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1

Hace más de dos semanas que mi hija Rosario no viene a verme. Confieso que tengo debilidad por ella. Sus problemas me afectan en la misma medida que los míos propios. Me contagia su alegría aunque yo esté de mal humor o contrariado.

No obstante, de mi prole es a ella a quien menos comprendo. En su mirada huidiza hay un fondo de recelo. Eso me resulta extraño porque aparentemente la vida le sonríe.

De pequeña era transparente como un cristal. Por la noche, en cuanto yo llegaba a casa, se acurrucaba a mi lado. No me hacía falta preguntarle nada para saber si todo había transcurrido bien o si se había peleado con una compañera o si estaba cansada o si se sentía feliz…

Cuando me retrasaba, se obstinaba en esperarme. Hasta que no le pasaba la mano por su ensortijado pelo y le hacía cuatro arrumacos, no consentía en irse a la cama.

2

Aunque le reproche su desapego, comprendo que su trabajo no le permite visitarme más a menudo. Mis quejas la enfurecen. En esos momentos en que le chispean los ojos, creo tener otra vez frente a mí a la niña que carecía de secretos para mí.

Es, si se quiere, una ingenua artimaña para trasladarme al pasado y revivir tiempos dichosos.

He sido un hombre activo, con una sobrecarga de energía que me impulsaba a emprender mil y un negocios. Un hombre dinámico y afortunado, si bien soy de los que piensan que la suerte hay que salir a buscarla.

He tratado con mucha gente. Aparte de poseer cierto ascendiente que me colocaba en una situación ventajosa, era un buen observador de mis semejantes.

Podría hacer una larga lista de casos en la que mi conocimiento de la psicología humana quedase de manifiesto. La mayoría de esos casos, desde luego, pertenece al mundo de las finanzas.

Esto supone una limitación. En otras circunstancias los criterios aplicados no resultan tan satisfactorios.

Ese fue el motivo (un inadecuado uso de esos principios en relación con mi matrimonio) de que adelantase mi jubilación para dedicar más tiempo a la familia.

3

Divago. Es un hecho que se produce con más frecuencia de la que, por asociarlo con una pérdida de facultades, estaría dispuesto a admitir.

Cuando intento concentrarme en una cuestión, advierto una incapacidad para considerarla directamente. En mis buenos tiempos mi visión certera me habría indicado sin dilación el camino a seguir y me habría proporcionado una explicación coherente.

Heme aquí ahora, sin embargo, rumiando un problema que se me escapa.

Me pregunto si mi hija se lo ha planteado como tal o ignora su existencia exponiéndose de esa forma a caer, cuando menos lo espera, en esa tristeza tan en discordancia con su carácter.

Tiene que ser algo doloroso si, antes que enfrentar las causas, prefiere llevar una vida agitada en la que no le quede un hueco para detenerse y recapacitar.

“Pensar es malo” bromea.

Según me cuenta, se divierte mucho. Ha conocido a gente simpática donde trabaja. Salen a tomar copas y a bailar. Los fines de semana organizan excursiones.

 

 

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csc_0078-2128.-“Llega un momento en que desarrollamos mucho carácter”. Emma me corrige: “Querrás decir mucha soberbia” “Aplicamos la ley en todo su rigor a los demás, salvo a quienes nos tienen en estima o nos dispensan un trato agradable. Estos o bien están por encima de la ley o bien se benefician de un baremo especial que incluye numerosos atenuantes y eximentes.

“Pero al común de los mortales, en particular a los que tenemos ojeriza, les ajustamos las cuentas de buena gana. Sobre la cabeza de los que nos gustaría meter en vereda o tener a raya, el peso de la meticulosidad justiciera cae implacable. Y que se espabilen si no quieren morir aplastados.

“En el caso de las mujeres esta dinámica cambia como de la noche al día cuando se trata de los hijos. Ahí hemos topado con la iglesia y todas sus órdenes mendicantes, predicadoras y mercedarias desplegadas en orden de batalla. Porque los hijos son suyos y son ellas quienes disponen sin dejar que interfieran otras instancias, incluida la paterna, a la que asiste, al menos teóricamente, el mismo derecho que a la materna.

“Con los hijos las mujeres modulan su discurso, matizan con la habilidad de un teólogo, argumentan sin desmayar hasta conseguir su propósito, no porque hayan convencido sino cansado. En esta ocasión la ley es maleable, es un vehículo que avanza o retrocede según convenga.

