Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘taberna’

II

Ahí, en el abismo, empezó a escuchar una lúgubre salmodia.

Esa tonada la había escuchado en la iglesia, cuando delante del altar mayor había un ataúd cubierto con un paño negro y un cirio encendido en cada esquina.

Esas palabras incomprensibles, graves, reverberantes, no pertenecían al romance que él hablaba. Esas voces que se elevaban majestuosas, imponían.

Los poderosos recurrían a los monjes para que cantasen en las ocasiones solemnes.

Abelardo empezó a prepararse para la carrera eclesiástica. Pero conoció a una muchacha pecosa, de piel blanca y pelo como el fuego. Se planteó un dilema: o ella o sus estudios. Eligió a Eloísa.

Su latín cayó en el olvido. Este hecho lo apenaba. Le gustaba la cadencia de los hexámetros de la Eneida.

En la vida diaria la lengua de Virgilio no le servía de nada. Expresarse en romance traía más cuenta. Sin embargo, cuando iba a los oficios religiosos, sentía añoranza.

El canto fúnebre calaba hondo en el espíritu de Abelardo. La bóveda devolvía el réquiem transformado en circunspecto eco que inspiraba temor.

Los pecados y los errores de Abelardo desfilaron silenciosamente ante sus ojos. Esa salmodia los había convocado. Su renuncia a profesar. Sus amores con la muchacha pelirroja con la que finalmente no se casó. Sus ardides de negociante. Sus vicios. Su vanidad.

Esos ojos que contemplaban ese mísero espectáculo, se elevaron al cielo en una muda súplica de misericordia.

Fue entonces, arrodillado en la fría losa de mármol, implorando el favor divino, cuando se produjo un hiato contra el que se estrellaría la escolástica con su interminable retahíla de silogismos.

De estar en la nave de una iglesia sumido en melancólicas meditaciones pasó a la taberna que frecuentaba cuando tenía ganas de jolgorio.

Era la taberna mejor provista de vinos, cervezas y viandas de toda la ciudad. Lo normal era que estuviese llena de gente. A su abigarrada clientela le gustaba divertirse. El silencio había sido desterrado de ese establecimiento donde todo era de madera. Mesas, taburetes, bancos, barriles, lámparas, vasos, platos, cubiertos podían ser golpeados o entrechocados sin que se rompiesen. Y el suelo de tablas podía ser taconeado tan enérgicamente como se quisiera.

Allí se iba a beber, comer, cantar y bailar. Allí estaba ahora Abelardo, con una jarra de espumosa cerveza en la mano, una “prima melior”.

Pese a ir vestidos de seglares, Abelardo reconoció a un grupo de clérigo tripones que se zampaban una gran fuente de col fermentada con salchichas. También había estudiantes en diversos grados de indigencia, como lo ponían de manifiesto sus atuendos que oscilaban entre los uniformes andrajosos y los pasables. Tampoco faltaban los probos ciudadanos que se permitían echar una cana al aire ni los mendigos que se mantenían apartados en un rincón ni las busconas que merodeaban por entre las mesas.Todos empinaban el codo, hablaban y reían.

Los monjes, cuando dieron buena cuenta de la chucrut, empezaron a cantar. Abelardo había escuchado esa letra innumerables veces. Tantas que la sabía de memoria, por lo que no tuvo problemas en unirse al coro.

Cogiendo su jarra de cerveza y alzándola los monjes habían entonado “In taberna quando sumus”. Se balanceaban, miraban a los demás animándolos a participar, daban palmadas y pellizcos en el trasero a las sirvientas y a las mozas de fortuna cuando pasaban a su lado. Ni unas ni otras se tomaban a mal esas libertades.

El estribillo fue repetido en un latín macarrónico por todos los parroquianos, estuviesen sobrios o borrachos, hartos o hambrientos, fuesen hombres o mujeres, seglares o clérigos, ricos o pobres.

Bibit hera, bibit herus
bibit miles, bibit clerus,
bibit ille, bibit illa,
bibit servus, cum ancilla,
bibit velox, bibit piger,
bibit albus, bibit niger,
bibit constants, bibit vagus,
bibit rudis, bibit magus.

 

 

Licencia de Creative Commons
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Read Full Post »

6 de mayo de 2011 001La tasca estaba llena de clientes que hablaban a gritos y gesticulaban como actores de tercera categoría.

Había empezado a beber temprano. A la una me encontraba lo bastante ebrio para reír las gracias de Raimundo López.

El calor, el exceso de luz, el vocerío, el alcohol contribuían a que uno perdiera la cabeza.

Mis recuerdos son vagos. Cuando intento fijarlos, un tumulto de imágenes me bloquea la memoria.

Cuando intento reconstruir mi paseo en tiovivo, me sucede lo mismo. Mi abuelo me llevó a la feria que estuvimos recorriendo un rato.

Nos demoramos ante la noria, los autos de choque y el simpático tiovivo en el que mi abuelo me invitó a subir.

En cuanto aquel artilugio empezó a dar vueltas, mi alegría se trocó en malestar. Me agarré con fuerza al cuello de mi caballito y cerré los ojos. Más me hubiese valido no abrirlos de nuevo.

