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XXXIII

En el patio, sentado en la silla baja, tu tío se disponía a darse un baño de pies. Su excesivo peso es la causa de que tenga que cuidarlos especialmente.

Le llevaste una olla de agua que echaste en la palangana. “¡Está demasiado caliente!” exclamó sacando de inmediato esos dos peces moribundos. “Trae agua fría”.

El agua siempre está o demasiado caliente o demasiado fría. Nunca has logrado cogerle el punto.

Tras la rectificación tu tío preguntó: “¿Dónde está el bicarbonato?”.

Mientras, con los pantalones arremangados hasta la rodilla, esperaba que subsanaras ese olvido, alguien llamó: un aldabonazo, dos, tres…

Tú venías con el paquete. ¿Quién podía ser a una hora tan intempestiva? Eran las cuatro de la tarde de un mes de junio.

Tu madre se adelantó y fue a abrir la puerta. “¡El bicarbonato!” gritó tu tío.

¿Llegaste a oír lo que hablaban o tu fino olfato, diestro en husmear desgracias, te previno?

“Ha ocurrido algo” le dijiste a tu tío.

Dificultosamente se levantó pisando el borde de la palangana, que rechinó y se volcó.

“No puede uno ni remojarse los pies” murmuró.

La compungida voz de tu madre se dejó oír: “El niño ha tenido un accidente” “¡Ay, Dios mío!” exclamaste tú. “¿Cómo ha sido?” preguntó tu tío.

Y salisteis desmandados, tu madre, tu tío cojeando y tú con el vestidito que te ponías para estar en casa. Sólo faltaba tu hermana que no había regresado de Sevilla.

Con la bata holgada y descolorida, las zapatillas en chancla y la angustia pintada en el rostro, recorriste las calles.

¡Menudo espectáculo os encontrasteis en casa de tu tía! Ella tenía un ataque de nervios y su marido despotricaba. Él sabía que tenía que suceder eso, que de los gamberros con los que se juntaba su hijo nada bueno se podía esperar. Él sabía también cómo arreglar las cosas: los estudios se acabaron, se acabó gandulear, de aquí en adelante a arrimar el hombro…

Por fortuna llegasteis vosotros poniendo orden. Tu tío se hizo cargo de la situación. Tú, para no ser menos, les soltaste un discurso a las vecinas: “Este hombre está loco. Decir esas barbaridades. Como si su hijo hubiese querido que le pasara lo que le ha pasado…”.

Todos, menos tú, se fueron a Sevilla en el coche de tu tío. Antes de partir les rogaste que no olvidaran telefonearte.

Tu tía con su histerismo, su marido con su enfado, tu tío con los pies hinchados y tu madre salieron de estampía sin escuchar tus prudentes recomendaciones.

El coche arrancó sin que tus palabras llegasen a los oídos de sus destinatarios. Flanqueada de vecinas, permaneciste en el umbral hasta que el vehículo desapareció en una esquina.

Tras el barullo y las precipitaciones el vacío se hizo a tu alrededor. Era como si estuvieses dentro de una campana de cristal.

Te sentiste mal. Empezaste a sudar, se te resecó la boca, las piernas se te aflojaron. Te tuviste que apoyar en la pared. De no ser porque unos diligentes brazos te sostuvieron a tiempo, hubieses caído al suelo.

Te llevaron a una cama, te abanicaron, te quitaron las zapatillas.

La fuerte, la que se permite aleccionar en el centro de la vorágine, se desmayó. Las vecinas se asustaron y avisaron al médico que te auscultó y te tomó la tensión arterial. Tu corazón latía con desgana. Te recetó una coca-cola.

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XXVII

Sentados en el umbral y en sillas a ambos lados de la puerta tomáis el fresco. En la calle mal iluminada por una bombilla de escaso voltaje se ven o más bien se adivinan otros circulares familiares semejantes al vuestro.

Sopla una brisa que resarce del día de calor.

