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Posts Tagged ‘Navidad’

III

Un día decidí abandonar mi reclusión montaraz. Nunca he tenido vocación de ermitaño. Era de noche y había encendido el fuego de la chimenea. Fuera soplaba un viento helado.

La Navidad estaba cercana. Me dije que era una buena ocasión para poner en práctica lo que, de una manera más bien confusa, me rondaba por la mente.

Posponía la elaboración de una estrategia a mi vuelta al pueblo, a cuando estuviera en el campo de operaciones.

Me gusta improvisar. Es siempre sobre el terreno donde damos la medida, antes son los sueños, después el balance. Pero ni un momento ni otro corresponde a la acción.

Mucho había fantaseado en mis paseos por esos breñales. Estaba saturado de imágenes. Ya era hora de encarar la realidad.

Resumiendo, ni reflexioné ni planeé ni me mortifiqué. Todo se limitó a soñar y a patear esas escabrosidades en un afán de no pensar y, por la noche, de caer como un fardo sobre mi camastro y dormir de un tirón hasta el amanecer.

No soy supersticioso. Tengo mis manías, como todo el mundo, que al lado de las tuyas no son tales.

Ante ciertos golpes de suerte uno tiende a creerse el favorito de la Fortuna. Coincidirás conmigo en que empezar un negocio con buen pie es señal de que tiene más posibilidades de materializarse según nuestros deseos que otro que, desde sus inicios, ha debido superar dificultades.

Cuando, a mi regreso, me comunicaron que mi tía abuela estaba achacosa y no había forma de traerla a vivir con nosotros porque ella se negaba en redondo a dejar su casa, me propusieron hacerle compañía de noche.

Vi el cielo abierto. Me estaban ofreciendo la atalaya idónea para espiar tus entradas y salidas, para estudiar tus quehaceres cotidianos. Y eso por velar el sueño de una anciana.

Puse objeciones, me hicieron contrapropuestas. Insistieron en que sería solamente de noche. Repliqué que de día tampoco me importaba. De la comida se encargaban ellos. ¿Y si ocurriera algo? Vienes corriendo a avisarnos. ¿Cuándo tendría que irme? Ya.

Aquella misma tarde me mudé. Una bolsa con un pijama, libros, cuadernos, bolígrafos y mi cepillo de dientes fue mi escueto equipaje. Y unos prismáticos.

Mi tía abuela, como bien sabes, era viuda y no tenía hijos. En mis primeros años gocé de su predilección. Últimamente no iba a visitarla, desatención que me reprochó en cuanto me vio.

La casa la conocía como la palma de mi mano. Sus alacenas, sus cuartos, su soberado no tenían secretos para mí.

Me instalé en el dormitorio contiguo al suyo. Ambas habitaciones se comunicaban. El padecimiento de la anciana eran sus años. A sus males no había que sumar, como comprobé de inmediato con gran satisfacción, la pérdida de memoria, aunque a veces trastocaba las fechas y los nombres.

Mi tía abuela fue una cantera inagotable de datos y anécdotas. Sin su ayuda difícilmente hubiese podido reconstruir algunos pasajes de la vida de tu familia.

 

 

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204.-Si tras la muerte no hay nada, los sátrapas de la tierra y sus huestes se van a encontrar con ese providencial borrado. Si hubiese algo y encima les pidiesen responsabilidades, se les iba a borrar “ipso facto” la estúpida sonrisa de los labios. Más de uno iba a caerse redondo. Por supuesto, eso es aplicable a cualquier hijo de vecino. Pero en el caso de los señores del argamandijo tendría más gracia.

205.-Algunos piensan que sólo a los demás hay que ajustarles las cuentas, que ellos se irán siempre de rositas, que sus infamias quedarán a beneficio de inventario. Pero no es así. A corto, medio o largo plazo se produce una sedimentación de las inmundicias. Y el hedor de ese poso negro acaba prevaleciendo y soliviantando.

206.-Emma tiene amigas que se alborotan con suma facilidad a propósito de ciertos personajes. “Uno de ellos” me cuenta “es su bestia parda. Lo critican en cuanto abre la boca, antes incluso de hacer la declaración correspondiente. Lo censuran por querer ser el primero, por su irritante aire melancólico. En él todo es artificial y su vida no es más que una puesta en escena.

“Tras escucharlas se concluye que el personaje en cuestión no es real sino puro “marketing”. Este juicio incluye también a los pobres mortales que han sido abducidos por esa ficción, por ese invento sentimentaloide y empalagoso.

“Seguramente no es así, pero se sienten reconfortadas con esos trazos desdeñosos con los que están pintando su propio retrato”.

207.-Me comenta Emma: “Una prueba del desquiciamiento y desorientación del mundo actual la constituye la existencia de salas de fiestas especializadas en festejar divorcios”. Hace una pausa y me pregunta: “¿Desde cuándo se celebran los fracasos?”.

