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Posts Tagged ‘cementerio’

II

Componiendo una estampa quijotesca, la alta y la baja marchaban la una al lado de la otra sigilosa y acompasadamente. Y así enfilaron el camino que conducía al huerto de cruces.

Me quedé parado preguntándome si valía la pena seguir. Ya sabía adónde iba mi amiga. Puesto que era la noche de los difuntos, di por descontado que las dos mujeres la pasarían velando al lado de la tumba de un ser querido.

No me apetecía recorrer ese camino largo y recto ni siquiera garrocha en mano.

La noche era oscura. Las nubes amenazaban lluvia. Pero no hacía frío. Mi repeluzno se debió a otros motivos.

Reflexioné apoyado en la lanza y caí en la cuenta de que aquí no había costumbre de acompañar a los muertos en el cementerio, ni en este día ni en ningún otro. Nunca había oído hablar de semejante tradición.

Esta constatación me dejó confuso. Sólo había una forma de despejar el enigma de la dos mujeres de negro.

Si no me arriesgaba, nunca averiguaría el secreto de Paqui, las razones que la movían a una conducta tan peculiar.

Apreté fuertemente el palo de la pica y me dije que de los cobardes nunca se había escrito nada.

Mientras avanzaba, traté de encauzar mis pensamientos por derroteros tranquilizadores. La pesadez atmosférica era sofocante.

En la cancela me detuve de nuevo. Los cipreses se perdían en las tinieblas. Tal vez hundían sus puntiagudas cimas en las panzas de las nubes.

Sólo distinguía las sepulturas más cercanas y el inicio de las primeras hileras de nichos.

La mujer alta y demacrada y la mujer baja y rolliza habían desaparecido en el interior del cementerio, a cuya entrada me preguntaba angustiado: “¿Qué hago? ¿Qué hago?”.

 

 

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I

El dos de noviembre tocaba a su fin. Eran cerca de las doce de la noche. Todas las casas estaban cerradas. El pueblo silencioso parecía deshabitado.

Iba por el callejón de la Pimienta cuando me palpé la chaqueta y descubrí que no llevaba mi cartera. Tampoco la tenía en el bolsillo trasero del pantalón. O la había perdido o la había dejado en casa de Paqui Monge, donde había pasado la tarde, cenado y permanecido hasta hacía pocos minutos.

Volví sobre mis pasos. Observé que había luz en el interior de la casa. Paqui no se había acostado todavía afortunadamente.

Mi sorpresa fue grande cuando, antes de llamar, la puerta se abrió y apareció mi amiga.

Se había cambiado de ropa. Estaba vestida de negro. La encontré pálida. Tal vez se tratase de una impresión debida al contraste de su piel blanca con el luto. Tenía los ojos hundidos en sus cuencas que se habían oscurecido. El azul de sus iris se había difuminado y no era discernible en los cuévanos donde se alojaba.

“Creo que he olvidado mi cartera en el salón” balbucí. Inmóvil, con aire enajenado, me contempló como si yo fuera un extraño que la abordaba de improviso.

“Aquí no has olvidado nada” replicó. “¿Estás segura?” “Si quieres, puedes comprobarlo tú mismo” respondió en un tono disuasorio.

Me despedí de ella y me alejé sin atreverme a volver la cabeza, adentrándome de nuevo en el callejón de la Pimienta.

¿Adónde iba Paqui de riguroso luto a estas horas? Como mi tío Servando vivía cerca, fui corriendo para pedirle prestada una garrocha. Él trabajaba con reses bravas, era mayoral.

Armado con la pica pintada de amarillo, me dispuse a desvelar ese misterio.

Regresé a la calle Enanos y la escruté. Al final del todo vislumbré dos figuras de mujer. La alta correspondía a Paqui.

Las dos doblaron una esquina y desaparecieron. Me apresuré para no perderlas de vista. Al cabo de cinco minutos no me cupo duda de que se dirigían al cementerio.

 

 

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                                  I
Había ido a hacer mi visita periódica, a recordar a amigos y parientes que ya están del otro lado, a dedicarles un pensamiento. Es algo que suelo hacer cuando llega noviembre.
Es un paseo reconfortante, tranquilo, por esas silenciosas calles en las que la mirada va de un sitio para otro, sin prisa, inmersa en un proceso de purificación que alcanza su mayor intensidad cuando se eleva de las hileras de nichos al inmaculado cielo, cuyo esplendente azul aspira las banalidades e insufla compasión y esperanza en el pecho.
En esa predisposición íntima, en esa apertura hacia lo absoluto, hacia ese más allá donde se encuentran los que me rodean, camino por la avenida principal, me interno cada vez más, deambulo entre las tumbas.
No se trata de una debilidad sentimental o de un rito mecánico. En todo caso, podría calificarse de una experiencia filosófica, de una ratificación de la precaria condición humana. Antes decía que iba a recordar amigos y parientes, pero sería más exacto afirmar que voy para recordarme algunas verdades básicas, para refrescar la voluble memoria, para depurar la mirada.
Ese día mi actitud interna se podría resumir en un verso. Con cierta frecuencia me ocurre que una línea poética encierra en sus pocas palabras mi estado anímico mejor que el más largo y elaborado de los discursos.
Ese día me repetía: “Mi caballo se ha cansado”.
En ese día, tan claro y luminoso, no podía dejar de pensar que la muerte no existe. Es cierto que los ciclos tienen un fin. Todo empieza y todo acaba. Es la ley sublunar. Pero la muerte es sólo una puerta. Eso era lo que sentía cuando contemplaba los cipreses apuntando derechos a la eternidad.
Me detenía y leía una inscripción. Algunas datan del siglo diecinueve y son tan escuetas y contundentes como un puñetazo en la boca del estómago. Una dice:

“Peregrino Sánchez Vázquez
Falleció el 3 de mayo de 1899
a la edad de 21 años.
-o-
Su padre y hermanos
le dedican este recuerdo
y ruegan a Dios por su eterno descanso”.

Peregrino murió bien joven. Iba pensando en esto y en el tiempo que hace que partió (ciento quince años), en que era seguro que los que mandaron grabar esa lápida de mármol, su padre y hermanos, estaban también haciéndole compañía.
En fin, iba distraído y apenas percibí la silueta de una persona a mi izquierda. No presté atención y proseguí mi paseo. Fue una visión fugaz a la que no concedí importancia. Podía ser una mujer o un hombre que estaba inclinado sobre una sepultura, limpiándola o recomponiendo las flores.
Seguí andando y me olvidé de esa persona que cumplía un deber familiar, o a la que la aflicción encorvaba la espalda. Probablemente ambas cosas. Pasé al segundo patio. Cuando volví al primero lo único que tenía en la cabeza era el verso de marras y dos más, el principio del poema que Fernando Villalón dedicó a los garrochistas: “Mi caballo se ha cansado / Él no les teme a los toros / Ni a los jinetes de acero”.
En mi mente caracoleaba un alazán claro. Fue entonces cuando alguien, sobresaltándome, me dirigió la palabra.

 

 

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