El tiempo pasa sin sentir. Ya es tarde. Tu tío cabecea como un barco movido por las olas. Hace rato que tu hermana ha cerrado el pico. Tu madre, de rostro impenetrable, está relajada. Y tú, bien despierta, hilas en tu mente recuerdos y deseos.

En un arrebato tu hermana se pone en pie y anuncia: “Me voy a la cama”. Tu madre la mira y dice: “Nos vamos todos”.

Antes de acostarte te diriges al cuarto de baño y te contemplas en el espejo. Tienes el pelo corto y ondulado, la piel tersa y blanca, la boca pequeña. Parece la cabeza de una muñeca de porcelana.

Piensas que estás en la flor de la edad, que eres joven, que quién sabe lo que el destino te depara.

Permaneces en esa actitud soñadora hasta que tu tío abre la puerta de un empujón y entra desabrochándose la bragueta. Luego se pone a orinar de espaldas a ti. Cuando acaba, se va en un estado de cuasi sonambulismo.

Tú, inmóvil, en silencio, contienes el aliento, das un suspiro cuando recuperas tu soledad.

El dormitorio, que compartes con tu hermana, tiene una ventana que da al patio. Las hojas están abiertas de par en par y la persiana enrollada.

Tu hermana respira profundamente. Para no molestar, que es una de tus obsesiones, no enciendes la lámpara con tulipa opaca. Te acercas a la cómoda y pulsas el interruptor de una capillita dorada de torres góticas delante de la que hay un montoncito de jazmines.

Te desnudas con parsimonia, cuelgas el vestido en la percha, te quitas las sandalias y echas hacia atrás la colcha y la sábana. Sacas de debajo de la almohada tu pijama corto, te lo pones y, descalza, vas a la cocina por un vaso de agua que, tratando de hacer el menor ruido posible, depositas en el cristal de la mesita de noche. Por último apagas la lucecita y te tiendes en la cama.

No tienes ni pizca de sueño. Por más que giras a un lado y a otro, no das con la postura adecuada. Te incorporas y bebes un sorbo de agua.

Te gustaría dormirte de inmediato, olvidarte de esa infinidad de problemas que te aguijonean sin cesar: disgustos, rencillas, dolencias, fobias…Lo que llamas tus nervios.

Pero esa noche no te va a resultar fácil escapar. No puedes dejar de pensar en el malévolo comentario que la tendera, famosa en el vecindario por su lengua viperina, hizo esta mañana a propósito de una amiga tuya.

¿Cuáles fueron sus palabras exactas? Mientras ajustaba una cuenta, cazó al vuelo las frases que intercambiaban dos clientas. Hablaban de la rapidez con que se estaban llevando a cabo los preparativos de la boda. Ese acontecimiento se estaba precipitando sospechosamente.

La tendera, sin dejar de sumar, sentenció: “Esa se casa tan de prisa porque está preñada”. Y a continuación añadió: “Son trescientas veinticuatro pesetas”.

No te molestó tanto la certeza de que no iba descaminada como el tono empleado.

Nada de lo que ocurría en el pueblo era ignorado en ese mentidero donde una jamona entre jamones, chorizos, salchichones, sacos de garbanzos, lentejas y azúcar, latas de conservas y un sinfín de productos que iban de la colonia barata a las cremalleras, pontificaba incansable.

En definitiva, esa historia se limitaba a otra conocida que cambiaba de estado civil. El autor del desaguisado, además, no había escurrido el bulto. No se había ido a Barcelona o a Alemania. Dentro de poco tiempo las murmuraciones quedarían cortadas de raíz.

Era un asunto de poca monta. Las comadres no tendrían donde cebarse, pero por eso no había que afligirse.

Tu tía, no con frecuencia, dada tu susceptibilidad, te gasta una broma al respecto. O lo que ella tiene por tal. Te dice: “¿Cuándo te vas a casar? A este paso se te va a secar la matriz”.