208.-Dice Emma: “Los pilares de la sociedad son tres” “Zaragoza, Huesca y Teruel” “Vaya, hoy estás chistosillo” “¿Cuáles son?” “No hablaré” “Por favor” “No quiero exponerme a una réplica mordaz” Finalmente, con la vista perdida en el expositor de los mariscos y las bandejas de ensaladilla y aliños, enumera: “La libertad, la justicia y el respeto”.

209.-Me cuenta Emma: “Por Navidad recibí un ejemplar del modelo de felicitación que se ha puesto de moda en círculos oficiales. No había ningún arbolito ni belén ni nada que recordase de lejos la festividad. De hecho no había imágenes. Sólo un texto filosófico de altura que había que leer dos o tres veces para enterarse del mensaje, el cual ya puedes suponer de qué género era”.

210.-Aceptar el principio de realidad significa comprometerse, trabajar, responsabilizarse. Hay épocas en que, por razones espurias, no se fomenta esta actitud sino su opuesta, en que se promocionan las actitudes adolescentarias. Los años pasan y sólo se es apto para la protesta y la beligerancia. Hay una agresividad que aflora con facilidad. La conciencia creada de que todo son derechos, aboca a la convicción de que todo se nos debe.

No es raro rechazar un trabajo alegando explotación, sin considerar que es una manera de empezar, de abrirse camino. Todas las generaciones han tenido que luchar por encontrar su sitio. Pero cuando se han inculcado ideas tendenciosas, desde el principio se quieren facilidades.

Pobres de los que creen que todo se les debe. Más pronto que tarde se convertirán en barcos a la deriva. Los movimientos maximalistas responden a ese planteamiento. La solución a mis problemas compete a otros.

211.-Una buena carraca manejada con insistencia acaba atolondrando al más pintado. Con tal de que las lengüetas callen, dirá que sí a cualquier cosa. Con eso cuentan los matraquistas.

212.-Me cuenta Emma que una amiga suya ha hecho de todo. La miro enarcando las cejas. “Refrena tu imaginación” Y me explica: “Esta amiga está muy implicada en el crecimiento personal, en la ampliación de la conciencia, en la espiritualidad. Cuando dije que ha hecho de todo, me refería a que ha hecho psicoterapia individual y de grupo, a que ha practicado la visualización y las afirmaciones, así como la meditación y la oración” “¿Y ha crecido mucho?” “Ella mantiene, y yo concuerdo, que esas técnicas, abordadas de forma realista, son una buena ayuda”.

 

 

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1

La gente pasaba a su lado sin volver la cabeza. Como si no hubiera nadie. O, aún peor, como si de un objeto se tratase. De un objeto inútil.

La gente va a lo suyo. Todo el mundo tiene algo que hacer, incluso los jubilados. No digamos las amas de casa arrastrando su carrito, mirando al frente, heroicas y obstinadas, como soldados de la dura batalla cotidiana.

No sé cómo empezaron a despertar mi interés. A veces me recordaban a los poetas románticos, otras veces a los campesinos de antaño. En cualquier caso tenían pinta de vagabundos.

Uno de ellos se aposentaba a la entrada de un supermercado, con un perro al que dejaba a cargo de sus escasas pertenencias cuando él se ausentaba.

El hombre rubio y barbado, sin duda extranjero, desaparecía y el perro se quedaba al cuidado de la cochambrosa mochila y de la caja de cartón con algunas monedas.

En una de las ocasiones en que encontré al perro solo, di una batida por los bares cercanos y lo vi en compañía de una señora mayor que seguramente se había compadecido de él.

2

Al segundo lo descubrí en la calle Santa Cecilia. Era más joven que el extranjero. Este debía de tener treinta años y el otro cuarenta y tantos.

Estaba acuclillado a la puerta de un banco, adonde yo había ido a sacar dinero. Era un diciembre borrascoso, en vísperas de Navidad.

El joven se resguardaba en un saledizo. La lluvia racheada salpicaba las perneras de su pantalón, pero a él no le importaba.

Ese detalle atrajo mi atención porque yo estaba resfriado y llevaba puestos un chaquetón y una bufanda. Por supuesto, me protegía con un paraguas.

La caja de cartón estaba mojada. Cuando la cogiese, se le desharía en las manos.

3

Ante el tercer caso me quedé como un pasmarote, sin disimular mi asombro. Sentí un pellizco en el estómago, como cuando se va a pasar un examen difícil.

Hasta sonreí estúpidamente. Pensé: “No es posible. De veras que no es posible”.

Y yo allí parado, con mi sonrisa en los labios. La chica acabó fijándose en mí.

Estaba sentada en el umbral de un edificio público, en la plaza San Martín de Porres.

