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XII

Sin percatarte de ello, como pasa con algunos males que, al no presentar síntomas visibles, se van extendiendo impunemente por el organismo hasta que un día nos levantamos con mareos y náuseas, poniéndose en evidencia que algo no marcha, y cuando visitamos al médico lo primero que hace es reprocharnos nuestra dejadez, y, al hilo de sus palabras, empezamos a atar cabos, recordamos esa destemplanza que habíamos achacado a nuestra imaginación, y el médico diagnostica una dolencia en avanzado estado de desarrollo, lo cual nos coge tan de sorpresa que nos negamos a creer que sea verdad, pero nuestro cuerpo, tiránicamente, corrobora nuestros temores y su dictamen, así, sin percatarte de ello, se apoderó de ti la urgencia de irte.

Ya no podías soportar un minuto más la luz, el bullicio y, sobre todo, los comentarios de tu amiga.

De la misma forma que un enfermo no puede simular estar sano cuando el dolor le está contrayendo los músculos y un sudor frío baña sus miembros, y es en vano que trata de esbozar una sonrisa para tranquilizar a su familia porque el fuego abrasador instalado en sus entrañas le hace abrir la boca no para mostrarse animoso sino para pedir agua, un calmante, algo que lo alivie, algo que disminuya su sufrimiento, así tú no pudiste hacer más preguntas sobre temas que habían dejado de interesarte por completo.

Varias veces cambiaste de postura, como si de adelantar el pie derecho o el izquierdo, de cruzar los brazos o ladear la cabeza, de apoyarte en tu hermana o en tu tía, dependiera el dominio de ti misma.

Miraste a tu hermana en petición de ayuda. La pellizcaste a escondidas. Tu voz aguda se engoló y adquirió un timbre artificial. Incluso tu amiga empezó a notar algo raro.

Sólo quedaba por ver la cocina. Tu tía dijo que sí, que habían venido a verlo todo. Tu hermana, sin comprender tu actitud pueril pero observando que no estabas a gusto y deseabas marcharte, explicó que vuestra madre estaba achacosa, que ya era hora de volver porque se había quedado sola.

Y tu tía: “El nene ya tiene que estar en casa, ¿por qué tanta prisa?”. Y tu hermana: “Él igual llega tarde que temprano”. Y tu amiga: “Será un momento”. Y tu hermana: “Debemos irnos”. Y tu tía: “¡Qué rancias sois!”.

A pesar de las objeciones de tu hermana, tuviste que resignarte a hacer una incursión en la cocina alicatada de blanco que no desmerecía del resto de la vivienda. Agarrada a su brazo, ya no te separaste de ella hasta trasponer el umbral de tu casa.

La terquedad de tu tía fue la razón de la demora, con las ganas que tenías de sentir el aire frío de la noche en la cara.

Ella advirtió tu conducta anómala. En cuanto a vuestro entrelazamiento, la hizo sentirse excluida, como si ella fuera una extraña.

Ya sabes que capta los matices, las inflexiones de la voz, los detalles más nimios. Lo malo es que no para de dar vueltas al incidente en cuestión, incrustado en su mente como una garrapata. Lo malo es que no se calla, y en sus sucesivas y disparatadas interpretaciones tu hermana y tú no salís bien paradas.

Tendríais de qué lamentaros si no fuera por una circunstancia que juega a vuestro favor. Al ser vuestra familia un núcleo cerrado, un compartimento estanco, donde ni son posibles las injerencias ni está permitido airear los asuntos internos, tu tía, por más que le cueste, se cuidará de irse de la lengua. Y con eso contabais esa noche.

A través de vuestra madre, paño de lágrimas de cada una de vosotras, sabríais de las elucubraciones de vuestra tía y de su grado de afectación. Con eso también contabais.

Después de formular fervientes votos de felicidad conyugal, después de prometer que no faltaríais a su boda, os despedisteis de tu amiga y emprendisteis la retirada.

Tan pronto como franqueaste la puerta, tus músculos se distendieron. Tu tía marchaba a vuestro lado con las manos metidas en los bolsillos del abrigo.

Dijiste: “¡Qué frío!” “Mal momento ha elegido tu amiga para casarse” dijo tu hermana con retintín.

Estas fueron las únicas palabras que cruzasteis en todo el camino. Cortasteis por el callejón que te da miedo cuando vas sola. En su mitad, tu hermana y tú girasteis a la derecha. Tu tía siguió hasta la plazoleta en uno de cuyos ángulos se levanta su casa.