Achaca tu soltería a lo que denomina “tus exigencias”. Según ella, se te han presentado partidos interesantes. Tú te encoges de hombros, haces un ridículo mohín y cambias de conversación si no estás de humor para seguirle la corriente.

De los tiros al aire que dispara, algunos dan en el blanco.

No vayas a pensar que consigues engañarla con tus argucias y tus muecas. Tu tía es pájaro viejo. A pesar de sus pocas luces se percata bien de lo melindrosa que eres, e incluso, si me apuras, del miedo que el noviazgo y el casamiento te producen.

Hay datos cuya conexión sólo captas en pesadillas que, todavía acongojada, cuentas a tu madre mientras tomáis el café mañanero. “Deberías ir al médico” te dice. Pero tú descartas esa posibilidad de inmediato porque, entre otras razones, detestas a los matasanos.

Prefieres servirte otra taza de café y complacerte en tus sufrimientos.

A veces, como en esta noche veraniega en que una agradable brisa perfumada de jazmín invade el cuarto, haces un recuento de tus pretendientes: de los que lo fueron, de los que no lo fueron pero pudieron haberlo sido, y de los que te habría gustado que lo fueran.

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XXVI

¿Quién iba a suponer que el infortunio se abatiría sobre tu familia? ¿Quién podía imaginar que a la agonía y muerte de tu abuelo sucedería la de tu abuela?

A los pocos meses de haber fallecido su marido, tu abuela se resfrió. Nada de importancia. Estornudaba y le lagrimeaban los ojos. Se quejaba también de dolor en las articulaciones.

Mediaba la primavera y achacasteis la indisposición al aumento de la temperatura que fue la causa de un apresurado despojamiento de prendas invernales. Esta explicación, sin embargo, no era válida para ella que seguía casi igual de abrigada.

Por diversos motivos os hallabais fuera de casa. Tu tío y tu hermana no habían regresado aún de Sevilla. Tu madre y tú habíais ido a ver a tu tía.

Pasabais revista a las novedades del pueblo y acabasteis hablando de los vestidos que, a causa del calor y del luto que cumplíais, os veríais obligadas a teñir de negro. Sobre las telas que admitían tinte surgieron dudas.

Tu tía y tu madre se enzarzaron en una discusión. Para ilustrar sus argumentos, tu madre te pidió que fueras a casa y trajeras una falda tuya. Tú intervenías cuando te dejaban. Tus razones eran escuchadas con condescendencia pero no eran tomadas en serio. Esa actitud te producía irritación.

La puerta estaba encajada. Empujaste y llamaste a tu abuela que no respondió. Pensaste que estaría cosiendo a la sombra del naranjo.

Entraste en tu habitación, cogiste la falda y con ella colgada del brazo fuiste al patio.

Tu abuela estaba sentada en una postura forzada. Tenía el cuerpo ladeado a la izquierda y la barbilla pegada al pecho. Parecía que estaba durmiendo. Pero ella no tenía la costumbre de sestear.

Un cosquilleo recorrió tus piernas que se te aflojaron. Te disponías a comunicarle el motivo de tu regreso pero no acertaste a decir nada.

La llamaste con voz quebrada y diste un paso en su dirección. La anciana seguía callada. Observaste que respiraba, lo cual te tranquilizó.

Desechaste la lúgubre idea que habías concebido, y te acercaste más. Era evidente que estaba echando un sueñecito.

Le tocaste el hombro pero no reaccionó. De nuevo el miedo se apoderó de ti. Y ese miedo se convirtió en pánico cuando escuchaste sus roncas inhalaciones.

La zarandeaste ligeramente y tu abuela cayó al suelo como un fardo. Te pusiste blanca. Una mueca de espanto desfiguró tu cara.

No sabías qué hacer, si ir primero a casa de tu tía, a casa del médico o arrastrar a la moribunda a la cama. Dado su peso, rechazaste esta última posibilidad.

Optaste por volver zumbando a casa de tu tía. Sin aliento, desencajada, contaste lo que había pasado insistiendo en el hecho, tan penoso para ti, de que la abuela estaba tendida en los gastados ladrillos.

