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XXXVIII

Penetrantes gritos provocados por el temor de tropezar y por la diligencia con que los mozos socorrían a sus compañeras, se confundían con el fragor del arroyo y el canto de las aves.

Poco a poco fuisteis alcanzando la otra orilla. Nadie, ni siquiera la gordita, se mojó un zapato.

Cuando llegasteis al lugar elegido, te arrimaste al encargado de hacer la comida con el objeto, según manifestaste, de ayudar y aprender.

Los trocitos de pan, que había que remover constantemente, se doraban en el perol.

Salvo el cocinero y tú, el resto de los excursionistas cantaba y bebía. La hija de la tendera hacía las dos cosas con largueza. De vez en cuando se acercaba a vosotros y os traía un vaso de vino. Mientras duraba la visita, no paraba de hablar y gesticular.

Los ojos le chispeaban y perdía el equilibrio. Le aconsejaste que dejara de beber. Ella se encogió de hombros y replicó: “Un día es un día”.

XXXIX

Se lo contaste de inmediato a tu madre, a tu tía y a tu hermana. De todas formas iban a enterarse. Preferible era que escuchasen tu versión a que se formasen la suya a partir de los chismorreos del vecindario.

Les hiciste el relato minucioso del percance como medio de cortar de raíz reticencias y sospechas de complicidad. Tú no tenías que ocultar nada.

De regreso a casa, a medida que disminuía la distancia, aumentaba tu necesidad de comunicar a tu familia lo ocurrido.

Tu buena voluntad fue puesta a prueba. Tu madre estuvo reservada. Pero tu hermana y tu tía te acribillaron a preguntas con las que se podría confeccionar un largo cuestionario que incluyese desde el recuento e identificación de los participantes en la jira hasta cómo iba vestida la hija de la tendera.

Tu tía aprovechó la ocasión para recordarte que ya te había prevenido. Esa chica era un calco de su madre cuando joven. Te aseguró que la había tratado lo suficiente y conocía el percal.

XL

Conversabas con otra chica. El resto del grupo estaba arremolinado en torno al perol. Se produjo un revuelo.

Tus compañeros dejaron de cucharear y rodearon a alguien. A tus oídos llegó una palabra repetida varias veces: “Aire”, y una orden: “No os agolpéis”.

Te sobresaltaste. “¿Qué ha pasado?” “No lo sabemos” “Estaba comiendo…” “Se ha desmayado” “Ha bebido demasiado” “Hay que llevarla al pueblo” “Primero hay que reanimarla”…

Las voces se entremezclaban. Sobre la hierba, pálida y con los ojos cerrados, yacía la hija de la tendera.

Te asustaste al verla. Le tomaron el pulso. “Hay que ir a ese cortijo por un coche”.

Dos muchachos salieron corriendo en dirección a las casas que se divisaban tras la arboleda.

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