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XXVIII

Quien nunca ha tenido problemas de insomnio es tu tío. Escucha los soberbios ronquidos procedentes de su cuarto. Cuando él se acuesta, es para dormir. Es lo que dice y es lo que hace.

Viéndole despatarrado en la cama, con su voluminoso vientre bajando y subiendo rítmicamente, emitiendo ese cúmulo de sonidos por nariz, boca y culo, absurdo sería plantear cuestiones que sólo afectan a los seres débiles.

Tu vida es una cadena ininterrumpida de hechos anodinos, la de tu tío, por el contrario, es tan rica en lances novelescos que basta con averiguar qué hizo el sábado pasado para deleitarse con un jugoso episodio.

A las mujeres de la casa os tiene acostumbradas a esas escapadas de las que vuelve ojeroso y con dolor de cabeza.

Últimamente se reserva más y, en vez de quedarse de francachela en Sevilla, prefiere copear con sus amigotes en el pueblo y retirarse a una hora prudente.

El sábado pasado, sin embargo, después de salir del trabajo, se topó en la calle Cuna con un antiguo compañero al que, por residir en otra ciudad, hacía mucho tiempo que no veía. A tu tío le dio una alegría inmensa.

Ateniéndose a su rutina, se dirigía a una bodeguita de la plaza del Salvador donde tienen unos caldos que “quitan el sentido”.

Se abalanzó sobre su amigo con los brazos abiertos al tiempo que exclamaba: “¡Hombre, hombre, hombre! ¡Tú por aquí!”.

Tras el intercambio de saludos, tu tío le propuso celebrar el feliz encuentro con un amontillado que sólo servían en un lugar por él conocido.

Eran las dos de la tarde. Tu tío transpiraba por todos los poros. La bodeguita era un tugurio oscuro, con un mostrador alto y un penetrante olor a vinazo. En el techo un ventilador de grandes aspas giraba con desgana.

Tu tío, cliente asiduo y confianzudo, dio dos o tres palmadas y dijo al dueño: “Pon dos de ese que tú sabes”. Luego, con aires de gran catador, cogió la copa por el tallo, miró su contenido al trasluz, lo olfateó, lo degustó. E invitó a su amigo a que hiciera otro tanto.

Mientras bebían a palo seco, tu tío se lanzó a una prolija explicación de las características y el proceso de envejecimiento de ese solera, intercalando en su discurso hiperbólicos elogios.

No paraba de hablar ni de gesticular. De cuando en cuando, para recuperar el aliento o pedir otra ronda, interrumpía su perorata, paréntesis que el otro aprovechaba para dar su opinión o contar algo de su vida.

Tu tío se ponía en jarra y lo escuchaba con deferencia, volviendo a la carga a las primeras de cambio.

El dueño intervenía a requerimiento de tu tío que recurría a él cuando quería dar a sus argumentos un peso aplastante.

Si, por la razón que fuese, el interpelado discrepaba, tu tío se apresuraba a hacer suya la nueva tesis o enfoque no desdiciéndose nunca. Enarcando sus pobladas y corridas cejas, asentía enérgicamente con la cabeza dando a entender que era eso lo que él pensaba.

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                              XVI
Él no podía prever el giro que iban a tomar los acontecimientos. Aunque se hubiese tratado de una persona intuitiva, capaz de interpretar correctamente actitudes y reacciones aparentemente gratuitas, no habría solucionado nada.
Tenía sus propios recursos, por lo demás bastante limitados. Todos los puso en juego. No se guardó ninguna carta. Su nobleza innata no le permitía andar con malicia ni trampear.
Hubo de pasar mucho tiempo antes de que llegase a estas conclusiones que lo reconciliaban consigo mismo. Le había sido necesario vaciar muchos vasos de vino, recorrer infinitas veces las calles del pueblo, rumiar largamente los lances que se sucedieron a partir de esa noche en que, con intensidad inusitada, experimentó un sentimiento tan inexpresable que, para aprehenderlo, se veía obligado a utilizar símiles y perífrasis, de entre los primeros pareciéndole el más adecuado el de un segundo parto en que de nuevo era expulsado al mundo.
Frente a la botella de blanco, mientras observa a los parroquianos acodados en el mostrador, a los que están sentados, a los que entran y salen de la bodega, trata de reconstruir una vez más, con los ojos entrecerrados, la metamorfosis sufrida, obra de un malvado genio envidioso de su felicidad.

 

 

 

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27 de agosto de 2014 065                                IV
En las noches de verano era fácil encontrarlo en el patio de la bodega sita en la plaza de la Alhóndiga, sentado en un tocón de encina, ante una mesa plegable en cuyo tablero renegrido reposaban una botella de vino blanco peleón y un platillo de altramuces. Nunca lo abandonaba la sonrisa de niño pachorrudo y un tanto simplón que todos los que le habían tratado durante la infancia le conocían. Esa sonrisa que, entonces como ahora, le granjeaba la confianza de los demás.
Mofletudo, coloradote, boca pequeña, frente abombada, ojos vivos, calvicie incipiente, era sin duda su soberbia nariz en forma de porra lo más llamativo de su rostro, su rasgo más marcado y personal.
De constitución robusta, la barriga que ya le apuntaba en sus primeros años, se había desarrollado hasta alcanzar la esfericidad actual.
Guardaba por sus antiguos compañeros de juego un afecto y una devoción ejemplares. En su mesa había siempre uno o dos vasos para invitarlos, aparte de la eterna sonrisa con que acogía a todo el mundo.
Su gran pasión consistía en desempolvar recuerdos mano a mano con un amigo de la niñez. Y eran tantos sus amigos y sus recuerdos que en esa tarea podía invertir horas.
Como, pese a su cachaza, no carecía de gracejo cuando contaba tal o cual historia, de las muchas que almacenaba celosamente en su memoria, no tenía nada de raro verlo en compañía de alguien que bebía de su botella y escuchaba divertido sus innumerables anécdotas.

 

 

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