contado tu madre, tu abuelo y tu tía. El único que se ha abstenido es el protagonista: tu tío.

Se trata de una desgracia que se abate sobre las mejores familias. Me refiero al hecho de repetir una historia supuestamente graciosa a traque barraque. Historias como la del niño avispado que, con la ayuda de un taburete que coloca en una silla, alcanza el bote de compota que está en lo alto del aparador, o como la de la niña resabida que, en un descuido de su madre que estaba limpiando el suelo, coge la fregona y prosigue la tarea.

Tu tío, que ha sido siempre un tragaldabas, llegó de la escuela con un hambre de lobo. Entró corriendo y llamó a su madre que había salido. Llamó a sus hermanas que no estaban tampoco. Su padre trabajaba en la huerta. En la casa no había nadie.

Torció el morro y se sentó en una silla. Al poco tiempo empezó a respirar hondo, como cuando uno va a tomar una importante decisión.

Frunció aún más sus cejas corridas y se levantó. Fue a la puerta de la calle y se asomó. Ni rastro de su madre ni de sus hermanas. Dio media vuelta y se dirigió a la cocina.

Sobre la hornilla de carbón cocía el potaje. Destapó la olla y una bocanada de vapor lo cegó momentáneamente. Durante un rato observó las legumbres con aire de entendido. Luego cogió una cuchara, la introdujo y la sacó con dos o tres garbanzos. Sopló para que se enfriasen y los comió.

Volvió a hundir la cuchara en el burbujeante caldo, la sacó, sopló, masticó morosamente y tragó. Algo duros quizá. Metió la cuchara una tercera vez y la retiró rebosante. Luego tapó la olla.

Pero cuando uno picotea, el apetito, en lugar de apaciguarse, se encona. Movía la cabeza de un lado a otro, disconforme con la espera. Incluso bufaba. Fue a la puerta y oteó la solitaria calle. Su paciencia estaba colmada.

Apartó la olla del fuego, hurgó en la talega del pan y vio que había poco, cerrándola sin coger nada. Colocó la olla en la mesa, acercó una silla y puso manos a la obra.

A su regreso las ausentes encontraron al pequeño ogro enfrascado en la tarea de sacar-soplar-engullir.

Las tres mujeres se quedaron de una pieza al comprobar el bajo nivel del potaje. El niño, a modo de excusa, dijo: “Tenía el estómago vacío”.

Se lo tomaron a risa. De lo contrario tendrían que haberle puesto la olla de sombrero. Tu madre se desternillaba. Tu tío, que no tiene correa, se enfadó. Pero su hermana no podía contenerse y seguía carcajeándose. Si la ofuscada criatura no la emprendió a patadas con ella, fue porque intervino tu abuela.

Tu tío tiene una pasmosa capacidad para achararse. Se enfureció el hombrecito, pero no reventó que era lo que lógicamente debía haberle pasado después del atracón.

 

 

 

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