Por la calleja, mientras os apresurabais, tu tía te increpó. Según ella, deberías haber avisado a una vecina y entre las dos haber trasladado a su “pobre mama” al dormitorio.

En tu mente han quedado impresas las continuas carreras que tuviste que dar. En cuanto llegasteis, te mandaron a buscar al médico.

La respiración de la anciana era cada vez más anhelosa. Cuando la llevabais a la cama, notaste que se estaba poniendo azulosa o grisácea, de un color feo.

Tu tía, rodeada de vecinas que intentaban consolarla, gemía en el comedor. Cuando saliste del cuarto, donde ella no entró porque estaba muy afectada, se informó. Mostrándole la receta que había extendido el médico, le explicaste que había estado reservado. Y a escape fuiste a comprar el medicamento.

Tu abuela, que tenía una dolencia de corazón, expiró esa misma noche.

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XVIII

El barrio donde vive tu amiga, la del providencial casamiento, es de construcción reciente. Primero se trazaron varias calles de viviendas de protección oficial. Detrás se siguió edificando a título personal en terrenos que el Ayuntamiento, su propietario, convirtió en solares y puso en venta.

Algunas parcelas colindaban con una cantera abandonada que acumulaba el agua de la lluvia transformándose en una inmensa charca putrefacta, cubierta por una espesa costra de limo. En verano esa hoya apestaba.

No se adoptaron medidas de seguridad ni de higiene. Los vecinos acabaron acostumbrándose a esas fétidas emanaciones y a sortear el peligro. Incluso circularon chascarrillos francamente ingeniosos.

Pero no era de esto de lo que quería hablarte. El pueblo ha crecido, por supuesto. El casco antiguo, el núcleo primitivo, es hoy una pequeña parte del conjunto.

En tus esporádicos paseos, cuando por circunstancias extraordinarias como un festejo o una defunción, te aventuras fuera de tu circunscripción, por barrios que no habías transitado desde hacía mucho tiempo, tienes la ocasión de comprobar las consecuencias de la fiebre constructora de la gente.

Si es tu hermana o tu tía quien te acompaña, corresponde a ellas, más andariegas y metomentodo que tú, ponerte en antecedentes. Tú, con la mano en la boca, no sales de tu asombro.

Si retrocedemos a los tiempos en que se conocieron tu padre y tu madre, hay que hacer importantes cambios de decorado, no sólo en el sentido de reducir las dimensiones del pueblo, de desadoquinar numerosas calles o de describir las miserables condiciones de vida imperantes, sino en el sentido más sutil de palpar un ambiente periclitado.

Pero si logramos insuflarle nueva savia, comprobaremos que no nos resultará tan extraño como en un primer y apresurado acercamiento nos pudiera parecer.

No radica tanto la cuestión en consignar fidedignamente como en revivir o recrear. Por otro lado, no estamos hablando de un país lejano ni de una época remota. Por el contrario, son innumerables los lazos que nos unen a esos años en los que se sitúa esta parte de la historia, de tu historia.

Una de las razones por las que te he escogido, dejando a un lado el hecho de haber sido tu vecino durante mi infancia, es ese olor a rancio que despides. Otra razón es que tu hogar es uno de los reductos donde sigue ardiendo el fuego que calentó y alumbró a nuestros abuelos.

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XV

Los potajes de garbanzos que jamás faltaron en la mesa, fue una de las grandes compensaciones de esos años de miseria.

A pesar de no haber probado esas ollas sin más condimentos que la gazuza reinante y el omnipresente desasosiego, guardas de ellas un vívido recuerdo.

¿Cuántas veces te han calentado la cabeza con el episodio de los garbanzos mondos y lirondos? Hasta has llegado a creer que no hay plato que se iguale a ese guisote. Desde luego, hay que convenir que nunca se han comido raciones de legumbres con la misma fruición.

