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3

“Siempre fuiste un mal jugador”.

Nada más cierto. El ajedrez no me atraía, por lo que nunca me preocupé de corregir mis fallos, ni siquiera los más flagrantes. A los cinco minutos estaba pensando en otra cosa.

“Contigo no vale la pena medirse”. Y se puso a enumerar mis torpezas, concluyendo que yo era irreflexivo, que carecía de la noción de estrategia, que por las razones antedichas mis movimientos eran contradictorios. Resumiendo, jugar conmigo era como hacerlo con un niño de siete años.

Le pedí que siguiésemos. A pesar de la filípica la partida no había acabado.

El ajedrez absorbía su atención. La mía se dispersaba. Invertía mi tiempo en examinar furtivamente la habitación.

Al no percibir síntomas en su rostro ni en su comportamiento, estudié el entorno en un intento de comprender su drástico repliegue.

Cuando me dio jaque mate, yo estaba descifrando el título de varios libros apilados en la mesita de noche. Eran novelas y un tratado de antropología. En el suelo había revistas. En las paredes reproducciones de famosos paisajistas. El armario estaba cerrado. Allí dentro, aparte de su ropa, guardaría su colección de minerales. En la mesa, junto al tablero, estaban su pipa y el cenicero.

La habitación estaba en orden. Ninguna incongruencia rompía la correcta disposición de muebles y objetos.

4

Han transcurrido tres meses desde la visita. Las noticias me llegan a través de mi madre. Mi primo no sale de su habitación. La familia está alarmada.

Sin duda es un asunto chocante. Mi madre ha vuelto a la carga. Trata de convencerme de que vaya a ver otra vez al enclaustrado. Hasta el momento he resistido.

El recuerdo de la primera visita neutraliza los argumentos maternos. La imagen que guardo no es la de una persona con problemas nerviosos sino la de alguien equilibrado.

Su tranquilidad no me pareció postiza. En cuanto a su destreza mental, quedó de manifiesto en la partida de ajedrez que jugamos.

Sostienen algunos parientes que el mal está agazapado en su personalidad, emboscado en las circunvalaciones de su cerebro. La actitud de mi primo es, según ellos, la prueba irrefutable de que hay un fallo.

Poniendo cara de circunstancias, mi madre afirma que comprende la desesperación de su hermana y su cuñado. Si mi primo diera alguna explicación…

Con esta cuestión se pone algo pesada. Una y otra vez repite: “Si al menos hablara…”. Y me pide de nuevo que le cuente cómo transcurrió la visita.

“¿Ves? Contigo habla” concluye. “¿A eso llamas hablar?” replico.

No iré. A pesar de que no creo que mi primo esté enfermo, me aterra la idea de contagiarme.

 

 

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1

Por insistencia materna fui a ver a un primo que está enfermo. Le ha dado por no salir de su casa. Toda la familia teme que se vuelva más arisco de lo que es.

Estuve remoloneando una semana, dándole largas a ese asunto, no porque yo tenga “mal corazón” como me reprochaba mi madre cuando me preguntaba si había ido y le respondía que no.

Cuando me dirigía a casa de mi primo, encontraba siempre a un amigo con el que pegaba la hebra y el santo se me iba al cielo.

Confieso que a veces yo mismo me encargaba de buscar compañía.

Hacía mucho tiempo que no hablaba con él. Durante la infancia y el bachillerato fuimos inseparables. Después él siguió un camino y yo otro. Últimamente no nos tratábamos. Es lamentable que esto haya ocurrido.

Una tarde, duchándome, decidí no posponer un día más la visita. Mientras me arreglaba, estuve recordando nuestra vida en común.

Mi primo no había sido un niño taciturno ni insociable, de lo que ahora tenía fama, sino, por el contrario, vivaracho y travieso. Juntos nos habíamos divertido bien.

Ante la puerta de su casa me asaltó la duda de si debía entrar o no. Pensé que mi presencia podía deprimirlo más. Finalmente pulsé el timbre y esperé.

Mi tía me recibió contenta, si bien me echó en cara mi desapego. Luego suspiró. Pregunté por mi primo y ella, por toda respuesta, me señaló su habitación con la mano.

2

Estaba acostado, leyendo. Cuando entré, levantó la cabeza y me saludó con su habitual “qué hay”.

“Siéntate” dijo a continuación. No supe dónde, si en una silla alejada o a los pies de la cama.

“Siéntate” repitió y encogió las piernas indicándome así dónde debía hacerlo.

El libro debía ser muy interesante porque prosiguió su lectura durante varios minutos más, tiempo que aproveché para detectar en su semblante indicios de trastorno.

