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Posts Tagged ‘visita’

1

Por insistencia materna fui a ver a un primo que está enfermo. Le ha dado por no salir de su casa. Toda la familia teme que se vuelva más arisco de lo que es.

Estuve remoloneando una semana, dándole largas a ese asunto, no porque yo tenga “mal corazón” como me reprochaba mi madre cuando me preguntaba si había ido y le respondía que no.

Cuando me dirigía a casa de mi primo, encontraba siempre a un amigo con el que pegaba la hebra y el santo se me iba al cielo.

Confieso que a veces yo mismo me encargaba de buscar compañía.

Hacía mucho tiempo que no hablaba con él. Durante la infancia y el bachillerato fuimos inseparables. Después él siguió un camino y yo otro. Últimamente no nos tratábamos. Es lamentable que esto haya ocurrido.

Una tarde, duchándome, decidí no posponer un día más la visita. Mientras me arreglaba, estuve recordando nuestra vida en común.

Mi primo no había sido un niño taciturno ni insociable, de lo que ahora tenía fama, sino, por el contrario, vivaracho y travieso. Juntos nos habíamos divertido bien.

Ante la puerta de su casa me asaltó la duda de si debía entrar o no. Pensé que mi presencia podía deprimirlo más. Finalmente pulsé el timbre y esperé.

Mi tía me recibió contenta, si bien me echó en cara mi desapego. Luego suspiró. Pregunté por mi primo y ella, por toda respuesta, me señaló su habitación con la mano.

2

Estaba acostado, leyendo. Cuando entré, levantó la cabeza y me saludó con su habitual “qué hay”.

“Siéntate” dijo a continuación. No supe dónde, si en una silla alejada o a los pies de la cama.

“Siéntate” repitió y encogió las piernas indicándome así dónde debía hacerlo.

El libro debía ser muy interesante porque prosiguió su lectura durante varios minutos más, tiempo que aproveché para detectar en su semblante indicios de trastorno.

“¿Has terminado de observarme?” “¿Y tú has terminado de leer?”.

Entre ambos había habido siempre cierta rivalidad. Por lo general estábamos en desacuerdo en casi todo.

Se levantó, dio un paseo por la habitación y me espetó: “¿A qué has venido?”. Con parsimonia repuse: “Eso mismo me estaba preguntando”.

Estaba de espaldas pero aseguraría que sonrió. Cuando se volvió, estaba serio.

“Ya que estás aquí, podemos echar una partida de ajedrez”.

 

 

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Estaba de visita
en una casa extraña,
hablando por hablar,
escuchando, sonriendo,
una taza bebiendo
ya fría de café.
De pronto me levanto
mientras busco una excusa.
Callejeo sin rumbo.
No sé por qué me he ido.
Anuncios luminosos,
semáforos y coches,
bares de donde sale
un murmullo incesante.
Me detengo un momento
ante un escaparate.
Recorro con la vista
los objetos expuestos.
Parada del dieciocho.
En mitad de la plaza
San Fernando a caballo.
Un chirrido de frenos,
de puertas automáticas.
Permanezco de pie,
agarrado a la barra.
Finalmente me siento
y la causa comprendo
de mi desasosiego.
Me siento, te contemplo.

 

 

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Mis compañeras iban preocupadas porque los resultados del informe Pisa, una vez más, eran deprimentes. Como consecuencia de ello, la inspección nos había visitado.

A mi centro, según la descripción de un colega lenguaraz, había ido un sietemesino que se pasaba el tiempo subiéndose la montura de las gafas con el dedo índice, y que nos puso la cabeza como un bombo.

La reunión a la que fuimos convocados la invirtió en gran parte en alabar ese ejemplo a seguir que es Finlandia, un país con cinco millones y medio de habitantes y unas características geográficas y socioeconómicas que poco o nada tienen que ver con las nuestras. La fijación de estos mendas por ese país nórdico, mantenida y alimentada regularmente por los artículos que aparecen en su periódico de cabecera, el cual, cómo no, salió a relucir, la fijación, decía, de estos representantes más políticos que administrativos, es una de las plagas que se ha abatido sobre el sistema educativo.

La murga que nos dio fue de órdago. Las tonterías que enhebró nos dejaron turulatos. Y las medidas que impuso merecían ser arrojadas directamente a la papelera. Estoicamente, salvo los afectos al régimen a quienes todo parece bien o mejor, aguantamos el chaparrón.

La encerrona fue larga y tediosa. Casi todos estábamos deseando que acabase para olvidarnos de lo que habíamos escuchado. Pero el inspectorcito no estaba dispuesto a soltar su presa fácilmente. Pese a que procurásemos mantenerlas impenetrables, algo debió detectar en nuestras caras que no le gustó, poniéndolo un punto agresivo. Desde luego, nuestras miradas no traslucían el beneplácito.