No puedes conservar memoria del percance porque aún no habías nacido, pero el empacho de haberlo escuchado innumerables veces te debe durar todavía. Te lo han contado tu madre, tu abuelo y tu tía. El único que se ha abstenido es el protagonista: tu tío.

Se trata de una desgracia que se abate sobre las mejores familias. Me refiero al hecho de repetir una historia supuestamente graciosa a traque barraque. Historias como la del niño avispado que, con la ayuda de un taburete que coloca en una silla, alcanza el bote de compota que está en lo alto del aparador, o como la de la niña resabida que, en un descuido de su madre que estaba limpiando el suelo, coge la fregona y prosigue la tarea.

Tu tío, que ha sido siempre un tragaldabas, llegó de la escuela con un hambre de lobo. Entró corriendo y llamó a su madre que había salido. Llamó a sus hermanas que no estaban tampoco. Su padre trabajaba en la huerta. En la casa no había nadie.

Torció el morro y se sentó en una silla. Al poco tiempo empezó a respirar hondo, como cuando uno va a tomar una importante decisión.

Frunció aún más sus cejas corridas y se levantó. Fue a la puerta de la calle y se asomó. Ni rastro de su madre ni de sus hermanas. Dio media vuelta y se dirigió a la cocina.

Sobre la hornilla de carbón cocía el potaje. Destapó la olla y una bocanada de vapor lo cegó momentáneamente. Durante un rato observó las legumbres con aire de entendido. Luego cogió una cuchara, la introdujo y la sacó con dos o tres garbanzos. Sopló para que se enfriasen y los comió.

Volvió a hundir la cuchara en el burbujeante caldo, la sacó, sopló, masticó morosamente y tragó. Algo duros quizá. Metió la cuchara una tercera vez y la retiró rebosante. Luego tapó la olla.

Pero cuando uno picotea, el apetito, en lugar de apaciguarse, se encona. Movía la cabeza de un lado a otro, disconforme con la espera. Incluso bufaba. Fue a la puerta y oteó la solitaria calle. Su paciencia estaba colmada.

Apartó la olla del fuego, hurgó en la talega del pan y vio que había poco, cerrándola sin coger nada. Colocó la olla en la mesa, acercó una silla y puso manos a la obra.

A su regreso las ausentes encontraron al pequeño ogro enfrascado en la tarea de sacar-soplar-engullir.

Las tres mujeres se quedaron de una pieza al comprobar el bajo nivel del potaje. El niño, a modo de excusa, dijo: “Tenía el estómago vacío”.

Se lo tomaron a risa. De lo contrario tendrían que haberle puesto la olla de sombrero. Tu madre se desternillaba. Tu tío, que no tiene correa, se enfadó. Pero su hermana no podía contenerse y seguía carcajeándose. Si la ofuscada criatura no la emprendió a patadas con ella, fue porque intervino tu abuela.

Tu tío tiene una pasmosa capacidad para achararse. Se enfureció el hombrecito, pero no reventó que era lo que lógicamente debía haberle pasado después del atracón.

 

 

 

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XII

Sin percatarte de ello, como pasa con algunos males que, al no presentar síntomas visibles, se van extendiendo impunemente por el organismo hasta que un día nos levantamos con mareos y náuseas, poniéndose en evidencia que algo no marcha, y cuando visitamos al médico lo primero que hace es reprocharnos nuestra dejadez, y, al hilo de sus palabras, empezamos a atar cabos, recordamos esa destemplanza que habíamos achacado a nuestra imaginación, y el médico diagnostica una dolencia en avanzado estado de desarrollo, lo cual nos coge tan de sorpresa que nos negamos a creer que sea verdad, pero nuestro cuerpo, tiránicamente, corrobora nuestros temores y su dictamen, así, sin percatarte de ello, se apoderó de ti la urgencia de irte.

Ya no podías soportar un minuto más la luz, el bullicio y, sobre todo, los comentarios de tu amiga.

