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Posts Tagged ‘desmayo’

XLIV

Las muchedumbres siempre te apabullaron. Una conveniente mixtificación que sólo a las allegadas relatas en las noches de invierno, sentadas alrededor de la mesa camilla, sitúa las raíces de ese miedo en una madrugada de Semana Santa, en Sevilla.

Tu hermana había convencido a vuestro tío para que os llevara a la capital a presenciar tan fastuoso acontecimiento.

Desde un principio te sentiste perdida en medio del gentío que abarrotaba calles y plazas. No te separabas un metro de tu hermana por temor a extraviarte. Esa posibilidad te ponía los pelos de punta.

Tu hermana iba a la zaga de tu tío que, en cabeza del grupo familiar, abría camino.

Esa noche no disfrutaste como, de regreso a casa, declaraste. Al igual que otras veces, no te atreviste a exponer tus verdaderas impresiones. Hiciste los comentarios que se esperaba que hicieses, dando las oportunas muestras de júbilo y de cansancio.

De cualquier forma, nunca más has ido a ver las cofradías a Sevilla. Siempre que se te ha presentado la ocasión, has declinado la propuesta de extasiarte ante vírgenes afligidas y enjutos crucificados.

Tus recuerdos de esa noche son deslavazados. Era una de tus primeras salidas del ámbito pueblerino.

Quizá tenía que haber dicho antes que mitificaste esa experiencia. Pero en definitiva una mitificación es una mixtificación donde subyacen datos reales.

Ha quedado grabada en tu memoria la multitud que se desplazaba de un lado a otro, que se apelotonaba en determinados puntos, que llenaba los bares, que empujaba, arrastraba…

Tu tío puso especial cuidado en llevaros a los sitios de mayor bullicio y ahogo que eran, según él, los idóneos para gozar de las más castizas estampas. Su precio había que pagar.

Ateniéndoos a ese criterio estético, anduvisteis de la ceca a la meca en busca de “sitios idóneos”.

Tú te dejabas conducir sin sugerir nada. Estabas tan aturdida que no distinguías una entrada de una salida. Si te lo hubiesen preguntado, no habrías atinado a responder.

Sin embargo, en esas aglomeraciones, aparte de los apretujones y los pisotones, no ocurrió nada digno de ser consignado.

Fue en una bocacalle interceptada por una Dolorosa donde ocurrió el lamentable incidente. Tú estabas detrás de una señora con un moño alto que tenía clavados los ojos en la imagen de la Virgen. A tu lado estaban tu hermana y más allá tu tío.

La gente se fue apiñando detrás de vosotros. Al cabo de pocos minutos se formó un tapón humano de considerable tamaño.

No era posible avanzar ni retroceder. Alguien se pegó a ti, te achuchó obscenamente. Te quedaste paralizada. No podías articular una palabra. Tus mermadas energías te fallaban.

Durante unos segundos que te parecieron siglos sólo fuiste consciente de la entrecortada respiración del desvergonzado sujeto.

Como si su jadeo te estuviera robando el oxígeno, empezó a faltarte el aire. Incapaz de poner fin a esa situación, empezaste a sentirte mal. En un último esfuerzo de tu voluntad te agarraste al brazo de tu hermana antes de desmayarte.

Entre ella y tu tío te sacaron de allí, te sentaron en el suelo y te abanicaron con un pedazo de cartón hasta que te reanimaste.

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XXXVIII

Penetrantes gritos provocados por el temor de tropezar y por la diligencia con que los mozos socorrían a sus compañeras, se confundían con el fragor del arroyo y el canto de las aves.

Poco a poco fuisteis alcanzando la otra orilla. Nadie, ni siquiera la gordita, se mojó un zapato.

Cuando llegasteis al lugar elegido, te arrimaste al encargado de hacer la comida con el objeto, según manifestaste, de ayudar y aprender.

Los trocitos de pan, que había que remover constantemente, se doraban en el perol.

Salvo el cocinero y tú, el resto de los excursionistas cantaba y bebía. La hija de la tendera hacía las dos cosas con largueza. De vez en cuando se acercaba a vosotros y os traía un vaso de vino. Mientras duraba la visita, no paraba de hablar y gesticular.

Los ojos le chispeaban y perdía el equilibrio. Le aconsejaste que dejara de beber. Ella se encogió de hombros y replicó: “Un día es un día”.

XXXIX

Se lo contaste de inmediato a tu madre, a tu tía y a tu hermana. De todas formas iban a enterarse. Preferible era que escuchasen tu versión a que se formasen la suya a partir de los chismorreos del vecindario.

Les hiciste el relato minucioso del percance como medio de cortar de raíz reticencias y sospechas de complicidad. Tú no tenías que ocultar nada.

De regreso a casa, a medida que disminuía la distancia, aumentaba tu necesidad de comunicar a tu familia lo ocurrido.

