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Posts Tagged ‘burocracia’

XIII

Lo sé de buena fuente. He reunido la información escarbando aquí y allá, dando crédito a los cotilleos que no andan errados, y que si pecan es por defecto.

Tú misma has tenido que oír algo. Estoy seguro de que tus orejas enrojecerían de santa ira cuando en ellas, al desgaire, las comadres vertieron la dulce ponzoña que destilan y escancian so capa de afecto.

“A mí no me importa, pero la gente dice…”. Basta con que aceptes esa primera premisa del perverso silogismo para que se crean con el derecho a descargar la inmundicia que llevan dentro.

Tú, a quien nunca se le pasó por las mientes cuestionar esa proposición, te viste enredada en esa lógica cruel.

Tú también querías acogerte al privilegio de afirmar: “A mí no me importa…” y a continuación vaciar tu cubo de basura.

Yo no invoco esa frase mágica. Me invento otra y largo como cada hijo de vecino. Lo sé de buena fuente.

El que hoy ocupa un puesto de mediana responsabilidad en la administración municipal, pues su estrechez de miras y su limitado coeficiente intelectual le impiden alcanzar cotas más altas para las que no le faltan méritos de otra índole, más bien le sobran, empezó joven.

Tu tío se metió en el mundillo de la burocracia a la edad de doce años. Sus comienzos fueron duros, como el de esos portentos norteamericanos de la industria que en su infancia zascandileaban vendiendo cajas de cerillas.

Pero pronto comprendieron que podían ampliar el negocio e incluir cigarrillos sueltos o en paquetes. Y gracias a su fino olfato y a su iniciativa no tardaron en transformar ese inocente comercio en una tapadera de otro más lucrativo, dedicándose así a la distribución de revistas pornográficas y juguetes eróticos. Cuando se quiere triunfar en la vida, las consideraciones éticas pasan a segundo plano.

Y a la vuelta de unos años esos niños emprendedores se convirtieron en el Jefe Supremo de las Brochas de Afeitar, en el Número Uno de las Churrerías o en el Gran Monopolista del Acero Inoxidable. Ciertamente tu tío, no por falta de ganas, no ha sido coronado Rey de los Chupatintas.

Él simultaneó la Escuela Primaria con el Ayuntamiento. Esa conjunción constituye los cimientos sobre los que se levanta la actual fábrica, es la base de vuestra desahogada posición económica. Fue el aprendizaje ineludible que le enseñó las técnicas de la humillación, aparte de inculcarle la importancia del dinero, aunque a mi humilde entender esa sapiencia no justifica su cicatería.

 

 

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Mis compañeras iban preocupadas porque los resultados del informe Pisa, una vez más, eran deprimentes. Como consecuencia de ello, la inspección nos había visitado.

A mi centro, según la descripción de un colega lenguaraz, había ido un sietemesino que se pasaba el tiempo subiéndose la montura de las gafas con el dedo índice, y que nos puso la cabeza como un bombo.

La reunión a la que fuimos convocados la invirtió en gran parte en alabar ese ejemplo a seguir que es Finlandia, un país con cinco millones y medio de habitantes y unas características geográficas y socioeconómicas que poco o nada tienen que ver con las nuestras. La fijación de estos mendas por ese país nórdico, mantenida y alimentada regularmente por los artículos que aparecen en su periódico de cabecera, el cual, cómo no, salió a relucir, la fijación, decía, de estos representantes más políticos que administrativos, es una de las plagas que se ha abatido sobre el sistema educativo.

La murga que nos dio fue de órdago. Las tonterías que enhebró nos dejaron turulatos. Y las medidas que impuso merecían ser arrojadas directamente a la papelera. Estoicamente, salvo los afectos al régimen a quienes todo parece bien o mejor, aguantamos el chaparrón.

La encerrona fue larga y tediosa. Casi todos estábamos deseando que acabase para olvidarnos de lo que habíamos escuchado. Pero el inspectorcito no estaba dispuesto a soltar su presa fácilmente. Pese a que procurásemos mantenerlas impenetrables, algo debió detectar en nuestras caras que no le gustó, poniéndolo un punto agresivo. Desde luego, nuestras miradas no traslucían el beneplácito.

Su remedio infalible eran más reuniones y más burocracia. Todo lo cual debía traducirse en un mayor número de aprobados. Como comentaron después algunos de los asistentes, que en ese momento no se atrevieron a hablar, de esa forma no se solucionaba el problema. Cuando volvieran a evaluar a los estudiantes, el informe PISA desenmascararía esos falsos aprobados, esas notas hinchadas.

