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CSC_0052II

El ciclo de las estaciones era una gigantesca y grandiosa rueda que no paraba de girar. Las manifestaciones fenoménicas no lo inquietaban. Pero su repetición era la causa de ese hartazgo que experimentaba. La monotonía de las vueltas lo había saturado.

Esa era la razón de que sintiera la necesidad de escapar a esos acontecimientos periódicos y puntuales, a esa rueda que, sin dejar nunca de funcionar, no avanzaba un metro.

La pregunta solapada era esta: ¿qué camino conducía fuera?

¿Podía el hombre recorrer un camino que lo llevase a otro sitio?

Li Po no tenía una mente morbosa. No pensaba en la muerte ni tampoco en encontrar un medio eficaz de aturdimiento o enajenación. Sólo tenía conciencia de estar encerrado en un círculo y de su deseo de salir.

El cansancio conllevaba la búsqueda de un sentido más allá de las rotaciones sin fin. No sólo el cuerpo acusaba el agotamiento. El espíritu se mustiaba también. Uno y otro llegaban a un límite. Cada uno a su manera decía “basta”.

El poeta había llegado a la conclusión de que este mundo cíclico dominado por los dualismos podía ser trascendido. Vivir inmerso en él no era una fatalidad sino una decisión.

Esa puerta de salida era la creación, que no se oponía a la naturaleza, pues ocupaba un escalafón superior, de forma que esta quedaba supeditada a aquella. La naturaleza es eterno retorno. La creación es un camino que abre nuevos horizontes.

¿No era ese el camino que él había recorrido durante toda su vida?

Sentado en la piedra, el viejo poeta miró sin ver, miró más allá de los bosquecillos de bambúes, del río cuyo caudal de agua había aumentado con las últimas lluvias, miró dentro de sí.

Luego alzó la vista hacia arriba, hacia el cielo por donde se desplazaban las nubes blancas, hacia el profundo e inconmensurable azul.

Li Po tenía setenta y seis años. Había asistido a muchas floraciones primaverales y a muchas otoñales caídas de hojas, había sido testigo de sequías e inundaciones, había aspirado la fragancia de los jazmines y se había extasiado ante la belleza de las peonías, había conversado con las libélulas y las mariposas, se había detenido innumerables veces a admirar el reflejo de la luna en el agua…

Y había escrito cientos de poemas. Pero hoy su corazón albergaba un dulce deseo. Con una leve sonrisa en los labios, Li Po se puso en pie y siguió su camino.

 

 

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CSC_0052I

Li Po fue a visitar a un amigo taoísta que vivía en la montaña, pero no lo encontró. A su vuelta, apoyándose de vez en cuando en el tronco de los pinos, se detuvo en un lugar desde el que se divisaba un panorama magnífico. No era la primera vez que se sentaba en esa roca a descansar y a contemplar el entorno.

Había cumplido recientemente setenta y seis años. Su cuerpo acusaba la usura del tiempo. Sus piernas no eran tan fuertes como antes, a veces las recorría un ligero temblor que hacía sonreír levemente al poeta.

Pero todavía, a pesar de su decaimiento físico, iba a ver a su amigo Fu Yin, tan viejo como él, que se había retirado a una cabaña, al lado de un torrente, en completa soledad.

Le gustaba hablar con Fu Yin, aunque a menudo el tiempo transcurría sin que cruzasen palabras. Su compañía reconfortaba a Li Po que tenía en gran estima sus escasos comentarios relacionados, sobre todo, con los cambios meteorológicos y su repercusión en la naturaleza. En realidad, más que hablar, callaban largamente.

Sentado en la piedra en cuyas hendiduras verdeaba el musgo, Li Po, con un asombro siempre renovado, se deleitaba con la visión de los bosquecillos de bambúes y de la cascada lejana. Y sentía cómo lo anegaba esa felicidad inexplicable que le expandía el pecho y lo reconciliaba con todas las criaturas, incluidos los seres humanos.

