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Posts Tagged ‘tu padre’

XLVIII

Tu madre ha quedado desdibujada en este relato, lo cual me apena. Y no hablemos de tu padre que apenas aparece. Su prematura muerte hace imposible saber la influencia que hubiese ejercido sobre ti.

Su ausencia dejó un hueco que ocupó tu tío, como tú misma afirmas otorgándole un título que no le corresponde.

Al no haber conocido otra cosa no puedes añorar tiempos mejores. Esta verdad que es aplicable en tu caso, no lo es en el de tu madre.

Ella luchó por su felicidad. En una época en la que prevalecían los matrimonios por conveniencia y por inercia entre los miembros de un mismo estrato social, ella tuvo la osadía de enamorarse de un don nadie y el coraje de asumir sus sentimientos.

Que después de soportar tantas presiones encaminadas a hacerla desistir de su propósito se viese desposeída de la noche a la mañana de aquello por lo que había luchado, con dos niñas pequeñas y a expensas de su familia que tan enérgicamente se había opuesto a su casamiento, fue un duro golpe del que no logró reponerse.

En los últimos tiempos la sueles descubrir absorta. Si le preguntas algo, no responde de inmediato o ni siquiera responde. Esta actitud de tu madre te irrita y te hace exclamar: “¡Estás en Babia!”. Pero no lo está. La causa de su ensimismamiento hay que buscarla en otra parte.

A caballo entre un pasado emergente con su carga de melancolía y un presente que hay que vivir minuto a minuto, tu madre proyecta la imagen desvaída de una persona que se compromete lo imprescindible con la realidad cotidiana.

En las contadas ocasiones en que se ha opuesto a vuestros deseos, a los de tu hermana o a los tuyos, ha sido de cara a la galería o impulsada por el instinto de conservación al que se aferró cuando tuvo que reconstruir su vida.

De todas formas, ni tu hermana ni tú, hijas modélicas según los cánones vigentes en el pueblo, la habéis colocado nunca en un apuro. Si tal cosa hubiese ocurrido, habría delegado en tu tío, que es lo que hace incluso en los asuntos menores.

El tiempo todo lo mina y todo lo socava, todo lo minimiza y todo lo transforma. Nos proporciona perspectiva. Nos trae el olvido. El tiempo lija las asperezas de los recuerdos con los que tu madre sigue conviviendo.

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XXI

Los amores de tus padres son una de esas infrecuentes relaciones que, hundiendo sus raíces en la pubertad, franquean las barreras, vencen los impedimentos y llegan a la edad adulta en un envidiable estado de lozanía.

No negaré que esas mismas barreras e impedimentos son los acicates que permiten a dos personas mantenerse firmes en sus decisiones.

El signo de estos amores es trágico. Los de tus progenitores estuvieron marcados desde su inicio por el infortunio. Una piedra lanzada por una mano desconocida abrió una brecha en la frente de tu padre.

A los desaforados gritos del herido acudieron curiosos de ambos bandos. Por encima de las cabezas de los cardos fueron apareciendo, aquí y allá, en insólita floración, otras, muchas de ellas rapadas, que se movían a izquierda y derecha tratando de localizar el origen de los lamentos.

Por acuerdo tácito en estos casos cesaban las hostilidades y se iba a socorrer a la víctima. Una vez identificada, correspondía a sus compañeros de armas hacerse cargo de ella mientras los soldados del ejército enemigo se apresuraban a poner el cuerpo a buen recaudo por temor a la furia que desencadenaba la sangre derramada.

Se fueron acercando cautelosos al sitio donde, tendido, yacía el descalabrado. “¡Es de los nuestros!” se oían ya voces airadas.

La curiosidad, más fuerte que el miedo, hizo que los chavales siguieran avanzado. Con la honda estrujada en la mano, tu madre se deslizaba con soltura y seguridad por ese laberinto de angostos pasajes trazados a lo largo y a lo ancho del herbazal, tortuosos senderos llenos de vueltas y revueltas que deparaban encontronazos de infarto a los miembros de ambas pandillas en sus expediciones de reconocimiento y sus escaramuzas.

Tu padre estaba en un claro, cerca de su cuartel general, llamado “el fortín” por estar constituido por tres peñascos parcheados de musgo y agrupados en forma de torre.

Tu madre llegó de los últimos. Se abrió paso hasta ponerse en primera fila y observó al niño al que algunos compañeros ayudaban a levantarse mientras taponaban la herida con un pañuelo.

Tu padre tenía la cara, las manos y la ropa manchadas de sangre. Tu madre no apartaba la vista del desventurado, mirándolo sin pestañear, como tratando de desentrañar un secreto, ajena a lo que no fuera la contemplación del pañuelo empapado en el líquido rojo y viscoso, sin oír siquiera los lastimeros gemidos del niño que se enjugaba las lágrimas con el dorso de la mano.

“Ha sido ella” dijo alguien.

Apoyado en los hombros de un camarada y agarrándose el improvisado vendaje cuando, tras infructuosos intentos, se desistió de anudarlo alrededor de la cabeza, tu padre se fue.

El acusador volvió a la carga. Con acento feroz exclamó: “¡Ha sido ella!”. Otro chiquillo patizambo y de pelo rizado gritó también: “¡Ha sido ella!”. Tu madre, saliendo de su estupor, dijo: “¡Mentira!”.

Caía la noche. Los ánimos estaban exaltados. No era cuestión de ponerse a discutir.

El pequeñajo de piernas torcidas soliviantaba a los suyos: “¡Tenemos que vengarnos!”. Los otros, en vista del cariz de los acontecimientos, al amparo de la oscuridad creciente, empezaron a replegarse, con disimulo los que estaban más cerca de las sendas y a todo correr los que estaban más alejados.

Tu madre conocía ya al que, con el paso del tiempo, sería su marido, pero fue esta la primera vez que reparó en ese niño de chaquetilla raída, pantalones cortos sujetos con una cuerda de esparto y grandes ojos castaños.

Aquí podríamos situar, si quieres, el nacimiento del romance.

El cardizal lindaba con las primeras casas del pueblo. Tu madre, que corría como un gamo, alcanzó a otra niña que militaba en el mismo bando. También en el otro había varias, y no como enfermeras precisamente.

Cada vez con menos ímpetu trotaban ambas hasta que, jadeantes, se pararon un momento y luego siguieron andando. No cruzaron una palabra durante el trecho que marcharon juntas. Sólo cuando se separaron, se desearon buenas noches.

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