Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘invierno’

Escarcha (II)

Read Full Post »

Read Full Post »

1

La gente pasaba a su lado sin volver la cabeza. Como si no hubiera nadie. O, aún peor, como si de un objeto se tratase. De un objeto inútil.

La gente va a lo suyo. Todo el mundo tiene algo que hacer, incluso los jubilados. No digamos las amas de casa arrastrando su carrito, mirando al frente, heroicas y obstinadas, como soldados de la dura batalla cotidiana.

No sé cómo empezaron a despertar mi interés. A veces me recordaban a los poetas románticos, otras veces a los campesinos de antaño. En cualquier caso tenían pinta de vagabundos.

Uno de ellos se aposentaba a la entrada de un supermercado, con un perro al que dejaba a cargo de sus escasas pertenencias cuando él se ausentaba.

El hombre rubio y barbado, sin duda extranjero, desaparecía y el perro se quedaba al cuidado de la cochambrosa mochila y de la caja de cartón con algunas monedas.

En una de las ocasiones en que encontré al perro solo, di una batida por los bares cercanos y lo vi en compañía de una señora mayor que seguramente se había compadecido de él.

2

Al segundo lo descubrí en la calle Santa Cecilia. Era más joven que el extranjero. Este debía de tener treinta años y el otro cuarenta y tantos.

Estaba acuclillado a la puerta de un banco, adonde yo había ido a sacar dinero. Era un diciembre borrascoso, en vísperas de Navidad.

El joven se resguardaba en un saledizo. La lluvia racheada salpicaba las perneras de su pantalón, pero a él no le importaba.

Ese detalle atrajo mi atención porque yo estaba resfriado y llevaba puestos un chaquetón y una bufanda. Por supuesto, me protegía con un paraguas.

La caja de cartón estaba mojada. Cuando la cogiese, se le desharía en las manos.

3

Ante el tercer caso me quedé como un pasmarote, sin disimular mi asombro. Sentí un pellizco en el estómago, como cuando se va a pasar un examen difícil.

Hasta sonreí estúpidamente. Pensé: “No es posible. De veras que no es posible”.

Y yo allí parado, con mi sonrisa en los labios. La chica acabó fijándose en mí.

Estaba sentada en el umbral de un edificio público, en la plaza San Martín de Porres.

Pese a estar pidiendo no tenía aspecto de mendiga. Los otros dos tampoco lo tenían.

A mí me pareció una joven de buena familia. Su ropa mugrienta no me engañó. Llevaba mallas beis y un jersey morado que le llegaba a los muslos. No estaba abrigada para el frío y la humedad reinantes. Alrededor del cuello tenía un fular morado y blanco, entretejido con hilos plateados.

 

 

Licencia de Creative Commons
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Read Full Post »

csc_0072

 

 

Licencia de Creative Commons
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Read Full Post »

25
A un verano asfixiante sucedió un otoño seco. La lluvia tardaba en llegar. El campo se cuarteaba y llenaba de sartenejas.

“¡Qué ruina!” era la exclamación más frecuente.

En las hazas aradas la reja había levantado enormes terrones.

“¡Ay!” suspiró la prima de Rufina.

Todo era de color pardo. Ni una brizna de hierba en las cunetas, en las lindes, en el cauce del arroyo que cruzaba el desolado agro.

“Las desgracias nunca vienen solas”.

Rufina, hermética como una esfinge, miraba los sequedales por la abertura posterior de la calesa.

La tierra era una inmensa boca abierta, abrasada por la fiebre, que mendigaba la gracia de un chaparrón.

“No tiene remedio, ¿verdad?”.

El oscuro erial contrastaba con la limpidez del cielo azul.

“Está desahuciado. Es cuestión de días o de semanas”.

“¡Qué mala suerte!” dijo Maroto.

La prima de Rufina, que era tan sensible a los males propios o ajenos como los cachorros lo son a las caricias, no pudo contener las lágrimas.

El traqueteo del carruaje era la única nota discordante en esa apacible mañana otoñal.

26
La calesa se hundía en la bruma donde desaparecía, emergiendo en un recodo de la carretera, tirada por la mula cuya cabeza, como el mascarón de proa de un drakar vikingo, hendía los bancos de niebla.

Arrebujada en su toquilla negra, Rufina imaginaba la enfermedad como los irreparables estragos causados por un ejército de microscópicas y diabólicas criaturas. La imagen era tan vívida que la casera se apretó el pecho con las manos para conjurar la penetración de esos miasmas mortíferos.

Poco a poco Rufina fue relajándose. Sus manos dejaron de presionar su esternón. Otros pensamientos la distrajeron: la cena de Nochebuena, las visitas que debía hacer en cuanto llegara al pueblo, las compras…

Al rato volvió a visualizar esos gérmenes con forma de cabeza, estando ocupada la mitad superior por dos horribles ojos y la mitad inferior por una boca repleta de afilados dientes con los que roían los tejidos.

“¿Por dónde vamos, Maroto?” “Ya hemos pasado el arroyo”.

Recayendo en su obsesión, se representó el mal como la paulatina y maloliente descomposición de la carne. Los órganos se corrompían, se convertían en fiemo, despidiendo un nauseabundo hedor.

A continuación la enfermedad se transmutó en un moho que iba colonizando las vísceras, envenenándolas y reduciéndolas a patatas arrugadas y podridas.

La mula dio una espantada con dos consecuencias inmediatas: meter el carruaje en la cuneta y sacar a Rufina de su morboso estado. La causa del súbito desbarajuste pasó junto a ellos como una exhalación.

“¡Están locos!” clamó Maroto.

Rufina, que se había vuelto rápidamente hacia la abertura posterior, dijo: “Son ellos” “¿Quiénes?” “¿Quiénes van a ser?”.

Sin verlo todavía, Rufina supo que habían llegado al pueblo por los efluvios de la tahona. Aspiró reconfortada el agradable olor de la jara que ardía en el horno, mezclado con el del pan recién cocido.

También el alegre y cercano repicar de las campanas de la iglesia le confirmó que se adentraban en las calles de Las Hilandarias.

¿Por qué sintió de nuevo ese malestar? ¿Por qué esa congoja?

Quiso decir algo pero de su boca no salió ninguna palabra. No podía apartar de su mente la idea de que, cuando regresara al cortijo, don Roberto Delgado habría dejado de existir.

 

 

Licencia de Creative Commons
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Read Full Post »

Caminos (XVII)

CSC_0071

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Read Full Post »

DSC_0076DSC_0071DSC_0065

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Read Full Post »

Older Posts »