“Para que el mundo funcione es necesario atenernos a la verdad, pero también son necesarias la flexibilidad y la buena voluntad como queda demostrado en el supuesto de los hijos. Ese miramiento, en lugar de reducirlo a un privilegio, hay que exportarlo al resto de las relaciones.

“Pero esa no es la realidad. La soberbia y los hijos pueden más. Esa escora hace que el barco navegue ladeado e incluso se vaya a pique. Y se produce siempre un fenómeno de distorsión que invalida las declaraciones, que las convierte en papel mojado.

“Con los hijos no se es tan estricto, se comprende, se transige, se dan muchas oportunidades. La puerta se mantiene abierta. Se olvida todo lo que haya que olvidar. La aplicación de la ley en todo su rigor se reserva a los otros”.

129.-Dice Emma: “Estarás de acuerdo conmigo en que amar implica respetar” “Desde luego” “Y no poner condiciones” “Claro como el agua” “Entonces mi cuñada no ama. Se prefiere a sí misma. Tampoco habla. Ordena. Ella dice que tiene espíritu organizativo porque no para de dar instrucciones. A mi hermano lo tiene frito”.

“Lo que hace” replico didáctico “es poner en práctica las consignas que recibió en su infancia”. Emma me lanza una de esas miradas ambiguas que tanto me molestan, y que suelo interpretar como un cuestionamiento de mi estado mental. “¿Las consignas recibidas de quién?” “De su padre, supongo” “O sea que en realidad mi hermano se ha casado con su suegro” “No pienses que esa conclusión es disparatada” “Todo lo contrario. Quien tiene poder, por no decir otra cosa, lo conserva hasta después de muerto” “Al menos durante dos generaciones” “Esta conversación me está deprimiendo”.

 

 

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DSC_000698.-Hablamos de la maternidad. Opino que lo más importante para la mujer no son los padres ni los hermanos ni el marido. Ni siquiera las amigas. Lo más importante para una mujer, si los tiene, son los hijos. Lo son cuando son chicos, medianos y grandes. Lo son siempre. Desde que nacen, es decir, desde que ellas los traen al mundo, hasta que mueren. “No siempre es así” replica Emma. “De acuerdo. Esto no es una regla matemática. Por supuesto hay madres desnaturalizadas, muchas menos que padres, que se desentienden de sus hijos. Personalmente conozco pocos casos. Algunos cinematográficos como la madre de “Sonata de otoño”, interpretada por Ingrid Bergman, que ni siquiera se molesta en ir a ver a su hija con una grave enfermedad neurológica, la cual la ha escuchado y se ha puesto muy agitada. A su otra hija, encarnada por Liv Ullmann, la madre, fastidiada, le dice: “Ahora no, más tarde” (o algo por el estilo). Y eso que su otra hija le hace notar el estado de excitación que ha producido en su hermana oír la voz de la madre.

“Otro caso es el de la madre de “Las horas”, a cargo de Julianne Moore, que abandona a sus dos hijos, uno de los cuales la ve fugarse desde la ventana. El otro es un recién nacido.

“Y también conozco otro caso real en que, alegando la propia realización, aleja lo más posible ese problema de sí. Quiero decir que interna al hijo afectado de una severa discapacidad en una institución. No en cualquiera. En la mejor.

“Confieso que se me revuelven las tripas. También me ocurre lo mismo con los padres que se inhiben de su responsabilidad y, de una u otra manera, se despreocupan de sus hijos. La tragedia es similar.

“Pero decía que lo más importante para una mujer, si los tiene, son los hijos. El lazo que los une a ellos no es sólo emocional, como con los padres, sino físico. Ellas los han tenido dentro de su propio cuerpo.

“Y no vayas a pensar que estoy concediendo más importancia a la maternidad que a la paternidad. Las dos son igualmente necesarias. Pero la segunda se diluye con más facilidad. De la primera no voy a afirmar que es insoluble, pero tiene un componente fisiológico que dificulta grandemente su disgregación. Por supuesto, no estoy hablando de que los hijos se independicen y haya que asumir ese hecho”.

Emma no me interrumpe durante mi exposición. Presta atención sin asentir ni negar. Cuando he acabado, comenta: “Entonces lo más importante para una mujer son los hijos. ¿A quién se lo has escuchado?” “A la vendedora negra que monta su puesto a la entrada del mercadillo. Todo lo que he contado no es más que un desarrollo de lo que dijo esa mujer a boca llena, sin complejos, ante un pequeño auditorio de blancas”.