No era el tiovivo sino la feria entera la que giraba a mi alrededor. El resultado era una alucinante confusión de objetos y colores. En medio de ese caos una sola idea se perfilaba nítida: bajarme de la máquina. Y eso fue lo que hice a riesgo de sufrir un accidente.

Fragmentos de conversaciones, manoteo, ruido de sillas arrastradas, un vaso que cae al suelo y se hace añicos, muecas, risotadas y un deseo incontrolable de beber. Esto es lo que puedo decir del tiempo que pasé en la taberna del puerto.

Más tarde, dando tumbos, voy solo camino de la playa. Deben de ser las tres o las cuatro. Tengo miedo de coger una insolación. Mi mayor preocupación es encontrar una sombra. Pero la luz me encandila. No logro ver nada.

Me juro que esta será la última borrachera. Mis pies se hunden en la arena caliente. Cierro los ojos y avanzo a ciegas.

-o-

El calor había disminuido. La brisa marina refrescaba el ambiente. El estómago me ardía. Hubiese dado mi reino por un vaso de agua.

A pesar del martirio que suponía la sed, mi despertar fue seguido de un estado de beatitud.

No me moví. Miré a un lado y a otro pero no identifiqué el lugar donde me hallaba.

Estaba medio tendido en el suelo o medio recostado en la pared, en una postura incómoda que de momento no cambié.

Enfrente de mí había una casa con un jardincito y persianas verdes. Un lejano rumor de coches no alteraba la paz de ese rincón de Punta Umbría.

Me veo de nuevo paseando con mi abuelo, un mediodía de invierno, corriendo entre las encinas, observando el paso de las nubes y el vuelo de los pájaros.

Estoy sentado a la turca en un bloque de piedra caliza lleno de agujeros y caracolillos. Mi abuelo está abstraído. Tiene los codos apoyados en las rodillas y la barbilla entre las manos.

Siento curiosidad por saber en qué piensa. No me decido a preguntárselo. Si lo hiciera, destruiría ese momento.

Lo contemplo intentando leer en sus rasgos. Permanezco así hasta que, sonriente, fija en mí sus ojos y dice: “Ya es hora de volver a casa”.

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Read Full Post »

                                XII
Cogió un canto de pan que roció con aceite y espolvoreó con sal, y salió a escape. Se dirigió a la plaza del mercado que estaba tan solitaria como las calles recorridas. Se detuvo en uno de sus ángulos y escrutó todos los rincones.
A lo mejor se habían escondido tras los bancos de espaldares de hierro para darle un susto. Esta idea lo hizo sonreír.
Se puso a andar despacio hasta alcanzar el centro de la plaza, lanzando miradas de soslayo. Cuando llegó, dejó de masticar y aguzó el oído. Salvo el rumor procedente de una taberna, todo era silencio.
Engulló el último bocado de pan y, todavía esperanzado, se acercó a un banco distante y en penumbra, sobre el cual subió de un salto al tiempo que emitía una complaciente risita gutural. Pero detrás no había nadie.
Se limpió la boca con el dorso de la mano. Luego se fue. Tras andar treinta o cuarenta metros, se detuvo a la puerta de una tasca mal iluminada. Sólo había hombres bebiendo vino y hablando entre sí. De aquí era de donde procedía el murmullo.
Estuvo mirando un rato. Un parroquiano lo llamó, invitándolo a entrar. El zangolotino se sobresaltó. Sin darse tiempo a localizar al dueño de la voz, echó a correr.
Torciendo a la izquierda, cogió por una callejuela flanqueada de casas achaparradas que, a causa de sus aleros sobresalientes, parecían setas gigantes y un tanto siniestras.
Hacia su mitad se ensanchaba formando un amplio rectángulo terrizo en su mayor parte, que era otro de los lugares de juego de los niños.
Fue de aquí para allá con las manos metidas en los bolsillos resistiéndose a aceptar el hecho de que sus compañeros ya se habían recogido. Antes de rendirse agotaría todas las posibilidades. La desazón que experimentaba se intensificó.
Contorneó un inmenso edificio de ladrillos con ventanas a gran altura del suelo. El destartalado portalón estaba coronado por una claraboya con los cristales rotos. Anduvo un trecho pegado a la pared de esa oscura mole que servía de almacén de cereales y de cobertizo para guardar maquinaria agrícola. A continuación subió por una calle escalonada que desembocaba en otra transversal.
Su cabeza se embotaba por momentos. Aunque seguía andando en dirección a la plaza del ayuntamiento con la ilusión de encontrar a sus amigos, su ansiedad generaba una nebulosa de pensamientos absurdos, los cuales, obedeciendo a sus propias leyes, se sucedían, se interceptaban, se desplazaban, sin permitirle fijar su atención en nada.
Un tropel de ideas disparatadas, de ridiculeces que no venían a cuento, de preocupaciones inverosímiles, invadía su mente. Esas efímeras consideraciones tenían un denominador común: no dejaban tras de sí ninguna huella.
A nivel emocional la resignación iba ganando terreno insidiosamente, una resignación que se manifestaba ya como lástima de sí mismo, ya como estoica aceptación de la realidad.

 

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Read Full Post »