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Posts Tagged ‘reconciliación’

Michel Tournier expone en estas pocas líneas toda una filosofía existencial que podría resumirse en dos palabras: marcha y frugalidad. Es decir, andar y practicar la templanza. Así es como viven los nómadas del desierto que han conseguido matrimoniar la vida física y la vida espiritual.

La clave se halla en la búsqueda de la verdad, por modesta que sea. Ese objetivo sólo se puede alcanzar desde la máxima sencillez. También es necesario tener la humildad de reconocer que la regeneración requiere una fuerza sobrehumana.

Por esa razón los trashumantes van de un lado para otro al tiempo que mantienen una actitud de espera. Para ellos no hay duda de que la reconciliación total se producirá tal vez mañana mismo o dentro de veinte siglos.

 

“Nosotros, nómadas del desierto, hemos elegido la extrema frugalidad unida a la actividad física más espiritual: la marcha. Comemos pan, higos, dátiles, productos de nuestros rebaños, leche, mantequilla clarificada, muy raramente quesos, carne todavía más raramente. Y andamos. Pensamos con nuestras piernas. El ritmo de nuestros pasos ejercita nuestra meditación. Nuestros pies imitan el avance de una mente en busca de la verdad, una verdad ciertamente modesta, tan frugal como nuestra alimentación. Subsanamos la ruptura entre comida y conocimiento esforzándonos en mantener una y otro en su sencillez más extrema, convencidos de que elaborándolos sólo se agrava su divorcio. Ciertamente no esperamos reconciliarlos con nuestras propias fuerzas. No. Haría falta para esta regeneración un poder más que humano, divino en verdad. Pero por eso mismo esperamos esa revolución, y nos colocamos con nuestra frugalidad y nuestras largas caminatas por el desierto en la disposición más conveniente, según creemos, para comprenderla, acogerla y hacerla nuestra, ya acontezca mañana o dentro de veinte siglos”.

 

Fragmento de “Melchor, Gaspar y Baltasar”

Traducción: Antonio Pavón Leal

 

 

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                              XVI
Él no podía prever el giro que iban a tomar los acontecimientos. Aunque se hubiese tratado de una persona intuitiva, capaz de interpretar correctamente actitudes y reacciones aparentemente gratuitas, no habría solucionado nada.
Tenía sus propios recursos, por lo demás bastante limitados. Todos los puso en juego. No se guardó ninguna carta. Su nobleza innata no le permitía andar con malicia ni trampear.
Hubo de pasar mucho tiempo antes de que llegase a estas conclusiones que lo reconciliaban consigo mismo. Le había sido necesario vaciar muchos vasos de vino, recorrer infinitas veces las calles del pueblo, rumiar largamente los lances que se sucedieron a partir de esa noche en que, con intensidad inusitada, experimentó un sentimiento tan inexpresable que, para aprehenderlo, se veía obligado a utilizar símiles y perífrasis, de entre los primeros pareciéndole el más adecuado el de un segundo parto en que de nuevo era expulsado al mundo.
Frente a la botella de blanco, mientras observa a los parroquianos acodados en el mostrador, a los que están sentados, a los que entran y salen de la bodega, trata de reconstruir una vez más, con los ojos entrecerrados, la metamorfosis sufrida, obra de un malvado genio envidioso de su felicidad.

 

 

 

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Dijo: “El día es una sucesión de desencuentros. Tan pronto como uno se levanta, uno empieza a correr de sí mismo. Raramente las dos partes de que una persona está compuesta, y no me refiero al cuerpo y al alma, sino a lo que somos y a lo que nos vemos obligados a ser, a nuestro ser profundo y a la agitada superficie, coinciden. Ambas están en perpetua fuga. Siempre una detrás de otra. O una quieta, a la expectativa, y la otra yendo de aquí para allá, como loca.
“Seguramente hay un miedo a encontrarse o una incapacidad o demasiadas barreras. Pero el caso es que esas dos partes permanecen desacopladas.
“El resultado es que uno está siempre fuera de sí, en el exterior, en lo que los demás esperan de ti, en lo que tú esperas de ti mismo.
“Vivimos con la mente puesta en otra cosa que no es la que estamos haciendo en ese momento, programándonos, concertando citas, realizando gestiones, hablando por teléfono, comprando o vendiendo.
“Vivimos simultaneando actividades, desatentados, proyectados hacia el mañana o atrapados en el ayer.
“¿Cuándo se produce el milagro de la reconciliación, aparte de al final de la jornada, al tendernos en la cama, cerrar los ojos, agotadas nuestras fuerzas, y entregarnos al sueño?
“Pero en este caso es a Morfeo a quien tenemos que dar las gracias. No es mérito nuestro sino suyo. Por lo demás, no sé si cabe hablar de encuentro o de rendición.
“Los encuentros de verdad son infrecuentes, sobrevienen de forma imprevista, a traición, en un descuido. Tal vez escuchando música, leyendo, escribiendo, dando un paseo, contemplando un paisaje…
Calló un momento. Luego preguntó: “¿En qué circunstancias acaecen los tuyos? ¿Cuándo encajan esas dos partes y sólo hay una? ¿Cuándo dejas de estar fraccionado y te recompones por entero? ¿Cuándo saboreas la felicidad de ser tú mismo?”

 

 

 

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