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IX
Esas briznas doradas, ¿era el sol en tu pelo?
La luz de aquellos días era azul como el cielo
y los amaneceres
de felices promesas se extendían repletos.

Mi roto corazón
esto es lo que me dicta.
Esto es lo que me ordena
que sin tardar te diga
con el único fin
de sentir tu presencia en mi casa vacía.

Mientras el sol se pone y va inundando el patio
de una luz que se palpa,
es todo tan hermoso, tan presente, tan real
que te quedas inmóvil.

Esas briznas doradas son un chisporroteo
que brota de tus ojos.

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En la casa materna había un limonero punteado de hermosos frutos amarillos, donde bullía una legión de gorriones en las largas tardes de verano.
El árbol ocupaba un puesto de honor en el primer patio, el de los fragantes arriates de hierbabuena, el de las macetas de colios y cintas pulcramente alineadas, el del jazmín y las arreboleras, el de la vinca de pétalos blancos o rosas, llamada por estos pagos la flor del príncipe.
Un día descubrí atónito que los gorriones habían anidado en el alcorque del limonero. Entre los largos y flexibles tallos del corre-que-te-pillo, había varios nidos con polluelos de picos amarillos, que tenían abiertos de par en par, como si estuviesen esperando el maná del cielo.
Sus desmedrados cuerpecillos, con la cabeza apuntando hacia arriba, estaban propulsados por un rítmico movimiento de sube y baja que recordaba la sístole y la diástole del corazón.
Me quedé clavado en el suelo, contemplando a esas criaturas cubiertas a medias por una pelusa grisácea.
Mostraban una actitud exigente que no era de mi agrado. ¿Cómo unos seres tan pequeños y torpes, que agitaban patéticamente los muñones de sus alas, incapaces de revolotear o desplazarse, se atrevían a reclamar nada?
Un impulso cobró forma dentro de mí. Sería tan fácil cerrarles el pico, me dije mirando la manguera.
Su proceder inadecuado merecía un escarmiento. La idea de aplicarles un correctivo se impuso por sí sola.
Mientras más miraba a esos gurriatos bajo cuya piel se señalaban los huesecillos, menos me gustaban. Quizá la sencilla solución sería dejar de mirarlos.
Pero no puedo. Me tienen fascinado.
Un pensamiento surge en mi cabeza como la explicación definitiva a tanta desfachatez: se creen con derecho a la vida.
Y yo sigo allí, convertido en estatua de sal, sintiendo cómo se intensifica el impulso.
¿Qué pasaría si enchufase la manguera? Nadie se enteraría.
Esa tentación me produce embriaguez. No obstante, algo me impide perpetrar la escabechina. Quizá la resistencia a tener que recoger los pequeños cadáveres y tirarlos en un rincón apartado.
¿Qué hacer entonces?
Ya lo tengo: meterlos en cajas de cartón con las tapaderas agujereadas para que puedan respirar.
Serán mis prisioneros. Por mucho que se desgañiten piando, les daré de comer y beber una vez al día. Eso es suficiente, según he oído decir a las personas mayores.
Y que se den por contentos porque les estoy perdonando la vida.

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