El inspectorcito, consciente de la dureza con que nos estaba tratando, quiso atenuar el tono al final de su filípica, imprimirle un aire campechano. Para majaderías estábamos los oyentes.

Tras asaetarnos a consignas, tras apabullarnos con la cantidad de papeles inútiles que había que rellenar, acabó haciendo el panegírico de la labor docente. Y citó a dos o tres personalidades para las que la educación era el súmmum. Debíamos entender y asumir la bronca que nos había echado porque la enseñanza era la piedra angular de la sociedad. Y concluyó diciendo que era una terrible desgracia no estar a la altura de los tiempos, ir en el furgón de cola del convoy del progreso, aludiendo de paso a la buena posición que ocupaba Finlandia en ese tren.

Yo estaba sentado en la primera fila porque llegué de los últimos a la reunión, y ese fue el sitio que encontré. Subiéndose las gafas con el dedo y cabeceando, el representante de la administración me preguntó: “¿Y para ti cuál es la mayor desgracia?” “Abrir el frigorífico y descubrir que no hay cerveza” “Hablando en serio” “Muy en serio”.

 

 

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La Burocracia
Benjamín Medina confiaba en los demás. Creía que todos los seres humanos estaban hechos de la misma sustancia, que las diferencias existentes entre unos y otros eran adjetivas.
Contra todo lo que implicase una humillación se rebelaba nuestro personaje, para quien no había distintas clases de hombres, aun aceptando que las situaciones personales varían dependiendo de la profesión de cada uno.
No tiene la misma responsabilidad un ordenanza que un director, se decía, pero como ambos, desde sus puestos de trabajo, tienen que servir a la comunidad, uno y otro realizan una labor meritoria y necesaria.
El respeto y la conciencia de servicio, planeando por encima del ministro y del ujier como águilas majestuosas, debían bastar para que la maquinaria social no chirriase demasiado ni sufriese graves averías.
Con semejantes convicciones, Benjamín estaba condenado a chocar con la Burocracia.

-o-

Sus desventuras empezaron el día en que tuvo que resolver un asunto legal. Se entraba en el palacio remozado por una enorme puerta tachonada de clavos. En el vestíbulo, del que partían dos escalinatas de mármol, vio ciudadanos solitarios con papeles en la mano.
Se dirigió al mostrador de información y, tras aguardar el tiempo correspondiente, le indicaron que debía subir a la segunda planta.
Allí se encontró con otra cola de contribuyentes y un cartelito con el horario de atención al público: de diez a una.
Preguntó Benjamín si cerraban a la hora en punto o si seguían atendiendo mientras hubiese alguien a la espera de realizar sus gestiones. Recibió por respuesta una sonrisita burlona.
“¿Y si se trata de algo urgente?” insistió. “Es su primera vez, ¿verdad?” dijo una señora rubia.
Tras consultar el reloj, mirar la fila y calcular su avance, Benjamín suspiró y se fue con la intención de regresar al día siguiente más temprano.

-o-

El contacto con un medio tan hostil como el burocrático lo irá endureciendo. Durante el largo viacrucis que lo llevará de un despacho a otro, de una antesala a otra, de un mostrador a otro, tendrá ocasión de conocer a la fauna de displicentes chupatintas que apenas se dignan mirarte mientras te desvives por explicarles tu problema.
De un vistazo aprenderá a distinguir al capitoste del simple empleado por detalles nimios que pasarían desapercibidos a un observador no avezado, tales como la manera de escuchar con la boca entreabierta lo que le comunica un subordinado, o con la cabeza ligeramente echada hacia atrás y los labios apretados como si fuera a embestir en el caso de que abusen de su paciencia.
Acechará al personajillo que, si quisiera, agilizaría los trámites. Se esconderá en los lavabos para asaltarlo y recordarle que hace ya tres meses que habló con él y todavía no ha recibido ninguna contestación.
Correteará como un perrillo faldero detrás de un señor pertrechado con una carpeta de documentos, de una seriedad descorazonadora, que sale de un negociado y se mete en otro con aires de marajá.
Sufrirá, en definitiva, tras esta drástica experiencia, un cambio que se traducirá no sólo en la apostasía de sus creencias y en la renuncia a sus ideales, sino en el fervoroso deseo de convertirse en un rutilante burócrata.

 

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