Y concluyo: “Al matriarcado donde le duele es en los hijos” “¿Y al patriarcado dónde hay que darle?” “Tiene dos puntos flacos: su bolsillo y su tranquilidad”.

 

 

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21

No sé cuánto tiempo permanecí en ese estado. Si esto era la antesala de la muerte, debía reconocer que no tenía nada de terrible. No había angustia ni dolor. La punzada de la espalda no podía calificarse de tal. El amodorramiento era una invitación a perderse en las propias cavilaciones.

No obstante, había un poso de tristeza que enturbiaba ese momento.

Muerte y lluvia eran dos realidades que se entrelazaban en mi biografía. De la segunda era un enamorado, de su capacidad fecundadora y purificadora, de su música. Pero podía degenerar en diluvio.

De la primera estaba viviendo una experiencia que poco tenía que ver con las otras dos a que me había enfrentado. Una durante mi infancia, de la que guardaba un recuerdo borroso, pero que podía reconstruir gracias al relato de mi madre. Y otra, años más tarde, de la que el protagonista sería Jacinto.

No era a mi madre a quien veía sino a mi padre en el marco de la puerta del dormitorio. A pesar de ser ella quien estuvo a mi lado todo el tiempo, su figura se desdibujaba.

Era la de mi padre la que permanecía impresa en mi memoria con asombrosa nitidez. En el marco de la puerta. Ni dentro ni fuera. Y yo en la cama. Lo peor del proceso infeccioso había pasado. Respiraba con regularidad. Había vuelto a comer. Tenía energía suficiente para ponerme pesado. Mi padre vacilaba. Mi madre estaba en desacuerdo. No paraba de repetir: “Es una locura”.

Fue uno de los inviernos más lluviosos que se recordaban en Las Hilandarias. Desde la cama oía el repiqueteo del agua que tenía desesperados a los vecinos. La palabra más frecuente era “ruina”. Si no escampaba de una vez, todos iríamos a la ruina.

Los agoreros mantenían que, escampara o no, el desastre era un hecho. Y Vicenteto afirmaba que San Pedro no había sufrido nunca un episodio semejante de incontinencia urinaria.

“Va a ser un momento” dijo mi padre, “no va a pasar nada”. Y dirigiéndose a mí añadió: “Un momento, no lo olvides”. Mi madre movió la cabeza en un gesto de desaprobación al tiempo que se acercaba al ropero, de donde sacó mi abrigo.

Me lo puso. Lo abotonó de arriba abajo. Me calzó las botas. Ató los cordones. Sólo entonces permitió que mi padre me diera la mano y me llevara a la puerta de la calle.

Tras tantos días de lluvia ininterrumpida la calle parecía un río. Los sumideros no daban abasto para absorber tanta agua. En la parte baja del pueblo había inundaciones y derrumbamientos de tejados y muros.

“Ya está bien” dictaminó mi madre. “¿Ya?” protesté. “Ya tenemos bastantes problemas y de éste” le dijo a mi padre refiriéndose a mí “no hemos salido todavía”.

 

 