 

 

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XI

Por fin arrancó la comitiva, pero no por ello calló tu tía. Situándose estratégicamente entre vosotras dos, os agarró del brazo y os siguió contando sus penas, que son infinitas. Marchabais como si estuvieseis desfilando. Contempladas de lejos, se os podía confundir con tres muñecas mecánicas.

La puerta estaba entornada. Del interior salían una franja de luz, voces y risas. Os ajustasteis los abrigos y llamasteis: “¿Se puede?”.

Nadie respondió. Con cautela os adentrasteis en la casa. Varios parientes y conocidos charlaban. Todas las lámparas estaban encendidas. Un olor a cosas nuevas impregnaba la atmósfera.

Las maderas barnizadas, las baldosas brillantes, las paredes encaladas, los apliques dorados os aturdieron.

Daba la impresión de que temíais desentonar en ese escenario radiante y jubiloso.

Tu hermana vio a la madre de la novia y se dirigió a ella. Vosotras fuisteis detrás. Tu tía, toda ojos, no hacía más que girar la cabeza a un lado y a otro, tomando nota mental del mobiliario y de la decoración.

La madre de tu amiga os saludó cordialmente y se puso a buscar con la mirada a su hija. “Por ahí tiene que andar, pero con tanta gente…”.

Mientras la hija daba señales de vida, la madre os informó de que habían recibido muchas visitas. Se advertía a legua que la señora estaba gozosa. “Allí está, allí está”.

Tu amiga, exultante, te abrazó, te besó. “Pensaba que no ibas a venir”. Tu hermana, empujándote levemente, dijo: “Dale el regalo” “¡Qué tonta soy!” replicaste y le alargaste el paquete. Ella se deshizo en manifestaciones de agradecimiento.

Desanudó el lazo, desenvolvió la caja, la destapó y un jarrón de fino cristal azulado con el borde de la boca y los brazos rizados apareció en su lecho de papel de seda. “¡Es precioso! ¡Qué buen gusto!”.

Y añadió: “Me encanta”. Una oleada de orgullo te inundó. Musitaste: “Seguro que te han regalado mejores cosas” “Ahora las veréis, vosotras mismas juzgaréis” y se quedó observando el jarrón con aire tan complacido que no te cupo duda de tu acierto.

“Os voy a enseñar el dormitorio”. Tu hermana y tu tía se rezagaron hablando con fulana o con mengana, parándose ante un cuadro o un adorno que les agradase o desagradase particularmente.

Tu tía, más bien baja, estiraba el cuello esforzándose por averiguar quién entraba o quién salía, por identificar a esta o a aquella.

El dormitorio era una maravilla: colcha de ganchillo blanca, cortina de raso blanca, objetos de tocador con el dorso de nácar, detalle este que arrancó a tu tía una exclamación de entusiasmo.

Tu amiga os abrió el ropero donde vestidos, faldas, pantalones y chaquetas estaban alineados en perfecto orden.

“Y estas son las mantelerías y estos los juegos de cama…” Ante esa magnificencia llovían los elogios de tu tía y de tu hermana. Tú, más reservada, te limitabas a informarte de los pormenores que la anfitriona se apresuraba a suministrarte a la par que te golpeaba cariñosamente un brazo y te sonreía.

“Venid, vamos a ver el resto de la casa”. Guiadas por ella, inspeccionasteis el flamante domicilio. Cuando os llevó al cuarto de los niños, tu amiga se arreboló como si la hubiesen pillado en falta.

Llegaste a pensar que, con ese teatro, pretendía ponerte los dientes largos, idea que desechaste de inmediato.

Ella sólo hacía valer los derechos a los que había accedido en virtud de ese providencial casamiento, cuando ya desesperaba de cambiar de estado civil y se resignaba a invertir su tiempo en las mismas labores que tú.

Era posible que en sus prolijas explicaciones hubiese un toque de presunción, que sus desfasados rubores fuesen más postizos que naturales, pero ¿no habrías actuado tú igual que ella?

Así que había que pasar por alto su inocente y legítima afectación cuando, como ahora, ahogando la risa, tratando de disimular su azoramiento, decía: “Y este es el cuarto de los niños”.

Vuestras bromas la aturrullaron aún más. Tu hermana fue quien hizo los chistes más conseguidos, quien, aventurándose en un mundo ignoto, puso, como un explorador clava en las tierras recién descubiertas la bandera de su país, la nota de punzante ironía.

 

 

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