De la misma forma que un enfermo no puede simular estar sano cuando el dolor le está contrayendo los músculos y un sudor frío baña sus miembros, y es en vano que trata de esbozar una sonrisa para tranquilizar a su familia porque el fuego abrasador instalado en sus entrañas le hace abrir la boca no para mostrarse animoso sino para pedir agua, un calmante, algo que lo alivie, algo que disminuya su sufrimiento, así tú no pudiste hacer más preguntas sobre temas que habían dejado de interesarte por completo.

Varias veces cambiaste de postura, como si de adelantar el pie derecho o el izquierdo, de cruzar los brazos o ladear la cabeza, de apoyarte en tu hermana o en tu tía, dependiera el dominio de ti misma.

Miraste a tu hermana en petición de ayuda. La pellizcaste a escondidas. Tu voz aguda se engoló y adquirió un timbre artificial. Incluso tu amiga empezó a notar algo raro.

Sólo quedaba por ver la cocina. Tu tía dijo que sí, que habían venido a verlo todo. Tu hermana, sin comprender tu actitud pueril pero observando que no estabas a gusto y deseabas marcharte, explicó que vuestra madre estaba achacosa, que ya era hora de volver porque se había quedado sola.

Y tu tía: “El nene ya tiene que estar en casa, ¿por qué tanta prisa?”. Y tu hermana: “Él igual llega tarde que temprano”. Y tu amiga: “Será un momento”. Y tu hermana: “Debemos irnos”. Y tu tía: “¡Qué rancias sois!”.

A pesar de las objeciones de tu hermana, tuviste que resignarte a hacer una incursión en la cocina alicatada de blanco que no desmerecía del resto de la vivienda. Agarrada a su brazo, ya no te separaste de ella hasta trasponer el umbral de tu casa.

La terquedad de tu tía fue la razón de la demora, con las ganas que tenías de sentir el aire frío de la noche en la cara.

Ella advirtió tu conducta anómala. En cuanto a vuestro entrelazamiento, la hizo sentirse excluida, como si ella fuera una extraña.

Ya sabes que capta los matices, las inflexiones de la voz, los detalles más nimios. Lo malo es que no para de dar vueltas al incidente en cuestión, incrustado en su mente como una garrapata. Lo malo es que no se calla, y en sus sucesivas y disparatadas interpretaciones tu hermana y tú no salís bien paradas.

Tendríais de qué lamentaros si no fuera por una circunstancia que juega a vuestro favor. Al ser vuestra familia un núcleo cerrado, un compartimento estanco, donde ni son posibles las injerencias ni está permitido airear los asuntos internos, tu tía, por más que le cueste, se cuidará de irse de la lengua. Y con eso contabais esa noche.

A través de vuestra madre, paño de lágrimas de cada una de vosotras, sabríais de las elucubraciones de vuestra tía y de su grado de afectación. Con eso también contabais.

Después de formular fervientes votos de felicidad conyugal, después de prometer que no faltaríais a su boda, os despedisteis de tu amiga y emprendisteis la retirada.

Tan pronto como franqueaste la puerta, tus músculos se distendieron. Tu tía marchaba a vuestro lado con las manos metidas en los bolsillos del abrigo.

Dijiste: “¡Qué frío!” “Mal momento ha elegido tu amiga para casarse” dijo tu hermana con retintín.

Estas fueron las únicas palabras que cruzasteis en todo el camino. Cortasteis por el callejón que te da miedo cuando vas sola. En su mitad, tu hermana y tú girasteis a la derecha. Tu tía siguió hasta la plazoleta en uno de cuyos ángulos se levanta su casa.

 

 

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XI

Por fin arrancó la comitiva, pero no por ello calló tu tía. Situándose estratégicamente entre vosotras dos, os agarró del brazo y os siguió contando sus penas, que son infinitas. Marchabais como si estuvieseis desfilando. Contempladas de lejos, se os podía confundir con tres muñecas mecánicas.

La puerta estaba entornada. Del interior salían una franja de luz, voces y risas. Os ajustasteis los abrigos y llamasteis: “¿Se puede?”.