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Toda mi adolescencia ha sido una lucha sin cuartel para marcar las distancias y, en última instancia, sustraerme a la influencia de mis tíos.
Mi padre era un hombre débil, incapaz de poner las cosas en su sitio. Pero allí estaban mis tíos Julio y Luis para mangonear y disponer.
Crecí, por un lado, sin el apoyo necesario y, por otro, con el temor a ser arrollado, lo cual implicaba una tensión constante.
Vivir en situación de alerta me parecía no ya una injusticia sino una monstruosidad. Por supuesto, no sabía si iba a tener la fuerza necesaria para superar esa prueba.
Es increíble la sensación de vacío que me produce todavía hoy pensar en esos años. Me gustaría experimentar odio, deseos de venganza, pero la verdad es que sólo experimento un vacío interior. Un vacío de muerte que todo lo absorbe y todo lo diluye con superlativa indiferencia. Como si nada de lo que ocurrió tuviera que ver conmigo. Como si fuera posible mantenerse asépticamente al margen, en un estado de inhumana pureza.
A pesar de tener un hijo mayor que yo, el tío Julio se pasaba la vida pidiéndome que lo ayudara. Las pasaba canutas cuando me reclamaba para el transporte de troncos, que eran pesados y difíciles de manejar. Este trabajo me desollaba las manos y me llenaba el cuerpo de magulladuras.
Los troncos parecían estar vivos. Se escapaban, resbalaban, caían sobre un pie… Después de una peonada me dolían los huesos y tenía los músculos entumecidos. Pero lo peor era el abatimiento.
Cuando lo veía entrar resueltamente en la casa paterna, me ponía enfermo. ¿Por qué no le paraban los pies? El tío Julio se comportaban con el despotismo de un sátrapa, como si todo le perteneciera, sin dar explicaciones.
Se colaba de rondón y decía que necesitaba mi ayuda. Yo tenía que dejar lo que estuviera haciendo y acompañarlo.
En esa ocasión estaba preparando un examen. Desde mi cuarto oí que hablaba con mi madre. Ella le informó de que yo estaba estudiando. “Que deje los libros, hay trabajo” respondió él.
Tuve tal descarga de adrenalina que quedé paralizado. Ni siquiera podía sostener el bolígrafo en la mano. Escuché los pasos de mi madre que venía a avisarme. Cuando llegó, me había recuperado un poco. Lo suficiente para responder: “No voy a ir a ningún sitio”.
El tío Julio la había seguido y estaba en la puerta. “Cuanto antes nos vayamos, antes estaremos de vuelta” “Mañana tengo un examen difícil” “No será mucho tiempo” terció mi madre sin saber siquiera de qué trabajo se trataba.
Mi cuerpo, como si hubiese sufrido un súbito proceso de congelación, cesó de emitir señales. Miré mis apuntes, mis libros. Escuché su voz diciendo: “Vamos”. Luego la de mi madre: “Cámbiate antes de irte”. Y otra vez la de él: “Rápido”.

 

 

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                                XI
El cortijo distaba del pueblo cinco kilómetros. Hacía dicho recorrido a horcajadas en la burra, detrás de su padre que manejaba las riendas del animal.
Tenía que levantarse temprano, antes del amanecer, para llegar a buena hora.
Tomaban por una vereda de carne que les ahorraba el rodeo de la carretera, y que pasaba justamente al lado del corral de las vacas.
El día les rompía a mitad de camino. Con las primeras luces descabalgaban al lado de las viviendas del vaquero y del guarda de la finca.
El cortijo, agazapado entre las lomas, sólo se hacía visible cuando se coronaba la última cuesta de las varias que había que subir y bajar a lo largo del atajo, pero, antes de divisarse, los mugidos de los terneros y, si el viento les era favorable, el olor a forraje y a boñigas anunciaban su proximidad.
La jornada transcurría en silencio. Su padre era parco en palabras. Durante el trayecto sólo abría la boca para arrear a la burra.
En cuanto al vaquero, un hombre entrado en años, aunque era más comunicativo, se limitaba a gastarle alguna broma mientras conducían el ganado al campo. Luego regresaba rápido al cortijo, pues era él quien transportaba al pueblo en una camioneta la leche ordeñada y envasada en cántaras la tarde anterior.
El niño pasaba la mayor parte del tiempo en compañía de esos mansos rumiantes y de un perro de aguas que conocía el oficio mejor que él.
Las horas transcurrían con una exasperante lentitud. Las vacas permanecían agrupadas pastando apaciblemente. Si una de ellas se alejaba demasiado, el perro se encargaba de que regresase con el rebaño. Sólo si la vaca, habituada a los ladridos, no se inmutaba y persistía en su emancipación, intervenía el niño convenciéndola a pedradas o a palos de la necesidad de reunirse cuanto antes con sus congéneres.
A decir verdad estos incidentes no menudeaban. El perro, además, había acumulado tanta experiencia en sus años de servicio que poseía una extensa y eficaz gama de recursos para conseguir su objetivo.
Si la vaca fugada hacía oídos sordos a sus furiosos ladridos, el perro le enseñaba los dientes y amagaba con morderle las patas. Si se trataba de una vaca imperturbable a la que no asustaban las fanfarronadas, el perro pasaba a la acción. Dos o tres tarascadas eran suficientes para sacarla de su impasibilidad y obligarla a retroceder.
El perro de guedejas blancas lo hacía casi todo. El niño se dio cuenta de esto pronto. Por esta razón, a la que había que sumar lo poco inclinadas a la rebeldía que son las vacas, pasaba las horas sentado a la sombra de las chumberas que erizaban las lindes de la finca, de pie apoyado en el bastón que le había regalado el vaquero, o dando cortos paseos para desentumecer las piernas.
Sus distracciones consistían en contemplar las caprichosas formas que adoptaban las nubes, el raudo vuelo de los pájaros y las incansables evoluciones del perro alrededor del rebaño.
Por la tarde el curso de las horas parecía acelerarse, constituyendo siempre una agradable sorpresa la llegada del vaquero que le ofrecía un pitillo al tiempo que le preguntaba cómo había transcurrido el día. El niño rechazaba el tabaco, sonreía y se encogía de hombros.
Al principio, el niño creía que, tras haber encerrado a las vacas en el corral, su jornada había tocado a su fin. La alegría de volver al pueblo lo espabilaba, la modorra producida por tantas horas de soledad se evaporaba, sus movimientos se hacían más ágiles, su diligencia se incrementaba.
No había contado con el ordeño por el simple hecho de que él no sabía hacer tal cosa. A pesar de su ignorancia supina, su padre, que echaba una mano al vaquero en este trabajo, desde el primer día, lo puso al lado de una res mansurrona que no se inmutaría por más torpemente que fueran manipuladas sus ubres, para que fuera aprendiendo, siendo uno de los dos adultos quien, aleccionándolo al respecto, acababa extrayendo la leche a sonoros chisguetes, consejos e indicaciones que el niño escuchaba con impaciencia aunque no la dejara traslucir.
Para colmo, su padre y el vaquero eran dos hombres calmosos que, una vez ordeñadas las vacas, llenadas las cántaras y trasladadas a un cobertizo, con toda parsimonia encendían y fumaban un último cigarrillo, recostados en la valla del corral, mientras intercambiaban apreciaciones climáticas o comentarios sobre la labranza o el precio de los productos agrícolas, cuando no permanecían callados, abstraídos en sus pensamientos.
Al niño, que había ido por la burra, tras aparejarla, todavía le sobraba tiempo para reconcomerse.
Ansioso por irse, irritado por la espera, sin osar decir palabra, fue de esta manera como empezó a conocer una realidad insospechada hasta ese momento.