Su remedio infalible eran más reuniones y más burocracia. Todo lo cual debía traducirse en un mayor número de aprobados. Como comentaron después algunos de los asistentes, que en ese momento no se atrevieron a hablar, de esa forma no se solucionaba el problema. Cuando volvieran a evaluar a los estudiantes, el informe PISA desenmascararía esos falsos aprobados, esas notas hinchadas.

El inspectorcito, consciente de la dureza con que nos estaba tratando, quiso atenuar el tono al final de su filípica, imprimirle un aire campechano. Para majaderías estábamos los oyentes.

Tras asaetarnos a consignas, tras apabullarnos con la cantidad de papeles inútiles que había que rellenar, acabó haciendo el panegírico de la labor docente. Y citó a dos o tres personalidades para las que la educación era el súmmum. Debíamos entender y asumir la bronca que nos había echado porque la enseñanza era la piedra angular de la sociedad. Y concluyó diciendo que era una terrible desgracia no estar a la altura de los tiempos, ir en el furgón de cola del convoy del progreso, aludiendo de paso a la buena posición que ocupaba Finlandia en ese tren.

Yo estaba sentado en la primera fila porque llegué de los últimos a la reunión, y ese fue el sitio que encontré. Subiéndose las gafas con el dedo y cabeceando, el representante de la administración me preguntó: “¿Y para ti cuál es la mayor desgracia?” “Abrir el frigorífico y descubrir que no hay cerveza” “Hablando en serio” “Muy en serio”.

 

 

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                                  I
Había ido a hacer mi visita periódica, a recordar a amigos y parientes que ya están del otro lado, a dedicarles un pensamiento. Es algo que suelo hacer cuando llega noviembre.
Es un paseo reconfortante, tranquilo, por esas silenciosas calles en las que la mirada va de un sitio para otro, sin prisa, inmersa en un proceso de purificación que alcanza su mayor intensidad cuando se eleva de las hileras de nichos al inmaculado cielo, cuyo esplendente azul aspira las banalidades e insufla compasión y esperanza en el pecho.
En esa predisposición íntima, en esa apertura hacia lo absoluto, hacia ese más allá donde se encuentran los que me rodean, camino por la avenida principal, me interno cada vez más, deambulo entre las tumbas.
No se trata de una debilidad sentimental o de un rito mecánico. En todo caso, podría calificarse de una experiencia filosófica, de una ratificación de la precaria condición humana. Antes decía que iba a recordar amigos y parientes, pero sería más exacto afirmar que voy para recordarme algunas verdades básicas, para refrescar la voluble memoria, para depurar la mirada.
Ese día mi actitud interna se podría resumir en un verso. Con cierta frecuencia me ocurre que una línea poética encierra en sus pocas palabras mi estado anímico mejor que el más largo y elaborado de los discursos.
Ese día me repetía: “Mi caballo se ha cansado”.
En ese día, tan claro y luminoso, no podía dejar de pensar que la muerte no existe. Es cierto que los ciclos tienen un fin. Todo empieza y todo acaba. Es la ley sublunar. Pero la muerte es sólo una puerta. Eso era lo que sentía cuando contemplaba los cipreses apuntando derechos a la eternidad.
Me detenía y leía una inscripción. Algunas datan del siglo diecinueve y son tan escuetas y contundentes como un puñetazo en la boca del estómago. Una dice:

“Peregrino Sánchez Vázquez
Falleció el 3 de mayo de 1899
a la edad de 21 años.
-o-
Su padre y hermanos
le dedican este recuerdo
y ruegan a Dios por su eterno descanso”.

Peregrino murió bien joven. Iba pensando en esto y en el tiempo que hace que partió (ciento quince años), en que era seguro que los que mandaron grabar esa lápida de mármol, su padre y hermanos, estaban también haciéndole compañía.
En fin, iba distraído y apenas percibí la silueta de una persona a mi izquierda. No presté atención y proseguí mi paseo. Fue una visión fugaz a la que no concedí importancia. Podía ser una mujer o un hombre que estaba inclinado sobre una sepultura, limpiándola o recomponiendo las flores.
Seguí andando y me olvidé de esa persona que cumplía un deber familiar, o a la que la aflicción encorvaba la espalda. Probablemente ambas cosas. Pasé al segundo patio. Cuando volví al primero lo único que tenía en la cabeza era el verso de marras y dos más, el principio del poema que Fernando Villalón dedicó a los garrochistas: “Mi caballo se ha cansado / Él no les teme a los toros / Ni a los jinetes de acero”.
En mi mente caracoleaba un alazán claro. Fue entonces cuando alguien, sobresaltándome, me dirigió la palabra.

 

 

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