“¿Has terminado de observarme?” “¿Y tú has terminado de leer?”.

Entre ambos había habido siempre cierta rivalidad. Por lo general estábamos en desacuerdo en casi todo.

Se levantó, dio un paseo por la habitación y me espetó: “¿A qué has venido?”. Con parsimonia repuse: “Eso mismo me estaba preguntando”.

Estaba de espaldas pero aseguraría que sonrió. Cuando se volvió, estaba serio.

“Ya que estás aquí, podemos echar una partida de ajedrez”.

 

 

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15.-Una clave de la creatividad es la intencionalidad. Es decir, el deseo consciente, explícito, de elaborar una obra de arte, la cual definiría como la transformación o la consignación de una experiencia ateniéndose a unos parámetros estéticos.
Cualquiera puede hacer fotografías o escribir. La diferencia entre el artista y el que no lo es (no hago distinción entre profesional y aficionado) radica en que el primero está implicado vivencialmente en su trabajo.
Por esta razón, sus creaciones están cargadas de sentido. Son auténticas. Responden a la verdad que se manifiesta a través de un individuo concreto. La autenticidad es, por cierto, otra característica del proceso creativo.
A la originalidad, sin embargo, no la considero como un factor importante de ese proceso, porque pienso que en el terreno artístico (sobre todo en el literario) está todo inventado. El ajedrez también lo está, pero cada partida es diferente. Las de los maestros son admirables.
Este escaso valor que concedo a la originalidad, se me hace evidente cuando pienso en los clásicos. Cervantes, Shakespeare, Proust, Dante… ¿quién puede superarlos? Ellos lo han dicho todo de la mejor forma posible. Basta con molestarse en buscar en su obra para encontrar el pasaje clarificador. Los clásicos se caracterizan por haber abordado todas las cuestiones humanas y haberles dado respuesta. A veces dos, en cuyo caso pueden ser contradictorias, lo cual no invalida sin embargo ni una ni otra.
Tengo inacabada la lectura de “La divina comedia” o sencillamente “Comedia”, según reza el título original, que es un buen ejemplo de lo que digo. Como todos los grandes libros tiene un arranque genial (como el del Quijote o el de Moby Dick): “Nel mezzo del cammin di nostra vita / mi ritrovai per una selva oscura, / chè la diritta via era smarrita”.
Este libro con cientos de personajes tomados de la historia o de la época en que vivió el autor, es una prueba de que el arte hunde sus raíces en la pedestre realidad, de la que se nutre. El arte cuanto más divino, más a ras de tierra desciende para llevar a cabo la transmutación estética. Cervantes dijo de la Celestina: “Libro en verdad divino si encubriera más lo humano”. La obra de Fernando de Rojas alcanza una cota tan alta porque desveló sin tapujos las motivaciones de hombres y mujeres, que no son santas precisamente.
Las creaciones artísticas del calibre de las señaladas y cualesquiera otras de menor alcance son ondas expansivas que, dependiendo de su peso específico, remueven a la sociedad, tanto a nivel espacial como temporal. Es decir, tienen repercusiones prácticas.
La diferencia con la política es que ésta actúa directamente sobre el cuerpo social. El arte actúa desde la retaguardia. El arte no es impositivo sino diplomático. Su apuesta es a medio y a largo plazo.
La política es un mal necesario. El arte es un bien voluntario. En ambos casos el objetivo es la transformación, se sobrentiende en el sentido de ampliar la libertad del individuo, de propiciar su desarrollo y realización, de reconciliarlo consigo mismo y con los demás.
En la creación artística interviene también, aparte de la intencionalidad y la autenticidad, la fe. Se trabaja a ciegas, sin estar seguro de los resultados, sin saber si uno va a llegar a la meta. Es la fe la que sostiene en esta “selva oscura”.
La cuarta columna sobre la que se alza la obra de arte es la determinación del autor. Éste no tiene garantizado nada. Su compromiso debe ser suficiente. Si pretende otra cosa, está haciendo un planteamiento erróneo. Está confundiendo la gimnasia con la magnesia.
La creación artística es una opción personal convertida en destino o un destino por el que se opta. En ambos casos, se trata de dotar de sentido a la vida, a la que, incluso cuando se le niega significado, se la está estructurando. El hecho de crear implica dar una explicación.
Esta tarea se realiza desde la propia experiencia existencial, no pudiendo hacerse de ninguna otra forma. Éstos son el compromiso y el desafío del artista. Lo único que le compete. Los resultados dependen de un cúmulo de circunstancias aleatorias e imprevisibles, internas y externas. Por tanto, para evitar el peligro de quedar atrapado en esa ratonera, deben ser tenidos en nula consideración.

 

 

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