Tu buena voluntad fue puesta a prueba. Tu madre estuvo reservada. Pero tu hermana y tu tía te acribillaron a preguntas con las que se podría confeccionar un largo cuestionario que incluyese desde el recuento e identificación de los participantes en la jira hasta cómo iba vestida la hija de la tendera.

Tu tía aprovechó la ocasión para recordarte que ya te había prevenido. Esa chica era un calco de su madre cuando joven. Te aseguró que la había tratado lo suficiente y conocía el percal.

XL

Conversabas con otra chica. El resto del grupo estaba arremolinado en torno al perol. Se produjo un revuelo.

Tus compañeros dejaron de cucharear y rodearon a alguien. A tus oídos llegó una palabra repetida varias veces: “Aire”, y una orden: “No os agolpéis”.

Te sobresaltaste. “¿Qué ha pasado?” “No lo sabemos” “Estaba comiendo…” “Se ha desmayado” “Ha bebido demasiado” “Hay que llevarla al pueblo” “Primero hay que reanimarla”…

Las voces se entremezclaban. Sobre la hierba, pálida y con los ojos cerrados, yacía la hija de la tendera.

Te asustaste al verla. Le tomaron el pulso. “Hay que ir a ese cortijo por un coche”.

Dos muchachos salieron corriendo en dirección a las casas que se divisaban tras la arboleda.

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XXXIII

En el patio, sentado en la silla baja, tu tío se disponía a darse un baño de pies. Su excesivo peso es la causa de que tenga que cuidarlos especialmente.

Le llevaste una olla de agua que echaste en la palangana. “¡Está demasiado caliente!” exclamó sacando de inmediato esos dos peces moribundos. “Trae agua fría”.

El agua siempre está o demasiado caliente o demasiado fría. Nunca has logrado cogerle el punto.

Tras la rectificación tu tío preguntó: “¿Dónde está el bicarbonato?”.

Mientras, con los pantalones arremangados hasta la rodilla, esperaba que subsanaras ese olvido, alguien llamó: un aldabonazo, dos, tres…

Tú venías con el paquete. ¿Quién podía ser a una hora tan intempestiva? Eran las cuatro de la tarde de un mes de junio.

Tu madre se adelantó y fue a abrir la puerta. “¡El bicarbonato!” gritó tu tío.

¿Llegaste a oír lo que hablaban o tu fino olfato, diestro en husmear desgracias, te previno?

“Ha ocurrido algo” le dijiste a tu tío.

Dificultosamente se levantó pisando el borde de la palangana, que rechinó y se volcó.

“No puede uno ni remojarse los pies” murmuró.

La compungida voz de tu madre se dejó oír: “El niño ha tenido un accidente” “¡Ay, Dios mío!” exclamaste tú. “¿Cómo ha sido?” preguntó tu tío.

Y salisteis desmandados, tu madre, tu tío cojeando y tú con el vestidito que te ponías para estar en casa. Sólo faltaba tu hermana que no había regresado de Sevilla.

Con la bata holgada y descolorida, las zapatillas en chancla y la angustia pintada en el rostro, recorriste las calles.

¡Menudo espectáculo os encontrasteis en casa de tu tía! Ella tenía un ataque de nervios y su marido despotricaba. Él sabía que tenía que suceder eso, que de los gamberros con los que se juntaba su hijo nada bueno se podía esperar. Él sabía también cómo arreglar las cosas: los estudios se acabaron, se acabó gandulear, de aquí en adelante a arrimar el hombro…

Por fortuna llegasteis vosotros poniendo orden. Tu tío se hizo cargo de la situación. Tú, para no ser menos, les soltaste un discurso a las vecinas: “Este hombre está loco. Decir esas barbaridades. Como si su hijo hubiese querido que le pasara lo que le ha pasado…”.

Todos, menos tú, se fueron a Sevilla en el coche de tu tío. Antes de partir les rogaste que no olvidaran telefonearte.

Tu tía con su histerismo, su marido con su enfado, tu tío con los pies hinchados y tu madre salieron de estampía sin escuchar tus prudentes recomendaciones.

El coche arrancó sin que tus palabras llegasen a los oídos de sus destinatarios. Flanqueada de vecinas, permaneciste en el umbral hasta que el vehículo desapareció en una esquina.

Tras el barullo y las precipitaciones el vacío se hizo a tu alrededor. Era como si estuvieses dentro de una campana de cristal.

Te sentiste mal. Empezaste a sudar, se te resecó la boca, las piernas se te aflojaron. Te tuviste que apoyar en la pared. De no ser porque unos diligentes brazos te sostuvieron a tiempo, hubieses caído al suelo.

Te llevaron a una cama, te abanicaron, te quitaron las zapatillas.

La fuerte, la que se permite aleccionar en el centro de la vorágine, se desmayó. Las vecinas se asustaron y avisaron al médico que te auscultó y te tomó la tensión arterial. Tu corazón latía con desgana. Te recetó una coca-cola.

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