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“Siempre fuiste un mal jugador”.

Nada más cierto. El ajedrez no me atraía, por lo que nunca me preocupé de corregir mis fallos, ni siquiera los más flagrantes. A los cinco minutos estaba pensando en otra cosa.

“Contigo no vale la pena medirse”. Y se puso a enumerar mis torpezas, concluyendo que yo era irreflexivo, que carecía de la noción de estrategia, que por las razones antedichas mis movimientos eran contradictorios. Resumiendo, jugar conmigo era como hacerlo con un niño de siete años.

Le pedí que siguiésemos. A pesar de la filípica la partida no había acabado.

El ajedrez absorbía su atención. La mía se dispersaba. Invertía mi tiempo en examinar furtivamente la habitación.

Al no percibir síntomas en su rostro ni en su comportamiento, estudié el entorno en un intento de comprender su drástico repliegue.

Cuando me dio jaque mate, yo estaba descifrando el título de varios libros apilados en la mesita de noche. Eran novelas y un tratado de antropología. En el suelo había revistas. En las paredes reproducciones de famosos paisajistas. El armario estaba cerrado. Allí dentro, aparte de su ropa, guardaría su colección de minerales. En la mesa, junto al tablero, estaban su pipa y el cenicero.

La habitación estaba en orden. Ninguna incongruencia rompía la correcta disposición de muebles y objetos.

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Han transcurrido tres meses desde la visita. Las noticias me llegan a través de mi madre. Mi primo no sale de su habitación. La familia está alarmada.

Sin duda es un asunto chocante. Mi madre ha vuelto a la carga. Trata de convencerme de que vaya a ver otra vez al enclaustrado. Hasta el momento he resistido.

El recuerdo de la primera visita neutraliza los argumentos maternos. La imagen que guardo no es la de una persona con problemas nerviosos sino la de alguien equilibrado.

Su tranquilidad no me pareció postiza. En cuanto a su destreza mental, quedó de manifiesto en la partida de ajedrez que jugamos.

Sostienen algunos parientes que el mal está agazapado en su personalidad, emboscado en las circunvalaciones de su cerebro. La actitud de mi primo es, según ellos, la prueba irrefutable de que hay un fallo.

Poniendo cara de circunstancias, mi madre afirma que comprende la desesperación de su hermana y su cuñado. Si mi primo diera alguna explicación…

Con esta cuestión se pone algo pesada. Una y otra vez repite: “Si al menos hablara…”. Y me pide de nuevo que le cuente cómo transcurrió la visita.

“¿Ves? Contigo habla” concluye. “¿A eso llamas hablar?” replico.

No iré. A pesar de que no creo que mi primo esté enfermo, me aterra la idea de contagiarme.

 

 

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116.-Cada familia tiene su propio lenguaje, su historia, sus costumbres. Cada familia ha establecido su protocolo, se ríe con determinados chistes y responde a ciertos estímulos. Todo lo cual deja indiferente al resto de los mortales por la sencilla razón de que no está en el ajo. O, incluso en el caso de que comprenda, esa complicidad interna le trae sin cuidado.

No es difícil asumir una verdad tan simple. No debiera serlo en aras de un entendimiento más amplio, de un enfoque más integrador.

Nadie cuestiona esa realidad que es el producto de años de vida en común, por lo general los más importantes para una persona, los decisivos a la hora de conformar su carácter. Que esto sea cierto, no implica que tengamos que convertirnos en esclavos de esa “Weltanschauung”. A nadie, por muy obtuso que sea, se le escapa que hay otras. De hecho, cada familia tiene su cosmovisión.

Lo realmente malo es cuando elevamos a categoría universal esas concepciones particulares, cuando hacemos de ellas ruedas de molino con las que tienen que comulgar nuestros semejantes.

“Esto es así porque así se hacía en mi casa” o “Esto es lo que pensaba mi padre al respecto y no hay nada más que añadir”. Esta maldición se puede extender desde el ámbito gastronómico (y tener que comer las lentejas como las preparaba mi madre) al social (y relacionarse con unos y evitar a otros en función de los prejuicios mamados).

Alusiones sin sentido, chascarrillos sin gracia, distribuciones espaciales absurdas, comportamientos chocantes, reglas de urbanidad rancias, imposiciones intolerables…esta panoplia constituye el más acabado homenaje a la rigidez.

Y si se cuestiona esa actitud o se señalan los fallos, la respuesta suele ser que eso es lo que se ha vivido (se sobreentiende en la casa paterna). Que eso es lo que sale de dentro (se sobreentiende que es también lo que los demás deben acatar).

Ni siquiera se puede hablar de desconsideración sino de encorsetamiento. De hecho, la primera víctima es quien viste esos ropajes almidonados, quien ha llenado de ballenas el cuello de su camisa, quien se ha embutido en miriñaques que sólo le permiten realizar los movimientos bendecidos.

En todas las familias existen tradiciones. Cada familia instituye la suya porque así lo exige la convivencia. Es una medida práctica. Nada criticable hay en ello. Lo inadmisible es que, cuando se sale del núcleo parental, se trasplante a un entorno diferente como la cosa más natural del mundo esos tics y esas reglas.

Por muy adorables que nos parezcan los primeros, y por muy sensatas que juzguemos las segundas, al elevarlos a rango de leyes los estamos transformando en una fuente de fricciones y enfrentamientos.

 

 

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