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Patio de cortijo

 

 

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Paisajes (XXIV)

 

 

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                                XI
El cortijo distaba del pueblo cinco kilómetros. Hacía dicho recorrido a horcajadas en la burra, detrás de su padre que manejaba las riendas del animal.
Tenía que levantarse temprano, antes del amanecer, para llegar a buena hora.
Tomaban por una vereda de carne que les ahorraba el rodeo de la carretera, y que pasaba justamente al lado del corral de las vacas.
El día les rompía a mitad de camino. Con las primeras luces descabalgaban al lado de las viviendas del vaquero y del guarda de la finca.
El cortijo, agazapado entre las lomas, sólo se hacía visible cuando se coronaba la última cuesta de las varias que había que subir y bajar a lo largo del atajo, pero, antes de divisarse, los mugidos de los terneros y, si el viento les era favorable, el olor a forraje y a boñigas anunciaban su proximidad.
La jornada transcurría en silencio. Su padre era parco en palabras. Durante el trayecto sólo abría la boca para arrear a la burra.
En cuanto al vaquero, un hombre entrado en años, aunque era más comunicativo, se limitaba a gastarle alguna broma mientras conducían el ganado al campo. Luego regresaba rápido al cortijo, pues era él quien transportaba al pueblo en una camioneta la leche ordeñada y envasada en cántaras la tarde anterior.
El niño pasaba la mayor parte del tiempo en compañía de esos mansos rumiantes y de un perro de aguas que conocía el oficio mejor que él.
Las horas transcurrían con una exasperante lentitud. Las vacas permanecían agrupadas pastando apaciblemente. Si una de ellas se alejaba demasiado, el perro se encargaba de que regresase con el rebaño. Sólo si la vaca, habituada a los ladridos, no se inmutaba y persistía en su emancipación, intervenía el niño convenciéndola a pedradas o a palos de la necesidad de reunirse cuanto antes con sus congéneres.
A decir verdad estos incidentes no menudeaban. El perro, además, había acumulado tanta experiencia en sus años de servicio que poseía una extensa y eficaz gama de recursos para conseguir su objetivo.
Si la vaca fugada hacía oídos sordos a sus furiosos ladridos, el perro le enseñaba los dientes y amagaba con morderle las patas. Si se trataba de una vaca imperturbable a la que no asustaban las fanfarronadas, el perro pasaba a la acción. Dos o tres tarascadas eran suficientes para sacarla de su impasibilidad y obligarla a retroceder.
El perro de guedejas blancas lo hacía casi todo. El niño se dio cuenta de esto pronto. Por esta razón, a la que había que sumar lo poco inclinadas a la rebeldía que son las vacas, pasaba las horas sentado a la sombra de las chumberas que erizaban las lindes de la finca, de pie apoyado en el bastón que le había regalado el vaquero, o dando cortos paseos para desentumecer las piernas.
Sus distracciones consistían en contemplar las caprichosas formas que adoptaban las nubes, el raudo vuelo de los pájaros y las incansables evoluciones del perro alrededor del rebaño.
Por la tarde el curso de las horas parecía acelerarse, constituyendo siempre una agradable sorpresa la llegada del vaquero que le ofrecía un pitillo al tiempo que le preguntaba cómo había transcurrido el día. El niño rechazaba el tabaco, sonreía y se encogía de hombros.
Al principio, el niño creía que, tras haber encerrado a las vacas en el corral, su jornada había tocado a su fin. La alegría de volver al pueblo lo espabilaba, la modorra producida por tantas horas de soledad se evaporaba, sus movimientos se hacían más ágiles, su diligencia se incrementaba.
No había contado con el ordeño por el simple hecho de que él no sabía hacer tal cosa. A pesar de su ignorancia supina, su padre, que echaba una mano al vaquero en este trabajo, desde el primer día, lo puso al lado de una res mansurrona que no se inmutaría por más torpemente que fueran manipuladas sus ubres, para que fuera aprendiendo, siendo uno de los dos adultos quien, aleccionándolo al respecto, acababa extrayendo la leche a sonoros chisguetes, consejos e indicaciones que el niño escuchaba con impaciencia aunque no la dejara traslucir.
Para colmo, su padre y el vaquero eran dos hombres calmosos que, una vez ordeñadas las vacas, llenadas las cántaras y trasladadas a un cobertizo, con toda parsimonia encendían y fumaban un último cigarrillo, recostados en la valla del corral, mientras intercambiaban apreciaciones climáticas o comentarios sobre la labranza o el precio de los productos agrícolas, cuando no permanecían callados, abstraídos en sus pensamientos.
Al niño, que había ido por la burra, tras aparejarla, todavía le sobraba tiempo para reconcomerse.
Ansioso por irse, irritado por la espera, sin osar decir palabra, fue de esta manera como empezó a conocer una realidad insospechada hasta ese momento.

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27 de agosto de 2014 065                                II
En la habitación olía a carburo. De uno de los maderos del techo colgaba un gancho que sostenía un recipiente cilíndrico de lata relleno de ese combustible. La modesta llamita permitía hacerse una idea exacta del cuarto y de su mobiliario. La primera impresión que producían esos pocos metros cuadrados era de ahogo. La vivienda estaba constituida por otra pieza interior que estaba doblada.
En uno de los rincones había un poyo con una hornilla de carbón. El centro de la habitación lo ocupaba una mesa cubierta por un hule agrietado y rodeada de seis sillas de anea. En las paredes había ristras de ajos y manojos de cebollas, y pegados a ellas un aparador de cristales ahumados, una tinaja con tapadera de madera conteniendo el agua potable, unas angarillas, una albarda y dos lebrillos. Al matrimonio y a su prole apenas les quedaba espacio para moverse.
Los arrapiezos y la vieja de negro con toquilla del mismo color, la abuela, pasaban la mayor parte del día en la calle, los primeros desperdigados por el pueblo, de preferencia rondado basureros y corrales, la segunda sentada en una silla baja a la puerta de la casa.
A la hora de comer algunos se acomodaban en el umbral y ponían el plato sobre los muslos. Era como si la humilde vivienda los vomitase.
Esa noche el padre comunicó a su mujer y al interesado que había hablado con el capataz del cortijo donde trabajaba como peón. El vaquero estaba viejo y necesitaba que alguien le ayudase en el cuidado de los animales. El niño no ganaría gran cosa, pero en cualquier caso eso era preferible a que estuviera zanganeando todo el santo día. Hacía tiempo que sus hermanos mayores arrimaban el hombro, incluida su hermana que había entrado a servir en casa de unos pelantrines. No había ninguna razón para que él siguiera comiendo la sopa boba mientras los demás se afanaban.
Nada de esto último dijeron ni el padre ni la madre. Era demasiado evidente para aludir a ello. El padre se limitó a transmitir su decisión. A la mañana siguiente levantaría temprano al niño y ambos se encaminarían a lomos de la burra al cortijo.

 

 

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