Nadie respondió. Con cautela os adentrasteis en la casa. Varios parientes y conocidos charlaban. Todas las lámparas estaban encendidas. Un olor a cosas nuevas impregnaba la atmósfera.

Las maderas barnizadas, las baldosas brillantes, las paredes encaladas, los apliques dorados os aturdieron.

Daba la impresión de que temíais desentonar en ese escenario radiante y jubiloso.

Tu hermana vio a la madre de la novia y se dirigió a ella. Vosotras fuisteis detrás. Tu tía, toda ojos, no hacía más que girar la cabeza a un lado y a otro, tomando nota mental del mobiliario y de la decoración.

La madre de tu amiga os saludó cordialmente y se puso a buscar con la mirada a su hija. “Por ahí tiene que andar, pero con tanta gente…”.

Mientras la hija daba señales de vida, la madre os informó de que habían recibido muchas visitas. Se advertía a legua que la señora estaba gozosa. “Allí está, allí está”.

Tu amiga, exultante, te abrazó, te besó. “Pensaba que no ibas a venir”. Tu hermana, empujándote levemente, dijo: “Dale el regalo” “¡Qué tonta soy!” replicaste y le alargaste el paquete. Ella se deshizo en manifestaciones de agradecimiento.

Desanudó el lazo, desenvolvió la caja, la destapó y un jarrón de fino cristal azulado con el borde de la boca y los brazos rizados apareció en su lecho de papel de seda. “¡Es precioso! ¡Qué buen gusto!”.

Y añadió: “Me encanta”. Una oleada de orgullo te inundó. Musitaste: “Seguro que te han regalado mejores cosas” “Ahora las veréis, vosotras mismas juzgaréis” y se quedó observando el jarrón con aire tan complacido que no te cupo duda de tu acierto.

“Os voy a enseñar el dormitorio”. Tu hermana y tu tía se rezagaron hablando con fulana o con mengana, parándose ante un cuadro o un adorno que les agradase o desagradase particularmente.

Tu tía, más bien baja, estiraba el cuello esforzándose por averiguar quién entraba o quién salía, por identificar a esta o a aquella.

El dormitorio era una maravilla: colcha de ganchillo blanca, cortina de raso blanca, objetos de tocador con el dorso de nácar, detalle este que arrancó a tu tía una exclamación de entusiasmo.

Tu amiga os abrió el ropero donde vestidos, faldas, pantalones y chaquetas estaban alineados en perfecto orden.

“Y estas son las mantelerías y estos los juegos de cama…” Ante esa magnificencia llovían los elogios de tu tía y de tu hermana. Tú, más reservada, te limitabas a informarte de los pormenores que la anfitriona se apresuraba a suministrarte a la par que te golpeaba cariñosamente un brazo y te sonreía.

“Venid, vamos a ver el resto de la casa”. Guiadas por ella, inspeccionasteis el flamante domicilio. Cuando os llevó al cuarto de los niños, tu amiga se arreboló como si la hubiesen pillado en falta.

Llegaste a pensar que, con ese teatro, pretendía ponerte los dientes largos, idea que desechaste de inmediato.

Ella sólo hacía valer los derechos a los que había accedido en virtud de ese providencial casamiento, cuando ya desesperaba de cambiar de estado civil y se resignaba a invertir su tiempo en las mismas labores que tú.

Era posible que en sus prolijas explicaciones hubiese un toque de presunción, que sus desfasados rubores fuesen más postizos que naturales, pero ¿no habrías actuado tú igual que ella?

Así que había que pasar por alto su inocente y legítima afectación cuando, como ahora, ahogando la risa, tratando de disimular su azoramiento, decía: “Y este es el cuarto de los niños”.

Vuestras bromas la aturrullaron aún más. Tu hermana fue quien hizo los chistes más conseguidos, quien, aventurándose en un mundo ignoto, puso, como un explorador clava en las tierras recién descubiertas la bandera de su país, la nota de punzante ironía.

 

 

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