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27 de agosto de 2014 065                                II
En la habitación olía a carburo. De uno de los maderos del techo colgaba un gancho que sostenía un recipiente cilíndrico de lata relleno de ese combustible. La modesta llamita permitía hacerse una idea exacta del cuarto y de su mobiliario. La primera impresión que producían esos pocos metros cuadrados era de ahogo. La vivienda estaba constituida por otra pieza interior que estaba doblada.
En uno de los rincones había un poyo con una hornilla de carbón. El centro de la habitación lo ocupaba una mesa cubierta por un hule agrietado y rodeada de seis sillas de anea. En las paredes había ristras de ajos y manojos de cebollas, y pegados a ellas un aparador de cristales ahumados, una tinaja con tapadera de madera conteniendo el agua potable, unas angarillas, una albarda y dos lebrillos. Al matrimonio y a su prole apenas les quedaba espacio para moverse.
Los arrapiezos y la vieja de negro con toquilla del mismo color, la abuela, pasaban la mayor parte del día en la calle, los primeros desperdigados por el pueblo, de preferencia rondado basureros y corrales, la segunda sentada en una silla baja a la puerta de la casa.
A la hora de comer algunos se acomodaban en el umbral y ponían el plato sobre los muslos. Era como si la humilde vivienda los vomitase.
Esa noche el padre comunicó a su mujer y al interesado que había hablado con el capataz del cortijo donde trabajaba como peón. El vaquero estaba viejo y necesitaba que alguien le ayudase en el cuidado de los animales. El niño no ganaría gran cosa, pero en cualquier caso eso era preferible a que estuviera zanganeando todo el santo día. Hacía tiempo que sus hermanos mayores arrimaban el hombro, incluida su hermana que había entrado a servir en casa de unos pelantrines. No había ninguna razón para que él siguiera comiendo la sopa boba mientras los demás se afanaban.
Nada de esto último dijeron ni el padre ni la madre. Era demasiado evidente para aludir a ello. El padre se limitó a transmitir su decisión. A la mañana siguiente levantaría temprano al niño y ambos se encaminarían a lomos de la burra al cortijo.

 

 

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