Ese regocijo había sido y, como tenía ocasión de comprobar, seguía siendo el mayor sostén de su vida, la columna más sólida sobre la que se apoyaba.

Los ciclos de la naturaleza constituían una inagotable fuente de gozo. Nunca le había aburrido el espectáculo del otoño, del invierno, de la primavera y del verano, con sus luces y colores propios, con su encanto peculiar.

Pero hoy era diferente. Era cierto que siempre se descubrían nuevos matices e insospechados detalles en los paisajes que creemos conocer como la palma de la mano. De hecho, Li Po pensaba que siempre eran diferentes sin dejar de ser los mismos. El viejo poeta tenía también su vena de filósofo.

Hoy, en esa gratificante experiencia, había un elemento nuevo. No era la primera vez que afloraba en los últimos tiempos. Retornaba con cierta frecuencia de forma que Li Po lo había identificado. Su percepción estética había alcanzado un punto de saturación.

Debido sin duda a la repetida exposición, se había producido un desgaste o un apagamiento. No sólo su cuerpo se había debilitado. También interiormente notaba el cansancio.

Su curiosidad estaba saciada. No aspiraba a disfrutar de nuevas variaciones que no añadirían nada significativo a su acervo.

Esas diferentes ediciones de un libro que ya se ha leído, aun sabiendo que las modificaciones y correcciones deparaban sorpresas, no le atraían como cuando, embelesado, se sumergía en las primeras lecturas, como cuando su sensibilidad emitía los primeros acordes, como cuando sus ojos se abrían a perspectivas insospechadas.

La pregunta solapada que había desoído y apartado de su mente, tenía ahora la suficiente fuerza para imponerse.

 

 

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Pequeños poemas (III)

7
Cerebros electrónicos
Rebosantes de datos
Tachonados de luces

8
Escafandras herméticas
Uniformes de amianto
Flotando en el vacío

9
Estación orbital
Periplos espaciales
El fulgor de los dioses

 

 

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Si miramos en dirección a Oriente y hacemos un pequeño cotejo, las diferencias existenciales y literarias saltan a la vista. La actitud del poeta oriental y la del occidental frente a la vida se podrían resumir diciendo que la del primero es de abandono y la del segundo de desconfianza. De la primera brota una genuina alegría de vivir. De la segunda la tentación de trampear y burlarse de las normas establecidas. En la primera está presente el sentido del humor, que supone una aceptación de la realidad tal cual es. En la segunda asoma la ironía, que es distanciamiento de lo real, cuando no abierto rechazo.
El poeta oriental no tiene que huir al campo porque vive allí. Ése es su hábitat natural y el vagabundeo es su estilo de vida.
El que más y el que menos tiene su vena de lunático o de borrachín, que le hace contemplar las cosas con benevolencia y un cierto fatalismo, pero la rebelión y la crítica están ausentes. A menudo experimenta un alborozo que se manifiesta en un asombro impensable en un poeta occidental del tipo de Pessoa o Baudelaire.
El poeta oriental no realiza deprimentes tareas burocráticas o académicas que ahogan su espontaneidad, sino que es un mendigo o un pescador. Un caminante que, con su hatillo al hombro, va de un lado a otro. Un gozador del paso de las estaciones. Un gourmet de paisajes.
El ansia de libertad alienta tanto en la poesía oriental como occidental, pero en ésta, concretamente en el poema de Pessoa, acaba en un gesto inconcluso, en un deseo truncado, en una felicidad incompleta, en un acto que revela cierto nerviosismo.
En aquella, sobre un fondo de montañas verdes y nubes blancas, se ve avanzar al poeta andariego viviendo esa libertad que se traduce en sencillas y exultantes constataciones poéticas:

Invierno

Ni una gota de rocío
cae
del crisantemo helado

Otoño

Día de apacible felicidad
el monte Fuji velado
por la lluvia brumosa

Verano

La libélula
intenta posarse en vano
sobre una brizna de hierba

Primavera

Desde el fondo
de la peonía
de mala gana sale la abeja

Matsuo Basho, Haiku de las Cuatro Estaciones

 

 

 

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