Pese a estar pidiendo no tenía aspecto de mendiga. Los otros dos tampoco lo tenían.

A mí me pareció una joven de buena familia. Su ropa mugrienta no me engañó. Llevaba mallas beis y un jersey morado que le llegaba a los muslos. No estaba abrigada para el frío y la humedad reinantes. Alrededor del cuello tenía un fular morado y blanco, entretejido con hilos plateados.

 

 

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  7

Como una espada de Damocles, pero de efectos más devastadores por su considerable peso y tamaño, una araña de bronce sobredorado pendía sobre nuestras cabezas. Conté diez brazos que sostenían una tulipa de pergamino. Ese lampadario, que no era, aunque lo pretendiese, una antigüedad, tenía que haber costado de todos modos una fortuna.

Al sentarnos a la mesa, admirados, alzamos los ojos. Alonso entonó un panegírico, como si, en lugar de un objeto ostentoso, se tratase de una persona eminente. Mi mirada fue más bien de aprensión. Si ese armatoste se abatiese sobre nosotros, provocaría una escabechina.

Mariana, que además de diplomática era perspicaz, captando mi recelo, hizo notar que la lámpara estaba sujeta por una cadena de hierro tan fuerte que un elefante podría columpiarse en ella.

Los presentes celebraron la ocurrencia. Alonso quiso redondearla con un confuso comentario en el que sacaba a relucir una canción infantil. Sonreímos. Elena hizo un mohín cuya traducción exacta era: “¡Vaya churro!”.

La larga mesa de nogal estaba dispuesta con un gusto exquisito. Las sillas de espaldar alto y recto facilitaban la adopción de una postura correcta. Pegado a la pared, había un aparador con las botellas y los trebejos que utilizaríamos a lo largo de la cena.

Una alfombra semejante a la del salón cubría el enladrillado del comedor. Debido a la lejanía de la chimenea, en el otro extremo de la estancia, en esta parte había un punto de frialdad que el cuerpo no tardaba en percibir.

En el centro de la mesa había un jarrón de Sevres con un ramo de brezo. Agolpadas en densos racimos, las flores rosas ponían una nota de naturalidad en un escenario tan lujoso.

Era una pena que Mariana no pudiera contenerse y completara la decoración con adornos de piñas barnizadas y cintas rojas alrededor de una vela, como si estuviésemos en Navidad.

 

 

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Fue una Navidad lluviosa. Sobre el tejado de la cochera repiqueteaba el aguacero. El tocadiscos estaba puesto a todo volumen. La gente gritaba, reía y bailaba. Hacía frío pero nadie parecía notarlo.
El suelo de cemento rezumaba humedad. Diego resbaló y cayó. Se levantó rápido diciendo que no había sido nada.
Cuatro bombillas, dos pintadas de verde y dos pintadas de rojo, colocadas en los ángulos del local, iluminaban débilmente el guateque.
Recostado en la pared y fumando, me mantenía aparte. Los demás achacaban mi retraimiento a la pelea que había tenido con Gloria.
Amigas comunes me comunicaron que no había venido a la fiesta porque no quería verme. También me contaron que había estado llorando.
Anita se quedó hablando conmigo. Tras un rato de cháchara, manoteo y morisquetas, me dio unos golpecitos en el hombro y se fue no sin antes declarar y subrayar con una de sus muecas más conseguidas que no soportaba la tristeza.
El ruido de la lluvia se sobreponía a la música a pesar de lo alta que estaba. Las parejas bailaban agarradas.
No estaba pensando en Gloria. Ni siquiera me ocupé de este asunto después de que me lo recordaran.
Mi actitud taciturna no estaba motivada por ninguna discusión. Además, dado el carácter apacible de la muchacha, era abusivo utilizar ese término.
Se había producido un desencuentro que ella no lograba encajar ni asimilar, que escapaba a su comprensión. No hubo explicaciones por mi parte, sólo verbosidad y juegos de palabras que la mortificaron.
Me preguntaba qué hacía en esa cochera casi a oscuras, adornada con espumillones y bolas de colores.
La pizpireta Anita iba de aquí para allá escoltada por su amigo, parándose a hablar con unos y con otros, mirándome de vez en cuando. Temí que estuviese tratando de convencer a alguien de que me hiciese compañía.
Cuando abordó a Diego y éste afirmó con la cabeza, me horroricé.
Me dirigí a la puerta y la abrí. Llovía tanto que irme, aunque hubiese tenido paraguas, habría sido una insensatez.
Me refugié en el umbral de una casa vecina. Hasta mis oídos llegaban los compases de una canción de moda que el aguacero y los chorros de las canales no ahogaban por completo. Allí esperé hasta que amainó lo suficiente para marcharme sin ponerme empapado.

 

 
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