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Entre nosotros (VI)

VI

Desde la cocina viene el ruido del molinillo triturando los granos de café. Dirijo los prismáticos a ese lugar y veo a tu madre apostada tras la ventana dándole vueltas a la manivela. Sostiene el molinillo en su regazo, como si fuese un rorro. Os mira a tu hermana y a ti. Yo la miro a ella. Su rostro no trasluce ninguna emoción. Sobre la hornilla borbotea un cazo con agua.

Tu hermana, tan activa y emprendedora, se levanta y se pone a arrancar las hojas mustias. Va de aquí para allá, reubicando las macetas. Dice: “Hace falta estiércol para los arriates. A ver cuándo tengo tiempo de ir a buscarlo”.

Nada replicas, pero dejas de perforar el lienzo con la aguja y te quedas pensativa.

Tu madre saca el cajoncito con el café molido y lo vierte en el cazo tras retirarlo del fuego, luego espera a que se asiente.

Casi la mitad del patio está en sombra a causa de la pared medianera con la casa de mi tía abuela.

En esto la puerta de la calle se abre con estrépito. Volvéis la cabeza a la vez. No hay duda: es tu tío. El hermano de tu madre. El paterfamilias. El portador de las habichuelas. El de voz tonante. El que habla ex cátedra. Tu tito. ¿Qué digo tito? El padre que nunca conociste.

El susodicho irrumpe como un toro bravo, fondillos caídos, cachetes colorados, achispado que viene por haber estado copeando desde que llegó de Sevilla a las tres y media, sonriente y contento.

“A la paz de Dios” “¿Ya has estado bebiendo otra vez?” le reprocha tu madre con dulzura, “el médico dijo que no te conviene” “Me encontré con el alcalde y otros amigos. Yo no quería, te lo aseguro. Pero lo que tú sabes que pasa, que te enredan. Ellos siguen todavía. Yo les he buscado las vueltas y me he ido”.

“Ahora no querrás comer” “Huele a café. No, no voy a comer, pero si queda café, tomaré un poco” “Claro que queda”.

Tu tío está de buenas. Se frota las manos con frenesí mientras se dirige a la silla baja, se acomoda y te observa. Te espeta: “¿Qué haces?” “Un juego de cama” “¿Vas a casarte pronto?”.

A celebrar su ocurrencia tocan. Reís como está mandado aunque a ti esas bromas te desagradan.

“No es para mí, es para mi hermana” Tu tío pone cara de asombro. Tu hermana te sigue la corriente: “Sí, es para mí. ¿Pasa algo?”.

Levantando las manos como si fuera a disparar con una escopeta, contesta: “Me parece de perlas. Eso es lo que tenéis que hacer las dos” “Va en serio” recalcas. “En serio hablo yo”.

Tu madre, que aparece en ese momento con cuatro vasos humeantes y un azucarero en una bandeja, dice: “No les hagas caso. No se trata de eso” “¿De qué entonces?”.

Tu madre reparte los vasos y permanece de pie al lado de su hermano. Bebéis a pequeños sorbos. Tu hermana se acerca y pone cara de circunstancias.

“De mi nuevo trabajo. Ya te he contado algo”. La pícara ha preparado el terreno. “¡Ah, tu trabajo! Vas a dejar el que tienes y te vas a colocar en una tienda de yo no sé qué. ¿Has dado marcha atrás?” “No, pero madre no está conforme”.

“Yo no he dicho ni que sí ni que no. Sólo quería saber lo que tu tío pensaba” “Vamos a ver” argumenta el aludido dejando el vaso en el suelo y juntando las manos como si fuera a ponerse a rezar, “me has explicado que en ese nuevo empleo ganas más y trabajas menos, ¿dónde está el problema?” “En ningún sitio” “Cámbiate, cásate, haz lo que quieras”.

La temperatura ha descendido. Casi todo el patio está en sombra. Tiritas y exclamas: “¡Qué frío!”. Nadie se mueve hasta que tu tío, haciendo un considerable esfuerzo, logra ponerse en pie, se ajusta los pantalones, tamborilea en su respetable panza y ordena: “Para adentro”.

 

 

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Como cada hijo de vecino, disponía de un repertorio de pequeños placeres que me ayudaba a remontar los días. Pero esas compensaciones, que la vida o yo mismo me ofrecía, no me colmaban.

Cuando acabé en la Universidad, tras unas vacaciones en Canarias, empecé a preparar oposiciones para el Cuerpo de Abogados del Estado. No era necesario que hiciese ese esfuerzo. Mi padre tenía amigos en empresas que, de habérselo pedido, me habrían ayudado.

No obstante, mi proyecto no le desagradó. Podía intentarlo y si no lo lograba, él se pondría en contacto con esos conocidos.

Saqué el número cuatro. Así que no hubo que recurrir a nadie.

A partir de ese momento los acontecimientos se embarullaron hasta el punto de que soy incapaz de exponer coherentemente su desarrollo. Me ocurre como con mis años infantiles: mi memoria flaquea, se muestra reticente y contradictoria.

Aunque me empeñe, no consigo poner en pie ese periodo de mi vida. Leía voluminosos dosieres. A veces se me agarrotaban los dedos y no podía hacer el nudo de la corbata. Tomaba varias tazas de café a lo largo del día. Me aficioné al coñac. Mis camisas eran de un blanco impoluto.

A los ojos de los demás pasaba por un ambicioso. Tanta actividad como desplegaba sólo era explicable por mis ansias de destacar.

No me molesté en responder a esas habladurías. ¿Qué tenía que ver con ellas? Pero proliferaron y me envolvieron. Yo seguía haciendo mi vida sin atender a las escasas recomendaciones ni a los numerosos presagios.

Antes de salir para el despacho cepillaba los zapatos. Comía en buenos restaurantes. Era un funcionario eficaz y cumplidor. Exigía que los demás lo fueran también. Coleccionaba corbatas de seda.

Caí enfermo. Un día no pude levantarme de la cama. Me dolía la cabeza. Los miembros me pesaban como el plomo. Ni siquiera pude telefonear a mi secretaria para decirle que no iría a trabajar. Esa mañana tenía una reunión importante.

Me adormilaba. Al rato me despertaba sobresaltado pensando en la reunión. Luego el sopor me vencía de nuevo. Acabé por perder la noción del tiempo.

Durante varios días permanecí en ese estado de aletargamiento. Oía el timbre de la puerta y el del teléfono pero sonaban muy lejos.

Estos hechos ocurrieron hace dos meses. Estoy recuperado. Pero no voy a volver a mi despacho.

He aprovechado mi convalecencia para pasear y pintar. La semana pasada fui al Museo de Bellas Artes del que es usted ilustre director.

Salvo algunos turistas silenciosos, las salas y los patios estaban vacíos. Disfruté de una paz de cuya existencia dudaba.

Por último fui a tomar una infusión a la cafetería. Yo era el único cliente. El camarero entabló conversación conmigo. Hablamos un poco de todo. Le comenté que había dejado mi empleo y buscaba otro. Me dijo que en el museo había una plaza libre de vigilante.

Cuando le pregunté qué documentos debía presentar y a quién debía dirigirme, se extrañó. Mi aspecto no respondía a su perfil de vigilante. No obstante, me dio la información que deseaba.

No sé si reúno los requisitos para ocupar esa vacante. Es a usted a quien corresponde decidir sobre esta cuestión. De lo que estoy seguro es de que este es el puesto que me conviene. Atentamente.

 

 

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Tus palabras
—recuerdos de lutos
y penas apergaminadas—
me llegan envueltas en un aire antiguo.
Pero yo no canto tu adocenamiento
ni tus enaguas apulgaradas.
Sólo intento revivir
—el pneuma insuflándoles,
el tibio aliento de mi corazón—
aquellos días.

Te he visto llorando a escondidas,
desconsolada.
Y tomando café
en compañía de tus parientes,
a media tarde, en invierno,
de la desvencijada camilla
sentados alrededor,
bebiendo un café tan amargo
como una ilusión varada.

De ti se desprende un tufo a rancio.
¿Qué quieres que diga?
Si me fijo en tu pecho,
sólo veo
dos senos marchitos y vencidos,
si en tus ojos,
ojillos viboreznos,
si en tu piel,
cuero de baúl resquebrajado.

En la puerta de tu casa,
como un animal huidizo,
me miras, me inspiras
estos versos.

 

 

 

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En nuestro trabajo hay mucho papeleo y reuniones inútiles que se multiplican en determinadas épocas del año, acaparando nuestro tiempo y nuestra energía. Esta fue la razón de que una de mis compañeras, haciendo un gesto de desánimo, exclamase: “Estoy agotada. No sé si voy a tener fuerzas para llegar al final de la semana”.
La que ocupaba el asiento del copiloto se volvió y le dijo: “Pues lo que tienes que hacer es darte un homenaje”.
A pesar de no ser muy expresiva, la primera que habló puso una inconfundible cara de no haber entendido. “¿Un homenaje?” repitió como un eco.
Era evidente que estaba pensando en un acto de reconocimiento a Lola Flores, a Juanito Valderrama, a la Legión, al Real Betis Balompié o a cualquier capitoste de la bien nutrida nómina con que cuenta nuestra sociedad.
La otra confirmó el veredicto: “Un homenaje, sí, un homenaje”.
Como la primera, desconcertada, se volviera hacia mí y se me quedara mirando, le expliqué: “Eso es lo que hacen los yonquis cuando quieren disfrutar a tope. Se encierran en su casa varios días y se ponen de droga hasta las orejas”.
“No querrás tú que yo haga tal cosa” “No estoy diciendo que te des un chute de heroína sino un capricho. ¿Qué es lo que te gusta más?” “El café” “Pues ve a una tienda especializada que hay en el Arenal y compra Blue Mountain” “¿Y eso qué es?” “El mejor café del mundo. Y el más caro, por supuesto” “¿Cuánto cuesta?” “No estoy segura, pero un puñado así –dijo mostrando la palma de la mano ahuecada- te puede salir por veinte euros” “Qué disparate. Me voy a tener que gastar una fortuna porque con eso no tengo ni para empezar. Yo me llevo bebiendo café todo el día. Por la mañana me tomo por lo menos tres tazas. Después del almuerzo otra. A media tarde una o dos más”.
“Pero tú puedes permitírtelo. No estás casada, no tienes hijos. Tienes tu piso libre de hipoteca, una casa en el pueblo” “Y también tengo a mi madre que está achacosa” “Pero tu madre tiene su viudedad. Vosotras tenéis una posición muy desahogada” “Eso es lo que tú crees” replicó la primera un tanto mosqueada. “Vamos a ver: ¿qué gastos tienes tú?” “Y a ti qué te importan los gastos que yo tengo”.
Tras este rifirrafe dialéctico el silencio se instaló en el coche. Por primera vez en mucho tiempo tuvimos un viaje apacible.

 

 

 

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